Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Así Soy y Qué
Eduardo García Gaspar
22 agosto 2005
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Por la razón que usted quiera, pero el caso es que en los últimos meses he estado expuesto dos o tres veces a personas que hablan de la auto-estima. La idea no suena mal, pues acarrea connotaciones de confianza en sí mismo y de creerse capaz de realizar acciones buenas y productivas. Hasta aquí no veo cosas negativas en esto.

Pero, como me sucedió en esas ocasiones, quienes elogiaban a la auto-estima pasaron del límite sano al ignorar otros aspectos que necesariamente tienen que ligarse con esa idea. Por ejemplo, un conferencista se limitó a “motivar” a la audiencia que lo escuchaba, haciéndola ponerse de pie y exclamar cosas como “yo sí puedo.”

Muy bien eso de pensar que uno puede. Pero la pregunta que sigue no fue contestada. Puedo, pero ¿qué puedo? ¿Puedo hacer lo que quiera y se me antoje? No hubo en esa situación la menor referencia a cuestiones que limitan nuestras acciones.

El mensaje que se dejó en la audiencia fue una simplista creencia en la idea de que “yo puedo.”

Tampoco se hizo referencia a la preparación y el estudio. De allí puedo salir convencido de poder resolver una ecuación cuadrática o tocar el piano como Rubinstein o Richter, pero resulta que falta el otro hábito, el de estudio y la disciplina.

Total, esa conferencia me dejó con la idea de haber creado expectativas falsas en buena cantidad de personas que se quedaron con la idea de que pueden hacerlo todo sin otro requisito que tenerse confianza.

La otra cosa que me incomoda de estas ideas es la de crear en la persona un conformismo que le impida mejorar. Si la auto-estima está diseñada para confiar en uno mismo como actualmente se es, de un plumazo desaparece la idea de mejorar. Llevada al extremo, la persona dejaría de pensar en la opción de cambiar para mejor y se quedaría con la idea de “así soy, así valgo mucho y no necesito mejorar.”

En otras palabras, el énfasis exagerado en la auto-estima anula la insatisfacción personal.

Y, lo sabemos, una persona satisfecha no emprenderá cambios, ni tendrá iniciativas, ni hará esfuerzos. Imagine usted a un estudiante cuyo profesor le dice que así como es él, está bien y que es valioso todo lo que es. Al alumno se le anula de esta manera el deseo de ser otro mejor. Si acaso es un perezoso, se le ha dado excusa para continuar siéndolo.

En la tradición cristiana se enseña que las personas hemos sido creadas a imagen de Dios y que por eso somos dignos en sí mismo, pero al mismo tiempo se instruye en la idea de mejorar, de acercarse a Dios, de cumplir con ciertos mandatos y reglas.

Lo que hace esa creencia es desarrollar dos ideas simultáneas: uno vale en sí mismo y uno debe elevarse. Por el contrario, la auto-estima crea la noción de como soy ahora, valgo. La diferencia es inmensa.

Más otra cosa. Bajo la mentalidad de la auto-estima a toda costa, deja de haber ejemplos a los que imitar. Los héroes a los que debemos aspirar dejan de tener sentido. Cada una de las personas es así y sigue su propia “onda.” De esta manera, Santa Teresa de Ávila era alguien que seguía sus cosas y nada hay en ella que yo pueda querer imitar, porque como soy estoy bien.

El asunto es resbaloso porque puede confundirse la idea del valor intrínseco de las personas con la noción de que ellas deben estar satisfechas con sus casos particulares.

Sí, somos seres muy especiales, con una dignidad propia que nos hace merecedores de respeto. Pero de allí a creer que eso significa haber alcanzado el clímax de la perfección es un paso tan grande como falso.

Peor aún, cuando la auto-estima se confunde con satisfacción resulta que todos estamos bien y que nada es reprobable ni sujeto de elogio. Bajo esta mentalidad, vale lo mismo el estudiante que se esfuerza que el que no lo hace, con la desventaja que este último termina creyendo que él está bien y que así puede seguir.

Este tipo de ideas han sido calificadas de basura intelectual. Son ideas difundidas, creídas sin mucho razonamiento, que se tornan modas dogmáticas y que producen efectos negativos que tienden a no ser creídos. Quizá sea, como me han dicho, un producto de nuestro desprecio por el deber y nuestro gusto por el hacer lo que nos antoje de inmediato. Usted dice.

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