Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Como Dos Idiomas Distintos
Leonardo Girondella Mora
21 noviembre 2005
Sección: ETICA, Sección: Análisis
Catalogado en:


Los tiempos actuales no son la excepción y en ellos se tienen discusiones y confrontaciones importantes —ésa ha sido la historia del mundo y no hay razón por la que la época presente sea distinta. No me refiero a lo obvio que son los enfrentamientos políticos y los diplomáticos, sino a los que son por mucho los más importantes, los de las ideas cuyos efectos duran siglos.

Las confrontaciones acerca de temas como la eutanasia, el matrimonio de personas del mismo sexo, el aborto, el pacifismo, la pena de muerte, la intervención estatal y otros muchos caen en ese terreno de las ideas. Es el campo de mayor efecto, sobre el que están construidos los cimientos de la existencia humana.

Al final, somos los hombres una especie muy especial, las personas que crean antes que nada, ideas. Hay una manera de entender esa discusión de ideas y el por qué dicha discusión no llevará a acuerdos fáciles —tal vez ni siquiera a acuerdos de ningún tipo. Antes de entrar, pongo nombres para identificar a los protagonistas.

Llamaré progresistas a quienes apoyan esos matrimonios, el aborto, la eutanasia y en general propuestas de ese tipo. Y llamaré conservadores a quienes tienen creencias opuestas y están en contra de la eutanasia, el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Es mi tesis que ambos hablan diferentes idiomas y por eso tienen desacuerdos con escasa probabilidad de acuerdo. Me refiero a que ambos bandos tienen hipótesis en extremo diferentes y esto es precisamente lo que le quiero tratar en este breve ensayo. La explicación de sus diferentes puntos de partida. Una de esas diferencias es la definición de libertad.

• Para los progresistas, la libertad es la oportunidad de hacer lo que la persona desee. Para ellos, es la voluntad personal la que domina y reina, con escasas o nulas limitaciones.

• En cambio, los conservadores entienden a la libertad como la oportunidad de hacer lo que debe hacerse siguiendo normas naturales.

Consecuentemente el conservador insiste en la existencia de un “ser” y un “deber ser”, lo que tiende a ser irrelevante para el progresista.

Ambos grupos, me parece, son partidarios de la libertad humana pero a ella dan significados muy desemejantes, lo que tiene un efecto muy claro: cuando un progresista habla de libertad está hablando de algo que es diferente a la libertad como la comprende el conservador (y si se introduce lo que libertad es para Hegel, entonces ya no hay nadie que lo entienda).

El progresista la considera una herramienta de la voluntad personal para realizarla, que es lo opuesto de la visión conservadora. El conservador pone a la libertad como una oportunidad de realizar lo debido, no necesariamente lo querido.

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Otra de las diferencias abismales entre las dos posiciones se refiere a un elemento muy pocas veces tratado explícitamente, la tradición. La explico sencillamente como toda esa serie de costumbres, mandatos, normas, principios que vienen de generaciones pasadas y que tienen una justificación basada en su aplicación de muchos años y sus resultados positivos generales.

Para el conservador, la tradición es un objeto de respeto y cuidado, como una estructura frágil con la que no puede jugarse sin consecuencias realmente serias —se piensa que sobre esa tradición está cimentada la civilización y que al alterarla, todo puede venirse abajo. Es una especie de respeto a las generaciones anteriores similar a la que se tiene ahora por las generaciones futuras.

En cambio, para el progresista la tradición es un estorbo cuando no un objeto de burla. El progresista desea quitarse de encima a la tradición y crear un sistema nuevo, sin esas ataduras. La visión progresista, por tanto, contrasta capitalmente con la conservadora —los dos grupos la entienden, uno como un objeto de respeto, y el otro como un impedimento a sus ideas.

El diálogo entre los dos grupos será complicado también por esta desavenencia.

La tercera de las diferencias que quiero mencionar es la razón, es decir, nuestra capacidad de razonamiento —lo referido a la inteligencia humana. Los progresistas tienden a asignar una confianza ilimitada en la capacidad de raciocinio del humano, exigiendo justificaciones razonadas y científicas para todo lo existente.

El conservador también pone énfasis en la razón humana pero añade un elemento, la misma razón indica que ella tiene limitaciones y que hay más de lo que ella puede entender. Es por esto que el conservador está dispuesto a tomar a la tradición como algo digno de respeto, aceptando valores, normas, costumbres y creencias que en la superficie pueden da la impresión de no tener una justificación racional —el que vengan de tiempo atrás es causa suficiente para al menos no desecharlas sin amplia meditación.

Por el contrario, el progresista que no ve de inmediato una justificación racional, tira al cesto de la basura esas convenciones sociales que el conservador admira. Un diálogo entre esos dos grupos será fantásticamente complejo por esta razón —lo que uno coloca en un nicho el otro quiere arrojar a la basura.

Cuando esos dos grupos de protagonistas tienen ideas de base que son tan diferentes, se entiende que, por ejemplo, la discusión acerca del matrimonio entre personas del mismo sexo tenga escasas probabilidades de acuerdos. El progresista lo acepta porque va en contra de la tradición de siglos, porque su definición de libertad es la realización de la voluntad personal y porque su razón le indica que puede justificarse.

Va ser común que el progresista justifique su aprobación a esos matrimonios, por ejemplo, citando estudios de Psiquiatría, Sociología y otras ciencias descriptivas de comportamiento humano. El conservador rechaza esos matrimonios porque alteran la tradición y piensa que eso tiene efectos imprevistos que son difíciles de explicar en un esquema racional simple.

Y porque la voluntad humana está sujeta a los límites de una ética basada en la naturaleza humana, la que en parte implica el dominio de las pasiones —el conservador argumenta que las ciencias del comportamiento humano, como la Psicología, son descriptivas, que no son prescriptivas y que para eso está la Ética que sí es la ciencia de la moral, de lo que debe hacerse: la Psicología estudia la mente, pero no los valores.

Los diálogos entre los dos grupos serán muy complicados. Cada uno de ellos asigna a las mismas ciencias papeles diferentes. Si el progresista cree que un juicio moral puede provenir de la Psicología, el conservador piensa que eso es erróneo, pues los juicios morales sólo pueden venir de la Ética.

La religión, para ambos, es natural que acarree muy diferentes cargas intelectuales. El progresista considera a la religión como parte de la tradición y es por esta causa que su inclinación será el considerarla algo que debe ser puesto de lado.

Del otro lado, el conservador tendrá la opinión opuesta, pues la religión es parte vital de la tradición, quizá la más importante, por lo que la verá con respeto y digna de ser mantenida. Quizá sea esto lo que hace a los progresistas trasladar las decisiones morales de la religión hacia el gobierno.

Si antes la mayor fuerza moral de la sociedad provenía de los preceptos religiosos, ahora el progresista desea que la fuerza moral provenga del gobierno y sus leyes, sancionada por mecanismos democráticos (entiéndase así los cursos de Educación para la Ciudadanía). Esto debe horrorizar al conservador, para quien los mandatos morales no deben ponerse a votación —piensa él que esos preceptos son inalterables, lo opuesto a lo creído por el progresista.

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Lleva esto a otra de las diferencias que marcan una inmensa brecha entre ambas posiciones. El progresista se inclina hacia la posición flexible del relativismo, por lo que cada persona, no importa lo que ella haga o piense, debe ser respetada por igual —todas las acciones, según el progresista, y todas las ideas tienen un valor que merece ese respeto igual.

El conservador, creyendo en una moral absoluta, no da igual valor a todas las ideas y todas las acciones, pues las hay que son reprobables. La dificultad en el diálogo entre ambas partes brota y puede ser cómodamente vista. El conservador hace distinciones entre lo bueno y lo malo —para él, sí existe el bien y el mal, lo que para el progresista es algo insignificante e incluso sujeto de sarcasmo. El diálogo se complica aún más por las variaciones que pueden existir dentro de cada uno de esos dos grupos.

Ambos presentan internamente variaciones serias que llegan a posiciones extremas de fundamentalismo y esto coloca obstáculos en los diálogos que puedan darse entre los partidarios más razonables de los dos grupos.

La complicación se hace mayor cuando el terreno de discusión va a la arena política, siendo representada, quizá sólo en parte, por partidos en competencia electoral. Porque esta arena es una en la que priva la agresión, los ataques y la animosidad, el diálogo se inclinará hacia en nivel de lucha por el poder.

Es entonces cuando la única posible solución es la intervención del gobierno y del sistema democrático. Así, las cuestiones se arreglan por medio de jueces y de votos y de algún referéndum. Es muy desafortunado pero tal vez irremediable. Además, la animosidad crece porque el conflicto lleva asociadas otras ideas fuera del terreno de la moral y la tradición.

Me parece que mientras que los progresistas suelen estar más asociados con las nociones igualitarias, los conservadores lo están con las nociones libertarias —otra complicación del diálogo, con los progresistas muy propensos a sistemas más de corte socialista/estado benefactor y los conservadores más del lado de mercados libres.

La intención del breve ensayo ha sido poner sobre la mesa algunas de las dificultades del diálogo posible entre ambas posiciones —quizá el hacerlo ayude a facilitarlo conociendo desde un principio las dificultades. No creo haber dicho nada original y quizá el mérito de estas palabras sea organizar el tema.

En mi propia posición personal, veo sin duda al conservador como poseedor de una posición más razonable —debería mejor decir, más prudente, porque considera con más cuidado las consecuencias de los actos y supone una visión más alta del ser humano, capaz de manejar su libertad aceptando las consecuencias de sus actos.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.




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