Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Comercio Libre
Selección de ContraPeso.info
23 febrero 2005
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Asuntos
Catalogado en: , ,


ContraPeso.info presenta con enorme gusto un texto del profesor Philip Booth, quien es Editorial and Programme Director en el afamado Institute of Economic Affairs, en Londres. Su tema es muy actual y muy ignorado por los medios establecidos: el apoyo de algunos ministros religiosos a posturas económicas sujetas a debate.

La situación narrada por Booth sucede en el Reino Unido, pero es en extremo relevante para América Latina, una región del mundo que ha sido campo fértil al patrocinio sacerdotal de políticas económicas sujetas a debates no religiosos y que hacen a esos sacerdotes colaboradores involuntarios de agendas políticas sostenidas por personas que no tienen, como dice Booth, a la Iglesia en el corazón.

En ContraPeso.info expresamos nuestro más sincero agradecimiento al Acton Institute por autorizar la traducción y publicación de una pieza de este calibre.

En el Reino Unido, la diócesis católica de Arundel y Brighton está tratando de convertirse en una diócesis del “comercio justo” y espera serlo totalmente a principios del año.
Durante las pasadas semanas, a los fieles asistentes a las iglesias de la diócesis les habrá sido solicitada su firma en peticiones dirigidas al parlamento inglés, habrán participado en marchas de protesta y comprado productos de comercio justo.

Esos fieles harían bien en preguntarse qué tiene que ver su religión con el tema del comercio justo. La agenda del tema está llegando hasta los grupos más jóvenes de edad, mediante grupos relacionados de las iglesias.

Mi sobrino de 6 años, recientemente, en una reunión de Boy Scouts, recibió la enseñanza de que en el comercio justo un granjero recibe el precio “justo” por sus cultivos en oposición a los precios de “mercado” que recibiría de las empresas transnacionales.

El análisis de las situaciones en las que hay una distinción entre precio “justo” y precio de “mercado” ha mantenido sin dormir a mentes mejores que las de esos muchachos: a Santo Tomás de Aquino y a toda la escuela de los teólogos españoles de los siglos 16 y 17 que batallaron con esos conceptos.

Sin duda, las escuelas diocesanas serán acarreadas a la campaña. Habiendo escuchado los principios de comercio justo explicados en clase, me es claro que sus proponentes carecen del entendimiento de que los asuntos que ellos tratan pueden ser debatidos y de que existen otros punto de vista.

Hay allí demasiadas posturas políticas y falta de seriedad en la reflexión. Existen dos vertientes dentro del movimiento por un comercio justo: la agenda política, a menudo representada por el movimiento de justicia en el comercio; y el comercio justo al menudeo. Los dos están siendo apoyados por la diócesis de Arundel y Brighton.

La primera vertiente, la de la agenda política, es la que tiene el potencial de mayores daños. Su propuesta básica es la de sostener que la reglas del comercio libre son dictadas por las naciones ricas que complacen a sus “lobbies” e imponen obligaciones enormes en las naciones en desarrollo.

Argumenta que, por esa razón, las naciones en desarrollo deben implantar formas diversas de proteccionismo. Es cierto que el proteccionismo de la agricultura, alimentos y textiles, de los países desarrollados en un escándalo que a nadie hace bien. En esto puede haber amplio entendimiento entre los proponentes de libre comercio y de comercio justo. Pero el resto de la agenda política del comercio justo puede causar daños serios.

El principal obstáculo a la prosperidad en las naciones en desarrollo es la gobernabilidad interna. Esas naciones necesitan economías libres, con gobiernos que operen bajo la ley y la apliquen con justicia. Si esto existiera, las multinacionales operarían en un medio ambiente económico más competido y pagarían más a trabajadores y productores por sus bienes. Esos productores y trabajadores serían también más productivos y todos vivirían mejor.

Es verdad decir que las multinacionales algunas veces trabajan de la mano con gobiernos corruptos para amarrar sus posiciones de mercado. A menudo las pequeñas empresas locales no pueden competir en ese medio ambiente —especialmente en un ambiente ausente de comercio libre en alimentos y textiles.

¿Cómo proceder en un mundo imperfecto?

Los partidarios del comercio justo examinan esta situación, esa conducta de algunas multinacionales, y claman por los pobres, haciendo campaña en favor de reglas de “comercio justo.” Esas regulaciones permitirían a las naciones pobres colocar barreras al comercio externo para ayudar a sus industrias locales y reglamentar aún más las operaciones de las multinacionales.

Esas reglas pueden empeorar la vida en cuanto que son cargas para los pocos competidores que necesitan trabajadores y productos de esa nación.

El empleo y la oportunidades que se tienen en países en desarrollo parecen lastimeras bajo el estándar occidental, pero pueden ser la mejor alternativa ante la propuesta. El segundo y más grande problema de ese enfoque, es que las reglas que el comercio justo desea implantar darían más poder a los gobiernos que ya abusan de él.

Incluso si esos gobiernos aplicaran racionalmente las reglas para manejar el comercio, ellas causarían daño: la protección de la industria nacional no ayuda de forma alguna al desarrollo. Los gobiernos sin embargo, seguramente no usarían sus nuevos poderes razonablemente.

La historia de África es una de amplia intervención gubernamental en la economía nacional y en el comercio exterior, la que es responsable de catastrófica situación actual. ¡En cuestiones económicas, la ley de las consecuencias no intencionales se ignora bajo propio riesgo! Antes hemos tenido comercio regulado —por ejemplo, hasta el principio de los años 90 en la industria del café. Los resultados fueron predecibles.

Quienes ganaron fueron los funcionarios de gobierno, los burócratas, los corruptos y las grandes corporaciones. Los granjeros de los países más pobres fueron sacados de los mercados. La diócesis de Arundel y Brighton no actúa en el vacío. Los obispos de Inglaterra y Gales han escrito documentos de política acerca del comercio justo. Tristemente, en ellos, los clichés son preferibles al rigor de pensamiento.

Dicen que es frecuente que los pobres pierdan con políticas de liberalización del comercio, lo que ignora el notable progreso de Asia del Este en las últimas décadas. Mucha gente pobre se está enriqueciendo por medio del comercio; y los más pobres se están empobreciendo no porque el comercio sea “libre” y no “justo”, sino por sus gobiernos disfuncionales y su falta de acceso al comercio. La agenda del comercio justo cubre también la vertiente del comercio justo del detallista.

Uno puede ciertamente simpatizar con quienes apoyan el comercio justo al por menor. Y se entiende también la razón por la que algunos impulsan a la Iglesia a proveer la oportunidad de justicia en el comercio al menudeo. Aún aquí hay asuntos que merecen atención profunda.

Las organizaciones de comercio justo al detalle tienden a fijar el precio que pagan a los agricultores sin que él varíe directamente de acuerdo al precio mundial de lo producido. Pero si es que hay una caída de la demanda mundial o una elevación de la oferta, entonces algunos productores deben sufrir las consecuencias. Si unos están protegidos, los que no lo están sufren más.

No lleva lo anterior a una objeción en contra de las empresas de comercio justo, ya que ellas ayudan a la gente con la que hacen negocios.

Sin embargo, me sorprendió de sobremanera cuando un sacerdote de Arundel y Brighton dijo en el periódico diocesano que, “cuando compramos productos de comercio justo estamos realizando una decisión consciente e informada de ayudar a los pobres y cuando decidimos no hacerlo estamos haciendo lo opuesto.”

Este tipo de admonición debería estar reservada a asuntos en los que la enseñanza moral de la Iglesia es clara; no debe hacerse en el caso en el que el efecto económico y por tanto, el carácter moral de una acción está sujeto a debate.

Facilitar la labor de quienes proponen productos de comercio justo es algo que una parroquia o una diócesis puede razonablemente hacer. Sería demasiado tajante objetar eso. Pero promover el comercio justo etiquetando a la diócesis de ser una de “comercio justo” es absurdo y empeora al agregarse a ello una agenda política como en esa diócesis.

Una diócesis es la casa de toda la gente de Dios, independientemente de sus opiniones políticas. Algunas de ellas son incompatibles con el Catolicismo, pero creer en el comercio justo y en la agenda del comercio justo hará más daño que bien.

Los obispos no deben adoptar un eslogan etiquetando a la diócesis para ser usado por políticos en campaña que buscan fines políticos más amplios. Esa agenda política no está bajo el control de los obispos. Esa agenda está controlada por gente que no tienen en sus corazones la misión de la Iglesia.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras