Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Abuelo y el Avaro
Eduardo García Gaspar
3 enero 2005
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, Y FABULAS E HISTORIAS
Catalogado en:


Comenzando el año, déjeme hacerlo contando una breve historia de ingenio. Para entrar en ambiente, remóntese usted a una época lejana en una aldea de pocos habitantes.

Había allí una casa. como cualquiera, en la que vivían un abuelo y su nieta. Llevaban una vida tranquila. A pesar de eso, el abuelo estaba de mal humor, pues se acercaba el vencimiento de una deuda y no podría pagarla.

Su nieta, una joven, cuya belleza era conocida por toda la región, cuidaba del abuelo y atendía una pequeña panadería.

El préstamo había sido dado por un viejo avaro y tenía que ser pagado precisamente a mediados del otoño. Desde el invierno anterior, el viejo avaro pasaba cada semana por la casa del abuelo y con señas le indicaba que le pagara el dinero cuando las hojas cayeran.

Pasó el tiempo, dándose cuenta el abuelo que no podría reunir el dinero, lo que le causaba gran pesar, pues creía que el avaro les pediría la panadería y así quedarían en la miseria. Pasó más tiempo hasta que desesperado el abuelo decidió enfrentar la situación y hablar con el avaro.

Le fue a ver y le dijo que no podría pagar la deuda. El avaro, sin misericordia, le dijo que sólo había una manera de perdonarle la deuda, que debía darle a su nieta en matrimonio.

Desesperado el abuelo, no dijo nada a su hermosa nieta, pero su humor se ennegreció tanto que cerca del otoño, cuando había caído ya la primera hoja, fue de nuevo a ver al avaro. Y le dijo, “Es mucho lo que me pides, darte en matrimonio a mi nieta es más que la deuda que tengo contigo y por eso, te propongo otro trato.”

El abuelo lo explicó al avaro y éste, con remilgos lo aceptó. Lo que el abuelo había propuesto era que los tres irían a finales del otoño al bosque, cuando hay más hojas caídas; el abuelo se metería una hoja muy amarilla en un bolsillo del pantalón y una hoja muy oscura en el otro.

El avaro seleccionaría uno de los bolsillos y si la hoja era oscura, la nieta se casaría con el avaro. Pero si la hoja era amarilla, quedaría perdonada la deuda y la nieta liberada. Pasaron las semanas.

El abuelo haciendo ruegos y el avaro acariciando su ambición. Hasta que llegó el día, que el avaro se encargó de anunciar con una visita el día anterior y revelar la noticia a la nieta, que de esto no sabía nada. Sobra decirlo, pero la nieta no pudo dormir esa noche, temblaba y ni siquiera podía llevarse la cuchara a la boca en la cena. Varias veces derramó el vaso con agua. Viendo esto, en cambio, el abuelo se tranquilizó y durmió plácidamente.

Por fin llegó el día y a la hora convenidos, los tres se dirigieron al bosque, hasta hallar el paraje con más hojas caídas en el suelo. Se detuvieron. Había lascivia en el avaro. Había nerviosismo extremo en la nieta que jugaba inquietamente con uno arete que se había quitado y que se le cayó descuidadamente. Había tranquilidad en el abuelo.

Habló el abuelo y dijo al avaro, “Ya estamos aquí y cumpliré mi palabra. Tomaré dos hojas del suelo, una amarilla muy clara y la otra muy oscura. Colocaré una en cada uno de los bolsillos de mi pantalón y usted seleccionará qué bolsillo prefiere. Mi hija meterá su mano en mi bolsillo y tomará la hoja. Si es amarilla ella queda libre y la deuda perdonada. Si es oscura, mi nieta se casará con usted. Les pido a los dos que se den vuelta para no ver en qué bolsillo meto cada hoja.”

Así lo hicieron, mientras el abuelo metía dos hojas oscuras, una en cada bolsillo. Ya listo, el abuelo dijo que podían voltear y pidió al avaro que escogiera un bolsillo. Seleccionó el derecho. El abuelo pidió a la nieta que sacara la hoja, lo que elevó su nerviosismo, la que apenar podía caminar.

Temblando su mano sacaba la hoja cuando sin quererlo la dejó caer y se tapó los ojos llorando.

El viejo avaro comenzó a gritar diciendo que no pudo ver el color de la hoja pues su vista era muy mala. El abuelo, con calma, respondió, “No hay que preocuparse, voy a sacar la hoja del otro bolsillo y si es oscura eso significa que la hoja que sacó mi nieta era la amarilla y ella quedará libre.”

Con amplia sonrisa, el abuelo sacó la hoja de su bolsillo izquierdo y la mostró al avaro, que enrojecido de ira corrió a su casa y desde entonces no ha salido de ella.

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