Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tocqueville y Europa
Selección de ContraPeso.info
20 julio 2005
Sección: Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Samuel Gregg, Director de Investigaciones del Acton Institute y autor del libro “On Ordered Liberty: A Treatise on the Free Society” (Lexington Books, 2003).

Gregg rememora a Tocqueville y la agudeza de sus ideas, especialmente en la prevención de un riesgo democrático que produce infantilismo en el ciudadano. Damos gracias al Acton Institute por el amable permiso para traducir y publicar esta columna.

Este año se celebra el bicentenario del nacimiento de Alexis de Tocqueville (1805-1859), uno de los grandes pensadores políticos de Europa en el siglo 21. Menos popular que Karl Marx, Tocqueville previó con más exactitud el curso de la historia y ayuda ahora a comprender el actual malestar económico y político de la “vieja” Europa.

Tocqueville era un hombre de contrastes: un noble que apoyó las ideas de 1789, a pesar de que familiares suyos fueron guillotinados por los revolucionarios; se proclamó liberal que detestaba el rabioso anticlericalismo del liberalismo francés del siglo 19; fue un católico practicante que admitía que su fe había sido atacada por los pensadores de la Ilustración.

Quizás por esto, Tocqueville entendió lo que ningún otro autor de su tiempo logró hacer. Tocqueville es recordado principalmente por su obra La Democracia en América que explicaba a los europeos la sociedad libre que había echado raíces en Norteamérica.

Trataba de contribuir a la transición de las sociedades europeas hacia un orden democrático que consideraba inevitable, sin tener que experimentar las muertes y dictaduras que tuvo que sufrir Francia durante la Revolución.

Vale la pena leer a Tocqueville. Sus preocupaciones sobre el futuro de la democracia tienen gran importancia para la vieja Europa de hoy y lo que llamó el “despotismo blando.”

En su libro, Tocqueville previene que la democracia puede crear su propia forma de despotismo, aunque sin los filos de la dictadura jacobina o napoleónica. El libro cubre el “poder protector inmenso” que asume total responsabilidad por la felicidad de todos, siempre y cuando ese poder permanezca como “único agente y juez”.

Ese poder, según Tocqueville, se “parece a la autoridad paterna” y trata de mantener a la ciudadanía en “un infantilismo eterno”, al retirar de la gente la responsabilidad de “tener que pensar y de todas las preocupaciones de la vida.”

Eso sucede, previó Tocqueville, cuando el avance de la democracia es acompañada por peticiones de que sean igualadas las condiciones sociales. El peligro es la obsesión de alcanzar la igualdad a través del aumento y centralización del poder del Estado.

Nivelar las condiciones sociales, dice Tocqueville, implica usar al gobierno para destruir a las asociaciones intermedias que reflejan las diferencias sociales y que, al mismo tiempo, limitan el poder del gobierno. Ese despotismo bemolado y blanduzco corrompe a los ciudadanos y al estado democrático. Los ciudadanos votan por los políticos que prometen usar al gobierno para suministrar cualquier cosa que ellos deseen.

La clase política cumple con la condición de que los ciudadanos hagan lo que sea necesario para complacerlos a todos. La “blandura” de este despotismo es una la rendición voluntaria de la libertad del ciudadano y la tendencia a esperar que el gobierno satisfaga sus necesidades.

La vieja Europa de hoy muestra los principales síntomas esenciales del despotismo blando. En Alemania, las modestas reformas al insostenible sistema benefactor iniciadas por Schroeder han enfrentado una resistencia masiva. Protestas similares han sucedido en Austria.

La izquierda en Francia habla de la “semana laboral de 35 horas” como un “derecho inalienable” y cualquier intento de cambio es tomado como una violación de los derechos humanos. Hace poco, el gobierno de Jaques Chirac se rindió ante las peticiones para que el sector público aumentara los salarios, después de unos tres días de marchas de un millón de manifestantes.

La Constitución Europea revela una mentalidad despótica de este tipo. No se circunscribe a resumir los orígenes, divisiones y limitaciones del poder estatal.

Por el contrario, sus 511 páginas incluyen una infinidad de temas que cubren desde la pesca, la ayuda humanitaria, la política del espacio, el deporte y el turismo, hasta ayuda económica a la antigua Alemania del Este.

Es decir, la Constitución Europea da carta blanca y autorización a los funcionarios de la Unión Europea para inmiscuirse en todo.

Al promover esas tendencias, la Constitución Europea difícilmente facilitaría el crecimiento de organismos intermedios que de acuerdo con Tocqueville son de ayuda para evitar que la democracia caiga en ese despotismo blando.

Tocqueville percibió que estas asociaciones ayudaban a la joven república norteamericana a limitar al gobierno, inculcando las virtudes requeridas por la gente libre. Si la reforma política y económica de la vieja Europa será exitosa ella necesitará más que una amplia desregulación y la voluntad política para reducir los amplios estados de bienestar.

Requiere la renovación de condiciones morales y culturales indispensables en toda sociedad de personas libres. Tocqueville sabía que la cultura es la que eventualmente determina si la sociedad es libre o servil.

Más que cualquier otro pensador, Tocqueville reconoció que el destino de la libertad depende de los hábitos morales y culturales. Así, un aristócrata francés del siglo 19 entendió mejor los dilemas de la Europa contemporánea que los líderes de la Europa actual.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.





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