Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Familia, Tradición
Eduardo García Gaspar
1 diciembre 2005
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


No creo que haya tema más ilustrativo para mostrar el encontronazo entre las dos mentalidades básicas actuales que la del matrimonio entre personas del mismo sexo. Es la colisión de tradición y moral contra racionalismo y ley.

Sin duda, para empezar, la familia ha sido entendida como la institución social por excelencia, la unión vitalicia de una mujer y un hombre, para complemento mutuo, y procreación y educación de la siguiente generación. La historia de la humanidad ha sido prueba de los amplios frutos de la familia entendida así, tanto que en toda cultura esa institución es celebrada socialmente y consagrada por las religiones.

Modificarla presenta el riesgo de alterar en sus bases mismas a la civilización y sus más profundos cimientos, originando cambios severos e impredecibles. La postura que rechaza a la familia tradicional, quiere definirla de otra manera. Quiere hacer que se llame matrimonio o familia a otra cosa diferente.

Quiere que sea definido como la unión civil reconocida de una relación íntima de amistad legalmente obligatoria en la que existe comunidad de bienes, sean las personas que sean las que se unan.

Ya no hay aquí razones de procreación, ni causa para considerarse un sacramento en términos católicos, por ejemplo. Es el choque entre la menos amplia visión legal y racionalista, y la más amplia comprensión que también incluye a la religión, la moral, la tradición.

La ley humana tiene la capacidad de redefinir a la familia como se lo indique el pensamiento racional de los legisladores en cierto lugar y en cierto momento, sin considerar a la civilización humana y su historia. Hacer real esa capacidad es jugar con fuego teniendo como apuesta a las generaciones futuras. Y es que en estas cuestiones, la ley y la razón no son suficientes.

La familia vista desde el punto legal y racional es incompleta, capaz de ser comprendida como la simple amistad legalizada con obligaciones contractuales mutuas que satisfagan el deseo de colocar la etiqueta de matrimonio a lo que la ley ha definido parcialmente como tal.

La familia y el matrimonio son bastante más que el resultado de una decisión de la mayoría de legisladores en un lugar y en un momento.

Si se deja de lado el valor histórico de la familia, su capacidad procreadora, su aptitud para la educación de los hijos, su complemento sexual, su consagración religiosa, la familia pierde gran parte de su valor. Abriendo la puerta a una redefinición de la familia, ella se debilita para convertirse en una unión de amistad íntima afectiva, sin más criterios que la opinión momentánea de legisladores que fueron mayoría… y que en el futuro pueden definirla de manera distinta.

Insisto en el punto. Es un polémica entre dos formas de entender al mundo.

Por un lado está la del que hace caso omiso de la historia para confiar ciegamente en lo que ahora ve como justificable racional y legalmente, sin mirar las consecuencias futuras y creyendo que la libertad incluye la posibilidad de redefinir sus propias limitaciones.

Del otro lado está la mente del prudente al que su misma razón le indica que debe considerar efectos futuros más allá de los deseos presentes y que la libertad, para tenerse, debe imponerse límites que son obligatorios.

El choque de esas dos formas de pensar, más aún, se da en un medio ambiente más proclive a la tolerancia que a la moral y que se inclina más por el aceptar lo que en la superficie es un simple dejar que los otros hagan lo que quieran si en eso no salen lastimados.

El problema para esa mentalidad superficial tolerante es su incapacidad de profundizar en los efectos y que no son fáciles de observar en su insubstancial análisis.

En ese medio ambiente, además, se sufre ya no laicismo, sino secularización, por la que las ideas religiosas, las que sean, tienden a ser miradas con desprecio por ser parte de la tradición civilizadora. Viendo con desprecio a la historia, no es sorpresa que al mismo tiempo que se quiera hacer de lado a la familia tradicional se quiera también hacer de lado a las religiones.

El problema está en que nuestra civilización está sostenida en la historia pasada, sus costumbres, tradiciones y creencias. retirando esos cimientos, todo podrá venirse abajo.

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