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Selección de ContraPeso.info
19 mayo 2005
Sección: EDUCACION, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Robert McHenry, incluyendo sin costo dos de sus “leyes.”  McHenry fue Editor in Chief de la Encyclopædia Britannica y autor de “How to Know” (Booklocker.com, 2004). Ha escrito en la “The Faith-Based Encyclopedia” y también acerca de la felicidad humana.

Con buena dosis de humor basado en la mera observación de la realidad, el autor trata un tema serio y cierto como pocos: la disminución del conocimiento como proporción de la información que se transmite —una enfermedad de nuestros tiempos y que da cabida a la creación de los más tontos programas de televisión y a la difusión de las más irrelevantes noticias. Gracias a Tech Central Station por el gentil permiso de traducción y publicación de esta columna.

Voy a pintar la imagen de una sociedad en rápida transición. Vea usted si le parece conocido esto. Como consecuencia de un cierto adelanto en tecnología de la comunicación, muchas nuevas empresas se han formado, gran cantidad de acciones son vendidas y compradas e inmensas fortunas se han creado.

La tecnología se desarrolla rápido; se construye una nueva infraestructura nacional; y emergen por entero nuevas maneras de hacer negocios y de vivir.

Las noticias de eventos importantes se distribuyen más rápidamente que en toda la historia de la humanidad. Los expertos hablan de una nueva era, como nada conocido antes, con un potencial de crecimiento ilimitado. ¿Lo reconoce?

Es lo que sucedió con la invención del telégrafo. En una escena que fue alguna vez parte de las lecciones de historia de todo norteamericano, un grupo de personas estaba reunido en la Suprema Corte en Washington D.C., en mayo de 1844 y escuchaba un mensaje que venía de Baltimore. El mensaje decía, “¡Lo que ha forjado Dios!” y nótese que no son signos de interrogación, sino de admiración.

Debe haber parecido milagroso este instantáneo envío de mensajes a grandes distancias usando pequeñas barras de metal. Ciertamente era el tema de conversación del país y del mundo. Se ha dicho que un candidato presidencial de los EEUU en 1852 aseveró que él lo había inventado, lo que no está probado.

Había escépticos inevitablemente. En 1854 una persona preguntona, de nombre Henry David Thoreau, expresó sus dudas de la manera siguiente: “Gran prisa tenemos para construir un telégrafo magnético de Maine a Texas; pero, Maine y Texas, es posible, nada importante tienen que decirse.”

La palabra clave, desde luego, es “importante.”

Como el taciturno Thoreau no había imaginado, había mucho de qué hablar. Los registros históricos guardan silencio sobre cuándo fue enviado el primer realmente estúpido mensaje por los cables, aunque nadie duda de que fue casi inmediatamente y de que pronto le siguieron innumerables mensajes similares.

La historia se repetiría a sí misma con el teléfono de Alexander Graham Bell y más tarde aún y sin duda, con el teléfono móvil y los mensajes instantáneos.

Vayamos a 1991, a la última vez que Al Franken fue gracioso. En “Saturday Night Live” apareció vestido con una chaqueta amplia con varios bolsillos y un plato para satélite en el casco que llevaba en la cabeza.

El objeto de su sátira eran los corresponsales de los medios durante la Guerra del Golfo, quienes nos parecían, a nosotros en casa, más numerosos que las tropas y pasaban apuros con la nueva tecnología de enlaces en tiempo real. No era una lucha para hacer que la nueva tecnología funcionara correctamente. Era una lucha para llenar la vastedad de tiempo-aire que se les había puesto a su disposición.

Después de haber entrevistado a cuanta persona estaba cerca y que podía hablar acerca de lo sucedido que ellos no veían, se ponían en las azoteas de los hoteles y especulaban sobre lo que pasaba en el horizonte.

Hacían esto porque con la nueva tecnología se podía, lo que significaba que lo debían hacer. La posibilidad de guardar silencio o de confesar su ignorancia parece nunca habérseles ocurrido, ni a ellos ni a sus productores en New York.

La vergüenza colectiva de los medios, si es que la sintieron, fue de corta duración, debido a un descubrimiento puramente no tecnológico. Mientras que las cabezas parlantes eran la definición misma del aburrimiento, la televisión de cambio rápido de canal hizo que las cabezas gritonas fueran algo diferente.

El feliz nuevo mundo tenía grandes programas. Nuestra miscelánea de modos de comunicación privada y pública posee una capacidad de canales que era inimaginable unas décadas antes y que lo sigue siendo para muchos de nosotros.

Si antes había tres canales de televisión, a veces cuatro, ahora tenemos quinientos, muchos con repeticiones de “La Isla de Gilligan.” Los principales periódicos del mundo y revistas de opinión están en mi pantalla de computadora.

La radio, a la que se le dio por muerta tres veces durante mi vida, me llega ahora vía satélite en un cuidadoso diseño de varios sabores. Por un capricho mío puedo llamar a cualquier teléfono en la tierra desde mi bolsillo y mandar una fotografía, aunque el correo electrónico entregado en minutos y sin costo es mi modo normal de correspondencia.

Cualquier cosa que fuese que no podíamos decir antes, gracias a la delgadez de nuestros cables, lo podemos transmitir ahora tan libre y frecuentemente como lo deseemos y a quien queramos. Es ése al menos el vaso medio lleno.

La parte vacía es la siguiente. Cuando antes había tres, a veces cuatro canales de televisión, con programas dignos, ahora hay quinientos, la mayoría de los cuales podrían estar repitiendo esos episodios de “La Isla de Gilligan.”

Para balancear las noticias sesgadas de los periódicos me veo obligado a consultar 10 o 12 blogs, sin contar los enlaces que llevan a otros. Ya no puedo oír la radio, ni concentrarme en mi periódico, ni escucharme pensar, debido a todas las conversaciones en teléfonos celulares que me rodean, por no mencionar esos malditos bips de los usuarios de Nextel.

Y mi buzón electrónico está lleno de basura. ¿Conoce usted al tipo ese que tiene opiniones sobre todo?

Ya sabe usted al tipo que me refiero, porque todos conocemos al menos uno de ellos y hay muchos de ellos. Cuando menos conocen de un tema más hablan de él.

El mero vacío de información absorbe vastos volúmenes de verborrea. El aborrecimiento de la naturaleza es demasiado ciego o quizá benditamente sordo. Y luego está su primo, ese tipo que trata cualquier silencio, extraño o no, como una invitación para conversar.

En un sentido técnico lo que estos tipos dicen se considera “información.” Es decir, puede ser distinguido de los ruidos, aunque sólo lo pueda hacer un experto con un equipo muy sensible. Y ahora toda esta gente tiene tecnología y uno quiere exclamar “Por Dios, ¿qué hemos hecho?”

A la luz de esto, propongo lo que con modestia llamo la segunda ley de Mchenry*: el flujo de la información se expande para llenar todo canal disponible, al mismo tiempo que el conocimiento permanece escaso y disponible sólo a esos que se esfuerzan.

El corolario más obvio de esta ley es que el conocimiento, es decir, el cuerpo de hechos útiles y juicios acerca del mundo real, constituye una porción que tiende a disminuir como proporción del total de información que fluye y, ciertamente, tiende a ser ahogado por el sin sentido.

Para ilustrar mi punto: el juicio de Michael Jackson. Lo siento, pero no puedo ofrecer una solución, ni alivio.

* La primera ley de McHenry establece que el 88% de toda la conducta humana se limita a gritar “Oye, mírame.” Incluyendo, por fuerza, escribir columnas y proponiendo estas llamadas “leyes.”

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