Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Moral Mayoritaria
Eduardo García Gaspar
7 junio 2004
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Desde hace buen tiempo hay una idea que sin mucha conciencia entre quienes la sostienen, está elevando su aprobación.

Se trata de una idea que lleva a la democracia al extremo de su decadencia y es la que hace de la ética una consecuencia de la voluntad mayoritaria.

De acuerdo con esta idea, si la mayoría de la gente realiza una cierta acción, ello significa que es aprobada y que debe ser calificada de válida, modificando si es necesario las creencias pasadas que contradigan a lo nuevo.

El asunto es terriblemente complicado porque en su otro extremo se optaría por no cambiar absolutamente nada de lo viejo y nos quedaríamos estacionados sin posibilidad de adelantos. Pongo un ejemplo, el de una noticia de hace poco.

El jefe de gobierno del DF, involucrado en acciones de corrupción de sus subalternos, dice que puede ponerse a votación popular si él debe o no renunciar por causa de esos escándalos.

Esto es similar a la idea de hacer un referéndum para decidir si el robo debe ser permitido, o si debe admitirse a la corrupción como parte de los actos de los gobernantes. Mi punto es que hay cosas que sencillamente no están sujetas a la idea democrática de una votación popular que implante la decisión de la mayoría.

Demostrar esto es sencillo, pensando en la posibilidad de votar sobre si se debe cambiar de un sistema democrático al régimen de una dictadura. Sería un absurdo usar una herramienta democrática para anular a la democracia. No tiene lógica.

Sabiendo que hay cuestiones que no están sujetas a voto, el problema que surge es la definición de eso que no está atado a juicio popular.

Obviamente hay cosas que lo pueden estar y hay cosas que no. El problema es definir qué sí y qué no. La solución no puede ser casuística, creo, y debe seguir un criterio objetivo y razonable. Me atrevo a proponer que ese criterio es la dignidad de la persona humana, la igualdad de esa dignidad en todas las personas sin excepción.

Con ese criterio será sencillo encontrar casos claros de cuestiones que no pueden estar amarradas a las opiniones de la mayoría. Un ejemplo ilustrativo es el de los sacrificios humanos, tema imposible de poner a plebiscito por atacar esa dignidad humana. De este ejemplo extremo, es posible derivar otros que no lo son tanto.

Por ejemplo, no podría ponerse a referéndum la posibilidad de que algunas personas puedan robar a otras sin que medie un castigo a los ladrones. La razón de esto es, de nuevo, la dignidad personal depositada en las posesiones personales… con, desde luego, la excepción de quitar al ladrón la propiedad de lo robado, restituyendo al dueño legítimo.

Y como eso, podrían establecerse otros asuntos en los que no es posible utilizar la herramienta del voto popular para legitimar acciones que violen esa dignidad personal.

Hay casos claros de esto, como el ataque a los judíos por parte de los nazis o los ataques a la religión por parte de los soviéticos o la relocalización forzada de personas por parte del régimen de Pol Pot. Pero hay casos que no lo son tanto, como la asignación de cuotas por sexo o raza de estudiantes o de gobernantes.

Y es en estos casos no claros en donde entra la tentación de poner a votación el tema, dejando en manos de los ciudadanos comunes una decisión difícil, en la que sabios y expertos no llegan a acuerdos.

No tengo una respuesta que resuelva el problema, pero al menos tengo un par de criterios para guiar la solución. Uno es el de reconocer que hay asuntos que no están sujetos a votación popular ni lo podrán estar jamás. Dos, que eso que no puede estar sujeto a votación es lo referente a la dignidad humana, lo que en términos cristianos deriva de ser todos hijos de Dios.

A lo que puedo añadir un tercer criterio de mero sentido común: el recurso del gobernante de poner a votación aquello que no quiere hacer o tiene miedo de decidir, puede contener una buena dosis de cobardía personal que él cobijará bajo el pretexto de “eso es lo que la gente quiere”, aunque lo que la mayoría de la gente quiera sea una real tontería sin sentido.

La democracia es una herramienta para fragmentar el poder y evitar abusos, no para decidir qué es la verdad.

Post Scriptum

El caso de AMLO en el gobierno del DF es un caso del tema tratado en esta columna, el de un gobernante que busca la verdad en la opinión mayoritaria. Véase El Universal donde se escribe que,

“… Los ánimos se encienden por las palabras del jefe de gobierno, quien asegura que sólo el pueblo puede desaforarlo y por ello anuncia la celebración de una consulta en donde pondrá en manos de la población su futuro político. A los capitalinos les dice que ellos lo pusieron en el cargo y ellos lo quitarán, aunque no ofrece fechas para esa consulta.”

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