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Ejemplos a Los Jóvenes
Selección de ContraPeso.info
13 junio 2005
Sección: ETICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info agradece a Economía para Todos la amable gentileza para reproducir el siguiente texto de Federico Johansen, director general del Colegio Los Robles Pilar y profesor de Política Educativa en la Escuela de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UCA (Universidad Católica Argentina).

Los niños y adolescentes se ven expuestos hoy a una serie de estímulos que no siempre controlamos los adultos que nos creemos responsables de su educación. Seguramente, hace 200 años, cuando no existían la televisión, o la radio, o las revistas, la pregunta planteada era de muy fácil respuesta ya que los jóvenes las únicas conductas que podían aprender o copiar eran las de sus familiares, vecinos o maestros.

Pero, ¿qué sucede hoy? ¿Podemos limitar el espectro ejemplificador que recibe un niño a los agentes educativos mencionados? Está claro que la respuesta es no.

Los niños y adolescentes se ven expuestos hoy a una serie de estímulos que no siempre controlamos los adultos que nos creemos responsables de su educación.

Perdón de antemano por el ejemplo (no lea este artículo después de comer) pero creo que a veces las cosas fuertes se recuerdan más. Imagine que su hijo está viendo un programa donde “el héroe” come caca. Supongamos que se lo ve en una escena cómodamente sentado en una mesa, tomando sopa de diarrea con cara de fruición y acentuando que es su platillo favorito.

¿No le parecería adecuado, en este caso, aclararle a su hijo que esto no es como se lo muestran, es decir, que esta conducta no debe ser imitada? Este ejemplo es de mal gusto, pero lamentablemente es real: lo vi hace unos años en una película por algún canal de cable.

Afortunadamente no creo que ningún niño lo haya visto porque la película era un bodrio. Pero no vayamos tan lejos: prenda el televisor y siéntese a verlo con sus hijos.

Encontrará toda serie de ejemplos de cosas que probablemente usted no quiere que sus hijos aprendan, pero que están allí como modelos de conductas a seguir.

Desde cosas que pasan muy desapercibidas como que en muchos programas todos los protagonistas hablan entre sí continuamente a los gritos (luego uno le pide a los chicos que no griten) hasta cosas un poco más profundas como que hay que mentir si sirve para no hacernos cargo de alguna responsabilidad, o que es magnífico quedarse embarazada a los 15 años, especialmente si no es del novio actual sino del anterior.

Y estoy hablando de programas que van en horario de protección al menor, y que son aptos para todo público. ¿Cree usted realmente que esto no influye sobre los niños y adolescentes? Si esto fuera así no se gastarían en todo el mundo millones de pesos en publicidad, y los países totalitarios admitirían la libertad de prensa.

Estas conductas observadas continuamente en la televisión y tomadas como normales influyen claramente en los chicos que, en muchos casos, las imitan.

El tema es si queremos que actúen de esa forma o no. Recuerdo haber escuchado (lo sigo escuchando actualmente aunque no aplicado a mí), “no te juntes con fulano que es una mala influencia”, pero no escucho tantas veces decir “no veas tal programa que es una mala influencia”.

Y lamentablemente creo que a veces “tal programa” es mucho más pernicioso que muchas de las “malas compañías”. ¿Hay que echarle la culpa de todo a la televisión?

No, para nada. Pero tampoco podemos negar su existencia y no darnos cuenta de que es uno de los agentes educativos por excelencia: no tiene ningún control, es atractivo, es cómodo, barato, no nos demanda ningún esfuerzo y encima desde chiquitos nos ponen delante nuestros propios padres, para que no molestemos.

Una cosa es decir que tiene la culpa de todo y otra muy distinta es afirmar que no tiene la culpa de nada, como muchas veces desde la misma televisión nos quieren hacer creer.

Y lamentablemente los padres muchas veces actuamos como si lo real y verdadero fuera lo segundo. Reconozco que sentarse a ver los programas que los chicos ven es un ejercicio, por lo menos, aburrido.

Pero también es la forma de que nos vayamos dando cuenta de qué tipo de conductas están inculcando desde ese medio, para plantearnos si estamos de acuerdo o no con ellas. Si pensamos que van a ser felices comiendo caca, magnífico. Pero al menos sepamos que es lo que le están enseñando.

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La escuela y el hogar ya no son los únicos que moldean la conducta y valores de los niños y adolescentes. Hoy, los estímulos son diversos y es preciso estar atentos. Explicaba en la primera parte de esta nota que, contrariamente a lo que ocurría en un pasado lejano, los jóvenes tienen hoy muchos agentes de transmisión de conductas, además de su propio hogar y la escuela, y que en algunos casos esas conductas no coinciden con lo que familia o escuela desearían transmitirle.

En esa parte le tocó el turno a la televisión. Ahora es el turno de la sociedad. Una de las conductas que creo que no coinciden con lo que la familia y la escuela, o incluso la misma sociedad en un plano teórico, desean transmitir, es la impunidad.

Queremos enseñar a nuestros hijos que se hagan responsables de las consecuencias de sus actos –las buenas y las malas– pero continuamente ven “en la calle” que esto no es así.

Por ejemplo, los piqueteros cortan calles, rompen coches e incluso agreden a la gente y no pasa nada. Pero también todos nosotros contribuimos a que se rompan las leyes sin ninguna consecuencia, y circulamos en auto a más velocidad de la permitida, o hablamos por celular mientras manejamos, o estacionamos donde queremos. Y no pasa nada.

El claro mensaje es: rompamos la ley que nada sucede. En este sentido, tampoco nuestras conversaciones son muy edificantes: hablamos pestes de los corruptos (con nombre y apellido) pero nuestros jóvenes ven que éstos circulan por la calle como si fueran los mayores benefactores de la humanidad, o incluso ocupan cargos de importancia, o aparecen en los medios de comunicación como modelos a imitar.

Nuevamente la conducta que están mamando es clara: no pasa nada si se rompe la ley. La impunidad se predica con el ejemplo en cada instante.

Otra conducta que podemos encontrar a cada paso, y que tampoco parece ser algo que los padres y la escuela quisieran transmitir, es la discriminación. Los boliches bailables donde van los jóvenes discriminan en la entrada (para gran alegría de los jóvenes que de esa forma se sienten “exclusivos”) y dentro de los boliches hay espacios para VIP´s. Hay estacionamientos en la calle reservados para embajadores, jueces, diputados, senadores, gobernadores, etcétera.

En los aeropuertos también hay salas para VIP´s. Es decir: predicamos que todos somos iguales –e incluso nuestra Constitución lo recoge– pero por lo visto algunos son más iguales que otros. Los jóvenes van aprendiendo desde su más tierna infancia que hay privilegiados y que hay que discriminar, aunque en la escuela y en el seno familiar se les intente inculcar lo contrario.

Hablamos peyorativamente de las clases sociales que no son la nuestra delante de los chicos sin darnos cuenta de que estamos fomentando conductas discriminatorias. ¿Tendrán la culpa los jóvenes cuando actúen discriminando al distinto?

Por último, otra de las conductas en la que solemos encontrar una enorme contradicción entre lo que se propone en la casa o en el colegio y lo que la sociedad muestra es el “respeto por la autoridad”. Nadie se hace problemas cuando en la cancha se insulta al referí, recordando a todos sus ancestros.

Nadie se hace problemas cuando no respetamos al policía que nos da una indicación. Hablamos mal de los maestros o directivos de las escuelas delante de los hijos-alumnos. Predicamos que hay que respetar a la autoridad pero bombardeamos con todo desparpajo a las personas que por su cargo tienen autoridad. Y lo hacemos delante de los niños y jóvenes.

Nuestra incoherencia en este sentido alcanza límites insospechados: “tenés que obedecerme sólo porque soy tu padre”, pero por lo visto a la maestra no hay que obedecerla sólo por ser la maestra. En resumen, nuestros jóvenes están expuestos a conductas probablemente reñidas con los valores que decimos sustentar. Al menos intentemos corregir aquellas de las que somos responsables.

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En las partes anteriores, explicaba cómo tanto la televisión como la sociedad daban mensajes o presentaban conductas como modelos para ser seguidos, en muchos casos en contradicción con lo que la familia, la escuela o incluso la misma sociedad pretenden enseñar. Ahora es el turno de revistas y publicidades estáticas.

Reconozco que, con una curiosidad malsana, a veces he tenido la tentación de repetir a mis alumnos las frases que ellos mismos leen en las publicidades, ya sea en revistas o en carteles por la calle. La curiosidad malsana consiste en ver la cara de los padres, o de otros docentes, cuando los chicos les refirieran mis dichos. Sin embargo, no parece haber quejas cuando esos mensajes están disponibles para que cualquiera los lea.

Para ir a lo concreto, me gustaría ver la cara de un papá o la de otro docente si su hijo o alumno le dijera que el director de su colegio le dijo “Descontrolate al máximo”. Este slogan lo han leído o escuchado (era la propaganda de una conocida gaseosa) en infinidad de ocasiones.

Mientras las familias y escuelas luchamos para que los chicos sean ubicados, controlados y medidos, el mensaje –desde luego mucho más atractivo y divertido– es que se descontrole todo lo que pueda.

También intentamos que se preocupen por los demás, que no sean egoístas, que sean solidarios, que paguen sus impuestos. Pero otra gaseosa, recomienda: “hacé la tuya”, y nadie se queja ni dice nada. ¿Qué le diría usted a un pariente si su hija llega de visitarlo y le cuenta que le dijo “hacé la tuya”?

Nos vemos en figuritas para que nuestros hijos respeten las indicaciones que les damos, los horarios, los lugares, e incluso tratamos de inculcarles que sean medidos, prudentes, obedientes, que se preocupen por las consecuencias de sus actos, que cuando crezcan respeten las leyes de tránsito.

Y como contrapartida vemos gigantografías que rezan “desafiá los límites”, que aún no tengo claro qué tiene que ver con promocionar un determinado modelo de automóvil. ¿No iría usted a quejarse a la escuela si se entera que la maestra le dijo a su hijo “desafiá los límites”?

Enseñamos a nuestros jóvenes que hay una escala de valores, que hay familia, patria, amistad, respeto, para verlos terminar repitiendo que “lo que importa es la cerveza” casi como una gracia. (Hice la prueba, cuando la mencionada publicidad estaba en pleno auge, de entrar en una clase y decir: “Porque lo que importa…” y varios a coro –seguro que inconscientemente– respondieron “es la cerveza”.

Cómo me hubiera gustado que respondieran “es la patria”, o “es la familia”, o “es el amor”o “es la libertad”, pero no, se ve que soy muy iluso o demasiado idealista.) También habría que preguntarse qué tiene que ver una mujer desnuda con una casa de diseño y venta de ropa femenina, pero, bueno, al menos no transmite ningún mensaje nefasto.

“Marcales el camino” es otro de las publicidades que pareciera no compadecerse con la cantidad de adolescentes embarazadas, o con el avance del SIDA y otras enfermedades de transmisión sexual, así como las que siguieron en la misma línea para promocionar una marca de desodorante masculino.

Que “diplomarse” sea tenar relaciones sexuales con la que no es claramente el ser amado no parece ser algo que la sociedad como tal quiera inculcar en los adolescentes. Pero nadie dice nada.

Resumiendo, y para terminar, los jóvenes se ven expuestos a una serie de mensajes, ya sean explícitos, subliminales o como encarnaciones de conductas, que no necesariamente están acordes con lo que decimos que queremos enseñarles. Ojalá nos acostumbremos al menos a hacerlos reflexionar sobre estos mensajes o conductas y, si nos vemos con ganas, enviemos una queja a los que los emiten.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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