Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Regreso a lo Básico
Selección de ContraPeso.info
1 junio 2005
Sección: GOBIERNO, LEYES, Sección: AmaYi
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Ante tanto activismo gubernamental y la expansión exagerada del papel de los gobiernos es un buen ejercicio el regresar a lo esencial y aplicar el sentido común a lo que son los deberes y funciones del gobierno. Todos es cuestión de retornar a colocar el foco de atención en la naturaleza de la autoridad y de allí partir de nuevo.

Pufendorf ofrece en un muy breve capítulo una lista de los deberes de los soberanos. Escrita hace varios siglos, la obra es altamente refrescante pues constituye un regreso a lo básico y un retorno a lo esencial acerca de las funciones de la autoridad, ofreciendo una lista práctica de los deberes de un gobierno partiendo de la naturaleza de esa institución. Las consideraciones del autor quitan de encima todo eso que ha expandido sin fundamento sólido las acciones de la autoridad para volverla una institución obesa y poco exitosa.

Las ideas de esta carta se encuentran en la obra de Pufendorf, Samuel (1991). ON THE DUTY OF MAN AND CITIZEN ACCORDING TO NATURAL LAW [1673]. (James Tully). Cambridge [England] ; New York. Cambridge University Press. 0521359805. Esta obra fue publicada originalmente en 1673.

Pufendorf fue hijo de un clérigo Luterano, que estudió teología y matemáticas y posteriormente moral y teoría política. Se le considera un pensador importante en los terrenos políticos. Las ideas de este autor se encuentran en el Libro II, Capítulo 11, On the duty of sovereigns, pp. 151-154 de esa obra.

El capítulo comienza con una aseveración: la naturaleza, el fin de los estados y las consideraciones de las funciones del soberano, son fuente de los preceptos que deben aplicarse en esa acción.

Este es el punto de arranque del autor y de allí parte la siguiente lista de deberes del soberano.

El primero de esos preceptos es el conocimiento completo del despacho del gobernante, pues el príncipe debe hacer de lado toda actividad que sea ajena a sus funciones como soberano.

Es decir, los placeres y los pasatiempos de ocio no deben ser admitidos porque se oponen a la naturaleza del gobernante.

Un gobernante debe estar dedicado únicamente a sus funciones. El príncipe, más aún, debe conocer profundamente las condiciones y situaciones de su reino, así como el carácter de su gente.

Especial cuidado debe tener él para ejercer las virtudes que son más notorias y conspicuas dentro de administraciones grandes.

El príncipe también debe acercarse a sí mismo a hombres juiciosos y experimentados, que conozcan de los asuntos de estado, y alejarse de aduladores y sicofantes sólo agregan sinsentidos al gobierno.

Después de esa introducción, Pufendorf señala a la siguiente como la regla general de los soberanos: la seguridad de su pueblo es la gran y suprema ley. La autoridad ha sido instituida y le ha sido dada para ese fin.

Deben pensar los príncipes que nada de lo que es bueno para ellos en lo personal no lo sea también para su pueblo.

Este es el terreno de la paz interna de la nación, la que requiere que las voluntades de los ciudadanos sea regulada dirigiéndola hacia esa seguridad que el estado requiere.

La consideración central de las funciones de la autoridad es, por tanto, la de la seguridad y el resguardo de la paz interna de la nación. Ésta es la mayor responsabilidad de los gobiernos.

Eso significa una responsabilidad explícita para el soberano, que es el tener las leyes apropiadas y llevar a la autoridad misma a la disciplina pública, de manera que los ciudadanos eviten violar los preceptos legales, no por miedo a un castigo, sino por hábito, convencimiento propio y costumbre.

En esto también es de ayuda el asegurar que se enseñe la doctrina Cristiana, dice el autor, de manera que las escuelas públicas enseñen los hábitos de respeto a las leyes.

Este es un punto esencial de Pufendorf: la seguridad y la paz interna de la nación es la consideración cardinal de una autoridad, lo que implica necesariamente el predicar con el ejemplo, pues el gobierno mismo debe ser ejemplo de buenos hábitos.

Esta idea es extendida hasta la persona misma, pues ella debe crear y mantener en su fuero interno eso que le hace actuar moralmente por iniciativa propia más que por la amenaza misma de la aplicación de un castigo.

Más aún, las leyes contribuyen a la paz interna de la nación cuando están escritas clara y llanamente, en las materias que más surgen entre los ciudadanos.

Además, las leyes civiles deben regular solamente aquello que sea necesario para el bien de los ciudadanos y la nación, ya que los hombres por instinto y razón, más que por conocimiento de la ley, tienen conocimiento de lo que no deben hacer.

Es por lo anterior que sucede que cuando hay más leyes de las que es sencillo recordar y que cuando hay cosas prohibidas que por razón no deben serlo, los ciudadanos violan las leyes incluso sin intención de hacerlo.

No tiene sentido alguno el tener leyes que se permite sean violadas. La ley puede verse como una extensión del mismo sentido común que tienen las personas, simple y práctico.

Los soberanos tienen el deber de establecer leyes que sean puestas en práctica garantizando que a cada ciudadano le sean respetados sus derechos, sin tardanzas, ni amenazas, ni evasiones legales. Igualmente deben establecer castigos proporcionales a las ofensas e intenciones de los ofensores.

No debe haber perdones sin causa justificada, porque el ciudadano ve como injusto el que ofensas iguales no reciban castigos iguales.

Si las penas a las ofensas obedecen al interés público, es ese interés el que debe establecer la intensidad de los castigos, de manera que el sufrimiento de los ciudadanos no sea mayor al beneficio de la nación.

El autor señala un punto razonable: los castigos deben estar guiados por el principio de cancelar todo beneficio que pueda lograrse por medio de las acciones ilegales.

Ahora, el autor regresa a su punto de partida al decir que la razón por la que los hombres viven en sociedad es la protección propia contra acciones dañinas de otros.

De eso se deriva el hecho de que los soberanos tienen el gran deber de prevenir las acciones dañinas entre hombres que viven juntos, aunque existan diferencias de rango entre las personas afectadas.

Esas distinciones de rango social no deben tener influencia para permitir que los más altos tengan más oportunidades de hacer daño. Las acciones de esta naturaleza del soberano evitan que los ciudadanos mismos busquen justicia por sus propias manos.

Pufendorf habla ahora de los ministros o personas que el gobernante selecciona para que le ayuden en la función de gobierno. El soberano no tiene la capacidad de ver directamente todos los asuntos de gobierno, por lo que debe allegarse ministros y personas que lo auxilien en esa tarea.

La calidad de esas personas afecta a la función del soberano, por lo que él tiene la obligación de emplear personas honestas y competentes, de supervisarlos y premiarlos o castigarlos según su desempeño.

Así el soberano demostrará que los asuntos públicos son tratados con cuidado, igual que los ciudadanos tratan a los asuntos propios.

Cuando los jueces son corruptos, por ejemplo, ello es un incentivo para que los malvados realicen sus acciones, por lo que los castigos severos a tales jueces son imperativos por parte del soberano.

Es decir, el gobierno debe apresurarse a remover y castigar a sus miembros cuando estos resulten corruptos. Los soberanos, más aún, siempre deben estar dispuestos a escuchar las voces de los ciudadanos directamente, incluso si el asunto es de la competencia de uno de alguno de sus ministros.

Entra ahora el autor a la  cuestión de los impuestos con más consejos para el gobernante. La única justificación de los impuestos es el cubrir los gastos del estado en tiempos de paz y de guerra, por lo que es deber del soberano no imponer cargas mayores a las que requiere la nación y hacer a esas cargas lo más ligero posible para el pueblo.

Esos impuestos deben ser proporcionales y justos, sin excepciones que permitan que unos gocen a expensas de otros.

Todo gasto de gobierno debe estar dedicado a cuestiones necesarias, sin extravagancias, ni ostentación, haciendo que los gastos correspondan a los ingresos.

En cuando a cuestiones de caridad gubernamental, Pufendorf afirma que los soberanos no tienen la obligación de mantener a sus gobernados, aunque de manera aislada es posible realizar acciones para atender a aquellos que no pueden mantenerse a sí mismos.

Sigue el autor ahora con el tema de los impuestos haciendo una precisión vital. Los soberanos no deben recolectar dinero para la preservación única del estado, porque la fuerza del estado consiste también en la virtud y riqueza de los ciudadanos.

Por eso el soberano debe promover el desarrollo de habilidades técnicas en los ciudadanos, para obtener mejores cosechas y mejor aprovechamiento de los recursos de la nación.

Es igualmente importante que el soberano promueva el comercio y la navegación de sus costas. La indolencia del ciudadano debe ser desincentivada.

En otras palabras, Pufendorf incluye explícitamente al talento de los ciudadanos como fuente de la riqueza de la nación. El gobierno debe permitir las acciones individuales de las personas.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.



1 comentario en “Un Regreso a lo Básico”
  1. Luis Lojero Wheatley Dijo:

    siempre muy atinados tus resumenes y comentarios de obras tan antiguas como esta, pero tan aplicables y presentes que deberian ser leidas por nuestros gobernantes. alguien de la política mexicana esta inscrito o recibe tus correos?





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