Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Voto Extranjero
Eduardo García Gaspar
20 diciembre 2004
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Lleva unos siete años el asunto en discusión. Así de rápidos son los gobernantes. Pero quizá el asunto lo merezca. Es el tema del voto de los mexicanos en el extranjero, según se reporta, unos cuatro millones de personas que viven fuera del país.

Pensar en esto no es problema, la dificultad está en implantarlo, es decir, buscar la manera de que un mexicano perdido en Dead Horse, Arkansas, pueda tener una urna cerca.

Todo el asunto podría ser puesto de lado sin mayor consecuencia dadas las circunstancias mexicanas, que requieren más atención a reformas centrales que a leyes cosméticas. Pero, en un humano afán por atender primero lo que no es urgente, en la Cámara de Diputados está esa ley, que busca dar el voto a los mexicanos que viven fuera.

Sobre eso, el paso siguiente es buscar ciudades en el extranjero, en los que vivan al menos, por ejemplo, en Nirvanna, Michigan, unos 15 mil mexicanos, que es el límite mínimo del que se habla para poner una casilla allá, quizá en Boring, Oregon. Difícil y costoso lo será sin duda alguna.

El esfuerzo es mayúsculo, pues incluye censos de mexicanos, ciudades, emisión de credenciales, establecimiento de casillas, supervisión… toda la parafernalia que se requiere en las votaciones mexicanas.

Sin olvidar la probable campaña política de candidatos en centros urbanos con gran concentración mexicana, como Los Ángeles -lo que será interesante de ver. Ya que podemos perdernos en medio de discusiones laterales, conviene ir al fondo del asunto y plantear la posibilidad de si en verdad es bueno dar la posibilidad de voto en el extranjero a quienes viven allí.

El argumento central usado en la justificación de todo esto es ése, el de que el voto es un derecho para quienes siendo mexicanos viven en el extranjero.

Pongamos esto en tela de juicio. Es un bien ejercicio hacerlo.

Primero, desde luego, los mexicanos que viven en México tienen derecho al voto. Eso es parte de la igualdad de los ciudadanos, definidos legalmente como mayores de 18 años. Se trata de algo de justicia que respeta la dignidad natural de las personas: todos pueden votar, aunque con una limitación convencional, la mayoría de edad, que podía ser menor o mayor a 18 años. Hasta aquí no hay problema.

El derecho existe para los que sean mexicanos. Añadamos ahora el elemento circunstancial personal. Por ejemplo, un estudiante mexicano en Huddersfield, Inglaterra, que está temporalmente fuera. No hay problema, podría votar, pero el sitio en el que está no ofrece las facilidades para hacerlo y, por consecuencia, no vota. Tiene derecho, pero no puede ejercerlo.

Esto nos lleva a otra situación o circunstancia personal, la de emigrados mexicanos que tienen ausencias no temporales, y sí indefinidas. Es el caso de quienes viven en el extranjero, no de quienes tienen ausencias temporales.

Lo que estoy haciendo es plantear la existencia de dos tipos de personas radicadas fuera del país. El ciudadano que se encuentra fuera temporalmente, aún sean meses o años tal vez; y el ciudadano que vive, radica, hace vida, fuera del país.

La distinción es vital por lo siguiente: quien está fuera temporalmente posee un interés en el futuro de México y quien tiene su residencia fuera, es lógico suponer, que no tiene el mismo interés. Esto va mucho más allá.

La persona que, por ejemplo, lleva viviendo 15 años en Kremlin, Oklahoma, no va a sufrir las consecuencias de los gobiernos elegidos en México, al menos en el mismo grado que otra persona que se encuentra temporalmente en Bobo, Mississippi.

Es una cuestión clara de interés por ser afectado en lo personal. ¿Es lógico que alguien pueda alterar el gobierno de un país en el que no tiene previsto vivir? ¿Está igual de informado sobre los candidatos mexicanos quien vive en Toluca que quien radica en Krypton, Kentucky?

Todo el tema no es tan sencillo como aparenta y echar para adelante una serie de acciones complicadas y caras sustentadas en una base sobre la que existen cuestionamientos razonables.

Por otro lado, el impacto de 4 millones de votos será considerable. En 2000, votó el 64%, es decir, 37.6 millones. La influencia de esos votos extras será grande, digamos de un 5%, lo que en las esperadas elecciones muy parejas, es algo de gran impacto. Con esos votos extranjeros, los resultados podrán ser muy diferentes.

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