El Wall Street Journal (9 de junio) publicó una columna de Milton Friedman acerca del tema de los vales educativos. Es ésa idea de que los padres reciban del gobierno vales con los que compren la educación de los hijos en las escuelas que ellos decidan y no en las que sean forzados a ir.

La idea es de 1955 y Friedman inició, sin mucho preverlo ni pensarlo, una sana revolución.

La idea nació originalmente no como una protesta contra una mala calidad educativa, sino como la acción lógica dentro de una sociedad libre, en la que no puede nadie ser obligado a estudiar en una cierta escuela. Lo que analizó el famoso economista fue el papel del gobierno en tres funciones: legislación de educación obligatoria, financiamiento escolar y administración de la educación.

Concluyó que había alguna justificación en lo de legislar sobre educación obligatoria y el financiamiento de las escuelas, pero no en el campo de su administración por parte del gobierno. Los particulares podían encargarse de la administración de las escuelas y los padres de familia hacerse responsables de seleccionar la mejor de ellas para sus hijos.

El gobierno podía pagar a las escuelas esa educación obligatoria. El mecanismo es muy simple.

Los padres de familia reciben vales del gobierno y con ellos pagan a la escuela, lo que hace que el que compra tenga el poder y el que vende tenga el incentivo de mejorar. Es lo mismo que sucede en los mercados libres, donde el real poder lo tienen los consumidores y muy diferente al sistema en el que el alumno se ve forzado a estudiar donde el gobierno se lo manda.

La idea cobró popularidad por una realidad detectada en 1965, la educación estaba deteriorándose y los vales explicaban el fenómeno al mismo tiempo que ponían la solución sobre la mesa. Sin incentivos, con una clientela cautiva, las escuelas como las empresas, no tienen incentivos para dar un buen servicio.

Y también es una cuestión de libertades, pues se le retira a la familia el derecho a seleccionar la escuela de sus hijos. La idea es buena y ha sido probada, pero no se ha aplicado en gran escala. Los sindicatos de la educación y los administradores de las escuelas se oponen a esta iniciativa, en ocasiones con actos cuestionables.

Sencillamente no quieren perder el poder que les da la estructura actual. El problema no es un duelo para determinar la mejor idea, sino un conflicto de poder. Los sindicatos, los burócratas no quieren dejar el sistema que les beneficia… incluso a pesar de tener una opción mejor.

Cincuenta años después de lanzada la idea, ella crece y madura e irá siendo entendida, quizá hasta que llegue el momento en el que se considere la práctica estándar.

Además, los vales educativos son un buen ejemplo del tipo de reformas que se necesitan para actualizar a las instituciones y traerlas al presente. En la entrada del siglo 21 no pueden tenerse las mismas instituciones de Bismarck en el siglo 19, ni de los socialistas en el 20.

La realidad está mostrando una situación seria y es la caída en la calidad de la educación que reciben los alumnos. Eso fue lo que aceleró la aceptación de la idea en los EEUU, donde aún existe gran oposición a la idea.

En México, los resultados de PISA, que miden conocimientos y habilidades de estudiantes, colocan a México en un lugar ínfimo. Es una obligación moral encontrar soluciones y los vales son una buena idea.

Aunque la columna escrita por Friedman no lo señala, su idea sirve para ejemplificar el drama serio de nuestros días, una especie de choque de visiones entre quienes ven hacia el pasado y quienes ven hacia el futuro, entre quienes tienen miedo de lo que la gente libre haga y los que apoyan a las iniciativas individuales.

México vive este drama en su clase política, donde sólo unos pocos, y que no hablan abiertamente, quieren esos cambios. Pero en la clase política mexicana predomina la mentalidad vieja, la de las soluciones anticuadas y fracasadas, a las que con nuevos nombres se pretende vender en campañas electorales para la presidencia.

Es, la nuestra, una época fascinante por estar sucediendo cosas como ésta.

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