Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Vuelve el Juego: un Brinco
Eduardo García Gaspar
26 febrero 2004
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Hace muy poco, propuse a los lectores de esta columna una especie de juego de pensar. Se trata de tomar las tres lecturas de cada misa y encontrar qué tienen de común entre ellas o cómo pueden ligarse.

Estoy seguro que esto mismo puede hacerse con los textos en otras religiones. No sé si los lectores jugaron esto, pero yo sí lo hice la misa pasada. Comparto con usted mis hallazgos.

La primera lectura es de Samuel y habla de una guerra entre David y Saúl. Resulta que Dios había infundido un fuerte sueño a los soldados de Saúl, lo que permitió a David entrar al campamento de su enemigo, donde encontró a Saúl dormido y a su merced.

La acción lógica era matarlo, pero no lo hizo. David se alejó del campamento de Saúl con la lanza de éste y desde lejos le gritó, “Rey Saúl, aquí está tu lanza… El Señor… te puso en mis manos, pero no quise atentar contra el ungido del Señor”.

Tenemos, pues, una conducta extraña, contraria a la esperada entre dos enemigos en batalla. David hizo lo contrario de lo esperado, por respetar al ungido del Señor.

Luego viene San Pablo y habla del hombre terreno y del hombre celestial, con una promesa espectacular, “Y del mismo modo que fuimos semejantes al hombre terreno, seremos también semejantes al hombre celestial”.

En esa carta hace aparecer a Adán como el primer hombre, hecho de tierra y lo contrasta con “el ultimo Adán” que es espíritu y que da vida.

Me quedo yo, gracias a Pablo, con el sabor de boca de quien oye hablar de la llegada de Jesús, el que da la vida, de que Él hará que el hombre terreno sea hombre celestial. Muy bien.

Hasta aquí tenemos a la conducta fuera de lo esperado de David y el anuncio de quien hace la vida espiritual del hombre. Todo cobra sentido con san Lucas en el Evangelio y uno de los pasajes más sorprendentes de las enseñanzas.

Escribe Lucas que Jesús dijo a sus discípulos, “… amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen y oren por quienes los difamen… si aman sólo a quienes los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien sólo a los que les hacen el bien, ¿qué tiene de extraordinario?…”

Algo que se parece a la conducta no esperada David quien no mató a Saúl cuando podía hacerlo. Si ponemos las tres lecturas juntas es posible que ellas nos quieran decir lo siguiente.

Dios nos pide conductas que no son las comunes. La acción de David que dejó vivir a su enemigo es claramente una acción alejada del sentido común de la situación en la que se veía envuelto. Un general no deja escapar al general enemigo, que lo tiene amenazado y quiere su derrota.

Esto es como un capítulo adelantado del Evangelio, donde esa conducta extraña es exactamente la que pide Jesús.

Ama a tu enemigo, preséntale la otra mejilla, al que te quite el manto deja que se lo lleve, al que te solicite algo, dáselo. “No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados… Porque con la misma medida con que midan, serán medidos”.

Es un real brinco el que se da en este texto, un salto como nadie nos ha pedido y que va en contra de la reacción humana más primitiva. Aquí es donde veo que entra la noción de Pablo del hombre terreno y del hombre celestial.

El hombre terreno es el tosco y simple, que obviamente mataría a su enemigo en una guerra y el que jamás pensaría en orar por quienes le odian.

Pero, repentinamente, nos encontramos con la idea del hombre celestial, quien hace lo contrario y lo inesperado, ama a sus enemigos, pide por ellos, “sin esperar recompensa.”

El hacernos celestiales y volver glorioso lo terreno que tenemos, por tanto, tiene un camino que más claro no puede ser: amar de tal manera que incluso lo hagamos con quien nos afrenta, con quien nos acomete y no nada más con quien nos ama. Eso es lo que vuelve celestial a lo terreno.

Desde luego, Jesús nos invita, no nos fuerza, y nos habla con una claridad extraordinaria. Debemos realizar lo opuesto de eso que lo terrenal nos lleva a hacer. No es sencillo, pero la recompensa de la que habla Pablo es lo más grande que podemos imaginar, tan grande que cambia la perspectiva de lo que conocemos como “vida”.

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