Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Benedicto XVI y la libertad
Selección de ContraPeso.info
26 abril 2005
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


Contrapeso.info presenta un texto de Alejandro A. Chafuén, miembro del consejo del Acton Institute y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se agradece el gentil permiso del Acton Institute para traducir y reproducir esta columna.

Las ideas de Chafuén son bienvenidas en medio de la superficialidad y las ansias de controversia con que los medios noticiosos dominantes quisieron llenar el comienzo de este papado.

El pontificado de Juan Pablo II dejó un legado sin paralelo de enseñanzas papales. Un aspecto clave fue el espacio que él creó para el trabajo de otros grandes teólogos. El nuevo papa, Benedicto XVI, antes Cardenal Joseph Ratzinger, es uno de ellos.

Dada la gran atención de Ratzinger en asuntos doctrinales, muchos han visto sólo un lado de este hombre: el protector de la fe, el líder de la nueva “inquisición.”

Pocos se han enfocado en sus ricos análisis de la libertad. Hace unas dos décadas, el despacho de Ratzinger publicó un fuerte documento contra ciertos aspectos de la teología de la “Liberación.” Este documento fue un duro golpe a los más radicales elementos de la iglesia, un golpe que se aunó al colapso de la utopía atea soviética. Juan Pablo II y los teólogos del Vaticano entonces pusieron atención en otro enemigo que afectaba igualmente a occidente que a oriente, la tiranía del relativismo.

En su encíclica, Veritas Splendor, el fallecido papa sostenía que la cultura actual “genera escepticismo en relación a los cimientos mismos del conocimiento y la ética… y hace cada vez más difícil comprender el significado de lo que el hombre es, el significado de sus derechos y deberes.”

Su meta era dar la brújula para la práctica de la virtud como el primer paso necesitado para la recuperación moral de la civilización.

Los intelectuales clásicos liberales y los “moderados” tuvieron la preocupación de que después de la fuerte defensa de la verdad objetiva en Veritas Splendor, la iglesia regresara a imponer esta verdad promoviendo una legislación coercitiva. Pero no fue así. Por el tiempo de la encíclica, el papa visitó Sudán, un país mayoritariamente islámico y sostuvo que las mayorías no poseen el derecho de imponer sus visiones religiosas y morales en las minorías.

The Wanderer, uno de los más conservadores periódicos católicos, editorializó en favor del sesgo “libertario” de las declaraciones vaticanas en Sudán. El cardenal Ratzinger se enfocó a la enseñanza de la importancia de las convicciones y no de la fuerza.

El 6 de Noviembre de 1992, en la ceremonia en la que Ratzinger fue aceptado en la Academia de Ciencias Morales y Políticas del Instituto de Francia, él explicó que una sociedad libre puede sólo subsistir donde las personas comparten convicciones sociales básicas y estándares morales altos.

Sostuvo además que estas convicciones no deben ser “impuestas, ni siquiera definidas arbitrariamente por coerción externa.” Ratzinger encontró parte de la respuesta en Tocqueville. Había dicho él, “La Democracia en América siempre me ha causado una gran impresión.”

Añadió que para hacer posible

“un orden de libertades en la libertad vivida en comunidad, el gran pensador vió como una condición esencial el hecho de que una convicción moral básica estaba viva en EEUU, sobre la que, alimentada por la cristiandad protestante, proveía los cimientos de instituciones y mecanismos democráticos.” [véase Tocqueville: Brújulas de la mente]

En su trabajo como teólogo, Benedicto XVI coloca a la libertad en el centro de sus enseñanzas. Tiene él una bella forma de explicar la creación, la que de acuerdo con él debe ser entendida no como el modelo de un artesano, “sino de la mente creativa, del pensamiento creativo.”

El principio de la creación es una “libertad creativa que crea más libertades. Hasta el punto que uno podría muy bien describir al cristianismo como una filosofía de la libertad.”

El cristianismo explica una realidad que “en la cumbre apoya una libertad que piensa y el pensar, crea libertades, por tanto, haciendo a la libertad la forma estructural de todo el ser.” Esta libertad está encarnada en la persona humana, el único “ser irreductible y ligado a lo infinito.

Y aquí de nuevo, es la opción de la primacía de la libertad en oposición a la primacía de alguna necesidad o ley natural cósmicas.” La libertad empuja al cristianismo lejos del idealismo.

Benedicto XVI argumenta que la libertad, aunada a la conciencia y el amor, forman la esencia del ser. Con la libertad viene la incalculabilidad —y por tanto, el mundo no puede ser reducido a la lógica matemática. En su visión, donde lo particular es más importante que la universalidad,

“la persona, única e irrepetible, es al mismo tiempo el más alto y último elemento. Viendo el mundo así, la persona no sólo es un individuo, una reproducción levantándose de la difusión de una idea, pero más bien, precisamente una “persona.”

De acuerdo con Benedicto XVI, los griegos vieron a los seres humanos como meros individuos, sujetos de la polis (estado-ciudad). El cristianismo, sin embargo, ve al hombre como una persona más que como un individuo. Este tránsito de individuo a persona es lo que guió el cambio de la antigüedad al cristianismo.

O, como lo dijo el cardenal, “de Platón a la fe.” Como católico romano, yo y muchos otros estamos profundamente agradecidos a Ratzinger y sus enseñanzas acerca de la libertad creativa, esta característica que señala a la persona humana “ligada a lo infinito.” Podemos estar seguros que el nuevo papa continuará el legado de Juan Pablo II, colocando a la libertad y a la dignidad en el centro de sus enseñanzas.

Post Scriptum

Las siguientes son palabras textuales de Benedicto XVI, en una entrevista que le hiciera director de la revista «Humanitas», Jaime Antúnez, publicada en el año 2001 en el libro “Crónica de las ideas – En busca del rumbo perdido” (Ediciones Encuentro).

“Muchos opinan que el relativismo constituye un principio básico de la democracia, porque sería parte de ella el que todo se pueda someter a discusión. En verdad, sin embargo, la democracia vive sobre la base de que existen verdades y valores sagrados que son respetados por todos. De otro modo se hunde en la anarquía y se neutraliza a sí misma. “Alexis de Tocqueville señalaba ya, hace aproximadamente 150 años, que la democracia sólo puede subsistir si antes ella va precedida por un determinado «ethos». Los mecanismos democráticos funcionan sólo si éste es, por así decir, obvio e indiscutible y sólo así se convierten tales mecanismos en instrumentos de justicia. El principio de mayoría sólo es tolerable si esa mayoría tampoco está facultada para hacer todo a su arbitrio, pues tanto mayoría como minoría deben unirse en el común respeto a una justicia que obliga a ambas. Hay, en consecuencia, elementos fundamentales previos a la existencia del Estado que no están sujetos al juego de mayoría y minoría y que deben ser inviolables para todos.

“La cuestión es: ¿quién define tales «valores fundamentales»? ¿Y quién los protege? Este problema, tal como Tocqueville lo señalara, no se planteó en la primera democracia americana como problema constitucional, porque existía un cierto consenso cristiano básico —protestante— absolutamente indiscutido y que se consideraba obvio. Este principio se nutría de la convicción común de los ciudadanos, convicción que estaba fuera de toda polémica. ¿Pero qué pasa si ya no existen tales convicciones? ¿Es que es posible declarar, por decisión de la mayoría, que algo que hasta ayer se consideraba injusto ahora es de derecho y viceversa? Orígenes expresó al respecto en el siglo tercero: Si en el país de los escitas se convirtiere la injusticia en ley, entonces los cristianos que allí viven deben actuar contra la ley. Resulta fácil traducir esto al siglo XX: Cuando durante el gobierno del nacional-socialismo se declaró que la injusticia era ley, en tanto durara tal estado de cosas un cristiano estaba obligado a actuar contra la ley. «Se debe obedecer a Dios antes que a los hombres». ¿Pero cómo incorporar este factor al concepto de democracia?

“En todo caso, está claro que una constitución democrática debe cautelar, en calidad de fundamento, los valores provenientes de la fe cristiana declarándolos inviolables, precisamente en nombre de la libertad. Una tal custodia del derecho sólo subsistirá, por cierto, si está guardada por la convicción de gran número de ciudadanos. Ésta es la razón por la cual es de suprema importancia para la preparación y conservación de la democracia preservar y profundizar aquellas convicciones morales fundamentales, sin las cuales ella no podrá subsistir. Estamos ante una enorme labor educadora a la cual deben abocarse los cristianos de hoy.”


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras