Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Eutanasia: Criterios
Leonardo Girondella Mora
9 diciembre 2005
Sección: ETICA, SALUD, Sección: Análisis
Catalogado en:


No hay duda, la idea de “muerte digna” es un tema caliente y de actualidad. Normalmente reservada a los terrenos de los moralistas, la idea ha descendido al campo de la ciudadanía y quizá por eso, está sujeta a interpretaciones vagas y amplias, opuestas entre sí.

Mi intención en este escrito es hacer precisiones que demuestren que la idea requiere razonamientos refinados que la hacen poco propicia a convertirse en un asunto a decidir por medio de procedimientos masivos, como un referéndum.

Empecemos por las cosas obvias, ya que ellas ayudan a colocar en una perspectiva razonable las cosas que siguen.

Todos moriremos, de lo que no hay duda. Al mismo tiempo, somos seres con valor y dignidad. Y todo eso nos lleva a una conclusión evidente: nuestra muerte, como nuestra vida, debe ser digna por derecho esencial propio.

• A lo anterior, debemos añadir otra realidad. La muerte nos asusta, produciendo todo tipo de sentimientos y cuestionamientos que no tienen fácil respuesta y llegan a ser dependientes de creencias religiosas no sujetas a discusión científica. No sorprende que todo lo relacionado con la muerte cause discusión y desacuerdos.

Sobre esos dos puntos es posible concluir que hablar sobre la eutanasia estará lleno de complicaciones que parten del supuesto razonable de merecer una muerte “digna”.

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El problema original es definir qué significa eso. Incluso podemos llegar tal vez a acordar en una definición más amplia y también razonable, que he tomado de una columna de Luis de Moya: muerte digna es “la muerte con todos los alivios médicos adecuados y los consuelos humanos posibles”.

La definición es lo suficientemente vaga como para ser interpretada de cualquier manera. Éste es el problema de fondo, el de las interpretaciones de palabras como “dignidad”, “adecuados” y “posibles”. Intentar definirlas poniendo de acuerdo a casi todos es una tarea imposible a la que renuncio para dedicarme a otra avenida que creo de mayor promesa: esa definición lleva implícitamente la idea de considerar a la vida como algo valioso. Porque es valiosa, entonces la muerte debe ser atendida con “todos los alivios médicos adecuados y los consuelos humanos posibles”.

Hasta aquí, creo estar proponiendo algo que puede ser globalmente aceptado. Los humanos somos dignos, de lo que concluimos que nuestra vida es también digna y su término es merecedor de dignidad, lo que significa intentar salvarla y en caso de no poder hacerlo tener esos consuelos posibles. Visto del otro lado, si somos seres dignos, no es congruente tratar a nuestra vida de otra manera —lo que para todo propósito práctico significa que existen dos principios absolutos:

• Eventualmente, todos moriremos.

• Debe hacerse todo lo posible por mantener la vida.

En la aplicación práctica de esos principios radica el origen de la controversia de la eutanasia: sabiendo con total certeza que la muerte nos llegará, debemos hacer lo posible por mantener la vida. Es decir, llegará sin remedio un punto en el que prolongar la vida sea inasequible. La gran discusión es cuándo saber que se está en ese punto.

De la misma columna he tomado las siguientes definiciones: La muerte digna, según la definición anterior es “la muerte con todos los alivios médicos adecuados y los consuelos humanos posibles”. El término correcto de esto es ortotanasia. Viendo que la definición es demasiado vaga, es natural que ella derive otras definiciones más específicas:

Eutanasia es la acción u omisión por parte del médico con intención provocar la muerte del paciente por compasión. La que puede clasificarse en activa y pasiva. Eutanasia activa es la eutanasia que mediante una acción positiva provoca la muerte del paciente. Eutanasia pasiva es la eutanasia por dejar morir intencionadamente al paciente por omisión de cuidados o tratamientos que son necesarios y razonables.

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En mi opinión, la distinción entre la eutanasia activa y pasiva es otra fuente de discusiones sin posibilidad de acuerdo. La activa supone una acción deliberada e intencional para acabar con la vida y la pasiva supone otra acción deliberada también, pero por omisión. Ambos tipos de eutanasia tienen en común un elemento, que es la intención, la ejecución o omisión de una acción con el fin de acabar con la vida.

Su diferencia es sólo de forma; una realiza una acción contra la vida y la otra omite una acción a favor de la vida. Distinguir entre ellas es un ejercicio académico, interesante, pero que no establece la diferencia que vale y que es la intención. Si aceptamos el principio de que la vida debe mantenerse por ser la de un ser digno, ambas resultan injustificables por tratarse de actos intencionales.

Siendo lógicos y considerando a cada ser humano digno, con vida digna, no son admisibles las acciones con designio de terminar con ella. Esto nos lleva al corazón del tema. He dado por supuestos dos principios de apariencia contradictoria.

Primero, todos moriremos.

Segundo, la vida es digna y debe tratarse de mantenerla.

Si los aceptamos, necesariamente no hay posibilidad de aceptar acciones intencionales para acabar con la vida y por eso serían inaceptables ambas eutanasias, la pasiva y la activa. Debe haber alguna idea mejor que ésa para resolver el problema de la muerte digna. Lo que sigue es un intento de solución. Las siguientes definiciones, tomadas de la misma columna, serán de ayuda.

Primero, encarnizamiento terapéutico (también obstinación o ensañamiento terapéuticos) que es la aplicación de tratamientos inútiles —o, si son útiles, desproporcionadamente molestos o caros para el resultado que se espera de ellos.

Segundo, distanasia que es la muerte en malas condiciones, con dolor, molestias, sufrimiento —sería la muerte con un mal tratamiento del dolor, o la asociada al encarnizamiento terapéutico.

Tercero, la sedación terminal definida como la práctica médica de inducir el sueño del paciente, para que no sienta dolor, en los ya muy raros casos de dolores rebeldes a todo tratamiento: una sedación suave acompañando a los analgésicos, que los potencia manteniendo la conciencia del paciente.

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La idea central en esas definiciones, que son de muerte no considerada como intencionalmente alcanzada, es la de “daño mayor”. Si el tratamiento es inútil para conservar la vida no tiene sentido aplicarlo. Pero también hay que considerar el efecto en el enfermo, para no causarle condiciones de dolor exagerado o remediable, que son diferentes.

Si el tratamiento médico produce molestias exageradas, debe abstenerse de aplicarlo; pero el tratamiento médico que persigue suavizar los dolores debe aplicarse, incluso a pesar de acelerar la muerte. Solas, las anteriores nociones de poco ayudan si no se tiene otro criterio de decisión, el del tiempo. Al respecto hay dos definiciones útiles: enfermo desahuciado y enfermo terminal.

Conjuntando los tratamientos y la situación de tiempo, es posible facilitar un poco la decisión. Cuando el enfermo es terminal y morirá en un plazo evaluado como corto, de semanas, quizá el cuidado principal debe darse a dolores, molestias, de manera que lo inevitable suceda en las mejores condiciones posibles —es el caso de la sedación sin tratamientos remediales.

Cuando el enfermo está desahuciado y fallecerá dentro de un plazo mayor, de meses, existe la obligación de buscar y aplicar remedios que persigan alargar la vida con una razonable esperanza de lograrlo sin menoscabo de tratamientos contra el dolor.

No tengo duda de que lo que acabo de decir resultará profundamente desilusionante para muchos, quienes me tacharán de la vaguedad que he criticado antes. Sin embargo, me parece que he intentado aportar elementos que ayudan a afinar el concepto de eutanasia:

• El ser humano es digno y también lo es su vida, tanto que no puede atentarse contra ella y, por esta razón, la eutanasia es reprobable por ser una acción intencional para terminar con una vida.

• Como parte de su propia dignidad, la vida debe ser respetada evitando tratamientos desproporcionados en los casos de muerte inminente. Esto significa aceptar que el tratamiento mejor es el de aminorar dolores y molestias, sin aplicar tratamientos sin sentido práctico que produzcan dolor desproporcionado.

Bajo estas guías, sería del todo reprobable realizar actos a un desahuciado para acelerar artificialmente su muerte, por ejemplo, inyectando una sobredosis de narcóticos que haga posible su fallecimiento hoy en lugar de dentro de seis meses.

Incluso con la idea de evitar dolores, se trataría de una acción intencional que quita la vida. Sin embargo, el mismo enfermo, desahuciado o terminal, debería ser tratado contra el dolor, quizá con la misma medicina, en dosis que no estén destinadas a matarlo.

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Hay otro factor de complicación de las discusiones al respecto: las opiniones personales que, sin mucho darse cuenta, están contagiadas por ambiente intelectual de época. Si se vive en tiempos de profundas creencias religiosas y morales, la reprobación de la eutanasia entre la mayoría de las personas sería una cuestión dada.

Razonarán ellas que la eutanasia es un suicido o un asesinato, y la discusión se detendrá allí. Pero otra cosa es tratar el tema en tiempos de laicismo, secularización y relativismo moral, cuando la libertad es interpretada como la posibilidad de hacer lo que venga en gana a cada quien. Bajo esta forma de pensar, es más fácil creer que las personas tienen la libertad de vivir o morir, según voluntad propia.

Es entonces cuando se tiene la oportunidad de poner en tela de juicio temas como éste, con la desventaja de hacerlo en un clima intelectual adverso, que tiende a hacer de la voluntad individual el único mandato. Me limito a señalar que tal ambiente intelectual con facilidad conduce a la cobardía, al miedo de enfrentar a la muerte en su momento natural y que, pensando así, se presentará la muerte adelantada artificialmente como una opción deseable a la que se llamará digna también —como si digno fuese el quitar vidas evitando algunos episodios desagradables.

Lleva esto a filosofías o creencias personales, pues un creyente cristiano, por ejemplo, no pensará lo mismo acerca de la eutanasia que un ateo que cree que al morir desaparecemos en la nada.

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Ahora examino un aspecto que hace complejo aún más el tema: los costos de los tratamientos. La carta de un lector a un periódico ejemplifica lo infantil de razonamientos hechos al respecto. Escribe el lector que, “Yo pido que me atiendan hasta el último aliento si la iglesia y los conservadores pagan la cuenta, pero como no lo van a hacer, tengo el derecho a decidir si compro o no los avances de la ciencia, si me presionan están atentando contra mi libertad y mi dignidad”.

Si seguimos la linea de razonamiento del lector, ella es agresiva en contra de quienes no piensan igual que él y eso oscurece la discusión colocándola en el nivel de presiones y dictados –desde luego, hay cosas más allá que pagar la cuenta y además, la aparente concepción de libertad es muy limitada.

Entre paréntesis, esto ejemplifica lo inadecuado de poner a referéndum temas tan complejos como éste, en los que los ciudadanos no son expertos.

Veamos el aspecto económico. Me parece que el costo de los tratamientos tiene una guía similar a las anteriores. Cuando existe la posibilidad de pagar por los tratamientos y ellos son adecuados, sin caer en el encarnizamiento, deberán ser usados; lo mismo para quitar el dolor y la sedación.

Si ellos están fuera del alcance del enfermo y comprometerían seriamente la situación familiar, su aplicación queda como una decisión de la familia bajo las guías anteriores. El aspecto económico, por tanto, es uno de disponibilidad y accesibilidad en cada circunstancia particular.

Finalmente, lo que he propuesto es el criterio de intencionalidad como el criterio central. Lograr la muerte con actos deliberados, sean activos o de omisión, es reprobable por ir en contra de la dignidad de la vida. Sin embargo, eso no implica otra parte de la misma dignidad, que es el hacer sujeta a la persona de un daño mayor, al ponerla bajo tratamientos extremos o dejarla sin el alivio de su sufrimiento corporal.

[Quizá sea interesante leer Morir Como Idiotas y Eutanasia Vista Con Tranquilidad. También resulta interesante el tema general de Bioética]


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.





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