Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Ortega y Gasset, México y la Masa Que Vota
Eduardo García Gaspar
27 octubre 2004
Sección: POLITICA, Sección: Análisis
Catalogado en: ,


No hay duda de que el siglo 20 ha sido la época de mayor avance y progreso en toda la historia humana. Ese avance es la consecuencia de algo, de algo que sucedió antes y que hizo posible que las generaciones actuales gocen de avances sin mucha conciencia de sus razones.

El siglo 20 conoce sus efectos, pero ignora sus causas; vive el progreso, pero desconoce sus procedencias. Tal es la idea presentada por José Ortega y Gasset en su obra más famosa, una idea fascinante, razonable y original: quienes vivimos en el siglo 20 somos como niños mimados que creemos tener derechos solamente, sin darnos cuenta de que lo que gozamos viene de generaciones anteriores cuyos esfuerzos no estamos dispuestos a realizar y cuyas virtudes no estamos ávidos de respetar.

El libro consultado para esta carta fue el de José Ortega y Gasset, La Rebelión de las Masas, Planeta D´Agostini, 1993, pp. 103-114. Originalmente publicado en 1930 y traducido a numerosos idiomas, es quizá el libro escrito en español de más influencia en ese siglo. José Ortega y Gasset (1883-1955) nació en España y fue un filósofo, escritor, critico y articulista de fama internacional.

El inicio de Ortega

El autor, en esas páginas del libro, aclara su propósito, que es el hacer un diagnóstico de la vida actual. Comienza diciendo que la vida es un conjunto de gran cantidad de opciones, un repertorio de posibilidades mayores a las existentes en épocas pasadas.

Hay tantas alternativas en la vida actual que esa cantidad ha rebasado lo conocido antes y ésta es la causa por la que no podemos ver el pasado, sino inventar el futuro que nos espera.

De nuevo, esta es la idea de un progreso en el siglo 20 y posible de ver en las mayores posibilidades de las que actualmente se goza. Continúa el autor diciendo que la vida es lo que podemos ser cada uno, lo que significa que la vida es elegir entre las posibilidades existentes.

En esto es necesario entender que hay circunstancias y hay decisiones, dos cosas muy distintas. Se entra así a la idea que más se asocia con el autor, el hombre es él mismo pero también sus circunstancias. La circunstancia es lo que está dado, lo fijo, lo que no puede cambiarse.

Las circunstancias no se deciden. Ellas son el dilema ante el que entra en juego el segundo elemento: nosotros decidimos. No hay predeterminación, ni trayectorias que no puedan cambiarse dentro de esas circunstancias. Estamos irremediablemente obligados a utilizar la libertad y en esto no hay salida, pues el no tomar una decisión es en sí mismo una decisión.

Vivir implica sin remedio el ejercicio de la libertad para decidir lo que vamos a ser en medio de las circunstancias que nos ha tocado vivir.

Si bien la historia mexicana y la europea a la que se refiere Ortega son diferentes, quizá pueden acordarse dos situaciones similares. Una es la existencia de una generación de mexicanos que goza de opciones que unos años antes eran desconocidas y cuya causa ignoran. La otra es ese principio universal, el de un hombre que decide en las circunstancias que le rodean

La idea del hombre-masa

Lo dicho antes para el individuo también vale para la sociedad. En un nivel colectivo las decisiones salen del tipo de hombre que predomina en la sociedad. Por tanto, es natural que al autor le interese conocer a ese tipo de hombre que predomina en la actualidad.

En nuestros tiempos, dice Ortega y Gasset, el hombre que predomina es el hombre-masa. No hay que confundir al hombre-masa con la democracia.

En la democracia los hombres con sus votos apoyan o no una serie de propuestas que hacen las minorías. La cuestión ahora es diferente. Ahora las masas dominan y se vive al día en cuestiones políticas, cuando el poder está en representantes de masas sin oposición alguna.

Donde las masas son dueñas del poder, el gobierno vive al día, no hay visión, no se sabe a dónde ir, ni cómo ir. Por esta razón los gobiernos de las masas se limitan a eludir y rehuir los problemas y si los confrontan, es para esquivarlos y dejarlos sin solución de fondo, abandonando esos problemas para el futuro cuando serán tropiezos mayores.

El hombre-masa no tiene rumbo, carece de dirección y por eso no edifica, ni levanta, ni crea cosa alguna, a pesar de tener un gran potencial para hacerlo. La observación es impactante y, con alguna salvedad puede llevarse a México, un país siempre gobernado por autoridades que poco o nada hacían intervenir al ciudadano individual. Cuando mucho, las personas influían en las decisiones gubernamentales a través del corporativismo establecido en los años 30.

Y después de ese nulo contacto del mexicano con las cuestiones de gobierno, el ciudadano llega ahora a ser ensalzado y elevado a una posición de conductor del país por medio del voto. Es así que quien nunca tuvo contactos con el gobierno ni experiencia democrática, es repentinamente puesto al mando del país, pues él selecciona a los gobernantes en un medio ambiente en el que la voluntad popular lo es casi todo.

Más sobre el hombre-masa

Desde el siglo 6, cuando inicia la historia de Europa y hasta el año de 1800, nunca hubo más de 180 millones de personas en esa parte del mundo. Pero de 1800 a 1914 esa cifra es ya de 460 millones. Estos datos tienen mucho significado en Ortega y Gasset. En un tiempo muy corto han sido lanzados al mundo cantidades enormes de personas.

El ritmo ha sido tan acelerado que no ha permitido enseñar a esas personas la cultura gracias a la cual ellos existen. La situación mexicana no es ajena a ese fenómeno. En los inicios del siglo 20, la población mexicana era de unos 13 millones, la gran mayoría viviendo en zonas rurales y alejadas de cuestiones políticas. Hoy existen poco más de 100 millones, con la mayoría viviendo en zonas urbanas y por eso más cerca de la autoridad.

También aquí han sido lanzadas cantidades de personas y a una proporción tan apresurada que resulta imposible enseñarles las causas de esas circunstancias que les rodea, buenas o malas. No hay en ellos una idea que relacione a su situación y con sus orígenes.

El hombre-masa, continúa Ortega, tiene un alma con fortaleza y con salud, pero que es una mente más simple. El hombre-masa es una persona primitiva, sencilla y rudimentaria, que se encuentra en medio de una civilización refinada y compleja. A esa gran cantidad de personas no se les ha podido educar y lo único que se les ha enseñado es la técnica y a vivir con pasión. Ellas no tienen, según Ortega, ni sensibilidad, ni espíritu.

El hombre-masa se ha hecho responsable del mundo entendiéndolo como un paraíso sin problemas. La noción es irresistible de usar para México, si bien bajo circunstancias diferentes. Es la existencia de una cantidad enorme de personas, aparecidas en un corto lapso de tiempo y que en buena proporción posee dos rasgos. Uno es esa carencia de marco mental que asocia causas y efectos, viviendo una realidad cuyo origen desconocen.

Dos, su educación más basada en el conocimiento técnico y en el recientemente descubierto mundo de derechos sin obligaciones. El hombre-masa mexicano, pues, vive un mundo cuyos cimientos ignora y que entiende como un edén de derechos ilimitados, en el que los gobiernos deben obedecer su voluntad.

Algo bueno y algo malo se hizo antes

Resulta lógico, por tanto, pensar que algo bueno y algo malo se hizo en el siglo 19, cuando se gestó esa catarata humana. Lo bueno fue la combinación de técnica y democracia liberal, que hizo posible ese caudal humano y tantos adelantos. Lo malo fue el procrear generaciones de hombres-masa que ponen en peligro las causas mismas que les dieron la vida de la que gozan.

Este hombre-masa pertenece a las generaciones que han podido resolver sus problemas económicos como jamás antes en la historia. La posición de estas generaciones es cada vez más segura. Para el hombre-masa lo que antes era una cuestión de suerte en la vida, es para él un derecho que ni siquiera agradece.

Es una vida con comodidades, dentro del orden, sin impedimentos, ni limitaciones. Ya no hay castas, ni clases sociales que no puedan saltarse. No ha habido época alguna en la historia que sea igual a esta situación actual y sus causas son la democracia liberal y los avances técnicos. Se ha creado un hombre diferente. En tiempos anteriores, incluso para los ricos, el mundo era una situación de estrechez e indigencia, con dificultades y peligros.

Pero, ahora, este hombre-masa no tiene esas limitaciones; él satisface sus necesidades y apetitos, estando convencido de que puede crecer sin restricción ni condición. Cree ingenuamente que sus goces han crecido en los árboles. Piensa el hombre-masa que mañana gozará de más ingresos y más comodidades, como si viviera dentro de una naturaleza gratuita que le provee de manera espontánea e inacabable.

Se cree habitante de un mundo perfecto y piensa que ese mundo es un producto natural, logrado sin esfuerzos. El hombre-masa ignora que ese mundo en el que vive ha sido posible gracias a grandes esfuerzos de personas geniales y sustentado en virtudes que al ignorarse destruirán lo que crearon.

Se trata, dice Ortega y Gasset, del síntoma de los niños mimados, que creen poder satisfacer sus deseos sin la gratitud hacia eso que los hace posibles. Este ha sido el efecto de lo sucedido el siglo pasado y de sus logros, los que se han tomado como algo que es natural y espontáneo, que no ha costado esfuerzo.

Al final, el enorme mérito del autor es recordarnos que nuestra vida es la consecuencia de los esfuerzos y de las virtudes de generaciones anteriores. Esa advertencia de tan amplias consecuencias le valió a Ortega fama mundial.

Si se toma la esencia de su tesis, se llega a ver el punto ya tratado: la ignorancia de eso que ha producido un mundo mejor, con más opciones, que ha sido interpretado como una realidad gratuita. Sea un mundo mejor o uno peor el que vivan los mexicanos dependiendo de su nivel de bienestar, es posible sostener una idea igual: los mexicanos sin un marco mental que les explique las causas de esas circunstancias suyas, buenas o malas.

Y esos mexicanos, sin ese conocimiento, son ahora quienes han sido llevado a un altar en el que sus derechos son expandidos sin necesidad de ver obligaciones y su voluntad es dirección obligada de la autoridad. La pregunta obligada es sencilla y consiste en considerar la posibilidad de la calidad de un voto electoral por parte de quien no sabe las razones de su estado actual, pero que al mismo tiempo se considera el valor central de la democracia.

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