Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Idiomas Libres Sin Policías
Eduardo García Gaspar
4 febrero 2005
Sección: LIBERTAD CULTURAL, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Siendo profesor universitario, tengo la oportunidad de escuchar conversaciones de estudiantes que ignoran mi presencia cercana y así darme cuenta del lenguaje usado por ellos. Desde luego, de todo se encuentra uno, desde el lenguaje normal esperado hasta el que rebasa el uso del que usaría un cargador de puerto.

Y, desde luego, se encuentra uno con expresiones de significado propio, recientemente creadas. El lenguaje, me he quedado pensando, es un buen ejemplo de la espontaneidad humana y por eso, ha sido comparado con los mercados libres.

Nadie es el inventor del castellano, ni de sus transformaciones, al igual que nadie tampoco es el inventor y modificador del inglés, del francés.

Los lenguajes son reales creaciones de las personas, al igual que los mercados libres. Cierto, hay reglas de construcción y acuerdos de significados y escritura, pero no hay al final una policía del lenguaje. Cuando mucho llegamos a corregir y afinar los errores de los alumnos, dando por supuesto que una persona mínimamente educada puede hablar dándose a entender con razonable claridad.

La vigilancia del idioma, si se le puede llamar así, es también libre, descentralizada en diversas personas que por iniciativa propia lo intentan. Más aún, en el fondo del asunto, todos entendemos, incluso sin darnos cuenta, que nos conviene aceptar las reglas del idioma, para poder hablar entendiéndonos.

Más aún, continuamente afinamos el lenguaje, le añadimos expresiones y palabras que necesitamos, por ejemplo, para describir las funciones de una computadora. El lenguaje, realmente, radica en las personas y se mueve en un proceso que podría calificarse de anárquico, pues no hay coerción para usarlo de cierta manera o de otra.

Un fenómeno interesante ha sido el surgimiento del inglés como “lingua franca” internacional que permite comunicarse a un islandés con un argentino, por ejemplo. Nadie forzó a eso, simplemente sucedió y, lo mejor, no funciona nada mal.

Lo que me lleva al otro extremo, el de imaginar una situación en la que la autoridad sea la encargada de forzar el uso de palabras o de prohibirlas.

Suena mucho a la novela de Orwell, 1984, pero es más real de lo que parece. Hay ejemplos de esto en España, en donde en algunas partes se ha forzado el uso del lenguaje local usando la autoridad del gobierno, por ejemplo, obligando a que cursos y materias en escuelas sean enseñadas en ese idioma.

Desde luego, había otra opción, la de dejar que las personas mismas decidieran si usar castellano, catalán, gallego o vascuence. También, en algunas partes de los EEUU se han calificado como “hate speach” algunas expresiones que se juzgan que atacan a algunos segmentos de la población.

Es decir, incluso en los terrenos más diáfanos de espontaneidad y libertad personal, las autoridades se entrometen a querer regir las vidas de las personas… y llegar al extremo de decidir qué idioma debes hablar o qué palabras no puedes usar.

Quien desea reglamentar estos asuntos, me parece, cae en la categoría de enemigo de la libertad y quizá lo sea porque le tiene miedo. La libertad tiene sus enemigos. Son los autócratas que todo quieren regir, que todo quieren dominar e imponer así, los estándares que ellos tienen.

En sus mentes hay metas de imposición de sus propios ideales por la fuerza. Escuché a una joven estudiante hablar un día con una amiga suya, empleando un lenguaje pobre, mísero y lleno de vulgaridades.

Eso está mal. La pobre chica está en un error que limita su vida, pero puede corregirse por iniciativa propia e influencia de otros. La chica, afortunadamente, es libre y eso es mejor que estar sujeto a la presión de una autoridad que cree que coartar la libertad es una mejor opción. Mejor está ella, con su paupérrimo lenguaje, que otros bajo sistemas de idiomas obligados.

Lo mismo aplica a los mercados libres, esos que no son intervenidos por las autoridades, y que son dejados a la libre espontaneidad de quienes toman decisiones de compra y de venta.

Si la espontaneidad del lenguaje ha dado un medio tan efectivo de comunicación entre las personas, no veo razón por la que esa misma espontaneidad no ocasione un medio de creación de bienestar y de riqueza. Las grandes obras de la literatura no han sido creadas por los gobiernos, como tampoco las grandes invenciones de los mercados.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras