Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Una Historia Real
Eduardo García Gaspar
6 diciembre 2004
Sección: NEGOCIOS, Sección: Asuntos
Catalogado en:


La siguiente es una historia verídica, narrada por una persona que fue testigo presencial de la situación entera y quien es una fuente confiable de información. Una empresa muy grande. Dentro de ella se realiza una reunión con los meros meros sobre un asunto de importancia seria.

Enfrentan un reportaje en la prensa, una noticia negativa: un columnista ha dado comentarios malos y dentro de la empresa hay urgencia para examinar la situación. La cabeza de la empresa inicia la reunión y, sin dar antecedentes, comenta que se enfrenta una situación grave.

Los quince presentes ponen atención a lo dicho por su superior y concuerdan con él, excepto uno que afirma que si lo que dice el columnista es cierto habrá que corregirlo y si no es cierto, es mejor quedarse callado.

Se le dice que no es cierto. Entonces él dice que nada hay que hacer. La cabeza de la empresa dice que se debe contestar públicamente con un desplegado que debe ser redactado por los allí presentes. Son las 12 del día. Todos dicen que sí a la petición del jefe.

Todos, excepto el que antes había opinado que nada debía hacerse como respuesta, ya que la acusación no era cierta.

Son las cuatro de la tarde y continúa la reunión de los ejecutivos. El texto logrado hasta ese momento es un dromedario, es decir, un caballo diseñado por un comité. Es confuso, no va al grano, es extenso, pero da gusto a todos porque contiene sugerencias de cada uno.

Los ejecutivos han comido allí. La mesa está llena de servilletas y vasos, con comida sobrante y varios papeles.

Algunos ejecutivos conversan sin hacer caso de los que se encuentran redactando el texto. A las cinco llega el jefe y pide ver el documento. Se le muestra y no le gusta. No dice la razón y quiere otra versión.

Los ejecutivos, muy solícitos, le dan la razón. El que hablaba de no hacer nada ya que no era cierta la acusación, vuelve a insistir que debe hablarse con un profesional de relaciones públicas, explicarle el caso y pedirle el texto, pues nadie allí sabe hacer eso.

Y ahora tampoco, nadie le hace caso. Son las seis de la tarde y no se ha terminado la tarea. Una hora después, el documento nuevo está terminado. Era mejor el primero. Alguien sugiere agregar una introducción que suavice el texto (lo que sea que eso signifique). Media hora después regresa la cabeza de la empresa y pide ver el texto.

Se le entrega y dice que está mejor. Pide hablar con una persona a la que solicita que de inmediato se una a la reunión. Arriba la persona, se le explica la situación y se le pide que revise y corrija el documento.

Son casi las ocho y media de la noche y esta persona dice que el documento tiene varias fallas, pero que aunque no las tuviera, ya es demasiado tarde para ir a los periódicos y publicar mañana. Quizá se pudiera lograr, pero no es nada seguro. Que lo mejor que hay que hacer es dejar las cosas para el día siguiente.

El jefe dice que está bien. Cansados, frustrados y tensos, los ejecutivos le vuelven a dar la razón a su jefe salen de la sala. Al día siguiente, nada relacionado sale en los periódicos. El asunto se olvida y nadie vuelve a comentar nada.

Obtenga usted mismo las lecciones de esa historia que escuché. Debe haber muchas, incluyendo la posibilidad de haber vivido situaciones parecidas.

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