Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Pereza
Eduardo García Gaspar
26 julio 2004
Sección: NEGOCIOS, Sección: Asuntos
Catalogado en:


Llego, con ésta, a la última de las columnas dedicadas a explorar cómo las grandes faltas de la moral, conocidas como pecados capitales, tienen efectos negativos en las empresas.

Solamente me falta tratar uno de esos pecados, el de la pereza, sin duda el más sencillo de entender. La pereza puede ser definida como el desgano y la falta de acción para emprender trabajos destinados a mejorar y progresar.

El más obvio ejemplo de pereza es el caso del “san lunes”, famoso por acumular faltas de asistencia laboral en mayor proporción a otros días… aunque quizá los viernes en la tarde pueden haber tomado el lugar de ese lunes.

Otra manifestación clara de pereza es el incumplimiento de fechas de entrega, compromisos adquiridos y que no son cumplidos.

Todos hemos pasado por el caso del plomero que promete llegar esa misma mañana a arreglar el desperfecto urgente de la fuga de agua y que no aparece hasta el día siguiente si nos va bien. Por no mencionar el caso del carpintero que pide un adelanto y entrega el trabajo con semanas de retraso. Pero la esencia de la pereza es la falta de trabajo y quien no trabaja no progresa ni mejora.

Es un obvio ataque a la productividad, que se agrava en la situación en la que unos dependen del trabajo de otros. Dicho de otra manera, la pereza es veneno en los negocios, pues ataca la eficiencia de frente y con golpes mortales. Recuerdo una anécdota, la de un tipo de recursos humanos que hablaba de uno de los ejecutivos de su empresa.

Decía que ese ejecutivo era un graduado con maestría, de muy buena presentación y con dominio de tres idiomas, muy buenas relaciones dentro de la comunidad de negocios, más mil encomios más. Sin embargo, al final agregó, “sólo tiene un defecto, es muy perezoso”. Un calificativo bastó para anular el panegírico anterior sobre la persona.

La pereza se manifiesta de muy diversas maneras, desde las llegadas tarde de los empleados por la mañana y tarde, hasta el exceso de conversaciones internas entre ellos, lo que desperdicia tiempo.

Todos hemos visto casos como esos, bien ilustrados en los empleados de limpieza de los aeropuertos que a juzgar por las largas conversaciones que sostienen, deben estar hablando de política internacional.

Lo contrario de la pereza es la diligencia, una virtud que se entiende como la prontitud para trabajar y realizar cosas.

Esto me recuerda una frase atribuida a Thomas Jefferson y que dice, “Yo creo en la suerte y conforme más trabajo más suerte tengo”. Es obvio que el trabajar produce mejores resultados que el no hacerlo y hay muy pocos que podrían argumentar al respecto.

Lo que más me maravilla de todo esto es la enorme congruencia que existe entre la moral que busca el bienestar espiritual y esa misma moral que produce bienestar material.

Si en términos cristianos buscamos salvar nuestras almas evitando los pecados capitales, tendremos una buena vida terrenal también.

Resultaría absurdo que lo que nos lleva la salvación de las almas produjera efectos negativos en esta vida. Cultivar la virtud del trabajo, por tanto, es bueno para los negocios pues eso mueve al mayor y más importante de todos los recursos, al humano.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.



2 Comentarios en “La Pereza”
  1. GUILLERMO CIOCCA Dijo:

    Lo que quiero comentar es mi felicitación por un análisis tan sencillo pero tan profundo a la vez, tan real pero que lamentablemente no nos detenemos a analizar y sobretodo a reflexionar, y por eso el detalle de tantos problemas tanto familiares como en la oficina.
    Núnca había reflexionado el tema de la pereza desde el punto de vista de pecado capital, ni el enorme mal que produce la pereza en cada persona, en su familia y en su progreso.
    Por mi parte mil gracias por compartir esa reflexión que espero en adelante me produzca sólo cosas positivas.

  2. Yoel Dijo:

    La mano del negligente empobrece, mas la mano del diligente enriquece.





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