Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Prohibiendo a Medias
Eduardo García Gaspar
15 febrero 2005
Sección: EFECTOS NO INTENCIONALES, Sección: Una Segunda Opinión
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No hace mucho tiempo ocupé un puesto honorario en uno de los gobiernos locales del norte de México y estuve involucrado en más de una conversación acerca de la regulación de la venta de bebidas alcohólicas. Mi puesto no me permitía nada más allá que expresar puntos de vista, uno de los cuales cuento ahora brevemente.

La situación discutida era la obvia y debe presentarse en muchas partes del mundo. Es la situación del abuso del consumo de esas bebidas, con una situación especial: uno de los municipios vecinos permitía la venta de alcohol las 24 horas del día.

Las protestas eran airadas, pues mientras en el resto de los municipios esa venta tenía un horario restringido, otro había hecho lo opuesto. Mi sugerencia fue analizar la situación viendo efectos colaterales.

Por ejemplo, el que un municipio tuviera venta libre significaría una elevación del tráfico, hacia esa parte de la ciudad, de autos con conductores que deseaban beber. Y también su regreso. Se elevaría el número de personas conduciendo, que iban y regresaban, algo indeseable.

Ante esto, propuse que la venta de alcohol se liberara, que ninguno de los municipios tuviera horarios restringidos.

Mi idea de liberar los horarios de venta de alcohol y de cierres de bares fue recibida con el entusiasmo del que está en una playa y le han dicho que un tsunami se aproxima. No fue siquiera discutida y eso que entre las personas asistentes había gente con capacidad e inteligencia.

Fue descartada mi idea y, me parece que así quedó en un cajón una sugerencia prometedora. El objetivo central era el evitar las consecuencias negativas del abuso del alcohol.

Principalmente accidentes de tránsito por culpa de conductores borrachos. Nadie está en desacuerdo con eso. Es una meta deseable. Pero hay diferencias serias en los medios para lograrla. Para los gobernantes el remedio es sencillo en este caso: evitar beber. ¿No se puede?

Entonces poner horarios a la compra y consumo de bebidas en lugares públicos. La idea es tonta, pero es la única en la que suelen pensar las autoridades.

Es la única porque ellas tienen poder y el poder es afrodisiaco, anula las neuronas. Y hace imposible pensar en efectos colaterales indeseables.

Supongamos que se ordena cerrar a los bares a la una de la mañana; sin duda una porción del consumo se trasladará a las casas, sin límite de horario y con, tal vez, mayores índices de consumo, pues allí es más barato beber. Habría más tráfico: del bar a la casa seleccionada y de allí a la casa propia.

El horario de cierre, también, provoca en algunas personas el incremento en la velocidad de beber. “Ya van a cerrar, ahora me pido una copa y dos más para el camino.” Los horarios ilimitados también evitan eso. La concentración de atención policiaca y médica tiene un pico de actividad, alrededor de la hora de cierre, degradando el servicio de atención a accidentes, lo que no sucedería con horarios libres.

Más aún, no habría oportunidad de lugares ilegales abiertos a deshora y las oportunidades de corrupción disminuirían.

El punto de esta segunda opinión es simple: aceptar desde el inicio que la acción de los gobiernos para poner horarios restringidos a la venta de alcohol es discutible al menos si es que con ella se pretende disminuir los accidentes de tránsito ocasionados por exceso de bebida.

Es discutible al menos, insisto, y puede ser que en el análisis final la menos mala de las opciones sea la de liberar horarios de consumo. ¿Hay evidencias que apoyan la posición de horarios libres? Sin duda.

La mayor de todas es la Prohibición en los EEUU. Si ella no funcionó, eso da idea de que tampoco lo hará una prohibición a medias. Igualmente recuerdo haber leído que la experiencia en Escocia apoya la idea de horarios libres.

De esta, como de otras experiencias, es posible obtener una conclusión: las autoridades sucumben a la tentación de ejercer el poder y lo hacen sin duda con buenos propósitos, pero sin meditar las consecuencias de sus actos.

Es natural, por tanto, que los gobernantes tiendan a caer en un círculo vicioso de errores producidos por sus decisiones y que quieran ser corregidos con más decisiones del mismo tipo que van a producir más errores…

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