Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Liberalismo Real
Textos de un Laico
22 junio 2005
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Robert A. Sirico, presidente del Acton Institute, acerca de Benedicto XVI. Una vez pasado un poco de tiempo, conviene ver estas ideas acerca del liberalismo real y cómo se relaciona con el nuevo Papa.

El texto de Sirico presenta una sorpresa muy agradable. Como dice Sirico, “déjeme explicar.” Agradecemos al Acton Institute la amable cortesía de permitirnos traducir y reproducir esta columna.

ROMA. — Hemos oído mil veces y más que el nuevo Papa es un conservador. Puede sonar contra la corriente, pero creo que en lo que se refiere a las implicaciones de política y economía, el nuevo papado va en la dirección de un liberalismo humano y unificador.

Hablo del liberalismo no como lo conocemos ahora, que se asocia con el manejo estatal y el relativismo democrático, sino de un liberalismo de tipo anterior, que colocaba sus esperanzas en la sociedad, la fe y la libertad. Déjeme explicar.

Cuando fue anunciado que el Cardenal Joseph Ratzinger tomaría el nombre de Benedicto XVI, inmediatamente se planteó la pregunta, ¿Quién era Benedicto XV y que representó? ¿Qué implica para el futuro del papado el que se considerara ser, en algún sentido, un papado sucesor de ése?

Benedicto XV fue papa de 1914 a 1922 —el papa que fue testigo de una era de paz, prosperidad y esperanza convertida en una de baño de sangre, violencia y del estado total.

Se le recuerda principalmente por su angustiada encíclica Beatissime Apostolorum, la que buscaba acabar con lo que ahora llamamos I Guerra Mundial, la guerra que con tanta violencia anuló las esperanzas de muchas generaciones de liberales clásicos del siglo 19. Pienso en particular de Lord Acton, quien ejemplificó el espíritu de su época.

El poder temporal del papado había misericordiosamente terminado en parte por el reclamo del ala liberal de la fe. Ellos habían colocado su esperanza en la capacidad de la fe cristiana para florecer en ausencia de coerción y en la capacidad del mundo para continuar su progreso hacia la paz y prosperidad. Sería un mundo de libre comercio, pensamiento libre y ortodoxia religiosa. Pero no fue así.

La visión del liberalismo en la que pusieron sus esperanzas fue anulado, total y completamente por la carnicería de la guerra. El papa Benedicto XV escribió el siguiente terrible pasaje en 1914:

En cada lado el temible fantasma de la guerra aguarda: casi no hay espacio para otro pensamiento en las mentes de los hombres. Los combatientes son las mayores y más ricas naciones de la tierra; no sorprende, entonces, que si se encuentran bien provistas de las más espantosas armas que la moderna ciencia militar ha creado, ellas buscarán el destruirse unas a otras con refinamientos de horror. No hay límites a la medida de ruina y derrame de sangre; día a día la tierra se inunda de sangre recién derramada y se cubre con los cuerpos de los heridos y muertos.

¿Quién imaginaría al verlos así llenos de odio entre sí, que son todos de un mismo tronco, todos de la misma naturaleza, todos miembros de la misma sociedad humana? ¿Quién reconocería a hermanos cuyo Padre está en el cielo?

Y, mientras que con infinitas tropas se entra en furiosa batalla, los tristes séquitos de la guerra, pena y desasosiego, invaden todas las ciudades y todas las casas; día con día el gran número de viudas y huérfanos se eleva y con la interrupción de las comunicaciones el comercio se ha detenido; la agricultura ha sido abandonada; las artes reducidas a la inactividad; los ricos están en dificultades; los pobres reducidos a miseria abyecta; todos están necesidad de ayuda.

Obviamente estas tristes palabras eran preámbulo a lo que vendría: los crímenes y terrores del comunismo y nazismo, el fin de la unidad europea, el advenimiento de las armas de destrucción masiva, la toma de occidente por parte de ideologías de manejo social, secularismo, consumismo y toda clase de horrores.

Éstas eran las preocupaciones mundanas de los papas que siguieron a Benedicto XV hasta Juan Pablo II, quien fue especialmente instrumental en arrojar a las grandes tiranías del siglo pasado.

Fue un tiempo debilitante para cualquiera que creyera en el espíritu de Lord Acton y sus contemporáneos. ¿Qué fue de la esperanza cristiana? Lo encontramos en los documentos del Concilio Vaticano II, el evento más importante que formó las vidas de ambos, de Juan Pablo y del teólogo alemán Joseph Ratzinger.

Fue éste el concilio que no dio la espalda a la libertad, sino al contrario, la abrazó con una confianza tal que los reveses que siguieron al fin del poder temporal serían también temporales. Este concilio vio hacia adelante a un mundo de renovado progreso espiritual y material en el que un orden global de libertad —junto con avance tecnológico— servirían a todas las personas de todos los lugares.

Fue el concilio que hizo la misión de la iglesia no sólo el cuidado de las almas sino también el bienestar de todas las sociedades en las que la gente vivía y respiraba.

Cuando el concilio terminó, muchos conservadores católicos tuvieron grandes dudas sobre el optimismo en el corazón del Vaticano II, particularmente eso que motivaba a la iglesia a abrazar al mundo moderno y definir más claramente la necesidad de libertad religiosa y derechos humanos. Hoy día esta sabiduría es más clara. Comunismo y nazismo llegaron y se fueron. Los otros “ismos” que dominaron al siglo 20 parecen también estar siendo abatidos.

Vivimos de nuevo en tiempos de nueva esperanza, similares a los que dieron nacimiento a la visión liberal del siglo 19. Es ésta la visión que con agrado abrazó Juan Pablo II y la que podemos esperar que continúe enteramente con Benedicto XVI.

El nombre mismo de este último nos da esperanza de que el derramamiento de sangre entre la I Guerra Mundial y la caída del muro de Berlín no sea nuestro destino.

Ciertamente, el Cardenal Ratzinger no ha contradicho las enseñanzas liberales económicas de Juan Pablo II, las que encontraron gran mérito en la economía de mercado e incluso condenaron los estados benefactores al estilo europeo.

El Cardenal Ratzinger ha estado más enfocado a las implicaciones teológicas de las herejías políticas como la teología de la liberación, que en las cuestiones de los sistemas económicos. Ha escrito con gran optimismo acerca de los prospectos de una nueva y unificada Europa —no unificada por el Estado sino por la fe y la cooperación. Ha escrito poderosas condenas del estado total como lo conocemos y reprobado la manera en la que el estado sobrevalorado y su proyecto de manejo social ha desplazado la visión cristiana de unidad y fe.

Mayormente, Ratzinger ha escrito en defensa de la libertad auténtica. Ha escrito del “real don de la libertad que la fe cristiana ha traído al mundo.

Fue la primera en romper la identificación entre el estado y la religión y por tanto, quitar a la autoridad su reclamo de totalidad; al diferenciar a la fe de la esfera del estado dio al hombre el derecho a mantener recluido y reservado su propio ser en Dios… La libertad de conciencia es el corazón de toda libertad.” (Freedom and Constrain in the Church, 1981)


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