Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Dos Libertades
Eduardo García Gaspar
28 marzo 2005
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Supongo tal vez con razón que los actuales son tiempos de libertad y supongo igualmente que en esencia el lector concuerde con esto. Hay más naciones democráticas que antes y hay más comercio internacional también. Aceptemos esto para ver sus consecuencias.

Pondré atención en una de ellas, bastante evidente, la de la definición de la libertad.

Desde aquí, mucho me temo, nacen serios problemas. Probablemente una persona con escasa preparación nos diga que la libertad es hacer lo que uno quiere sin que nada ni nadie se lo impida. La libertad en esta interpretación rústica es vista como carencia de frenos y rienda suelta a la voluntad.

Si inquirimos a esa persona sobre el tema, cuestionando que entonces todo se puede hacer, incluso robar y matar, seguramente ella responderá que no, que hay cosas que no deben hacerse. Por burdo que sea ese reconocimiento, revela un elemento normativo: la libertad debe tener algunos frenos para, por ejemplo, evitar que se cometan fraudes.

La esencia en este elemento es sencilla de ver, la libertad no debe dañar a los demás.

La definición de libertad se mantiene llana y simplona, pero incorpora ese elemento que es vital, el no lastimar a otros. La mente más cándida e impreparada entenderá eso. Puedo hacer lo que se me dé la gana, sin frenos, pero sólo si no causo males en los demás.

La idea detrás de esto es sencilla, pues la única posibilidad que se tiene para decir que no debo dañar a otros es que los otros son iguales a mí, tienen la misma libertad. Ya la definición de libertad se ha vuelto un tanto más refinada.

De entenderla como el mero hacer lo que se me antoje, hemos llegado a reconocer que los demás tienen el mismo derecho que yo. Mi ejercicio de la libertad tiene el freno de no dañar a los demás, es decir, los demás tienen un valor o dignidad que es igual al mío. No son inferiores, ni superiores. Son iguales.

Estamos en el momento en el que entendemos a la libertad como significando la posibilidad de hacer cosas, las que sean, con la limitante de no lastimar a otros porque los otros son dignos y tienen valor. Ya que yo soy igual a los otros, eso quiere decir que yo también tengo dignidad y valor.

No debo dañar a otros porque son dignos y bajo este razonamiento necesariamente debe concluirse que tampoco debo dañarme a mí. El asunto se pone interesante.

De una simplista definición hemos llegado a un entendimiento diferente. La libertad no es ya esa posibilidad de hacer lo que quiera, sino la de hacer lo que no dañe a nadie, ni a los demás ni a mí. Si yo no debo dañar a otros, pero puedo dañarme a mí, eso significaría que yo soy inferior a los demás.

Como no lo soy porque los demás no pueden dañarme, eso significa que tampoco puedo dañarme a mí mismo. Es decir, por principio, la libertad tiene un componente normativo que indica lo que no debemos hacer. De la parte relativa a no dañar a otros se ocupan la moral y la ley aplicada con el poder del gobierno.

De la parte relativa a no dañarme a mí se ocupa sólo la moral o la ética, como usted quiera llamarle. Así se llega a una definición más completa y racional.

La libertad puede ser entendida como el hacer lo que me dé mi gana y comprenderla así es bastante agreste y simplón. Podría significar el dedicarme a robar automóviles, pero también podría significar el sucumbir a hábitos dañinos, como el consumo de drogas.

En ambas conductas se registran daños a terceros y a la persona misma. Pero la libertad puede ser entendida como el no hacer lo que no debo hacer. Es una idea más completa e incluye, desde luego, no dañar a los demás y tampoco a mí mismo. Consecuentemente, quien es libre realmente es quien no roba coches, no consume drogas y demás.

Hasta aquí, la libertad real llega al plano de no realizar daños. Pero puede llegar más lejos. Llega más allá cuando le agregamos la idea de sí hacer lo que debe hacerse. Ya no es eso de no hacer lo que daña, sino la de sí hacer lo que beneficia a los demás y a uno.

Y así llegamos a una idea razonable: la persona realmente libre no es la que hace lo que se le apetece, sino la que hace lo que debe hacerse. No es nuevo esto, es lo de amar a los demás y a uno mismo. Ése es el ser libre.

Esa idea de libertad, debo añadir, está incompleta al menos por una razón. Bajo algún torcido criterio puede llegar a ser interpretada como el obligar a las personas a comportarse como deben hacerlo y con eso dar pie a un autoritarismo desenfrenado amparado en una causa de buena apariencia.

La libertad requiere por esta razón un nuevo elemento, que es el de la voluntariedad, para verla en la persona que teniendo la oportunidad de hacer lo que no debe hacerse opta por decisión propia y hace lo que debe hacerse.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.





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