Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Proyectos de nación
Eduardo García Gaspar
17 septiembre 2004
Sección: GOBIERNO, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


No sé qué sucede en otras partes del mundo, pero por estas latitudes mexicanas, existe una verdadera obsesión por andar proponiendo proyectos de nación y realizarlos con acuerdos nacionales.

No creo que haya partido político que no tenga su proyecto de nación o que no haya hablado de uno por él propuesto.

Nos hemos acostumbrado a escuchar esto y lo damos por razonable, sin mucho pensar que es tonto hablar de un proyecto de nación.

Las razones son muchas y sólo menciono las principales.

La más obvia es la de que un proyecto de nación, el que sea, contiene muchos detalles y nunca en la vida vamos a ponernos de acuerdo en ellos.

Jamás se logrará ese acuerdo nacional, lo que producirá dos cosas: la pérdida de tiempo en las discusiones y seguramente la imposición de un proyecto contra la voluntad de una buena parte de la población. No importa de qué signo o naturaleza sea el proyecto ganador, siempre va a tener oposición.

Con un inconveniente adicional, si ese proyecto cambia en el tiempo, de acuerdo con quien haya ganado las elecciones, el país se vuelve un vaivén de reglas que impedirán la estabilidad necesaria para la prosperidad.

Por ejemplo, en un caso extremo, no se puede esperar avance si un sexenio los bancos son privados y al otro sexenio se expropian; igual que tampoco se puede prosperar si en un sexenio los impuestos son bajos y las fronteras están abiertas cuando en el siguiente período los impuestos subirán y las fronteras serán cerradas.

La conclusión es obvia. Ningún partido puede imponer sobre la sociedad un proyecto de nación, así se trate de un partido con victorias electorales que le den la presidencia y el control del legislativo.

Hablar de proyectos de nación es una tontería que hace perder el tiempo y evita el progreso. Sin embargo, no hay duda de que un país necesita reglas, organización y acuerdos entre sus habitantes para vivir y progresar.

¿Cuál debe ser ese arreglo social de un país?

Sólo hay una respuesta lógica y es la del estado de derecho en el que impere la ley, una ley destinada a la protección de las personas y sus bienes. Con ese arreglo se soluciona esa discusión de proyectos de nación y se traslada a cada persona la responsabilidad de realizar su propio proyecto de vida.

Lo que estoy diciendo es que un gobierno no debe imponer un proyecto de nación, sino lograr las condiciones necesarias que faciliten a cada ciudadano la posibilidad de que él haga con su vida su propio proyecto personal… bajo el imperio de la ley, bajo un sistema de estado de derecho. Mucho me temo que no haya otra solución que ésta.

Los partidos políticos hablan de tener ellos la solución a los problemas nacionales y por eso desean ganar las elecciones, para imponer sobre la nación lo que ellos creen que remediará los problemas del país.

La verdad es que cada partido tiene su propia solución y que ellas son muy diferentes, incluso opuestas y la realidad es que ninguna de ellas tiene garantía de funcionar impecablemente. No hay razón por la que se aplique una solución impuesta sobre toda la sociedad y recomendada por unos pocos.

Pero sí hay razones poderosas para cambiar el objetivo, salirse de la estrecha caja que limita las miras de cada partido, y ver el asunto integralmente… reconociendo que en realidad no hay un proyecto de nación sin muchos, uno por cada ciudadano y que la razón de ser de una autoridad es el lograr las condiciones necesarias para que esos ciudadanos, por sí mismos, logren lo que se proponen en lo personal.

Y eso sólo puede lograrse con un arreglo social que no impone nada sobre la persona excepto el respeto a la ley.

Es lo que llamamos estado de derecho.

El punto de esta segunda opinión quizá sea visto como muy abstracto por algunos lectores, sin embargo, es profundamente práctico, especialmente en una época electora como la que ya vivimos y en la que cada partido querrá proponer su proyecto de nación sin reconocer que hay otro proyecto mucho mejor que el de ellos y que es el de hacer de México un país de leyes breves y claras y aplicadas sin excepción, que no tengan otro propósito que el respeto a la persona y sus propiedades.

No estará ajeno a errores, pero será el mejor sistema que podremos tener.

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