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Selección de ContraPeso.info
28 marzo 2005
Sección: ECOLOGIA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Kevin E. Schmiesing, Ph.D., Research Fellow en el Acton Institute en el Center for Academic Research. Agradecemos al Acton Institute el gentil permiso para traducir y publicar este texto. Lo que Schmiesing hace es de mero sentido común: primero reconocer que los seres humanos tenemos un deber moral, que es usar responsablemente al medio ambiente.

Segundo, añadir una dimensión adicional, la responsabilidad moral también de considerar el bienestar de las personas y este deber está por encima del medio ambiente. Considerar ambas obligaciones morales, por tanto, pone sobre la mesa la idea de poder dudar de los cálculos que sacrifiquen el bienestar humano a cambio del bienestar ambiental.

Hace unas semanas, con poco ruido, el largamente esperado Protocolo de Kyoto entró en efecto. El acuerdo, firmado por 140 países desde el inicio de su redacción en ese lugar en 1997, obliga a los países firmantes a restringir las emisiones de gases invernadero.

Las razones por las que la fortuna del tratado de Kyoto ha caído y no subido en los últimos siete años es que no incluye a naciones importantes —como EEUU, China e India— conocidas como grandes contaminantes.

China e India fueron consideradas exentas de control porque son naciones en desarrollo. Y los EEUU calcularon que el beneficio ambiental proyectado no vale el costo económico que tendría y por eso rehusan firmar el acuerdo.

Otra razón por la falta de fanfarrias en el arranque del tratado es que, incluso entre las naciones firmantes, existe el entendimiento de que los objetivos del acuerdo no serán alcanzados. Países como Alemania y Japón culpan de esto a los EEUU.

Ya que las empresas norteamericanas no serán sujetas de los mismos controles, ellas tendrán una ventaja injusta, lo que fuerza a las empresas japonesas y europeas a a ignorar las restricciones para mantenerse competitivas en el mercado global.

Es también posible que las naciones de Kyoto no alcancen los objetivos porque ellos fueron formulados con falta de realismo desde el principio, cuando se calculó el sacrificio de prosperidad a cambio de las reducciones de contaminantes.

Cualquiera que sea la explicación más exacta, vale la pena reflexionar en el cálculo moral subyacente que debe tenerse en este tipo de cuestiones ambientalistas. Mucho del entendimiento cristiano de la creación y del papel de los seres humanos, proviene del Génesis, el que enseña que los seres humanos fueron creados a imagen de Dios y que son por eso el clímax de la creación; que las obras de Dios son buenas y que la creación es dada a los series humanos para mandar sobre ella.

Este principio de mandato sobre la creación (stewardship) y el imperativo de que los bienes del mundo están dirigidos al bien de todos, requieren que los seres humanos traten a los recursos naturales no meramente como objetos a ser explotados para el placer de corto plazo, sino como dones que deben usarse responsablemente, con miras a su preservación para las generaciones siguientes.

Las buenas intenciones de Kyoto casan con este imperativo, conservar los recursos del planeta para que nuestros descendientes no carguen con un medio ambiente degradado sin remedio.

Donde Kyoto falla es en proyectar restricciones amplias, sin suficiente consideración de la libertad de las naciones individuales —y de las personas individuales— para manifestar lo que puede ser diferentes acuerdos entre el desarrollo económico y la protección ambiental.

China e India, por ejemplo, son naciones luchando por satisfacer demandas crecientes de poblaciones en expansión; las necesidades inmediatas de desarrollo pesan más que las más estrictas medidas de control ambiental.

La mayoría de los europeos y norteamericanos no tolerarían los niveles de polución en las naciones en desarrollo —pero en algún punto paralelo en el desarrollo de las naciones europeas y de EEUU, sus ciudadanos efectivamente toleraron esa contaminación.

Evaluaron que proveer para las necesidades de la vida valía el costo. Eso es lo que debe ser: el compromiso de bienestar de los seres humanos tiene precedencia sobre la devoción general del bienestar de la tierra. ¿Y los EEUU? Es una nación rica, capaz de absorber algunas de las limitaciones ambientales y con reducción importante de la emisión de contaminantes en años recientes.

Se ha convertido en creencia aceptada entre los economistas que la prosperidad lleva a practicas ambientales mejores. Una vez que las personas han dejado de luchar por pensar en su siguiente alimento, ellas empiezan a considerar como “calidad de vida” a cuestiones como aire limpio y deforestación. Alan S. Manne, Professor Emeritus de Operations Research de Cambio Climático en Stanford University, ha dicho que

“los daños que no son de mercado… son de mucha mayor preocupación para las regiones de altos ingresos que para las de bajos ingresos; Bangladesh tiene más razón para preocuparse de los tifones que de los flujos del hielo ártico.”

Una gran ayuda en este progreso es la tecnología, la que ha permitido una producción más eficiente de bienes, especialmente energía.

La generación de esta tecnología dependió del desarrollo económico que la precedió. Estamos moralmente obligados a usar el medio ambiente con responsabilidad, porque es un regalo de Dios y porque el bien a los demás, presentes y futuros, depende de esto. Comúnmente, esta obligación moral sería respetada con el uso consciente de la propiedad privada y empresarial.

Donde los estándares ambientales sean establecidos mediante el consenso de la comunidad, el proceso político usual puede lograr esta tarea.

Pero cuando los cálculos entre desarrollo económico y protección ambiental son hechos por organismos internacionales de oficiales no electos, entonces no queda claro si esos cálculos toman adecuadamente en cuenta las necesidades reales de las personas y las ponen por debajo de un compromiso abstracto con el medio ambiente.

Cuando los estándares emitidos no son los suficientemente flexibles para permitir que entidades políticas más pequeñas las adapten a sus necesidades locales, entonces el proyecto fallará.

Nota del Editor

El siguiente es un extracto de una nota informativa de Zenit.org sobre el tema:

ROMA, martes, 8 marzo 2005 (ZENIT.org).- La ecología radical contemporánea ha divinizado la naturaleza relegando al hombre a un papel secundario, afirmó el profesor Joan-Andreu Rocha Scarpetta… «El pecado en el ecologismo radical contemporáneo consiste en divinizar la naturaleza, en sofocar la importancia del ser humano como custodio de lo creado, y en olvidar a Dios como autor del entorno natural del hombre», afirmó Rocha, profesor de Teología de las Religiones de la Faculta de Teología de este centro universitario… El ecologismo radical contemporáneo ha olvidado la trascendencia divina, ha puesto al hombre al mismo nivel o por debajo de la naturaleza» y, al olvidarse del carácter creado de la naturaleza «le ha dado un valor mágico, casi divino», afirmó Rocha. El profesor ilustró los tres modelos de la relación entre Dios, el hombre y la creación.

• El primer modelo, «icónico», surgido de la tradición del cristianismo oriental, reconoce las huellas de Dios en la creación, e insiste «en el pecado como factor desequilibrante de esta relación».

• El segundo modelo de relación entre Dios, humanidad y creación es llamado «modelo de cuidado (stewardship) por la creación», y ha sido desarrollado en particular por la tradición benedictina, según la cual, «lo creado pertenece a Dios y por este motivo debemos cuidarlo».

• El último modelo es el «crístico» o franciscano, afirmó, recordando que la figura de san Francisco de Asís está tan ligada a la relación con la naturaleza que incluso los ecologistas radicales ven en él a una figura paradigmática de la relación entre el ser humano y la naturaleza.

«Por desgracia se olvida con frecuencia la importancia cristocéntrica de la relación de Francisco con la creación, quitando a su mística de la naturaleza todo su sentido trascendente», lamentó… Cuando se olvida la acción creadora de Dios, se pone al hombre al mismo nivel que el resto de la creación, o se atribuye un carácter trascendente o mágico a la naturaleza creada». ZS05030807

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