Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
¿Qué Decirle?
Eduardo García Gaspar
30 agosto 2005
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


A raíz de los actos terroristas del 9/11, Madrid y Londres, escuché repetida la pregunta: ¿qué decirle al hijo que ha perdido a su padre o a su madre en un suceso así?, ¿al esposo, esposa, hermano, hermana?

No tengo la respuesta específica, pero pensar esto ayuda a poner en perspectiva una de las realidades duras de nuestras vidas, el sufrimiento. No hablo de dolor, sino de sufrimiento.

Cuando en conversaciones ociosas nos preguntábamos en qué época nos hubiera gustado vivir, las respuestas eran variadas. Mis amigos mencionaban, el Imperio Romano, el Renacimiento, lo que se nos ocurría. Mi respuesta era siempre la misma.

Yo preferiría vivir en la actualidad por una sencilla razón: los dentistas. Piense usted que una gran cantidad de personas hasta hace muy poco padecían monstruosos dolores de dientes para los que no había remedio.

Los nuestros son tiempos, creo, en los que los adelantos y avances nos han quitado dolores y por eso algunos sufrimientos. Somos en este respecto seres débiles, menos capaces de soportar, por ejemplo, la muerte de hijos, hambre y similares… que eran la regla de tiempos anteriores.

Nadie gusta sufrir, pero quizá para nuestras generaciones la posibilidad de sufrir es insoportable, tanto que eso mismo hace sufrir… lo que me lleva a creer que parte de muestro mundo está ocupada por el sufrimiento. ¿Por qué sufrimos?

La mejor respuesta que he escuchado es la que dice que lo hacemos porque somos libres y al serlo podemos optar por acciones erróneas. Es el caso del pesar que siente ése cuyo hijo fue asesinado por causa de una bomba que alguien hizo estallar en una estación de tren. O el que sufre alguna enfermedad por haber realizado alguna acción que lo expuso a ella. O el que siente una madre ante el abandono de sus hijos.

Pero también hay sufrimientos que se presentan sin razón aparente, como los temblores y tsunamis, o las enfermedades imprevistas. La realidad, sin remedio, nos presenta esas situaciones en las que sufrimos y es en extremo difícil justificarlas… tan difícil que esta realidad sirve a muchos para negar la existencia de Dios, el que siendo bondadoso no puede haber creado un universo de este tipo. La filosofía griega vio esta realidad y salió con un concepto fascinante, catarsis.

Se refiere a un estado mental extremo, generalmente asociado con tristeza, amargura y tribulación, que termina en un estado nuevo, renovado y mejor que el anterior. Una especie de pasaje a una revitalización interior. En otras palabras, el sufrimiento es una oportunidad de perfeccionamiento personal.

Por su parte, el Cristianismo, si no me equivoco, pone al sufrimiento también como una ocasión de mejora personal, pero no se queda en el plano individual, sino que va a la relación de amor con los demás. El sufrimiento es una oportunidad de perfeccionamiento pero al dar amor a los demás.

No extraña esto dada la enorme importancia que en esta religión tiene la pasión de Jesús para la salvación de los seres humanos. El sufrimiento personal, por tanto, es una oportunidad de unirse a Dios.

Otras creencias, pienso, usan al sufrimiento como una oportunidad de renuncia a todo, de alejamiento del mundo y de aislamiento personal de las desgracias terrenales. En fin, la conclusión es clara en su primera parte: las penas son parte de nuestra vida y poco podemos hacer para evitarlas. La anestesia y otras medicinas nos quitarán los dolores, pero no los pesares.

Lo que nos lleva a otra parte de la conclusión: ante esa realidad debemos tener una forma de enfrentarla y soportarla, una manera de explicarla, una filosofía personal del sufrimiento. Y no es sencillo. La reacción inicial puede ser la de una desesperación descontrolada, pero una reacción más razonada es la de contemplar al sufrimiento como una oportunidad de repensar nuestra vida y mejorarla.

No creo que sea éste un tema para dejar en manos de ciencias como la Psicología o la Psiquiatría, aunque ellas puedan colaborar en algo. Es un asunto de mayor profundidad que pertenece a otros terrenos que tratan con la naturaleza humana, con quiénes somos y qué hacemos en este mundo. Es decir, los campos de la filosofía, pero sobre todo, de las religiones.

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