Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
¿Va en Serio o no?
Eduardo García Gaspar
28 diciembre 2005
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Hace unos 25 años me vi sorpresivamente invitado a una reunión de negocios, La empresa mexicana para la que trabajaba quería hacer negocios con una firma alemana. Los alemanes habían venido a México especialmente a eso.

Después de escuchar la exposición del proyecto mexicano, uno de los alemanes pregunto, “¿Van en serio ahora, o es lo mismo que antes?”

Hablaba de formalidad, de intención, de compromiso. En una palabra, de seriedad. La misma pregunta del alemán, me surge para México cuando veo reunidos a los diputados, a los senadores, a los presidentes en esas reuniones cumbres latinoamericanas.

Y debo concluir que no, que no hay seriedad. Desde luego la muestra reciente más clara fue lo de Mar de Plata, con los desmanes de Chávez y sus cortesanos. Debo decir que no hay seriedad, por una razón inapelable.

Desde que tengo uso de razón recuerdo haber escuchado lamentos sobre la pobreza y promesas de alivio. La realidad hoy mismo muestra que no hay seriedad, ni compromiso. Muchas palabras, nula seriedad. La meta es crear impresiones favorables sin tomar decisiones.

Lo que creo es que el gobernante de esta región no es serio, ni profesional. Y no lo es por varias razones. Primero, no está seguro de querer remediar los problemas de la pobreza.

Habla de ella, la convierte en tema favorito de discursos, pero en el fondo no desea acabar con ella. Segundo, no entiende a la pobreza, ni la sabe definir, ni la ha analizado, ni sabe sus causas, mucho menos sus remedios. El gobernante toma unas cifras simples y llamativas para hacer discursos. Y nada más.

Tercero, el gobernante toma tan poco en serio a la pobreza que además de no entenderla, la quiere solucionar con remedios tontos, de meras palabras y acciones simples.

La pretende solucionar haciendo lo único que sabe hacer, emitiendo más leyes, creando más burocracia, implantando más planes gubernamentales. Es tan poco serio que no quiere hacer sacrificios, no quiere reconocer que hay que trabajar y que esforzarse realmente. No hay tampoco seriedad del político en su forma de pensar. Él piensa encerrado en su pequeño mundo ideológico partidista, sin que la evidencia contraria le moleste.

Dice que su país es diferente, que no puede copiarse lo que se hace en otras partes, que la pobreza no es su culpa sino la de otros y es así que sus planes se quedan en palabras bonitas que en el electorado le dan los votos suficientes como para elegirse y más tarde explicar que el fracaso no fue su culpa.

Tan no son serios esos gobernantes, que son corruptos. No están en esos puestos para hacer lo que deben hacer, sino para comprar su departamento en París o en Miami.

No puede haber seriedad en el gobernante corrupto, porque en él no hay compromiso, ni sentido del deber. Tampoco hay seriedad en el gobernante guiado por las encuestas de popularidad y que guía sus acciones con ese criterio. La seriedad implica demasiadas veces ir en contra de las ideas comunes y de la percepción de las masas. Y desde luego, implica también el rendir cuentas, aceptando responsabilidades, sin salir con la excusa del tonto: la culpa la tienen las transnacionales, la globalización, el imperialismo, los países desarrollados…

Mi idea central quizá pueda expresarse en decir que la seriedad no es una cualidad propia del gobernante de América Latina, porque no hay en él compromiso de palabra dada. Promete metas ambiciosas, pero carece de la disciplina para cumplirlas.

Sí, es un problema de disciplina, de rigor, de método y de orden. Falla en el análisis de los problemas y fracasa en la implantación de las soluciones. Se va por lo fácil, lo de corto plazo, lo que no requiere esfuerzo.

Y parte de esa falta de seriedad es su estrecha visión mental, la del que teniendo un martillo, por todos lados ve clavos. Tiene el gobernante a su servicio el poder del estado y no hay problema que no quiera resolver con más intervención gubernamental.

La falta de seriedad es además fácilmente demostrada por la inclinación del gobernante a no presentar rendición de cuentas, a moverse en las vaguedades de promesas sin necesidad de cumplirlas, a buscar excusas de su incapacidad y falta de esfuerzo.

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