Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Nuestra Señora de Guadalupe
Textos de un Laico
10 diciembre 2004
Sección: Sección: Asuntos, Y TEXTOS DE UN LAICO
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• El tercer domingo de adviento, deja este año su lugar para la celebración de la festividad de Nuestra Señora Duda de Santo Tomásde Guadalupe, patrona de América Latina. En diciembre de 1531, la Santísima Virgen apareció tres veces y en ellas usó palabras que deben ser recordadas.

Dijo, “… yo soy la siempre Virgen María, Madre del Verdadero Dios… yo soy vuestra madre misericordiosa… los que me hablen, los que me busquen y los que en mí tienen confianza… les escucharé… ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría?… ¿tienes necesidad de alguna otra cosa?”

Si se intenta encontrar un común denominador a esas palabras, sin duda será el de un consuelo divino, de un alivio que viene de Dios. Es la misericordia misma la que habla por boca de María y nos ofrece resguardo a su sombra.

Más aún, es fuente de alegría y de satisfacción completa. No hay mejor imagen que represente todo esto, que la de una madre que sostiene en brazos a su hijos. Es ella amparo, auxilio, apoyo en nuestras penas, pero por eso mismo, ella es también causa de alegría. Es tanto esto que, literalmente, no necesitamos otra cosa.

• La primera de las lecturas es del Eclesiástico (24, 23-31). Sus palabras sin duda son aplicables a la festividad celebrada. Dice, “Yo soy la madre del amor, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. En mí está toda la gracia del camino y de la verdad, toda esperanza de vida y de virtud.” El texto reitera las ideas anteriores.

Es el Antiguo Testamento el que nos hace ver a esa madre, la que da nacimiento al amor mismo y redondea nuestra idea acerca de María. En ella está la gracia y la esperanza de vida. A lo que añade ese texto una invitación, “Vengan a mí, ustedes, los que me aman… Porque mis palabras son más dulces que la miel… los que se dejen guiar por mí no pecarán. Los que me honran tendrán una vida eterna.” No queda ella quieta, simplemente hablando de lo que ella es, sino que nos invita a ir a ella, a dejarnos guiar por sus caminos.

• La segunda lectura viene de la carta de San Pablo a los gálatas (4, 4-7). Pablo reafirma en este breve texto la razón de ser de las celebraciones que se aproximan. “… envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatarnos… a fin de hacernos hijos suyos.” A lo que añade, “Puesto que ya son ustedes hijos… Así que ya no eres siervo, sino hijo…”

Si la primera lectura nos hace ver a la madre cariñosa, que ama entrañablemente, Pablo toma el otro lugar, el del hijo, repitiendo esa palabra muchas veces. Entendemos así la dualidad inherente en las dos lecturas. Está allí la madre amorosa cuyo consuelo es más dulce que la miel. Pero, del otro lado, están los hijos que somos nosotros mismos y que debemos vernos así, como hijos de María. Nos invita a ir a ella, y la decisión de hacerlo está en nosotros.

• Por su parte, el evangelio de hoy (Lucas 1, 39-56) narra el célebre episodio de la visita de María. Apresurada ella entra a la casa de Zacarías y saluda a Isabel y al oír ese saludo de María, “la criatura saltó en su seno.” Más aún, Isabel saluda a María con palabras que se han convertido en oración, “¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”

A esto María responde con palabras que también se han convertido en oración, el Magnificat, que comienza con “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi Salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava.”

Son estas las palabras que, además, se repiten en la aclamación antes del evangelio. La situación es tan importante que en ese pequeño fragmento del evangelio de hoy existen dos oraciones. Son dos futuras madres las que se hablan entre sí y las palabras de ambas se convierten en rezos repetidos durante siglos.

Más aún, en las dos mujeres se repite un elemento, el de la humildad. Dice María que Dios puso sus ojos en la “humildad de su esclava.” E Isabel por su parte, se maravilla de no ser ella merecedora de la visita de la misma María.

Las lecturas, en su conjunto, obviamente son una exaltación de nuestra madre, la Santísima Virgen María. Las palabras del Eclesiastés nos dan el elemento del suave y dulce amor que otorga una madre. Las palabras de Pablo nos hacen ver la perspectiva del hijo.

Reuniendo solamente a esas dos lecturas, podremos ver una dualidad: María, la amorosa madre nos invita y, nosotros, los hijos, la aceptamos. Lo hacemos sabiendo que es ella fuente de consuelo, de protección, de amor. Y, el evangelio, agrega a todo eso la reiteración de otro elemento común, la alegría.

Todas las lecturas contienen eso, un componente muy claro, el de la alegría. Son momentos felices y no puede ser de otro modo la relación que existen entre la madre y su hijo. Es alegría, es felicidad, es gozo y deleite. Sin embargo, en todo esto, el evangelio da un paso más allá e introduce una idea sin igual, la humildad. Concretamente la humildad ante Dios mismo. Sin humildad, mostrada por las dos futuras madres, no puede darse ese gozo, ni se puede entender uno mismo como hijo.

La invitación que se nos hace para ser hijos, por tanto, no es posible si en nosotros no se da la humildad. Quizá sea ésta la lección de estos textos, la de recordarnos que los reales gozos, la verdadera felicidad, la vida eterna, no serán posibles si en nosotros no hay humildad. Porque en última instancia, buscar el resguardo y la protección de María es ser humilde.

La idea de Textos de un Laico nació en 2004: el intentar encontrar los comumes denominadores de las tres lecturas de la misa católica de cada domingo.

Del LAVALLE NACIONAL para uso del católico MEXICANO Compuesto por el Presbítero D. Julián G. Villaláin Edición Especial Herrero Hnos. Sucs. S.A. México, D.F. 1956

Devoción muy útil al acostarse.

Al acostarse escribe con el dedo pulgar en tu frente estas cuatro letras: J.N.R.J. diciendo entre tanto: Jesús Nazareno Rey de los Judíos, me preserve de mala muerte repentina.

El mismo Cristo dijo a San Edmundo que los que esto hiciesen no morirán en esa noche de muerte súbita. (Surius, Vida de San Edmundo. Devoción aprobada por la Santa Iglesia.).

Gregorio XIII (10 de abril de 1580) concede perpetuamente a los fieles un año de indulgencia por cada vez que al son de la campana en señal de elevación del Santísimo Sacramento, adoren al Divinísimo, en donde quiera que se hallen, hincados de rodillas; y dos años, si esto mismo se practica en la iglesia donde se hace la elevación. Asistiendo a la misa y diciendo al tiempo de alzar la siguiente jaculatoria: Sea alabado y dense gracias a cada instante y momento, al Santísimo y Divinísimo Sacramento; se ganan también 200 días de indulgencias, aplicables también a las almas del purgatorio (Pío VII, decreto de la S.C. de Indulgencias, 7 de diciembre de 1819).





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