Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Sociedad y Laicismo
Leonardo Girondella Mora
29 septiembre 2005
Sección: RELIGION, Sección: Análisis
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Me fue solicitado por el editor de esta página que examinara un texto de Fernando Savater titulado Laicismo: cinco tesis, de fecha abril de 2004 y publicado originalmente en El País.

A continuación, entonces, reproduzco las ideas de Savater y las comento en el mismo orden en el que son presentadas en ese artículo de hace poco más de un año.

Lo que García Gaspar me pide es examinar el contenido de ese texto a la luz de la idea de que al final no existe una contradicción entre lo religioso y lo científico —lo que David M. Phelps del Acton Institute describe como, “La fe y la razón, la religión y la ciencia: debemos dejar de pensar en ellos dentro de un contexto de oposición. Aún mejor, ellos son muestra de una relación colaborativa entre Dios y el hombre, no son esa falsa oposición intrínseca.”

• Dice Savater que

“El debate sobre la relación entre el laicismo y la sociedad democrática actual (en España y en Europa) viene ya siendo vivo en los últimos tiempos y probablemente cobrará nuevo vigor en los que se avecinan: dentro de nuestro país, por las decisiones políticas en varios campos de litigio que previsiblemente adoptará el próximo Gobierno; y en toda Europa, a causa de los acuerdos que exige la futura Constitución Europea y por la amenaza de un terrorismo vinculado ideológicamente a determinada confesión religiosa.”

Es esencia, dice que el tema es de actualidad, lo que sin duda es cierto, dadas las situaciones que se plantean dentro de una sociedad abierta, de libertades y por tanto, democrática. No hay mucho más que agregar. El autor señala lo que es una realidad innegable, el asunto está presente en nuestros tiempos.

• Luego dice que,

“En cuestiones como ésta, en que la ceguera pasional lleva a muchos a tomar por enemistad diabólica con Dios el veto a ciertos sacristanes y demasiados inquisidores, conviene intentar clarificar los argumentos para dar precisión a lo que se plantea. A ello y nada más quisieran contribuir las cinco tesis siguientes, que no pretenden inaugurar mediterráneos, sino sólo ayudar a no meternos en los peores charcos.”

Tomo esto como una buena acción. El tema es caliente y lleva a apasionamientos por ambas partes, los defensores del laicismo y los partidarios de la religión, ante lo que Savater presenta sus cinco ideas con humildad, una buena y positiva actitud.

Bienvenida toda propuesta de ese tipo. El tema es importante y merece ser tratado sin los acaloramientos que ciegan a las partes.

• El primero de los puntos de Savater es muy directo. Escribe que,

“Durante siglos, ha sido la tradición religiosa –institucionalizada en la iglesia oficial- la encargada de vertebrar moralmente las sociedades. Pero las democracias modernas basan sus acuerdos axiológicos en leyes y discursos legitimadores no directamente confesionales, es decir, discutibles y revocables, de aceptación en último caso voluntaria y humanamente acordada.

“Este marco institucional secular no excluye ni mucho menos persigue las creencias religiosas: al contrario, las protege a las unas frente a las otras. Porque la mayoría de las persecuciones religiosas han sucedido históricamente a causa de la enemistad intolerante de unas religiones contra las demás o contra los herejes. En la sociedad laica, cada iglesia debe tratar a las demás como ella misma quiere ser tratada… y no como piensa que las otras se merecen. Convertidos los dogmas en creencias particulares de los ciudadanos, pierden su obligatoriedad general pero ganan en cambio las garantías protectoras que brinda la Constitución democrática, igual para todos.”

Su primera tesis es por demás razonable. En sociedades anteriores, las iglesias llevaban la responsabilidad de la educación moral de las personas y ejercían una influencia notable en las cuestiones gubernamentales. En las sociedades democráticas de hoy ya no tienen ese papel. La moral de la sociedad emerge de otras fuentes adicionales y se da un mayor margen de aceptación personal a las cuestiones religiosas.

Si antes la religión era la mayor de todas las fuentes del código ético de los ciudadanos, ya no lo es en la actualidad, cuando se da entrada a esas otras fuentes de “acuerdos axiológicos y discursos legitimadores” que no son necesariamente religiosos.

Añade que dentro de una sociedad laica, moderna, la religión no es puesta de lado, sino que todas ellas son aceptadas dentro de un marco de mutuo respeto. Todas ellas, por tanto, compiten dentro de la sociedad con sus mensajes y creencias, apelando al convencimiento personal sin uso de violencia.

No veo nada objetable en esa idea central de libertad religiosa para todos, al contrario. Es un principio lógico de entrada para sentar las bases generales del asunto —aunque me molesta el dejo relativista que percibo al abrir la posibilidad de variabilidad moral en el tiempo y el espacio.

• Su segunda tesis indica que

“En la sociedad laica tienen acogida las creencias religiosas en cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que pueda imponerse a nadie. De modo que es necesaria una disposición secularizada y tolerante de la religión, incompatible con la visión integrista que tiende a convertir los dogmas propios en obligaciones sociales para otros o para todos…”

Esto me parece una continuación lógica del primer punto. Las religiones son aceptadas en una sociedad abierta sin que ello signifique imposición.

La muy usada palabra “tolerancia” describe bien en tema: el que unos crean en la Sagrada Trinidad no significa que todos deban hacerlo y el que unos no beban vino no significa una prohibición para el resto. La idea es la de una libertad que tolera diferencias y en la que no hay imposiciones por la fuerza.

Suena bien, pero tiene un problema de implantación, la tolerancia tiene un límite que es el de la misma libertad y lo que ella significa. ¿Deberá tolerarse a quien no es tolerante y quiere imponer sus creencias? Creo que la cosa es más compleja que lo que dice Savater y el problema debería ser expresamente tratado.

La realidad ha mostrado el problema práctico —¿qué hacer cuando un discurso religioso llama a usar la violencia contra la sociedad que le da cabida y permite esa libertad de prédica?

• La tercera tesis de Savater,

“Las religiones pueden decretar para orientar a sus creyentes qué conductas son pecado, pero no están facultadas para establecer qué debe o no ser considerado legalmente delito. Y a la inversa: una conducta tipificada como delito por las leyes vigentes en la sociedad laica no puede ser justificada, ensalzada o promovida por argumentos religiosos de ningún tipo ni es atenuante para el delincuente la fe (buena o mala) que declara.

“De modo que si alguien apalea a su mujer para que le obedezca o apedrea al sodomita (lo mismo que si recomienda públicamente hacer tales cosas), da igual que los textos sagrados que invoca a fin de legitimar su conducta sean auténticos o apócrifos, estén bien o malinterpretados, etcétera…: en cualquier caso debe ser penalmente castigado. La legalidad establecida en la sociedad laica marca los límites socialmente aceptables dentro de los que debemos movernos todos los ciudadanos, sean cuales fueren nuestras creencias o nuestras incredulidades. Son las religiones quienes tienen que acomodarse a las leyes, nunca al revés.”

Esto recuerda, desde luego, la muy clásica Carta sobre la Tolerancia de J. Locke. No alcanzo a ver mucho nuevo agregado por el autor, pero si alabo la intención de recordarlo.

Las iglesias tienen sus reglas y los gobiernos las suyas, con una diferencia, que es el uso de la coerción —las iglesias no pueden forzar a sus fieles a cumplirlos, pero los gobiernos sí. La idea más propia de Savater aquí parece resumirse en la última frase de su tercera tesis, “Son las religiones quienes tienen que acomodarse a las leyes, nunca al revés.”

Creo que aquí surgen serios problemas. Si las religiones tienen que acomodarse a las leyes, entonces, como sucedió a principios del siglo pasado en algunas partes de México, los sacerdotes católicos deberían estar casados en esta parte del mundo. No es lógica la afirmación del autor —las leyes van y vienen, son diferentes en lugares distintos y una religión no puede admitir variaciones nacionales, ni regionales.

Este es un problema de variabilidad, a la que son mucho más propensas las leyes que las religiones. Además, colocaría al legislador como el dictador de los preceptos de áreas ajenas a su jurisdicción —un legislador sencillamente no puede ser un teólogo religioso y menos aún tener poder para forzar a una religión a actuar de cierta manera.

Savater no resuelve el problema y de hecho lo complica yendo al extremo opuesto que critica. Si antes la religión era la vértebra de la moral en la sociedad imponiéndose sobre los gobiernos, ahora él propone que el gobierno sea la fuerza moralizante y se imponga sobre las iglesias.

La falla del autor parece estar en ignorar que es posible la existencia de un elemento moral más abstracto, del que surgen las ideas éticas que plasman las leyes y las religiones revelan.

Debe reconocerse que la posibilidad de una esencia central moral. Las leyes, los preceptos morales y los mandatos religiosos coinciden admirablemente en puntos como la dignidad de la persona, de la que se derivan las ideas que reprueban el fraude, la mentira, el engaño, el asesinato, el robo y demás.

Insisto, si las religiones deben acomodarse a las leyes de cada país eso es el punto contrario y con igual defecto que el que Savater critica al señalar que antes las leyes las que se acomodaban a la religión. La opinión del autor no satisface en este punto.

• La cuarta tesis dice que.

“En la escuela pública sólo puede resultar aceptable como enseñanza lo verificable (es decir, aquello que recibe el apoyo de la realidad científicamente contrastada en el momento actual) y lo civilmente establecido como válido para todos (los derechos fundamentales de la persona constitucionalmente protegidos), no lo inverificable que aceptan como auténtico ciertas almas piadosas o las obligaciones morales fundadas en algún credo particular.

“La formación catequística de los ciudadanos no tiene por qué ser obligación de ningún Estado laico, aunque naturalmente debe respetarse el derecho de cada confesión a predicar y enseñar su doctrina a quienes lo deseen. Eso sí, fuera del horario escolar…”

Se percibe aquí la buena separación de las cuestiones religiosas de los asuntos escolares —no están en el mismo campo, por ejemplo, la enseñanza de la geografía que la del Credo Católico. Ambas tienen cabida, pero son diferentes. No hay problema en esta propuesta de separación y distinción. Pero la práctica puede ser más compleja de lo expresado por Savater.

Toma él como aceptable en la escuela pública solamente lo “verificable” en la actualidad y lo establecido “civilmente.” Tomado literalmente, podría ello significar la prohibición de la enseñanza de la filosofía, pues no es ella algo verificable por métodos científicos—como creo que tampoco lo serían algunas nociones de Psiquiatría.

¿Podría solamente enseñarse que robar es malo utilizando estudios científicos que muestren los efectos netos negativos de ese acto? ¿O se aceptarían razonamientos abstractos que demuestran lo mismo?

El problema es grave porque podría llevar a una actitud en la que todo razonamiento abstracto que careciera de prueba científica fuera sujeto de enseñanza. Y, aún peor, colocaría a lo civilmente aprobado por un gobierno o una sociedad, como aceptable sin condicionarlo a las pruebas científicas que se exige a otras áreas.

Por ejemplo, la discusión sobre el calentamiento global sería imposibilitado en la sociedad en la que eso se tome como una realidad innegable por su gobierno —sin escuchar el lado opuesto del tema.

El error se comete de nuevo —de un extremo se quiere ir al otro. Bajo esta tesis, Savater toma a lo “civilmente establecido” como absolutamente aceptable. Si eso se define como lo determinado por un gobierno, entonces se vuelve al mismo defecto señalado antes: ahora es el gobierno el que rige la moral, cuando antes lo hacían las iglesias.

Y el asunto, por tanto, se convertiría en un duelo de autoridades, la religiosa versus la gubernamental —dejando de considerar otras fuentes y las coincidencias entre ellas.

• El último punto dice,

“Se ha discutido mucho la oportunidad de incluir alguna mención en el preámbulo de la venidera Constitución de Europa a las raíces cristianas de nuestra cultura. Dejando de lado la evidente cuestión de que ello podría entonces implicar la inclusión explícita de otras muchas raíces e influencias más o menos determinantes, dicha referencia plantearía interesantes paradojas.

“Porque la originalidad del cristianismo ha sido precisamente dar paso al vaciamiento secular de lo sagrado (el cristianismo como la religión para salir de las religiones, según ha explicado Marcel Gauchet), separando a Dios del César y a la fe de la legitimación estatal, es decir, ofreciendo cauce precisamente a la sociedad laica en la que hoy podemos ya vivir. De modo que si han de celebrarse las raíces cristianas de la Europa actual, deberíamos rendir homenaje a los antiguos cristianos que repudiaron los ídolos del Imperio y también a los agnósticos e incrédulos posteriores que combatieron al cristianismo convertido en nueva idolatría estatal. Quizá el asunto sea demasiado complicado para un simple preámbulo constitucional…”

La idea de una constitución con un preámbulo me parece demasiado complicada y en lo personal prefiero su ausencia. Savater tiene nociones muy razonables en este sentido. No creo que sea un punto importante en el contexto global del tema.

• Cierra la columna con este comentario con lo siguiente,

“El combate por la sociedad laica no pretende sólo erradicar los pujos teocráticos de algunas confesiones religiosas, sino también los sectarismos identitarios de etnicismos, nacionalismos y cualquier otro que pretenda someter los derechos de la ciudadanía abstracta e igualitaria a un determinismo segregacionista.

“No es casualidad que en nuestras sociedades europeas deficientemente laicas (donde hay países que exigen determinada fe religiosa a sus reyes o privilegian los derechos de una iglesia frente a las demás) tenga Francia el Estado más consecuentemente laico y también el más unitario, tanto en su concepción de los servicios públicos como en la administración territorial…”

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Por mi parte, cierro estos comentarios con algunas observaciones puntuales.

• Dentro de nociones razonables, loables y de buenas intenciones, el autor parece dar un giro al problema —con 180 grados: si antes eran las religiones las que vertebraban la moral de la sociedad, en nuestros tiempos deben serlo las autoridades. No lo creo. El giro mantiene el mismo defecto original y crea un nuevo vertebrador único de la moral.

• Ese giro de 180 grados crearía “duelos morales” entre gobiernos y religiones —las cuestiones de aborto, eutanasia y matrimonios de personas del mismo sexo lo demuestran ampliamente.

• Me parece más razonable partir de un principio general, que es el de la carencia de contradicción en nuestro mundo —que la verdad es una y que estamos en proceso de conocerla poco a poco, encontrando, por decirlo así, piezas de un rompecabezas que en ocasiones dan la impresión de oposición entre ellas.

Cuando esta oposición se perciba, es entonces cuando nuestro poder de razonamiento entra en juego para llegar a conclusiones al menos tentativas. Por ejemplo, la posibilidad de ver al creacionismo y al evolucionismo como lo mismo en el fondo.

• Parece también lógico suponer que nuestro mundo no es perfecto y que cometemos errores, tanto en lo civil como en lo religioso —lo que nos lleva a considerar que quizá sea éste un problema insoluble en el que estaremos confrontando opiniones durante el resto de la existencia.

• Sostengo la opinión de Tocqueville que establece a las religiones como una fuerza positiva de moral cuando ellas enseñan que la libertad muestra que todo lo podemos hacer, y nos dicen que sin embargo, no todo lo debemos hacer.

Las religiones, vistas así, son una influencia positiva, no diferente en esencia al sentido racional de prudencia que viene de fuentes meramente racionales. Mi noción aquí es la de no hacer equivalente al laicismo con la exclusión de la religión —excluir totalmente a Dios de nuestras sociedades, lo creo sinceramente, nos lleva a una existencia en la que con facilidad se dan todos esos terribles sucesos que caracterizaron al siglo 20.

• La posición de Savater, siendo breve, no incluye una distinción adicional, la de los principios religiosos que piden creer en misterios como el de la Santísima Trinidad del Catolicismo y de los mandatos religiosos que piden no dañar al prójimo. Es muy razonable excluir de una ley civil la exigencia de creer en algún dogma, pero hay una admirable coincidencia entre leyes y preceptos religiosos cuando se prohibe el robo y el asesinato.

• Y si me dieran a escoger entre una de dos opciones mutuamente excluyentes de depositar a la fuente de moral, en la religión o en las cámaras de legisladores, preferiría la opción más estable y menos variable.

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