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6 septiembre 2005
Sección: Sección: Listas, Y CONTRAPEDIA
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Según el Real Archivo de Indias fue en 1538 cuando Su Majestad el Rey dio a Don Lorenzo de Quesada el permiso correspondiente para iniciar la tarea de exploración que este último había planeado. Para tal efecto, el monarca otorgó el uso de tres naos: la San Basín de ciento cincuenta toneladas, la Josechu de ciento treinta y la Pequeñina de cincuenta kilos. Esta última era en realidad un lanchón de mediocre calidad que originó la primera de las muchas disputas entre los hombres de Quesada.

Resultó que Don Lorenzo de Quesada, al conocer las características de la Pequeñina, decidió echar a las suertes quién de sus tres capitanes se quedaba con ella. Esos tres capitanes eran hidalgos de noble cuna apellidados Mendoza, Sánchez y Alvarado. Fue Mendoza el que la suerte eligió como capitán de ese humilde lanchón y tuvo que soportar las burlas de Sánchez y Alvarado.

El asunto no hubiera pasado a mayores si Sánchez no le hubiera dicho a Alvarado que Mendoza de seguro “gozará de un viaje fresco y ventilado” por la brisa que tendrá durante la expedición. Accidentalmente Mendoza alcanzó a oír lo que dijo Sánchez y lo retó a repetirlo. Sánchez, entonces gritó: “Que he dicho que sin duda estaréis fresco con tanta brisa de la que disfrutareis”. Mendoza consideró esto como una afrenta y un insulto al linaje de sus ancestros.

La consecuencia fue un duelo en el que, bajo condiciones y circunstancias misteriosas, Mendoza salió vencedor y Sánchez y Alvarado muertos. Fue hasta 1952 cuando este intrigante suceso histórico fue aclarado en el celebre libro What did Mendoza do to Sánchez and Alvarado? del hasta entonces obscuro historiador Ludwig Pfaff.

Pfaff analiza exhaustivamente trescientos treinta y tres opciones explicativas de los sucesos y concluye que lo acontecido bien pudo haber sido lo siguiente: momentos antes de iniciar el duelo, Mendoza sacó de su cinto una morcilla para darle un mordisco, pues esa mañana no había desayunado y sentía hambre; al ver eso, Sánchez y Alvarado tuvieron un acceso de risa pues pensaban que Mendoza sacaría su espada y no una morcilla; Mendoza aprovechó esa circunstancia para velozmente asfixiar a sus contrincantes introduciendo el resto de la morcilla en las fosas nasales de Sánchez y Alvarado, y tapando sus bocas con dos tremendos pedazos de pan duro que había llevado para acompañar la morcilla.

Sea la que sea la verdad de este incidente, el hecho es que Don Lorenzo de Quesada, siendo en exceso supersticioso, mandó hundir a la nao Pequeñina creyéndole portadora de malas artes y maléficos sucesos futuros. En cuanto a las otras dos naos, ninguna de ellas era nueva. Al contrario, la San Basín había sido empleada en muchas navegaciones desde 1495 y fue severamente dañada en numerosos ocasiones.

La Josechu era ligeramente más reciente, pero no por ello se encontraba en mejores condiciones. Inicialmente había sido la nave capitana en una expedición contra los indios caribes, pero cuando Quesada la tomó bajo su mando, ella se encontraba en la sala de juegos de los infantes hijos de Su Majestad, quienes la habían mandado traer desde Puerto de Palos hasta a Aranjuez.

En ella jugaban a Cristóbal Colón los traviesos infantes, tomando por indios a los habitantes de esta ciudad. Estos últimos vieron con alivio como Don Lorenzo se llevaba la nao creyéndose libres de los tan molestos juegos de los infantes.

Sin embargo, los lugareños sufrieron un azote peor, ya que los infantes, ahora sin barco, jugaban a Hernán Cortés produciéndoles heridas de consideración con las flamantes piezas de artillería que su augusto padre les obsequió.

Quesada concentró sus naos en Béjar, sitio donde estableció su cuartel, lo que fue todo un problema ya que la costa de mar más cercana se encontraba a centenares de kilómetros.

Esta fue sin duda alguna una de las decisiones más intrigantes de Quesada. ¿Cuáles fueron las razones por las que Béjar fue escogido por Don Lorenzo para centralizar desde ahí todo lo relacionado con su expedición?

Otro libro del historiador Ludwig Pfaff nos da una clara idea. se trata de uno que lleva por título Why did Quesada go to Béjar? y examina exhaustivamente seiscientas setenta y tres posibles explicaciones concluyendo que la siguiente es posiblemente la más probable: la señora madre de Don Lorenzo de Quesada, una mujer de edad muy avanzada, vivía en Béjar; su hijo habíale prometido mostrar las naves; la parálisis y la precaria salud de la señora le hacía imposible emprender ningún tipo de viaje; consecuentemente, en honor a su promesa, el fiel hijo llevó los barcos a su madre, cuando la lógica hubiera dictado exactamente lo contrario.

Se cuenta que al contemplar las naves, la madre de Quesada le dijo, “¡Jo, mira que ahora las hacen grandes. No te olvides de arroparte por las noches. Estarías mucho mejor en casa que por ahí, con todas esas olas de la mar océano”.

Cuando, en Béjar, Quesada intentó reparar los barcos de sus desperfectos encontró, para su desdicha, que no lo podía hacer debido a la carencia de obreros especializados. Los barcos fueron llevados de Béjar a Tarragona para su reparación y pintura, cosa que no pudo realizarse por dos razones que son ampliamente examinadas en What happened to Quesada en Tarragona?, otro de los libros de Ludwig Pfaff.

Concluye este autor que los motivos fueron: uno, la opinión general de la población de Tarragona en el sentido de que España ya tenía suficientes problemas como estaba y que ellos no cooperarían a una nueva expedición que descubriera más tierras y, consecuentemente, trajera más problemas; y dos, el hecho de que Sánchez y Alvarado, los dos capitanes muertos por Mendoza en el duelo mencionada antes, eran originarios precisamente de Tarragona, e hijos de dos de las familias más ilustres de esa ciudad.

Fue en Tarragona que Quesada tomó una dolorosa decisión. No podía botar la naos ya que su mal estado garantizaban un máximo de veinticinco minutos de navegación, tiempo insuficiente para llegar a otro puerto con población menos hostil.

Tuvo, pues, que dirigirse por tierra a otro puerto, cuidando siempre de investigar si Sánchez o Alvarado tenían parientes en él. Siendo las familias Sánchez y Alvarado muy prolíferas, Quesada encontró que el único puerto disponible era Sanlúcar de Barrameda. Allí fueron reparadas y pintadas las naos, que también recibieron un nuevo velamen.

Durante todo el tiempo que Don Lorenzo de Quesada peregrinó de Aranjuez a Béjar a Tarragona y a Sanlúcar de Barrameda, siempre cuidó de guardar en el más total de los secretos el motivo de la expedición por el planeada.

Aquí, de nuevo sale al rescate Ludwig Pfaff con su libro What were the secret plans of Quesada?, donde examina doscientos treinta y ocho posibles motivos del viaje sin que entre ellos pueda saberse exactamente cuál fue. El hecho es que Quesada, tan en secreto guardó lo de su expedición, que hasta el mismo rey lo ignoraba, cosa que no impidió el otorgamiento de barcos y recursos.

¿Cómo fue que Don Lorenzo convenció al monarca de darle todo género de facilidades para realizar una expedición cuyo destino desconocían todos menos el propio Quesada? Esta fascinante pregunta histórica es el objeto de otro libro de Pfaff que se titulará What did Quesada say to his Majesty? y que saldrá a la venta dentro de poco tiempo.

Aunque la expedición se encontraba lista para zarpar el 22 de diciembre de 1540, ello no pudo realizarse. Resulta que Quesada, con tanto ajetreo, había olvidado reclutar soldados y marineros. Cuando intentó hacerlo, tuvo poco éxito dada la proximidad de Navidad.

Le dijo el reclutador, “Don Lorenzo, no será hasta después del año nuevo que veremos nuestras naos pululando con valerosos soldados y experimentados marinos”. Proféticas resultaron esta palabras, ya que fue el 27 de enero de 1542 cuando Quesada contó por fin con los doscientos cincuenta hombres que necesitaba.

Es necesario ahondar en ese retraso de dos años en la fecha de partida. Quesada durante esos meses enfrentó serios problemas en el reclutamiento de hombres y en la Corte Real.

Con relación al reclutamiento, los hombres se negaban a zarpar sin conocer el destino de la expedición e ignorando su duración. La situación llegó a tal punto que Don Lorenzo tuvo que improvisar un discurso en los muelles de Sanlúcar a los reacios hombres de ese lugar. Afortunadamente ha llegado hasta nosotros el texto integro de la alocución de Quesada: “Andar, andar, que se trata sólo de unos cuantos años de vagar por ahí navegando y disfrutando de la brisa marina. Hay nativas en las playas que cuentan que son muy bellas y que por el calor andan mostrando sus vergüenzas”.

Con eses palabras, Quesada reclutó más de tres mil hombres incluyendo al alcalde del puerto. De entre esos hombres fue que seleccionó a los doscientos cincuenta que requerían las naos y su expedición.

El mandó quedó repartido en tres personas. Lorenzo de Quesada como el Gran Capitán de la Expedición y Almirante Adelantado de Todas las Tierras por Descubrir. Rodrigo de Mendoza fue el Capitán de la San Basín, puesto que le ganó a todo posible candidato amenazando despacharlo como lo hizo en el duelo con Sánchez y Alvarado.

La Josechu fue capitaneada por Juan de Arteaga quién sustituyó a Pedro de Reina en ese puesto después de un curioso incidente. Pedro de Reina había sido elegido por Quesada como capitán de la Josechu, pero Reina insistió en hacerse acompañar por su esposa durante toda la travesía.

Interrogado por Quesada sobre tan extraña petición, Pedro de Reina contestó que el era de temperamento muy ardiente, fogoso y de inclinaciones carnales. Quesada no otorgó el permiso correspondiente alegando que la expedición ofrecía demasiados peligros para una mujer.

Pedro de Reina se sujetó a la decisión de Quesada pero no se hizo responsable de su conducta después del tercer día de travesía. Concretamente dijo, “Pero si es que no la llevo pondré en peligro a mis hombres, tendría que desfogarme con alguien y si no está mi mujer, pues la verdad es que pues eso y ya”. La tripulación de la Josechu se enteró de los dicho por Pedro de reina y obligó a Quesada a sustituirlo por Juan de Arteaga.

El avituallamiento fue otra de las causas por las que se retrasó la salida de Quesada y su expedición. los proveedores tardaron más tiempo del originalmente planeado para sustituir los siguiente: 22,843 libres turcas de galletas salada, 3,9854 libras francesas de tocino, 345 toneladas inglesas de anchoas en conserva, 1,231 quesos, 691 pellejos de vino y 577 toneles de agua.

También se surtió abundantemente a la expedición de sal, ajo, cebolla, mostaza, frutas secas y diez vacas para la leche del Gran Capitán. Según consta en los registros del Archivo de Indias, fue el 14 de agosto de 1543 cuando al fin llegaron a Sanlúcar las baratijas y bisuterías que serían cambiadas por oro, plata y piedras preciosas a los nativos. Ese cargamento estuvo constituido por una gran cantidad de collares, pulseras, tijeras, cuchillo, navajas, espejos, pañuelos de intenso colorido, peines, naipes, cepillos, cordones dorados, y otras cosas más de mediocre calidad.

Fue tanta la carga de alimentos y baratijas que Quesada se vio forzado a dejar treinta y ocho hombres en tierra por falta de espacio. En cuanto al material bélico, éste constaba de tres pequeñas piezas de artillería, dos falcones, una lombarda gruesa, tres pasamuras y los cuchillos navajas y tijeras incluidos ya entre las baratijas.

El 3 de septiembre de 1543 todo estuvo listo y a punto para zarpar. Sin embargo Quesada tomó la decisión de aplazar su despedida para despedirse personalmente de Su Majestad, de quien le habían dicho que se encontraba en la ciudad de Pastrana.

Quesada dirigióse a Pastrana, pero al llegar se enteró que el gobernante hacía dos días que había salido hacía Aranjuez. Fue a Aranjuez pero tampoco allí encontró al monarca, por lo que entonces Quesada encaminó sus pasos hacia Béjar para decirle adiós a su madre.

Casualidad afortunada, en el camino a Béjar topó Quesada sorpresivamente con Su Majestad. Sostuvieron ambos una amplia conversación durante unos cinco minutos. Al final, cuentan los cronistas de la época, que el rey gritó a Quesada cuando éste ya se alejaba, “Os encargo mucho esto, que sea una buena expedición porque necesitaremos más riquezas pronto”.

Don Lorenzo de Quesada estuvo de regreso en Sanlúcar de Barrameda el 22 de noviembre de 1543. Para el 15 de diciembre todo estuvo listo para zarpar, cosa que se hizo el 17 de ese mes por la mañana y en medio de las protestas de la tripulación que deseaba pasar ya las próximas festividades en compañía de sus familias. Los alzados ánimos fueron calmados al ordenar Quesada la repartición de trescientos pellejos de vino entre sus hombres durante la primera noche de la travesía.

La historia de la primera expedición de Don Lorenzo de Quesada no puede considerarse completa si no se examina con algún detalle lo sucedido en la corte entre el 22 de diciembre de 1540, fecha original de partida y el 17 de diciembre de 1543, día en que Quesada salió realmente se Sanlúcar de Barrameda.

A pesar de la fuerte influencia de los círculos cortesanos, Quesada no estaba exento de enemigos. El principal de ellos fue Cristóbal de Loreado, un noble de mucha alcurnia y muy cercano al rey.

La rivalidad entre ambos personajes nació en 1490, año en el que nacieron en la misma ciudad y el mismo día 13 de Octubre. Tanto los padres de Loreado como los de Quesada fijaron el bautizo de los pequeñines también para el mismo día, la misma hora y con el mismo sacerdote, el obispo de Valdepeñas. Por razones obvias dicho obispo no podía estar al mismo tiempo en dos lugares distintos. Hubo agrias discusiones entre las familias e intentos de convencimiento dirigidos al Obispo.

El resultado final de todo este problema fue que el pequeño Quesada recibió el bautizo un día antes que el infante Loreado. Hay muchas y muy variadas explicaciones sobre cómo fue que los Quesada ganaron la partida a los Loreado haciendo que estos fueran los segundo en la preferencia de dicho obispo. Ellas han sido examinadas con amplitud en otro libro de Ludwig Pfaff titulado Why did the Quesadas win against the Loreados?

Consecuencia del suceso anterior fue la enemistad incipiente entre ambos niños y que fue aumentando conforme ellos crecían.

Cuando Don Cristóbal de Loreado supo, en 1540, que su odiado enemigo Quesada había obtenido el permiso real para una expedición montó en cólera y juró que haría lo indecible para sabotear los planes de Lorenzo.

Primero, le acusó de “costumbres licenciosas indignas de un futuro Gran Capitán al mando de una expedición española”. Con gran trabajo Quesada pudo demostrar la falsedad de esas acusaciones. Unos meses después, Loreado intentó otro singular acto: fungió una reconciliación con Quesada motivo por el que le envió a Béjar, como regalo, varios pellejos con vino de Valdepeñas, vino que había sido previamente mezclado con potentísimos pero insaboros laxantes. ¡Un claro intento de asesinato! La fortuna sonrió otra vez a Quesada.

El vino nunca llegó a su poder y se perdió cerca de su destino. Ludwig Pfaff ha examinado este hecho con su tradicional minuciosidad en el libro What happened to the wine that Loreado gave to Quesada? La conclusión del insigne historiador es que los pellejos de vino hayan sido robados en el camino a Béjar por un grupo de bandidos que después los vendieron a un tabernero de una pequeña población cercana.

El argumento básico de Pfaff consta en los registros encontrados en dicha población correspondientes a 1541, donde se lee que “los baños no son suficientes ya para atender la necesidades físicas de todos los pobladores cuyas cacas son de tal magnitud y tan frecuentes que es como si una terrible maldición hubiese caído sobre esta ciudad que nunca ha hecho nada para merecer tan maléfico castigo y siempre ha sido defensora de la fe y del rey”.

Viendo que el truco del vino no había cristalizado según sus planes, Cristóbal ideó otro plan. Él personalmente se encargó de convencer al monarca que por el bien de la corona era conveniente incluir, en la tripulación de Quesada, a un hombre en el que el propio rey confiara ciegamente y cuya labor esencial sería la de supervisar que se registraran correctamente los tesoros encontrados para de ellos dar una quinta parte a la corona. Después de algunas dudas, el rey accedió a la petición de Loreado y decidió que fuera precisamente Loreado dicho supervisor, lo que constituyó de hecho a Cristóbal de Loreado en jefe de Lorenzo de Quesada.

El juramento de fidelidad fue tomado a Loreado el 4 de mayo de 1542. Una parte de este juramento decía textualmente lo siguiente: ” . . . de todas las cosas, peligrosas, asechanzas y enfermedades que en la expedición los hombres se verán obligados a afrontar en las continuas luchas contra las tempestades, los monstruos marinos y los nativos salvajes habitantes de esas tierras donde la carne de los cristianos es un manjar tan apreciado . . .”

Cuentan que horas después de leer su juramento, Loreado cayó enfermo agobiado por un malestar misterioso. En realidad, lo que había sucedido fue que prevenido Quesada del nombramiento de Loreado, aprovechó la innata cobardía de éste. De hecho fue el propio Quesada el que redactó el juramento de fidelidad que leyó Loreado y en ese texto exageró tremendamente los peligros de la expedición. Lorenzo sabía que Cristóbal nunca dejaría de ser el cobarde que siempre fue.

Loreado intentó otra forma de hacer fracasar los planes de Quesada creando enemistades entre la tripulación y convenciendo al monarca de hacer que Quesada aceptará dos nombramientos importantes a gente sin valor y dudosa reputación.

En efecto, motivados por Cristóbal de Loreado muchos hombres ambiciosos de antecedentes malvados acudieron al monarca para lograr ser aceptados como gente principal de la expedición. Sabedor del origen de esta situación, Quesada tuvo que hacer varias visitas a la corte, donde persuadió al monarca de que esos hombres no eran valiosos.

Hubo una solo excepción, el imberbe hidalgo Sebastián de Arratia, quien fue aceptado por Quesada sin excusas, ni protestas. Al contrario, se mostró entusiasta respecto a la inclusión de Arratia como secretario personal y “cronista escribidor de la expedición”.

La aceptación del joven Arratia es una curiosa incógnita en la conducta de Quesada. Extraña decisión en alguien que siempre manejó con férrea mano todos sus asuntos, sin permitir que nadie interviniese en ellos. El libro Why did Quesada accept Arratia? trata esta espinosa cuestión con gran maestría.

Su autor, Pfaff, analiza exhaustivamente muchas posibles explicaciones del intrigante hecho y concluye que los más probable es Sebastián de Arratia no haya sido precisamente Sebastián de Arratia, sino Mercedes de Arratia, hermana de Sebastián, con quien Lorenzo de Quesada sostuvo relaciones amorosas toda su vida.

Las continuas peleas entre los hombres de Quesada fueron otro de los graves problemas que éste tuvo que afrontar. unas veces originadas por razones espontáneas, otras veces provocadas por Cristóbal de Loreado, las riñas entre los miembros de la expedición fueron el pan de todos los días.

La enemistad que surgió entre Rodrigo de Mendoza y Juan de Arteaga fue el clímax de estas dificultades. Aún hoy en día se ignora qué fue lo que sucedió que volvió enemigos a Mendoza y Arteaga. Sobre este tema no existe ningún análisis histórico. Ludwig Pfaff no ha escrito Why did Arteaga fight Mendoza?, pero lo realmente importante fue el resultado práctico de esa pelea.

Como consecuencia de ella, Mendoza y Arteaga se negaron a verse de nuevo las caras no pudiendo estar los dos al mismo tiempo dentro de una misma habitación. Esto complicó notoriamente la vida de Quesada aumentándole su carga de trabajo de por sí agobiante. Quesada tuvo que repetir dos veces todas sus instrucciones y órdenes, una a Mendoza y otra a Arteaga, a cada uno en diferente habitación.

Las dificultades, todas, fueron vencidas y la expedición partió ese histórico 17 de diciembre de 1543, con más de doscientos hombres y unas quinientas opiniones distintas sobre aquello que se debería hacer para que la expedición tuviera buen término.

Los trescientos pellejos de vino que Quesada repartió entre la tripulación de las dos naos tuvieron su efecto. Los alzados ánimos de la tripulación fueron calmados y los hombres se olvidaron de querer pasar la muy próxima Navidad en casa con sus respectivos familiares.

Sin embargo, éste fue el primero de una serie de errores que Quesada cometió durante su expedición. El segundo de ellos fue haber olvidado sus cartas de navegación la noche anterior a la partida en casa de Martina González, una mujer de escasa reputación y amplísima clientela.

Durante la cena del primer día de travesía, cuando más vino se consumía, surgió un fuerte altercado entre el capitán, Juan de Arteaga y Hernán Gómez, un marino de baja ralea y obscuro origen. Arteaga se encontraba comiendo un pan con tres anchoas en conserva cuando Gómez lo vio.

Este último le reclamó al primero el número excesivo de anchoas, increpándole con estas palabras: “¿Quién sois vos para comer tres anchoas cuando los demás tan sólo hemos recibido permiso para tomar una? Contestadme, so pena de que mi ira me ciegue y cometa alguna barbaridad.”

Al oír estas palabras provenientes de la grosera boca de un vulgar hombre, Arteaga le contestó diciendo, “Pues soy yo vuestro capitán, el que tiene derecho a tomar tres anchoas, puesto que vengo de noble cuna e ilustres ancestros que siempre han tenido el alto honor familiar, como mi tío Don Fernán de Arteaga que llegó a tomar no tres sino cuatro anchoas cuando la tripulación de su barco solo comía galletas rancias. Además, dad gracias al cielo que no haya tomado también un poquitín de queso”.

Gómez reaccionó violentamente ante lo dicho por Arteaga y se formó una gresca de consideración. Este incidente fue aumentando al causar división entre los hombres que formaron tres bandos: los que daban la razón a Arteaga, los que se ponían del lado de Gómez y los que opinaban que todo el asunto era una total estupidez. La historia registra este hecho con el nombre de “el incidente de las anchoas” el que también originó un refrán que se popularizó inmediatamente entre los marinos de esa época, “y todo por tres anchoas”.

Arteaga, como capitán que era, ordenó un castigo ejemplar para el rebelde Gómez. Dio instrucciones para que fuese metido dentro de un gran tonel vacío en el que después introdujo trescientas tijeras y doscientos cuchillos, parte de las baratijas que se llevaban. Desafortunadamente, nada en los registros históricos de ese tiempo indica si Gómez murió o no en ese accidente.

Otro nefasto acontecimiento sucedió aquella primera noche de travesía. Recuérdese que Arteaga, al mando de la nao San Basín y Mendoza, capitán de la Josechu, se habían declarado una profunda enemistad, La densa niebla marítima de esa noche provocó una visibilidad prácticamente nula, hecho que causó que ambos barcos se perdiesen uno del otro unas cuantas horas después de zarpar. Arteaga, al no ver la otra nao, enfiló hacia la primera escala pactada, en las Azores, donde esperaría verse con Mendoza y Quesada.

A la mañana siguiente la San Basín no estaba a la vista. Quesada le creyó perdida, pero Mendoza culpó a Arteaga haciéndole aparecer como un traidor a los ojos de Don Lorenzo. Por alguna razón, éste último ordenó a Mendoza un cambio en los planes: atrancarían primero en Madeira y no en las Azores.

Esta modificación en los planes irritó profundamente a Mendoza que lo consideró una afrenta a su familia, una violación a lo estipulado con el rey y un insulto a su experiencia como experimentado hombre de mar.

Mendoza, consecuentemente, desobedeció la orden de Quesada y enfiló hacia las Azores, éste último, al observar la conducta del capitán de la Josechu, mandó arrestar a Mendoza y le hizo juicio. Acusado de morir ahogado en aceite hirviendo. Sin embargo, el aceite fino de oliva, por casualidad del destino, no fue embarcado en la Josechu, sino en la San Basín. El único aceite disponible en la Josechu era uno de mediana calidad que Quesada no se atrevió a utilizar en su sentencia porque Mendoza venía de una ilustre familia y se le consideraba un ilustre hidalgo.

Quesada cambió forzadamente la sentencia dictando que se le diera un “buen pedazo, grande y hermoso de buena madera finamente labrada por afamados artesanos” y con ella se le arrojara al mar. Por lo visto, el único pedazo de madera con tales características era la cabecera de la cama de Quesada y éste en un gesto de magnanimidad se lo regaló a Mendoza, quien fue arrojado al mar ante la incrédula mirada de la tripulación.

Ya sin Mendoza, Quesada eligió a Fernán de Pacheco, el segundo, como capitán primero y le ordenó dirigirse a las Azores. Unas horas después cambió de opinión e instruyó a Pacheco para ir a Madeira. En Madeira atracó sin problemas y se abasteció de tres mil libras españolas de tocino y cuatrocientos pellejos de vino para recuperar el consumo de provisiones hecho hasta ese momento por los hombres de la Josechu.

Quesada decidió esperar en Madeira a Arteaga, de cuya fidelidad no dudaba y a quien creía perdido. Después de tres meses de espera y sin noticias de Arteaga, Quesada optó por iniciar sólo la expedición y enfiló hacia las Azores, su siguiente escala y primera en el plan original, no sin antes reabastecerse con cuatro mil libras venecianas de tocino, setecientos pellejos de vino y otros comestibles consumidos por sus hombres durante la espera en Madeira.

¿Qué sucedió con Arteaga esos tres meses? Lo mismo que a Quesada pero en las Azores. Cuando Arteaga atracó en la Azores con la San Basín decidió esperar allí a Quesada, a quien creyó momentáneamente perdido. Desde luego, aprovechó esta escala para proveerse de nuevas provisiones y alimentos. Justo a los tres meses, sin noticias de Quesada, decidió poner rumbo de regreso a Sanlúcar, ante el enorme beneplácito de la mayor parte de la tripulación.

Una feliz coincidencia hizo que la naos de Quesada y Arteaga se divisaran. Una vez evitado el choque entre las naos se procedió a festejar con gran alegría el inesperada encuentro, pues ambos pensaron naufragado al otro.

Varios días después las dos naos atracaban en las Azores para reabastecerse de los consumido durante los festejos del reencuentro. Desafortunadamente, tan sólo encontraron disponibles en ese puerto cuatrocientos noventa pellejos de vino, diez mil libras catalanas de galleta salada, seis mil libras vascas de tocino, cien toneladas de anchoas en conserva y setecientos quesos, amén de abundante sal, ajo, cebolla y frutas secas.

Se hicieron a la mar el 2 de abril de 1544, entre las protestas de la tripulación que exigía pasar las festividades de Semana Santa en tierra y sin trabajar. Después de varios días de travesía, Quesada confesó a Arteaga lo del olvido de las cartas de navegación en casa de La González, a los que Arteaga contestó: “Pero si seréis bestia, con la González ahora posiblemente todo Sanlúcar conoce exactamente cual era el propósito de vuestra tan secreta expedición”.

A esto respondió Quesada con estas palabras: “Tenéis razón, fui una bestia pero os suplico que perdonéis un solo error mío ante la comisión de hechos tan benéficos y bien intencionados como los aquellos de los que yo he sido autor toda mi vida. Además, poned atención en el hecho de que al darme cuanta de mi olvido, envié en lancha a mi fiel escudero y fiel criado Pujitos habrá seguramente muerto en la empresa que le encomendé”.

Ante la imposibilidad de recuperar las cartas de navegación olvidadas en tan infame lugar de Sanlúcar, los dos hombres deliberaron durante todo un día estudiando las diversas opciones que se les presentaban.

Por fin, al caer la noche Quesada dijo: “Pues a mí me han dicho que por allá hay muchas tierras sin descubrir y que tan sólo con un poquitín de suerte se descubre una nueva. ¿Qué pensáis de esto?”. De acuerdo, Quesada y Arteaga decidieron lanzarse a lo desconocido.

Navegaron sin rumbo premeditado durante once meses y seis días. En ninguno de sus intentos tuvieron éxito. No descubrieron tierras, aunque estuvieron bastante cerca de hacerlo, según muestra el mapa del Real Archivo de Indias.

Desilusionados, maltrechos y avergonzados, atracaron en Sanlúcar un lúgubre día de marzo de 1545, exactamente el ocho. Al desembarcar, una numerosa multitud esperaba expectante las palabras primeras de Quesada que dijo: “No hemos visto tierras, ni hemos descubierto nuevas rutas, pero eso sí, si se hubiese tratado de descubrir agua . . . jo . . . vimos agua hasta hartarnos”.


ContraPedia tiene un antecedente en los 80, cuando fueron publicadas una serie de propuestas de palabras y personajes que no existían. Eran muy breves. Esta versión respeta la idea original, jamás publicada antes, con textos más amplios.





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