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El Beneficio Del Miedo
Selección de ContraPeso.info
27 enero 2005
Sección: SALUD, Sección: Asuntos
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Frente a la humanidad está la puerta a adelantos y avances que pueden significar armas poderosísimas en la lucha contra el hambre y la pobreza, en favor de la salud y la prosperidad. Y, sin embargo, un sector de la población mundial se empeña en cerrar ese portal de grandes beneficios, argumentando falsamente y torciendo la verdad.

El resultado lógico es una vida peor de la que ahora mismo pudieran gozar miles de millones de seres humanos. Sandy Szarc ofrece una explicación al revisar un libro editado el año anterior.

Las revelaciones son realmente escalofriantes. ContraPeso.info agradece a Tech Central Station la amable cortesía de permitir la traducción y reproducción de este valioso material que va en contra de lo políticamente correcto y de lo aceptado irracionalmente.

Miedo por beneficio

La regulación gubernamental es tan omnipresente e intrusa en nuestras libertades, que debe ser ella cuidadosamente medida, basada en en consideraciones racionales.” John H. Moore ex-director de National Center Foundation.

Todo aspecto de nuestras vidas está hoy virtualmente restringido de alguna manera por el gobierno. Es difícil suponer que esas intromisiones no estén basadas en otra cosa que no tenga buenas razones y buen sentido; pero suponerlo es falso.

Conforme mejor vivimos, menor confianza ponemos en los enfoques racionales y científicos. Quienes luchan todos los días para alimentar a sus hijos y sobre vivir, por necesidad deben tomar decisiones sobre, por ejemplo, lo que deben comer haciendo cálculos de beneficios y riesgos.

Sólo quienes gozan de posiciones acomodadas pueden darse el lujo de inquietarse acerca de preocupaciones intangibles y predicar acerca de ideales románticos.

Consecuentemente, las naciones avanzadas de Occidente abandonan rápidamente la valoración racional y científica de riesgos. La sustituyen con una perspectiva de “absoluta seguridad a todo costo”. la que ha sido alimentada hábilmente con desinformación y campañas alarmistas provenientes de grupos con intereses especiales.

Como resultado de esto adelantos alimenticios y tecnológicos están siendo calumniados, temidos y resistidos, fuera de toda proporción sobre sus riesgos potenciales.

El resultado de estos falsos principios de exagerado cuidado es una serie de normas reguladoras, abundantes en errores e inconsistencias, que lastiman a los consumidores especialmente a los más pobres y sin privilegios. No sólo estamos negándonos mejores opciones, al igual que comida perfectamente segura, también la estamos negando a personas que la pueden necesitar con mayor desesperación.

Prácticamente cada alarma alimenticia y de salud, en la actualidad, son de este tipo: la “crisis de la obesidad”, pesticidas en frutas y vegetales, mercurio en pescados, vacas locas en carnes, hormonas en leche, grasas “malas” en botanas, azúcar refinada en dulces, arsénico en el agua, y otras innumerables alarmas sin fundamento que nos bombardean.

Sin embargo, para ayudarnos a nosotros mismos, debe entenderse cómo el miedo se arraiga, lo que está detrás de esas alarmas y lo que ellas provocan.

Henry I. Miller y Greg Conko nos han dado una revelación escalofriante que con valor enfrenta esa insana locura acerca de todo lo que comemos.

En The Frankenfood Myth: How protests and politics threaten the biotech revolution (Praeger Publishers 2004), ellos muestran la historia de los alimentos genéticamente modificados que han sido blanco de los vehementes ataques de los activistas, quienes los han llamado frankenfoods. Los autores tratan los malos entendidos que se han difundido acerca de la biotecnología, pero no es ése su mérito principal.

Hacen ellos una poderosa llamada a los científicos, gobernantes y consumidores, acerca de cómo los mitos actuales de la comida son inventados y usados, recalcando la importancia de volver a usar discusiones racionales y científicas.

Miedo versus realidad

La comunidad científica considera a los riesgos de los cultivos genéticamente modificados como iguales a los métodos convencionales de cruce de plantas.

Este tranquilo enfoque de la confianza en la biotecnología se debe, en parte, a la seguridad que produce el entendimiento de la naturaleza científica y de la investigación de la biotecnología; y en parte también a la emoción que produce su aplicación actual y futura para mejorar los alimentos, las medicinas, aliviar el sufrimiento humano, permitir el cultivo de más comida en menos tierra con menos químicos y, por eso, elevar el mandato ambiental, minimizando desperdicios —especialmente a los cultivos de subsistencia en países pobres—, producir comida en lugares inhóspitos que son salados, ácidos o secos, en climas difíciles o llenos de plagas y enfermedades que llegan a hacer perder hasta el 40% de los cultivos anualmente.

La realidad de los riesgos de salud y alimentación nada tiene que ver con el sentimiento público, ni con las regulaciones. Hay una disparidad entre las calificaciones de riesgos producidas por los científicos y las percibidas por legisladores y consumidores; esta disparidad es una causa de odio y de las acusaciones de irracionalidad y motivos ocultos.

Pero, a pesar de que puede ser fácil que la comunidad científica piense que son tontos quienes creen en las alarmas alimenticias y quienes consideran a la biotecnología como un peligro, pienso que el público está reaccionado de una manera predecible ante la información que reciben de los medios y a la atención que sus gobiernos ponen en los asuntos de preocupaciones de salud.

Los consumidores están siendo hábilmente manipulados por los que conocen con exactitud el peso de la evidencia científica acerca de los riesgos y conocen muy bien cómo explotar a las personas y al sistema político para su provecho político, económico y social, de acuerdo con Miller y Conko.

Ellos culpan de las regulaciones infundadas de la biotecnología a quienes utilizan al miedo para aprovecharse del público —es decir, a los grupos con intereses especiales, a los mismos reguladores y a los medios.

¡Ay, no! ¿Y qué si…? ¿Cómo podemos estar seguros?

Una parte crucial del marketing del miedo es la promoción del Principio de Precaución —es decir, la creencia de que si algo puede salir mal, debemos hacer todo lo posible para que no suceda. Desde luego, ya que todo en la vida implica riesgos, esto hace posible que los comerciantes del miedo se opongan, e impongan regulaciones en todo, especialmente en los nuevos avances de la ciencia, la salud y la tecnología.

Quienes apoyan el Principio de Precaución piensan que la gente es demasiado tonta o no está preparada para manejar riesgos de manera adecuada y que por eso deben controlarse los accesos a esos riesgos.

Lo que eso significa, en la realidad, es el rechazo de los beneficios que los adelantos puedan producir, aunque ahora mismo podamos usar y beneficiarnos de artículos potencialmente peligrosos y cotidianos, como sierras eléctricas, automóviles, agua caliente y aspirina.

Como todo lo que está a la venta, en la raíz de esas alarmas no hay altruismo. Quieren aparentar ser los defensores morales de los débiles, dicen Miller y Conko, pero los grupos ambientalistas y las ONGs que están detrás de las alarmas alimenticias y de salud, son en realidad una muy bien financiada colección de profesionales que manipula a la opinión pública y engaña a la gente para su propio beneficio.

“Nadie debe confundir a los delitos menores de los [grupos] anti biotecnología con exuberancia inocente o celo excesivo por una buena causa.” dicen Miller y Conko.

“Sus motivos son su beneficio y sus tácticas, perversas.” No dudan ellos en aterrorizar a los consumidores torciendo la verdad y exagerando los riesgos; también intimidan a los gobernantes con amenazas de demandas y ataques a las industrias alimenticias y de biotecnología. Es lo que el Dr. Alan McHughen llama “terrorismo económico.”

Las empresas ceden o compran sus productos, mientras que los legisladores les otorgan regulaciones que los protegen de competidores nacionales y globales, especialmente de los de países en desarrollo.

“Los más grandes beneficiarios de estas políticas escasamente científicas son grupos activistas que han sacado cientos de millones de dólares de donantes crédulos; las industrias de alimentos orgánicos y naturales, que ha explotado esta desinformación; y los mismos reguladores.” escriben los autores.

Los reguladores “usan las demandas de los activistas como una cubierta para sus propios complejos regulatorios,” de acuerdo con los autores. Los legisladores y políticos tienen ambiciones propios de más responsabilidades, mayores presupuestos e imperios burocráticos más grandes.

Ellos reclaman como obligación el regular cualquier cosa que el público crea que es preocupante. Los reguladores usan las alarmas para procrear el crecimiento de las agencias gubernamentales, pasando la factura al público. Aún peor, dicen ellos, la involucración del gobierno apoya los reclamos de los activistas y eleva la preocupación de los consumidores al creer que las cosas reguladas son realmente la más peligrosas. “Crean una casi histeria supersticiosa que sólo es de provecho al mito anti biotecnológico.”

Estos grupos no están alimentado por una genuina preocupación ambiental o de salud, dicen los autores. En realidad ellos son anti empresa, anti tecnología y anti establishment; simplemente están tratando de preservar sus propios intereses comerciales y mantener su visión ideológica de un mundo perfecto.

La hambruna desesperada es una aflicción ajena en los EEUU, de manera que es sencillo ser romántico acerca de los enormes esfuerzos para sobre vivir de cientos de millones de personas que apenas pueden mantener la vida cultivando.

Y es imposible ignorar que los principales beneficiarios de la biotecnología son de piel de color, sea marrón o amarilla, en países del Tercer Mundo. El avance tecnológico y el tener suficiente para comer, mejora la salud y han permitido a las naciones industrializadas elevar su productividad y ser prósperas, dicen Miller y Conko.

No es un acción filantrópica el haber gozado de los frutos de la ciencia y la tecnología al mismo tiempo que eso mismo se niega a los países en desarrollo.

El científico en agricultura, Norman Borlaug, ha recibido crédito por salvar la vida de mil millones de personas. Él escribió la introducción de este libro y ha declarado al Dallas Observer que la oposición a la biotecnología no es una preocupación por la salud humana, por las personas amenazadas por hambruna (852 millones de acuerdo al último reporte de la ONU), ni por el medio ambiente.

Esto fue demostrado en lo que debe ser llamado un crimen contra la humanidad cuando, durante la peor crisis en una década, los activistas anti biotecnología convencieron a los líderes de Zambia que dejaran morir de hambre a 2 millones antes que recibir alimentos norteamericanos que contenían maíz genéticamente modificado, que ellos oyeron que era “venenoso.”

Las regulaciones impiden la innovación

“Lo que ha sucedido más y más, desde mi punto de vista… es que el gene del sentido común y del juicio ha sido desgastado y ya no funciona.” Norman Borlaug. El embrollo regulatorio que envuelve a la tecnología comenzó con el mito de que ella es de alguna forma un riesgo singular y que por eso necesita atención especial y supervisión reguladora, dicen Conko y Miller.

Sin embargo, la modificación genética no es nueva y virtualmente todo en nuestra oferta alimentaria ha sido mofificado de una manera u otra.

Pero la crianza tradicional de las plantas es lenta, tosca e imprecisa al permitir que miles de genes no deseados se introduzcan simultáneamente con los deseados. Los sistemas de crianza tradicional actuales incluso emplean violentas ráfagas de radiación o químicos para mutar los genes cuyos resultantes mutados no son más riesgosos que los que han tardado cientos de años en mutar.

Lo que la biotecnología moderna ofrece es una forma más precisa y controlada de mejorar las características de los cultivos, que así es menos probable que cause cambios no intencionales e indeseables.

Los científicos son capaces de predecir con un alto grado de certitud si el gene puede causar riesgos y ellos toman precauciones dependiendo de lo que se sabe del gene. Actualmente, incluso dos alimentos que pueden ser indistinguibles y los genes modificados virtualmente idénticos, son regulados de forma diferente, dependiendo del proceso con el que fueron creados.

Las regulaciones son tan onerosas que ni una sola cosecha podría cumplir con los requerimientos de la USDA para plantas de genes modificados.” dicen los autores. El resultado ha sido elevar en decenas de millones de dólares los costos de prueba y desarrollo de cada variedad nueva de cultivo, haciendo que ellas sean 20 veces más caras de desarrollar.

Los costos regulatorios adicionales desalientan la innovación, producen distorsiones de mercado al permitir que sólo unas pocas y muy grandes empresas puedan mantenerse operando y las empresas más pequeñas desaparecen; también, elevan los precios al consumidor y hacen que solamente las variedades con más rendimiento comercial puedan ser cultivadas en escala suficiente para llegar al mercado.

¿Cuál es la solución? Miller and Conko finalizan Frankenfood Myth con una bien pensada serie de estrategias para reformar el alocado sistema regulatorio de la actualidad. Todo lo que debemos hacer es leer su libro.

Nota del Editor

El asunto tratado es de importancia extrema dado su impacto en las políticas que deben adoptarse para en realidad combatir la pobreza. Cerrar con terquedad el aprovechamiento de la tecnología es literalmente causa de genocidio. El primer paso, sin duda provechoso, es elevar la discusión y llevarla de meras campañas de relaciones públicas al terreno de la discusión seria en la que dominen las pruebas científicas.

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