Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Encuestitis y Numeritis
Eduardo García Gaspar
22 septiembre 2004
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Desde el reciente descubrimiento de las encuestas de opinión pública, México está corriendo el riesgo latente y creciente de una confusión grave.

La de creer que la opinión pública debe prevalecer como valor máximo y gran sustituto de la ley y la justicia. La muestra más patente de esto son las marchas de protesta, cuyo peso e influencia se mide con la misma unidad de las encuestas, los números de los asistentes. El error es serio y se trata de un galimatías mayor.

Los números de las mayorías no son indicativos de ser mandatos divinos, como tampoco lo es la cantidad de asistentes en un mitin. Peor aún, lejos de ser la voz de Dios, esas expresiones pueden constituir errores graves y ser voces enajenadas por algún favor comprado.

Lo que sostengo es que en una democracia naciente como la mexicana, de escasa experiencia, se sufre con afanosa insistencia la inclinación a creer que la voz mayoritaria es el valor más alto de una sociedad y que ella está por encima de la ley o de cualquier otro principio.

México ha sido testigo de esto en varias ocasiones recientes. Una de ellas fue el acto electoral del jefe de gobierno del DF que argumentó en contra de la aplicación de la ley usando la fuerza de millares de asistentes al evento. No importó que su administración haya sido vista como corrupta y que existan pruebas contundentes de ello.

La ley y la ética más básica fueron colocadas en un rango inferior a la de la presencia numérica que se cree tiene fuerza y puede usar la violencia. Hay otro caso que modela esto, el de una asociación que se llama Católicas por el Derecho a Decidir.

La causa de esa asociación posee esas mismas características y solicita que el Catolicismo se modernice y se democratice, es decir, que haga lo que esa asociación desea, que es el permitir el aborto entre otras cosas. La clave está en el uso de la palabra democratizar que se entiende como hacer caso de lo que pide una parte de la gente.

Pero, eso significa que debe reconocerse que “la gente” debe ser colocada por encima de la ley, la moral y el conocimiento.

Es la idolatría de la opinión pública, de la fuerza, de los números, de las encuestas. En esto, la tendencia democrática a reverenciar a la opinión pública se torna una fuerza totalitaria no diferente a la de un sistema político dictatorial. Ambas posiciones son las del imperio de la fuerza por encima de la razón y los principios.

Porque al final debemos reconocer una realidad innegable, las opiniones humanas cuyo peso radica en su número, no poseen garantía de nada y quizá incluso tengan tendencia a mayores equivocaciones. ¿Puede ponerse a votación si el robo debe ser permitido?

Cabe la posibilidad de que en algún lugar, en algún momento, la mayoría que votó diga que sí. ¿Pueden ponerse a votación popular los casos en los que presuntos culpables de delitos no sean juzgados por la ley?

Esto está siendo intentado en México. Cuando la democracia es confundida con un sistema de gobierno que obedece sin más consideraciones a la voz popular, las personas se olvidan de la ley, de la moral, de los valores, y tratan de manipular en su favor a la masa que no entiende las profundidades del asunto.

Y es que la democracia no es ese reino atolondrado de la voluntad mayoritaria que se rige con las encuestas y las marchas multitudinarias, una visión a la que nos hemos inclinado en México y que haría de México el reino personal de quien mejor engañara al mayor número.

La democracia, por el contrario, contiene buenas dosis de elementos ajenos al voto popular e inmunes a los vaivenes de la opinión pública. La democracia, si quiere sobrevivir en México, debe ser entendida como una institución superior a las encuestas y a las marchas.

Porque al final, ella es sólo un instrumento político destinado más a la protección efectiva de las minorías que al seguimiento ciego de las mayorías. Ella es un arreglo político con muchas ideas que no están sujetas a votación, como el respeto a las libertades personales y la separación de los poderes y la aplicación de la ley a todos por igual.

Todo lo que he querido hacer en esta segunda opinión es señalar el enorme peligro de hacer crecer el convencimiento de que la democracia es el irrefrenado acatamiento de lo que las mayorías quieren o lo que les hace querer algún desquiciado político sediento de poderes ilimitados.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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