Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
11 de Septiembre de 2001
Selección de ContraPeso.info
11 octubre 2006
Sección: DIPLOMACIA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Carlos Mira. Agradecemos a Fundación Atlas 1853 el gentil permiso de reproducción, justo a un mes del quinto aniversario del atentado terrorista en los EEUU.

El resultado del atentado planeado por Bin Landen no fue hacer desaparecer a dos edificios emblemáticos, sino destruir las bases sobre las que se asentaba la cultura norteamericana.

Por circunstancias personales y profesionales he viajado muchas veces a los EEUU. Es un país al que conozco bien. Tengo una noción bastante formada sobre su historia, su estructura legal, su composición social, sus costumbres y sus tradiciones.

Mi trabajo en la radio me llevó a cubrir cuatro elecciones presidenciales y en la televisión presentamos dos especiales en 2002 y en 2004. Su innegable influencia mundial le ha planteado a la humanidad interrogantes que ésta aún no puede responder. Y, periodísticamente, siempre están listos para proveer material de análisis.

¿Cómo es posible que un país que reúne menos del 5% de la población mundial consuma el 25% del petróleo, produzca más riqueza que la Unión Europea (de hecho, un cuarto del producto total mundial es norteamericano), constituya un imán de ilusión para gente que desea soñar con un futuro mejor y tenga más disponibilidades de defensa que los cinco países que lo siguen en forma combinada?

¿Cómo puede ser que un conjunto más o menos vulgar de personajes ignotos que andan vestidos con pantalones a cuadros, juegan deportes que nadie practica y miden la temperatura del aire en unidades inventadas por un tal Sr. Fahrenheit hayan podido superar tres mil años de historia y evolución de una cultura continental, escrita por los que supuestamente saben para que la sigan los que supuestamente no saben; de una sofisticación exquisita y elitista que supuestamente es mejor que el vulgo norteamericano, hecho a golpes de viento en medio Kansas?

¿Cómo se atreven estos arribistas a desafiar el orden “natural de las cosas” que auguraba a la alcurnia europea el señoreo eterno sobre la vulgaridad de la incultura? ¿Cómo un par de cientos de miles de labradores se han atrevido a darse una organización social más exitosa que la que la nobleza haya podido conseguir jamás para sus súbditos?

He aquí los misterios. Nadie se explica (y nadie les perdona a los norteamericanos) este atrevimiento. Muy bien, ¿cómo lo hicieron entonces?

Geográficamente, los EEUU constituyeron una gran isla desde su conformación. Flanqueados por ambos océanos por el este y el oeste, tuvieron (y en gran medida los tienen todavía) a sus amigos ingleses al norte y al subdesarrollo al sur.

Este contexto físico los concentró en su propio mundo y en sus propias maneras. Sus convicciones religiosas –por las que muchos de los primeros colonos realmente emigraron desde Inglaterra– los ayudaron a conformar un sentido de la comunidad muy diferente del que el mundo conocía de Europa.

La creencia en la misión dignificante del trabajo, del éxito como señal de salvación y de la vida austera como ética cotidiana los dirigió, sin darse cuenta, a una avasallante acumulación de recursos. De repente se vieron en la delantera del mundo como si aquella circunstancia les hubiera llegado sin ellos buscarla, sino, simplemente, porque una mejor organización social supera a otra peor.

¿Qué cosas diferenciaron la organización social de los norteamericanos a la del resto del promedio del mundo?

En primer lugar, los norteamericanos terminaron con las jerarquías. La democratización del éxito personal, la igualdad de oportunidades y la producción masiva de bienes (con el consiguiente abaratamiento de esos productos) hizo que una amplísima mayoría de ciudadanos accediera a niveles de vida que el resto del mundo sólo le reconocía al señorío de la alcurnia.

El fenómeno democrático, si bien seguido luego en prácticamente todo el mundo, nunca logró penetrar en la medula espinal de los países con el sentido que lo hizo en los EEUU: el resto del mundo siempre conservó cierto asco por la movilidad social y por la igualdad de los apellidos.

Por otro lado, los norteamericanos establecieron un sistema legal construido de abajo hacia arriba, en exacta oposición al que Europa continental se había dado a sí misma y pretendía imponer a sus colonias.

Según ese sistema de “common law”, los conflictos y controversias sociales se resolvían no por el seguimiento de un procedimiento codificado establecido de antemano por algún “Iluminado Superior”, sino por las reglas genéricas del sentido común, la buena fe y la confianza. Lo resuelto servía de antecedente –y se convertía de algún modo en ley– para resolver casos análogos o similares en el futuro.

El componente de confianza ha sido fundacional en la sociedad y en las costumbres norteamericanas. El valor de la palabra, la calidad de vecino y la responsabilidad por las decisiones propias moldeó un perfil sociológico marcadamente distinto al del resto del mundo.

Cierta ingenuidad, aún percibida en años recientes por visitantes de culturas distintas que no salen de su asombro por ciertas reacciones que en EEUU son normales y en los demás países extrañas, ha sido un componente distintivo de las relaciones sociales de los norteamericanos.

Este esquema sencillo de confianza, trabajo, igualdad de oportunidades, responsabilidad propia, apertura y creatividad, acumulación de riqueza y cierto ascetismo religioso, sirvieron para lanzar al país al estrellato. En menos de trescientos años, los norteamericanos pasaron de constituir una sociedad pastoril a liderar un mundo industrial en el que inventaron el automóvil, los jeans, la Coca-Cola, los rascacielos, Internet, la aviación comercial, la llegada a la Luna y la hamburguesa con queso.

Por su puesto que enormes flaquezas crecieron al lado de estos éxitos. Pero ninguno de los críticos de las flaquezas se animaría a renunciar al goce de lo que ha producido la “cultura norteamericana”, desde el teléfono celular hasta el equipo MP3, pasando por el tomógrafo computado, el pararrayos eléctrico y el “stend”.

Lo que el verdadero 11 de septiembre ha resquebrajado no son las estructuras de un par de edificios emblemáticos de una cultura exitosa en medio de una guerra propia del medioevo. El verdadero golpe de aquel atentado ha consistido en poner en duda las creencias básicas de los EEUU, los valores en base a los cuales el país se hizo.

El 11 de septiembre ha iniciado por primera vez en la historia del país la creencia de que un grupo de iluminados puede determinar qué es lo mejor para la nación. Hoy, la administración del presidente Bush ha logrado trasmitir la idea de que el gobierno define qué pueden y qué no pueden hacer los ciudadanos. La confianza ha sido derribada y suplantada por el concepto de la seguridad nacional.

Los norteamericanos ya no creen, como antes, en lo que se les dice. Ni en lo que se dicen entre ellos. La libertad individual se encuentra restringida y supeditada a la defensa nacional. El Estado se ha arrogado la facultad de la vigilancia preventiva.

El esfuerzo y las energías nacionales ya están puestas al servicio de la creatividad y la inventiva generadora, sino al servicio de la precaución.

El verdadero logro de Bin Laden y de sus seguidores medievales no ha sido borrar de la faz de la Tierra a las Torres Gemelas del World Trade Center. Su atronador éxito ha consistido en transformar a los EEUU en un país parecido a los demás.

Los aviones de Al Qaeda en New York y en Washington hace cinco años fueron la avanzada de un mundo que nunca les perdonó a los norteamericanos la osadía de ser diferentes. Por eso les mandó esos enviados del más allá, para que, de un mazazo, festejado en más de una latitud, los bajara al nivel de lo que el mundo siempre entendió como normal.

Lamentablemente, el país ha caído en esa aviesa trampa. Asustado por la magnitud de la amenaza, colocó las ropas de sus valores fundacionales en un imaginario equipaje y, en una ceremonia permanente de la que la humanidad es (feliz) testigo cotidiano, las quemó para siempre.

El mundo ha conseguido, finalmente, que los EEUU sean un país más, con los miedos, las desconfianzas y las jerarquías de los otros. Después de todo, ¿qué derecho tenía este conjunto de vulgares herederos de unos pobres labradores a ser mejores que los demás?


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