Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Sufragio Efectivo y al Reventón
 
18 marzo 2005
Sección: LIBERTAD POLITICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Ricardo Valenzuela, a quien se agradece el permiso de publicación.

Hace unos meses recibí una invitación a un programa televisivo en el cual, el tema a debatir era la indignación nacional que emergía ante la imperialista invasión de la patria, por dos inspectores gringos apostados en algún aeropuerto ante la amenaza terrorista.

Mi contraparte, un progresista profesor del Colegio de Sonora, envuelto en el emblema patrio exponía la terrible mancha sobre nuestra soberanía que tanto lo ofendía.

Ante la indignación de este hombre, iniciamos el clásico debate entre un socialistoide y un libertario de hueso colorado, como la gente se da a definirme. Habiendo llegado a niveles acalorados y ante las teorías conspiratorias que esgrimiera el profesor como causa de la guerra en Irak, le interrumpo: “No es posible creer que en una democracia como la de EEUU se den ese tipo de situaciones”.

A lo cual me revira: “EEUU no es una democracia, Bush fue insertado en la presidencia de forma antidemocrática”.

Sintiendo, en términos beisboleros, que me tiraban una recta el centro, tuve detener el swing que enviaría la pelota tras la barda, pues se daba por terminado el programa. Y es que, efectivamente, EEUU no es una democracia, es una República Federal.

El sistema político nacido con su independencia, confunde cuando se olvidan las advertencias de sus fundadores, en especial de James Madison, quien afirmara: “Las democracias son la forma más vil de gobierno.

Siempre han sido espectáculos de turbulencia. Han sido incompatibles con las seguridades personales o los derechos de propiedad; han tenido cortas vidas y han muerto violentamente”. John Adams, su segundo presidente, la calificaba como la tiranía de las masas, y Jefferson, el tercero, la definía de igual forma agregando: “Democracia es una tiranía en la que 51% de la gente, puede legalmente destruir los derechos del otro 49%”.

Era tal su desconfianza hacia lo que Marx años después definiera como el verdadero camino hacia el socialismo, que en ninguno de los documentos que le daban vida al país: la declaración de Independencia, la de los derechos del hombre, o la Constitución, mencionan la palabra.

La nación emergía como una Republica Federal que utilizaría el sufragio, como una de muchas herramientas de su sistema político. Un autor moderno, James Dale Davison, la describe como gemela del comunismo. Por más ridícula que suene esta afirmación, Davison nos muestra que tienen mucho más en común que lo que hayamos imaginado.

Y es que el problema en esta confusión, ha sido que los expertos políticos para definir el concepto, se volcaron a la Revolución Francesa en lugar de la estadounidense, sin tomar en cuenta que la primera terminó en caos, baños de sangre y un tiránico Emperador, mientras que la estadounidense producía un admirable sistema político.

Camus, se convirtió en el hombre más odiado de Francia al advertir de las celebraciones marxistas de la revolución. Alertaba en contra de ese místico proletariado, tratando de acomodar el mundo en el marco sostenido sobre la “indivisible voluntad del pueblo”.

Señalaba la confusión emergente entre libertad y ciudadanía, con aquellos ilimitados “derechos del hombre” proclamados por Robespierre. En cambio, los revolucionarios estadounidenses construían un sistema para evitar la concentración del poder y la opresión de las minorías.

Ellos no prometían un mundo perfecto de igualdad forzada, sino un sistema de oportunidades; una esperanza política en la cual, igualdad, lo era ante la ley. Hace casi cinco años, los mexicanos en orgasmo colectivo celebrábamos uno de los postulados revolucionarios, sufragio efectivo, arribando para rescatarnos de nuestras penurias.

Sin embargo, ante el debut de esa magia, nos damos cuenta de que no era tal, y por el contrario, en algunas de sus conductas se asemeja a las hordas que, en aquella carnicería, ejecutaran al último rey de Francia. Y cuando dirigimos la mirada hacia el sur, vemos lo que la “mayoría de votos” le ha servido a Venezuela, Argentina, Ecuador, y muy próximamente al Perú. Ante ese panorama yo les digo a los mexicanos, pongamos nuestras barbas a remojar.

En América Latina, oprimida y ante un concepto democrático manoseado por todos los demagogos, nos encontramos tan confundidos que entregamos el destino de los pueblos a hombres de la calaña de Hugo Chávez. Democracia debe ser parte de una maquinaria política, en la cual no confundamos sentimientos de piedad con solidaridad. Aquellos “piadosos” sin limite, desarrollan una sed de poder que fundamentan en la existencia del débil.

Esos insensatos ataques de “lástima” invitan bajos sentimientos y bloquean cualquier posibilidad de libertad política. Es cuando la pobreza se convierte en una industria y, en la fuerza de los tiranos. Democracia son leyes, constituciones, instituciones que las hagan efectivas y, sobre todo, actitudes democráticas.

Ello incluye el estar dispuestos a interactuar con adversarios hacia destinos comunes; una combinación de fuertes convicciones con la disposición de lograr acuerdos. Pero el país está enfermo de cinismo, aburrimiento y desesperación; ello ante una alfeñique sociedad civil que podría ser democrática, pero es entreguista. Una sociedad fácilmente manipulada a base de plebiscitos, un instrumento siempre usado para cimentar los regimenes antidemocráticos.

Es cuando emergen los populistas para romper las ligas que unen a la sociedad civil. Para ellos, el ciudadano es solo una pieza leal al Estado y siempre listo para aceptar sus designios. Son criaturas listas para la movilización manejada por un mecanismo central. Democracia no es sólo sufragio efectivo, es una cultura, estado de derecho, respeto, tolerancia.

Para sus amantes, democracia era el nombre dado a la región en la cual el poder de un pueblo bien representado, la ley, libertades políticas, económicas, de expresión y, sobre todo, justicia entre y para todos los ciudadanos, definían esa vida casi mitológica. Democracia no es muchedumbres blandiendo machetes, gobernadores elegidos a base de dineros turbios, y premiados con presidencias de partidos.

Y mucho menos es una sociedad amenazada por alguien quien, si no le cumplen sus caprichos, suelta sus rabiosos perros de la plebecracia. La democracia política, bien entendida, sólo es posible si la civilidad no es destruida. Porque aun cuando nuestros ideales parecen tan lejanos, sólo la libertad preserva el discurso hacia su realización. Si no lo entendemos, les repito, pongamos las barbas a remojar, ante un México “bolivariano”.

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