Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Eutanasia
Selección de ContraPeso.info
18 mayo 2005
Sección: ETICA, Sección: Análisis
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Contrapeso.info presenta un texto de Antonio Orozco sobre el tema de la muerte asistida, en general sobre lo que se ha llamado la “cultura de la muerte.” Se juzga oportuno proveer un texto ilustrativo que toma los no tan imaginarios pasos de una sociedad embebida en sí misma por su dominio sobre la muerte y la vida, para terminar haciendo reflexiones lógicas que llevan al tema de la real dignidad de la muerte enfrentada sin la cobardía que se disfraza de humanismo.

No es de maravillar —era perfectamente previsible hace muchos años sin necesidad de bolas de cristal—, que poco después de la polémica sobre el aborto y su legalización, en mayores o menores supuestos, llegaría la polémica sobre la eutanasia.

Si bien se mira hay en la escalada de la supresión vergonzante pero efectiva de la dignidad de la persona humana, una lógica implacable, aunque coexista con declaraciones más o menos contradictorias. El bien tiene su lógica, pero el mal también tiene la suya, que es peor.

La Lógica de la ciencia del bien y del mal

Como es bien sabido, la ciencia del bien y del mal es el desideratum de los especímenes más listos del género humano. El anhelo se remonta a nuestros primeros padres y consiste en la ciencia (o más bien, habilidad) que consigue meter a la vez en la misma olla el bien y su contrario el mal.

Se trocea bien troceado tanto el mal como el bien, hasta que se consigue una masa informe donde ya no cabe distinguir ni bien ni mal alguno. Se deja reposar hasta que la otra masa, la humana, ande distraída. Ese es el momento de administrar la exquisita sustancia al ciudadano, ya en condiciones de subir la Escala de los siete escalones, a saber:

Primer escalón.

Se reivindica el derecho a limitar a cualquier precio la natalidad. Con lo cual ya somos señores de la vida, que la dan cuando quieren y como quieren y a quien quieren. En este escalón se descubren los anticonceptivos, físicos o químicos, y comienza la metamorfosis que ha de culminar en la conversión del espécimen humano en Dios y Señor del universo.

Segundo escalón.

Si soy dueño de la vida, lo soy también de la muerte. Quien tiene poder de dar la vida cuando quiere está a un paso, a un escalón, de poder quitarla cuando quiera. En este segundo escalón —a nivel más alto que el primero— ya soy el señor del aborto. Ya puedo matar sin remordimiento de conciencia. Aunque de momento me limitaré a matar a las personas muy pequeñitas, que no tienen siquiera voz para reivindicar nada.

Los pasos se van añadiendo al ampliar hasta su liquidación cualquier impedimento legal para el aborto. Van incrementando la gravedad, pero podemos agruparlos como si fuesen uno solo y dejarlos con mucha paz en este segundo escalón.

Tercer escalón.

Si soy dueño de la vida y de la muerte, es evidente que debo serlo no en un sentido relativo, sino absoluto. O somos o no somos: el dueño de la vida no lo es para unos casos sí y otros no. Mi poder ha de manifestarse en la capacidad de sentenciar a muerte siempre que me parezca a mí razonable, por ejemplo, cuando alguien tiene una enfermedad terminal que le hace sufrir mucho.

Es preciso subir esta escalón análogamente a los anteriores, sin preguntar a los que saben, es decir, a las personas que se dedican a la medicina paliativa, porque nos convencerían de que los enfermos terminales no quieren morir, sino vivir con dignidad, que viene a significar con menos dolor y más cariño.

Pero para esto se necesitan médicos competentes y todavía más, alguien que les ofrezca un poco de ese tesoro cada vez más escaso, que se llama ternura. Como esto no se compra con dinero, es mejor no perder el tiempo y legalizar la eutanasia, comenzando por los casos más llamativos. Luego ya iremos abriendo la mano, como en Holanda. Ya somos Dios.

(el orden entre los escalones puede invertirse en ocasiones)

Cuarto escalón.

Producir seres humanos en un laboratorio, aunque sea a costa de congelar y eliminar docenas de seres humanos. Este negocio nos dará pingües beneficios y siempre podremos alegar que esas muertes constituyen un gran privilegio: el de morir en el altar de la Ciencia. Si Augusto Compte resucitara, se felicitaría grandemente al ver sus sueños hechos realidad. Ya tenemos la nueva religión, la Ciencia: un altar, el Laboratorio; un sacerdote, el Médico o Científico; un nuevo dios: Yo.

No debemos pedir que una madre dé su vida por su hijo, pero no hay inconveniente en arrebatar la vida de millares de seres humanos en el altar de del Euro (le conviene al euro ir siempre de la mano de la Ciencia). Abolimos la pena de muerte para los malhechores, pero ello no nos impide dar muerte a las personas más pequeñitas, cuando su sacrificio venga exigido por nuestra nueva religión.

Quinto escalón.

la clonación de seres humanos. Si alguien pensó que el mundo feliz descrito por Aldus Huxley era una historia fantástica, ahora verá lo que es el nuevo Dios. Así podremos conceder el privilegio de los trabajos forzados a los esforzados trabajadores clonados, mientras nosotros nos dedicamos a investigar nuevos especímenes para clonaciones todavía más productivas.

Sexto escalón.

Como la media de vida se alarga en demasía y el mundo es pequeño para tantos dioses, el Estado, por medio del Ministerio de la Vida, decidirá la edad a la que los ciudadanos han de morir. Si alguno se niega a obedecer se le aplicará la modalidad de eutanasia voluntaria por mayoría de votos. El Ministerio de la vida se reserva el derecho de otorgar prórrogas a los ciudadanos que sean declarados de interés social.

Séptimo escalón.

Repristinación del proyecto Babel, adaptado a las exigencias de la sociedad moderna. Fuentes bien informadas aseguran que el antiguo Dios Yavé, injustamente disgustado por la reincidencia, ha convertido a los dioses humanos en expertos. Ahora todos son expertos,

con lo que la confusión creada supera todas las previsiones, incluidas las de Yavhé.

Ya en serio

Recuperemos la seriedad del argumento. Cabe constatar que aún no hemos llegado al sexto escalón, ni se ha abierto el séptimo sello. Cabe todavía una rectificación: volver a tomarse a Dios en serio. Dejarle a Él que decida sobre la vida y la muerte de todos y cada uno.

A nosotros nos toca curar todo lo que podamos y paliar el dolor, facilitar una muerte verdaderamente digna, es decir, una muerte lo más lúcida posible con el menor dolor posible, sin violentar la naturaleza de las cosas, respetando y amando a Dios en sus obras y designios. Sabiendo que así, detrás de la muerte está la Vida con mayúscula, el Amor infinito, que es la raíz y el sentido de la vida humana sobre la tierra, es decir, lo que confiere a cada instante de nuestra existencia en la tierra un formidable valor de eternidad.

Es falso que la iglesia católica defienda el encarnizamiento médico. Lo que defiende es precisamente el derecho a morir con dignidad. Y bendice a cuantos de una manera u otra procuran paliar el dolor, especialmente el de los enfermos terminales.

Es más, los cuidados paliativos —dice— constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados (CEC n. 2.279).

La Iglesia constituye un imponente modelo de cómo tratar a las personas que concluyen su itinerario terreno: los unge con la unción de enfermos, les confiere el consuelo del perdón de todas sus faltas, por grandes que hayan sido; les alimenta con la Eucaristía, que es el cuerpo y la sangre de Cristo resucitado. Ruega constantemente por la salud espiritual y si es posible física de los enfermos y ofrece continuos sufragios por los difuntos.

El empeño por hacer posible a todos una buena muerte es sin duda un servicio eclesial inconmensurable prestado a la humanidad. De hecho, buena parte de la acción caritativa de la Iglesia ha estado dirigida desde sus orígenes a cuidar a los enfermos y aliviar en lo posible el dolor, lo que se ha manifestado también en la fundación de hospitales, y en la acción de congregaciones religiosas dedicadas a esta labor.

La clave: lo que vale un segundo

La fe cristiana enseña que cada instante del vivir terreno gravitará sobre la suerte eterna de la persona. Suerte no azarosa, sino muy justa. Hay unos versos del Don Juan de Zorrilla que aseguran que

“un punto de contrición, da a un alma la salvación por toda la eternidad… Yo Santo Dios creo en ti, pues si es mi maldad inaudita, tu piedad es infinita. ¡Señor, ten piedad de mi!”.

La idea puesta en boca del gran sinvergüenza, podría escandalizar, pero es una idea muy profundamente teológica. Se puede ser un perfecto cínico, un atropellador universal e implacable y, en un instante de contrición, salvar el alma para siempre.

En otra ocasión contaremos por qué resulta arriesgadísimo aplazar la conversión hasta el último momento, pero ahora podemos subrayar que, siendo esto así, cada uno de los segundos de la vida humana sobre la tierra tiene un insospechado valor de eternidad, especialmente el último en el tiempo. De la calidad y contenido de ese momento depende ciertamente la calidad de la existencia eterna.

Nuestras medidas son inadecuadas cuando se trata de valor un momento, un segundo, o una eternidad. Para Dios un día es como mil años y mil años como un día.

Es decir, para Dios un instante para nosotros fugaz e inaferrable, es un libro abierto, tan claro y patente como la eternidad. Y lo que a nosotros nos parece eterno (por ejemplo, dos mil años) a la luz de la eternidad es como un ayer que ya pasó.

Podríamos pensar como Augusto Compte: «todo es relativo, sobre todo al tiempo». Pero no es así. Si todo es relativo al tiempo, todo es temporal y la relatividad no tiene donde agarrarse. Todo sería una contradicción.

Lo relativo sólo es posible porque hay absoluto. Sólo hay tiempo porque hay eternidad. Un segundo es muy poco porque en cuanto comenzamos a hablar de él ya ha pasado. Pero también es mucho, porque condiciona toda la vida eterna de una persona.

Un segundo es mucho tiempo. Un segundo, si es de dolor, puede parecer una eternidad. Mucho más si es un día, una semana, un año. Pero aunque fueran mil años, si llega un día en que se acaba, ha sido muy poco tiempo, casi nada, porque la vida eterna durará por siempre.

Convendría pensar esto larga y despaciosamente. Hemos leído en San Pablo que una breve tribulación, Dios la retribuye con un inmenso e incalculable tesoro de gloria (2 Cor 4, 13-15). Entonces se verá cómo Dios no es injusto —los injustos somos nosotros cuando dudamos de Él—, sino infinitamente generoso.

Cada uno de los momentos de nuestro vivir en el mundo, aporta algo, si no decisivo, muy importante, al que será nuestro último minuto. Puede ser positivo o negativo. Como es obvio, conviene que sea positivo. Una persona que está desesperada por un gran sufrimiento, si decide con lucidez el suicidio, se procura otro sufrimiento más grave y sin final.

Ésta es una razón del máximo peso para negarle rotundamente a quien quiera que lo pida, asistencia para el suidicio, que ahora, con evidente abuso del lenguaje, se llama eutanasia. Esto sería lo más opuesto a una muerte digna.

La dignidad, es el concepto que se esgrime para legalizar la eutanasia «activa». O sea, que se llama dignidad a lo que todos los diccionarios llaman cobardía: la fuga de un deber, la huida de una responsabilidad personal e intransferible. Se pretende que sea “humanitarismo” asistir semejante dislate.

Cuando, en rigor, incluso los pocos que lo piden, no lo pedirían —de hecho no lo piden—, si se les presta los cuidados paliativos que hoy el mundo civilizado está en condiciones de prestar. Esto es lo que saben y dicen todos los médicos que se dedican a la medicina paliativa. Los testimonios son abundantes e inequívocos.

Lo cierto es que lo que una persona desesperada desea en el hondón de su alma, no es la muerte, aunque sus palabras lo digan por un engaño (las más de las veces) o por un autoengaño. Lo que el moribundo desearía es precisamente afrontar con verdadera dignidad humana el trance final.

Lo que todo ser humano quisiera es tener el valor de no intentar una fuga imposible y tener en cambio la reciedumbre de permanecer con el espíritu enhiesto en la suprema dificultad.

Una sociedad que legitima la eutanasia suicida no está propiciando muertes dignas, sino la multiplicación incalculable de patéticas cobardías ante la muerte, la justificación de un temor perpetuo —inevitable en semejante sociedad— a ser conducido al tanatorio por razones exclusivamente utilitarias.

Una sociedad que legitima la eutanasia suicida, es una sociedad que está proclamando su ineptitud para ofrecer auténtica solidaridad, afecto, cariño a sus enfermos terminales. Claro es que para dar esto se requiere precisamente un concepto muy alto de persona; se requiere entender la persona como una cierta excelencia en el mundo —que eso significa dignidad, excelencia— del ser humano sobre todas las fuerzas cósmicas.

El cristiano no es insensible al dolor físico, psíquico o moral. No sólo lo comprende, lo sufre como el que más. Véase, por ejemplo en 1999 al Papa Juan Pablo II. Pero, si la certeza de morir nos entristece (reza el prefacio de la misa de difuntos), nos alegra la certeza de la futura resurrección.

El pensamiento de la muerte cierta, tiene siempre un gusto agridulce. La intensidad de la dulzura depende de la intensidad del deseo de ver a Dios y poseer definitivamente su Verdad, su Bondad, su Belleza, su Sabiduría, su Amor inmenso. Se puede desear la muerte para ver cuanto antes el rostro de Dios. Y se puede desear también para acabar con los sufrimientos de este mundo.

Ninguno de los dos motivos es reprochable. Lo reprochable, y mucho, es que alguno decida terminar su vida en la tierra con el suicidio, porque esto significa usurpar a Dios el señorío sobre la vida y sobre la muerte, que sólo al Autor de la vida pertenece, quien, por lo demás, ha revelado que «la leve tribulación de un instante se convierte para nosotros, incomparablemente, en una gloria eterna y consistente» (cfr. Cor 4, 17).

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