Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Reconocer Perder
Eduardo García Gaspar
11 agosto 2005
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Las siguientes elecciones mexicanas para la presidencia, en 2006, presentan diversos riesgos. Uno de ellos me parece digno de señalar con buenos once meses de adelanto. Es el riesgo que representa la existencia de un candidato que se niega a aceptar su derrota.

Es un riesgo serio y puede verse a la luz de lo sucedido en 2000. Vayamos a unos días antes de esas elecciones. Las encuestas de intención de voto no tenían un ganador claro.

Por ejemplo, Grupo Reforma daba una ventaja de 3 puntos a Labastida, mientras que otros como Democracy Watch daba la ventaja a Fox por 5 puntos. Si se veía el total de encuestas, la ventaja era de Fox, pero no era abrumadora.

Todo se solucionaría con los datos reales de la votación, que fueron inmediatos: Fox con 42.5 y Labastida con 36.1 por ciento. Y sucedió una cosa extraordinaria. El presidente Zedillo reconoció la victoria de la oposición, haciendo lo mismo Labastida.

En unos pocos minutos se solucionó una incógnita de riesgo extremo, ¿reconocería el PRI su derrota? Podía haberlo no hecho. En 1964 ese partido obtuvo el 88 por ciento de los votos para presidente. En 1970, el 84; en 1976, el 93. Para las elecciones siguientes bajó a 72, luego en 1988 a 51, lo mismo que en 1994.

La tendencia estaba allí, pero nadie sabía con anticipación si el PRI reconocería una posible derrota. Privó el sentido común y la visión sosegada, creo que sobre todo del presidente Zedillo. ¿Qué hubiera sucedido de no reconocer la derrota el PRI? Nunca lo sabremos y no tiene mucha utilidad práctica el especular.

Pero sí interesa y mucho el pensar qué sucedería en caso de que uno o más de los candidatos perdedores no reconocieran su derrota y siguieran lo que en México en una tradición de gran peso: presentar alegatos de irregularidades y pedir anulación de elecciones locales, muchas veces acompañado todo de protestas callejeras. No sería éste un buen escenario electoral para las elecciones de una democracia en nacimiento. Hagamos una pequeña historia usando la imaginación.

Tal vez, pocas semanas antes de las elecciones, las encuestas tienen números similares a las del 2000, cuando no había un ganador claro cuya victoria fuese desde antes indiscutible. Bajo esta circunstancia es natural que todos los candidatos hablaran de ser cada uno el ganador seguro. Pero llega el día de la elección y por la noche se esperaría el anuncio. Con los ánimos exasperados se pedirá a los candidatos perdedores que lo reconozcan.

No es fácil hacerlo y el político requiere madurez y prudencia para mantener la calma y aceptar la realidad. ¿Qué pasa si uno de los candidatos se niega a aceptar la derrota y decide interponer demandas y emprender marchas de protesta en todo el país? La posibilidad está allí y debe ser examinada. ¿Cómo explorar esta posibilidad?

Por dos lados. Uno el de la real limpieza electoral, es decir, elecciones razonablemente limpias, como las anteriores. Ninguna elección es impoluta, pero muchas son muy aceptables. Es decir, el partido que cometa acciones sucias estará jugando con fuego y riesgos políticos mayúsculos. El otro lado es la personalidad misma de los candidatos.

Me refiero a rasgos de madurez y prudencia. Conviene en esto examinar las trayectorias de ellos preguntándose si son capaces de aceptar la realidad o salen de ella utilizando excusas, pretextos y otros subterfugios. Estoy hablando de su capacidad para aceptar una realidad que les es contraria.

En caso de que al menos uno de los candidatos perdedores padezca esta dolencia y que sus allegados no puedan controlarlo, las elecciones mexicanas estarán en peligro de consideración. Las protestas, alegatos y marchas de un candidato que se niega a aceptar su derrota atacarían las bases de un proceso democrático que aún es tierno y débil.

Es un mal escenario, que se ha sufrido consistentemente en el país dadas las suciedades de las prácticas electorales del PRI. Todo lo que quise hacer en esta segunda opinión es llamar la atención sobre un asunto que no he visto que sea tratado y que pienso que es necesario reconocer abiertamente. Cometer irregularidades en las elecciones y negarse a reconocer derrotas son dos acciones de verdadera miopía y considerable estupidez.

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