Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Greenfield, México y Elecciones en 2006
Eduardo García Gaspar
4 agosto 2004
Sección: POLITICA, Sección: Análisis
Catalogado en:


Tantos elogios recibe la democracia que llega a tener connotaciones celestiales. Tanto se alaba a la democracia, que termina por convertirse en una entidad sin faltas, sin defectos. La democracia ha sido transformada en una utopía. ¿Lo es verdaderamente? Desde luego que no.

Ningún análisis serio puede concluir que la democracia es un sistema sin defectos. Los tiene y grandes. Es eso ya mil veces repetido. La democracia es un mal sistema de gobierno, pero es el mejor que los hombres hemos podido inventar.

Y sucede así que quien carece de democracia en su país, por todos lados escucha las maravillas de ese sistema; claro, al convertirse a la democracia, el habitante de ese país es golpeado con la dura la realidad. La democracia sí tiene defectos, no es tan limpia como se creía.

Para comprender mejor las campañas electorales mexicanas para la presidencia en 2006 ayudará mucho consultar la idea de un especialista en la materia, a Jeff Greenfield, autor de Playing to Win, an insider’s guide to politics, Simon and Schuster, New York, 1980, Chapter II Understanding the political terrain and the eternal principles of politics, pp. 32-57.

Greenfield es un asesor político electoral en los Estados Unidos. En su libro muestra un panorama de la democracia que pocas veces se ve, el de la realidad electoral. No acude el autor a elevados principios filosóficos. Greenfield rompe el bonito mármol de la democracia para enseñarnos el lodo que lo sustenta.

El primer principio del aspirante: su nombre debe ser conocido

La intención del autor es mostrar la realidad de las elecciones políticas, para con esa información concluir algunos principios que deriven en una estrategia ganadora de cualquier candidato. Empieza afirmando que los detalles de las tácticas electorales no pueden ser proyectadas de una campaña política a otra.

Sin embargo, según él, sí hay principios que se mantienen vigentes.

Uno de esos principios es claro y hasta obvio: quien seriamente tenga la intención de tener una victoria electoral tiene la preocupación clara de ser conocido y mantenerse en la boca del ciudadano. Sólo aquellos candidatos que son capaces de capturar la atención nacional tienen probabilidad de ganar una presidencia. El nombre del candidato tiene que ser conocido, muy conocido, si es que él quiere tener probabilidades razonables de ser elegido.

Para México, este principio de campaña electoral es muy famoso. Los políticos que aspiran al puesto grande hacen todo lo posible por estar bajo las luces de los reflectores, para que así su nombre sea conocido, popular y mantenido en la boca de todos.

Las maneras son obvias, por ejemplo, con ruedas de prensa muy frecuentes que logren poner sus nombres en los medios noticiosos a diario en todo el país; con declaraciones coloridas, con controversias, con ataques, con defensas… lo que sea, con tal de que su nombre sea más conocido que el de sus rivales. Esto le dará la mayor ventaja posible.

No hay campañas de caballeros

Sigue Greenfield con su análisis para hacer otra afirmación:no hay campañas políticas que sean limpias y de caballeros. Una campaña electoral es en realidad una operación de guerra que persigue un solo objetivo, ganar.

No hay resultados intermedios, o se gana o se pierde. Eso produce un estado mental, al que se añade un elemento que eleva las tensiones de campaña. Los candidatos tienen enemigos claros, abiertos y conocidos. Los candidatos están plenamente conscientes de que en alguna parte hay gente trabajando directamente para derrotarlos.

Dentro de una campaña electoral no hay posibilidad de que exista la objetividad. Todo se supedita al objetivo de ganar. Se crea por tanto un cuadro mental en el candidato. Quien de verdad aspira a un puesto de elección popular entiende todo suceso desde el punto de vista de su campaña.

Si gana un cierto equipo de fútbol, ¿es eso bueno para la campaña? Si hay una inundación, una sequía, cualquier cosa… El candidato va a examinar el hecho bajo el criterio de si eso le ayudará o no a su victoria.

En México, las campañas de los candidatos han empezado ya, al menos las de algunos y comprueban lo que dice Greenfield: son despiadadas e inmisericordes. No hay cuartel ni regla que se respete, se trata de una auténtica guerra en la que todo se vale y cualquier oportunidad va a ser aprovechada por el rival.

En México esto ha sido patente y lo peor, los pleitos electorales han sido confundidos por los medios como asuntos políticos, cuando en realidad no lo son. Si el ambiente actual está lleno de ataques feroces, resulta razonable esperar que en el futuro empeoren y México sea testigo de situaciones políticas serias.

La mente del candidato es radical

La cosa empeora con otro hecho relacionado. El candidato va a gozar de todo ataque que sufra su enemigo, por pequeño que sea y por injusto que sea. Y va a sufrir indeciblemente todo ataque que él reciba; aunque sea el más pequeño ataque y la más razonable crítica, dirá que todo es inmerecido.

Una campaña electoral, por tanto, produce estados mentales muy exaltados en los candidatos y sus equipos. La intensidad del ambiente electoral es absoluto en esas personas. Eso es lo que según Greenfield explica los horrendos y terribles ataques que se dan entre los candidatos.

Más aún, el autor señala otro elemento que hace más extremas las mentalidades de los candidatos y sus equipos electorales.

Desde su punto de vista, es una realidad que la victoria de cualquiera de los candidatos contrarios representa una amenaza seria y fuerte para toda la sociedad.

Los sucesos mexicanos han mostrado eso sin duda alguna. Toda posibilidad de crítica al enemigo es aprovechada al máximo, sin piedad. La renuncia de un secretario particular o de un embajador o cualquier otro suceso, servirá para emitir declaraciones atroces que intentan descalificar al contrario y mostrando que el candidato tiene razón.

Y a esto se añade una consideración importante: para cada candidato sus soluciones a los problemas nacionales son la única opción y cree en eso como si fuese un dogma.

Los temas de campaña y el uso de símbolos

Esos temas son las cuestiones de mayor importancia en el país, como la inseguridad y la generación de empleos en México. Todo candidato que considere seriamente su posibilidad de ganar debe conocer los temas, conocerlos bien y aprovecharlos de la manera más efectiva, sin importar su personalidad.

Debe estar informado e interpretar esa información en argumentos a favor de su candidatura. En México hemos visto esto con el TLCAN y su impacto en el campo. Un candidato en contra del libre comercio seleccionará las cifras que comprueben su postura y un candidato que esté a favor usará los números que apoyen su postura. El resultado será una serie de declaraciones que pueden crear confusión en un electorado escasamente informado.

Pero el conocimiento de los temas de campaña no es suficiente. Hay otro aspecto que es crítico. Greenfield lo llama manipulación de símbolos. No es realista esperar que el ciudadano promedio lea la plataforma electoral de los candidatos, haga un análisis comparativo y decida su voto de manera enteramente racional y objetiva. Por esto, los candidatos emplean símbolos. Los símbolos han estado siempre presentes, desde las primeras campañas políticas.

Los símbolos son el sustituto del conocimiento de la plataforma del candidato. El más conocido de los símbolos es la identificación del candidato con la gente común, de manera que el candidato no sea percibido como parte de una elite arrogante y alejada del votante.

La aplicación de este concepto al caso de México resulta vital para los candidatos: dada la escasa educación de la población mexicana y su lógica baja exposición a medios noticiosos, es obvio que los candidatos recurrirán al manejo de símbolos sin preocuparse mucho por los temas nacionales.

Y muy posiblemente los medios sucumban a esa tendencia, ignorando mayoritariamente los temas nacionales, para concentrarse en señalar los símbolos manipulados por los candidatos (con gran candidez e ingenuidad por parte de los medios).

Para esto, el candidato busca posturas, gestos, imágenes, vestimentas que sean congruentes con la imagen que quiera dar, y puede cambiarlos con cada auditorio que enfrente.

Todos los candidatos usan símbolos. Es imposible pensar en un candidato que no haga uso de símbolos. El punto principal es obvio, el candidato tendrá que buscar los símbolos adecuados, esos ante los que el electorado responda mejor.

Uno de esos símbolos, muy obvio ya en el caso mexicano, es la identificación de un candidato como la víctima de complots que desde la oscuridad desean destruirlo, para manipular ese concepto y convertirse en un héroe popular. Se piensa que esa posición hará que buena parte del electorado mexicano le responda favorablemente al hacerlo sentir uno de los suyos.

Una elección es una guerra

Las elecciones son una campaña de guerra. Una buena ofensiva es mejor que una buena defensiva. El ataque es el arma política de mayor calibre. En una elección es axiomática la existencia de al menos un enemigo y, por tanto, los ataques a ese enemigo son racionalmente buenos, además de esperados. Esa guerra hace que ninguna campaña pueda ser un juego con reglas justas y caballerosas.

En una campaña se enfrenta a enemigos reales, personas que de tiempo completo trabajan para atacar al candidato. Dice el autor que existe otro principio fundamental de campaña. Años de experiencia enseñan que es más fácil mover al electorado en contra de algo que a favor de algo.

Greenfield abiertamente señala su fascinación ante el hecho de que ninguna idea por noble, buena e idealista que sea, carece de enemigos. ¿Cómo aprovechar esto en contra de los candidatos opositores? Haciendo que el candidato contrario sea identificado por el electorado con posiciones que sean reprobables para el público.

En campañas políticas, la manera más cierta para ganar es identificar al oponente con puntos de vista y posiciones que son anatema para los votantes. Un ataque a un candidato puede decidir una elección sin necesidad de que el atacante haya desarrollado una posición propia.

La situación mexicana actual ilustra eso con claridad: los panoramas políticos están compuestos en esencia por ataques entre los candidatos posibles y sus cohortes y partidos, con la idea central de descalificar al enemigo asociándolo con lo que los ciudadanos no desean.

A uno se le acusa de insensibilidad ante la inseguridad que todos perciben, al otro de falta del liderazgo que todos desean, o de falta de resultados, o de violar la ley… de lo que sea. La estrategia central es atacar al otro, descalificarlo a como dé lugar, incluso mintiendo o exagerando.

Las elecciones son una guerra en la que sólo existe un ganador. Los demás pierden y perder es tan frustrante después de años de trabajo que no serán extraños los reclamos de fraudes electorales, gane quien gane. Reconocer una derrota de ese calibre requiere madurez y esa no es una cualidad en el gobernante mexicano promedio.

Una reflexión final

Los sencillos principios de Greenfield ayudan a entender la situación mexicana. México está en plena campaña electoral y esa es toda su vida política actual. Por esto es que los sucesos políticos son tan agitados y dinámicos. Cada día hay noticias diferentes.

Los ataques se turnan de un lado a otro y a otro, sin cesar. Las noticias políticas que vemos no son en realidad asuntos mexicanos, sino cuestiones electorales y de campaña. Las campañas son guerras sin cuartel, sin caballerosidad, brutales y violentas, en las que todo se vale. La situación, parece razonable predecir, empeorará en el nivel de ataques.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.



1 comentario en “Greenfield, México y Elecciones en 2006”
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