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Consejos Desoídos
Selección de ContraPeso.info
6 abril 2005
Sección: ECONOMIA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Everardo Elizondo, economista, a quien agradecemos el amable permiso de publicación.

La ciencia lúgubre

Un filósofo desorientado y partidario del esclavismo (Thomas Carlyle) calificó hace muchos años (allá por 1850) a la economía como la ciencia lúgubre. Aunque inapropiado, el epíteto ganó en celebridad con el paso del tiempo.

Hoy lo utilizan algunos legos cuando presumen de críticos conocedores, pero los economistas profesionales saben de sobra que el apodo constituye una calumnia.

¿Cómo puede ser lúgubre una disciplina científica cuyo propósito es explicar el funcionamiento de los procesos de producción, distribución, consumo, ahorro, de una sociedad, con la intención de utilizar esos conocimientos para mejorar el bienestar material de la población?

¿Cómo puede ser lúgubre una ciencia social cuyo padre fundador bautizó a su obra magna con el optimista título de “Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones”?

En descargo parcial de Carlyle, conviene recordar que acuñó su frase, dicen, disgustado por el pesimismo de las teorías y predicciones demográficas de Thomas Malthus. El problema es que no escogió bien su referencia: aunque sin duda muy influyente, Malthus resultó poco acertado como augur.

Sin embargo, cabe reconocer que 150 años más tarde no faltan razones para adoptar una actitud un tanto sombría en asuntos económicos.

No me refiero a los pronósticos sempiternos de aquellos que tienen décadas anunciando el fin inminente de la economía occidental –condenada al colapso sin remedio, sentencian, por sus “contradicciones inherentes”. Tampoco aludo a las derivaciones lógicas de los fundamentos teóricos de la disciplina.

Me preocupa más bien algo más modesto: la experiencia diaria de que las enseñanzas elementales de la economía no han penetrado mayor cosa en el discurso y en la acción de algunas personas bastante influyentes en nuestro medio.

La escasez perenne

Por ejemplo, la mayor parte de la educación superior que se imparte en México es prácticamente gratuita para el alumno. Ahora bien, no se requiere mucha ciencia para saber que conforme disminuye el precio de un bien (la cuota escolar), los consumidores (los estudiantes potenciales) tienden a “comprar” una cantidad mayor (todo lo demás constante).

En tales circunstancias, es inevitable que las universidades públicas enfrenten siempre una “demanda” de asientos en sus aulas que excede con mucho a las posibilidades que permiten sus recursos. Por ello, una de las actividades regulares de sus dirigentes consiste en solicitar insistentemente, plañideramente, agresivamente, crecientes “apoyos” gubernamentales.

Por supuesto, nunca tienen suficiente: un resultado previsible para cualquier estudiante de primer año de una escuela de economía (medianamente buena). Es lógico, en consecuencia, que tengan que recurrir a mecanismos de racionamiento distintos al sistema de precios; por ejemplo, el otrora famoso “pase automático”, y el cada vez más generalizado “examen de admisión”.

La respuesta política

Me atrevo a decir que las referidas peticiones de las universidades son recibidas por lo común con cierta simpatía por parte de los poderes Ejecutivo y Legislativo, a nivel tanto federal como estatal. Al respecto, aventuro el juicio de que dicha recepción positiva se finca en los siguientes factores:

(1) muchos de los responsables de las decisiones presupuestales son graduados de una carrera universitaria;

(2) por ello mismo, están convencidos de la utilidad (individual y social) de la educación; y,

(3) son conscientes de que el electorado citadino atribuye seguramente al gasto en educación un valor poco cuestionable (y, desde luego, nunca sobra contar con el agradecimiento político de los administradores de las instituciones).

La teoría

Señalé antes que un estudiante apenas familiarizado con los principios de la economía sabe bien que la gratuidad conduce a un exceso de demanda. El mismo alumno, unos cuantos años más tarde, aprende en un curso de finanzas gubernamentales que la enseñanza universitaria no corresponde estrictamente a lo que se conoce como un “bien público”.

Los bienes públicos no se generan mediante la operación de las fuerzas de mercado, sino a través de un proceso político-presupuestal.

Ello es así porque tienen tres características distintivas: (1) su “uso” por parte de una persona no evita que otras lo usen también; (2) a nadie se puede excluir de su utilización: una vez que se provee para alguien, se provee para todos; y, (3) a veces, no son rechazables.

La defensa nacional es un ejemplo clásico de un bien público: yo me beneficio de su existencia, pero ello no impide que se beneficie, en igual medida y al mismo tiempo, mi vecino, y todos los habitantes del país. Además, de hecho, la protección que produce es obligatoria.

El mercado funciona bien cuando se trata de tomates, pero no cuando se trata de bienes con las peculiaridades descritas antes.

En consecuencia, los “bienes públicos” los suministra el gobierno y el costo de su provisión se cubre con los impuestos. Evidentemente, la educación superior no cumple con los criterios señalados.

El pupitre que ocupa Juan en algún instituto de estudios avanzados no puede ser ocupado al mismo tiempo por Pedro. La utilidad que recibe Juan por aprender física cuántica no la recibe ni Pedro ni nadie más en la sociedad. Y, desde luego, iniciarse o profundizar en las ciencias es un asunto totalmente voluntario.

La práctica

Sea como fuere, lo cierto es que la educación superior –aquí y en China– es destinataria de cuantiosos subsidios gubernamentales. Posiblemente, como señalaba un experto en el tema, porque la sociedad la considera un “bien meritorio”, aunque no califique en rigor como un auténtico “bien público”. Al respecto, no sobra un apunte muy relevante, también destilado de la supuesta “ciencia lúgubre”.

La educación genera beneficios que trascienden a su receptor individual (“externalidades” que aprovecha la sociedad). Este hecho justifica, sin duda, la existencia de subvenciones públicas. Ahora bien, los beneficios aludidos son mucho más significativos en el caso de la instrucción primaria y media que en la superior.

Tal consideración, derivada del análisis empírico, fundamentaría una estructura del gasto público muy sesgada en favor de la educación básica. El sesgo referido recibe apoyo adicional, también en términos empíricos, al examinar la distribución del gasto público en educación, comparada con la distribución del ingreso entre la población.

El análisis arroja las siguientes conclusiones significativas:

(1) el gasto en educación básica es altamente progresivo; es decir, beneficia mucho más a la población “pobre” que a la “rica”;

(2) en cambio, el gasto en educación superior es sumamente regresivo; esto es, beneficia con claridad a la población situada en los deciles medios y altos de ingreso (Revisión del Gasto Público, Banco Mundial, 2004).

Conclusión

La economía como tal no tiene nada de lúgubre. Sin embargo, constatar con harta frecuencia que sus consejos son desoídos, puede conducir al desánimo.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.



No hay comentarios en “Consejos Desoídos”
  1. Carlos E Dijo:

    El hecho de que en las universidades publicas haya mas clase media y media alta que otra cosa, no deberia inducir a pensar que el gasto en educacion superior es regresivo. En todo caso, el gasto en educacion basica no es suficiente para lograr mas pobres en la educacion superior. Razonable; pues la movilidad social ascendente es posterior a la educacion superior.





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