Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Bienes Importados
Selección de ContraPeso.info
12 julio 2005
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Anthony B. Bradley, research fellow del Acton Institute sobre el tema de los movimientos en contra del comercio internacional. Bradley señala la paradoja del uso de bienes importados por parte de quienes se oponen al libre comercio, pero sobre todo señala los beneficios de la globalización sustentada en una sólida base moral.

Se agradece la amable cortesía del Acton Institute para traducir y publicar esta columna.

Un grupo anti-globalización llamado “anti-marketing” define a la globalización como “el proceso de explotación de los países económicamente débiles mediante su conexión con las economías del mundo, forzando su dependencia (y al final servidumbre) de la máquina occidental capitalista.”

Mientras que esta definición puede sonar extrema, el mismo esencial entendimiento viciado de la globalización ha envenenado las mentes de muchos. En un mundo de escasez, las economías más avanzadas tienen a las economías más conectadas internacionalmente. Siempre ha sido verdad esto.

En las naciones antiguas de África del norte, el mundo greco-romano, y más tarde en Holanda, Bretaña, España y los EEUU, las naciones que comerciaban ampliamente eran las que prosperaban. Las naciones que comercian tienden también a ser sociedades abiertas.

Las Escrituras hablan de la gente siendo proclive en cualquier sistema a ser “amantes de sí mismos, amantes del dinero, orgullosas, arrogantes, abusivas…” (2 Tim, 3:2-3).

Pero la idea de que las sociedades aisladas del mundo promueven la dignidad humana y elevan la libertad humana mejor que las abiertas, es históricamente falsa. Las nacionales aislacionistas se quedan atrás del mundo en términos de libertad humana y estándar de vida.

No es accidental que las naciones desarrolladas de Occidente ofrezcan más libertad y protección a mujeres y ciudadanos comunes. Al conectar a las economías débiles con las más fuertes, se tienen beneficios mutuos y se da poder a las naciones en desarrollo para el logro de la real independencia de sus ciudadanos.

Esto es exactamente lo que sucedió con Japón, cuando conectó su economía con el resto del mundo. El aislamiento de Japón del Occidente lo hizo tecnológica y económicamente raquítico. Después de abrir su comercio con el Occidente en 1854, los líderes japoneses y académicos de la era Meiji estudiaron en los EEUU y sus personajes formativos fueron Abraham Licoln, Benjamínn Franklin y otros.

En tres generaciones, Japón pasó de ser una nación aislada, atrasada y agraria a ser la segunda economía mayor del mundo —en una isla con relativos escasos recursos naturales.

Dentro del contexto del comercio mundial, los innovadores japoneses tomaron los productos de Occidente e hicieron los suyos —de hecho mejorándolos para venderlos más baratos que los originales al resto del mundo. En 1958, unos cien años después de abrir su comercio con Occidente, la primera agencia Nissan abrió en San Diego, ofreciendo el Datsun sedán PL210 de cuatro puertas a 1,695 dólares. Vendió sólo 83 vehículos.

En ese tiempo, los analistas pensaron que los autos japoneses nunca serían un competidor de importancia en el mercado de los EEUU. Al final de los años 80, los autos japoneses constituyeron más del 30% del mercado de EEUU. La nación de esa isla continúa siendo líder mundial en avances electrónico, robóticos y de transportación. Japón se convirtió en la segunda más grande economía al conectarse con el resto del mundo.

La ironía del movimiento en contra de la globalización es que sus miembros mismos son los beneficiarios de la globalización y la usan para morder la mano que los alimenta.

Quienes protesta contra la globalización tienen la libertad y los recursos para usar teléfonos móviles de Nokia y saber la hora con relojes digitales Seiko, mientras conducen sus Subaru Outbacks con letreros de protesta a sus marchas, donde usan cámaras digitales Canon (o una Nikkon de 35mm con película Fuji) para fotografías lo que será visto en Internet o en las noticias que pasarán en televisiones Sony o Toshiba.

En realidad, mucho de la ira de la anti-globalización no es nada más que la vieja escuela del paternalismo disfrazado ahora de preocupación por otras culturas. Quienes protestan suponen que sólo los occidentales tienen la fortaleza para pedir, recibir y manejar productos importados.

Su lógica es ésta: una franquicia de Guatemala como Pollo Campero Fried Chicken es buena para Los Ángeles, pero la ropa GAP y Coca-Cola son destructivas para otros países. Los Saab, Volkswagen, Volvo y otros productos extranjeros sólo puede beneficiar a quien son lo suficientemente refinados para comprarlos de tal manera que no se lastimen sus frágiles culturas.

Los europeos y norteamericanos sí pueden cómodamente rodearse de bienes importados, pero las naciones en desarrollo deben permanecer encadenadas a la esclavitud de los programas occidentales de ayuda internacional.

Es verdad que la suciedad y la maldad son a veces exportados en el proceso de conectar a las economías, una realidad que señala la necesidad de tener una cultura moral sólida sin la que las estructuras políticas y económicas funcionan sin eficiencia y produciendo daños. Es esto lo que debía preocupar a la globalización.

Mientras tanto, los desorientados se quejan de MTV alrededor del mundo sin decir nada de Reggaeton, la más reciente locura musical latina que contamina las frecuencias de todo EEUU y América Latina. El verdadero enemigo no es conectar a las economías de la prosperidad sino a las economías de la maldad.

Nota del Editor

Existe más información sobre el tema en ContraPeso.info: Globalización. Es especialmente importante Corporaciones Internacionales.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.
 





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