Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Recicla e Irás al Cielo
Eduardo García Gaspar
26 enero 2004
Sección: ECOLOGIA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Varias veces, durante los últimos meses, he encontrado referencias de una idea en diversos textos. Me refiero a la idea de nuestro planeta como una madre de la humanidad.

La frase usada es la de Madre Tierra, así, con mayúsculas, para connotar algo vago, pero que acarrea el supuesto de que ella es superior a la persona humana.

No es sólo en el feudo de algunos ecologistas donde esa frase se usa, sino también en dominios ajenos a ése, pues también lo he visto sostenido en el caso de un par de religiosos.

En fin, aceptemos que madre tierra es una idea que está allí flotando y que es aceptaba por algunas personas. Creer en la madre tierra me parece muy atolondrado y expongo mis razones.

Antes que nada, sin embargo, no todo en esa idea es malo, pues ella apoya la noción del cuidado de la naturaleza, no sólo de la tierra, sino de toda la Creación, por hablar en términos cristianos.

La noción de cuidar la Creación no es original de la idea de la madre tierra, tiene varios miles de años y puede leerse en la Biblia.

Si vemos a la tierra como una madre, por otro lado, debemos aceptarla como la creadora consciente de la vida y no sólo como un lugar en el que la vida ha sido creada. Esto a su vez, supone que la tierra tiene una conciencia y una voluntad propia, una deidad, lo que ignora al resto del cosmos y propone que cada planeta tiene su voluntad.

Al menos un planeta ha decidido crear vida y los demás hasta donde sabemos, no. Eso, desde luego, implica el problema de quién creó a los planetas y no sólo a ellos, sino a los demás cuerpos cósmicos.

En fin, en esta avenida la madre tierra no nos lleva a lugar alguno.

En otra avenida, la madre tierra nos manda un mensaje, aparentemente, que es el de cuidar la naturaleza. Está bien, cuidémosla, que en eso nadie puede estar en desacuerdo si se hace con razón. Pero debemos esperar más que nos pueda decir la tierra en otros terrenos.

Sin embargo, la verdad, nada hay que diga y añada, lo que es muy diferente a lo que hacen las religiones serias, que sí tienen mensajes mayores sobre la naturaleza humana y, además, sostienen un código ético bastante más amplio que el de la madre tierra.

El problema aquí es entonces el de una tierra que nos dice que la cuidemos pero luego se queda callada y no habla más. El judaísmo y el cristianismo, por mencionar dos religiones, son infinitamente más ricas en su mensaje.

Ésta es otra avenida en la que la idea de la madre tierra decepciona. G.K. Chesterton (1874-1936), en Ortodoxia, una de sus obras, hablando sobre el tema propone que

“El punto central del Cristianismo está… en no considerar a la naturaleza como una madre, sino como una hermana. Ya podemos enorgullecernos de su belleza, puesto que venimos del mismo padre; pero ella no tiene la menor autoridad sobre nosotros; la admiramos: no la imitamos… Para los adoradores de Isis o de Cibeles, la naturaleza pudo ser una madre… Mas no para Francisco de Asís… (para quien) la naturaleza es una hermana, y hasta una hermana menor; una hermanita algo bailarina, digna de risas y de amores”.

Lo que dice el también autor de la serie detectivesca del Padre Brown, incorpora un elemento en extremo útil, el de la autoridad de la tierra sobre la humanidad.

La idea de la madre tierra sostiene, desde luego, algún tipo de mandato de la tierra sobre la persona humana. De aquí surge al menos un problema serio: ¿quién asume ese mandato y cómo lo reconocemos?

No hay respuestas claras para ser discutidas razonablemente y eso es una oportunidad para llenar el vacío con lo que sea. La oportunidad se vuelve realidad cuando una persona cualquiera emerge como autonombrada portadora del mensaje de la tierra afirmando que la tierra tiene autoridad y que lo que ella diga tiene la fuerza de un mandato religioso.

Pero el peor de todos los efectos de la idea de la madre tierra es otro. Me refiero al olvido de la naturaleza humana integral, lo que reduce la moral a un solo mandamiento, que en términos ya aterrizados nos dice que si reciclamos la basura, ahorramos agua y otras cosas, iremos al cielo…. sin importar si robamos, o si cedemos a todas nuestras tentaciones. Recicla e irás al cielo. ¡Uy!

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