Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
1 Cuento: Brincos
Eduardo García Gaspar
4 marzo 2006
Sección: Sección: Listas, Y CONTRAPEDIA
Catalogado en:


El siguiente es un cuento que escribí hace varios años para un concurso que no gané.

BRINCOS

Con frecuencia, esta tarea está llena de interés, y aquel que la emprende queda asombrado por la distancia aparentemente ilimitada e inconexa entre el punto de partida y el de llegada. E. A. Poe

Sentado sobre la cama recibió, como todas las noches, al fantasma de su abuelo. El abuelo siempre le habló del mismo tema, con frases golpeadas, pues era español y su educación no había incluido el suave trato del mexicano. Fue lo mismo, la narración de cuando el abuelo fue asesinado. Nunca, nadie, jamás supo de dónde vino la bala, si del enemigo o del compañero. Ni el mismo abuelo lo sabía. Era otra aparición del abuelo, igual que desde el día de su muerte en otra ciudad. Porque sí, el abuelo había muerto unos quince años hace, sin que una sola noche haya fallado a la visita nocturna a su nieto. Esta noche de viernes el sonido del teléfono rompió el final de la narración del abuelo, que a los pocos segundos reanudó como si nada. Cuca suele llamar los viernes por la noche para avisar que sí va a la casa al día siguiente. Larguísimos instantes de combate entre el ring-ring y el tono también metálico del abuelo, pues lo habían enterrado en un ataúd de bronce. Esperó a que el abuelo terminara y desapareciera como siempre entre las paredes. Se levantó y corrió por el pasillo pasando por las cinco puertas hasta la sala. Tropezó, cayó al piso y se lastimó una mano. Aún con dolor, usó la otra para levantar el auricular en el momento en el que creyó oír a Cuca colgar.

Regresó a su recámara recordando cómo se abrieron esas puertas, menos una, cuando llegó a esa casa la noticia de la muerte del abuelo. Él tenía unos diez años, quizá once, y sólo comprendió que ya no habría nadie que le leyera cuentos. Ahora, a los veinticinco años, él había leído casi todos los libros que dejó el abuelo. Además, siempre había estado pendiente de Cuca, esa mujer que había nacido en la casa del abuelo, hija de una de las criadas. Fue apagando las luces de la sala y del pasillo, excepto la de su mesilla de noche, con un foco que parecía ser eterno. No hacía frío, por eso dejó entreabierta la ventana. Sentado, con un cigarro en la boca, dejó que sus ojos siguieran al humo que se movía muy lentamente.

Humo, como el de la chimenea: la televisión de su infancia, que se encendía solamente en enero porque el abuelo creía que el frío era bueno y que debía soportarse a menos que llegara a extremos. Eran buenos esos días en los que el abuelo leía libros en voz alta, como el de los cuentos de Grimm, sin ilustraciones; las ventanas se cerraban y también las bocas de su padre y de su madre, que vivían en la casa, y de las tías y de las otras visitas, como niños queriendo también escuchar. No había prisa por acostarse, la familia se volvía más flexible, menos rigurosa, Todo era más pausado; hasta el abuelo se permitía el lujo de dos copas de brandy, lo que le ayudaba a improvisar las voces de los personajes de los cuentos. La abuela cocinaba muy bien en invierno, pues por alguna extraña razón cuanto más se quejaba del frío mejor salían sus recetas. Además, según ella, todo era una cuestión de los ingredientes y no de la cocinera, lo que él no entendió hasta pasados los años, cuando comió unas peras. Pensó en las peras, peras que la abuela envolvía en papel para madurar más rápido. Al morder, hace pocos años, una de ellas el jugo escurrió por su boca y llegó al periódico que leía. Fue en ese momento que entendió a la abuela y sus preocupaciones por los ingredientes de sus recetas. Por eso los buenos restaurantes son los que tienen los mejores ingredientes; por eso es muy difícil hacer platillos españoles en México, porque esta tierra da sabores diferentes.

Recordó la lectura de un periódico manchado de pera tratando de calmar su nerviosismo, pues el día que estaba brincando a su memoria era el último de sus estudios universitarios; el de la entrega de diplomas, no hace mucho. En esa fecha se convirtió en abogado, un abogado que no quería serlo. Habría preferido otra cosa, pero tenía que ganar dinero y sostener a la familia, pues era seguro que se casaría, como todos. Siguió pensando; peras. Frutas; los duraznos son odiosos, pero aún más las manzanas rojas, bellas a la vista, pero secas y arenosas. Pensó en comer; bien, sin excesos, que era lo que el abuelo decía, que la gente que mejor vivía era la que comía bien y poco, con muchas verduras y mucho pescado y mucho ajo y mucho aceite de oliva. Oliva; pensó en aceitunas y la vez que de viaje, en un bar de Granada, pusieron en su mesa unas aceitunas enormes, carnosas que comió con gula. Granada; Madrid; pensó en Londres. Nubes, como el humo.

Apagó el cigarro. Fue al baño, pues cuando hace frío se va al baño con mayor frecuencia. Regresó a la cama y abrió el libro de esa semana. Así se quedó leyendo una hora, quizá menos, sin entender, buscando ideas, tan solo como medio para salir de la realidad. Dejó el libro; demasiado denso. No pudo dormir de inmediato. Con la luz apagada y con la cabeza en la almohada, siguió pensando.

Filosofía, no se puede definir, como en esa caricatura de Mafalda en la que el padre sufre para contestar la pregunta de su hija. Mafalda; sopas; pensó en las sopas. Las sopas. En las bodas sirven cremas de verduras y todas saben igual; hay sopas inaguantables. ¿Se come o se bebe la sopa? Pensando, brincando, sin orden, concilió el sueño y durmió bien, muy bien, pues soñó con muchas personas y, se sabe, que el que sueña con muchas personas duerme mejor. Así terminó este viernes, sin prisa, pensando.

La mañana del sábado. Cuca vendrá a una hora que nunca había sido posible predecir siquiera con mediana exactitud. Él desayunó peras y tomó café muy cargado y negro, lo que le hizo sentir activo y alegre. Fue a la puerta que abre la pequeña biblioteca, la que antes había sido la recámara del abuelo, puso música; Mozart. Se sentó en la parte favorita del sillón y fumó.

Mozart; pensó en Mozart. Descubrió a Mozart a los veinte años, quizá antes. Nunca nadie le había hablado de él y ahora él habla de Mozart a todos. Sí, Beethoven es extraordinario, pero siempre estará allí Mozart, incluso más complejo, porque es más simple en la superficie, pero hay un fondo que está allí, detrás, para el que lo quiera, para los que sospechan las profundidades más imponentes del ser humano. Porque hay música que puede ser hechicera como Rachmaninof, pero Mozart es, pues, Mozart. Los amigos no lo entendían; ellos estaban ocupados consumiendo las últimas grabaciones de cualquier cantante, porque de eso se trata, de estar al tanto sólo de lo nuevo. Pensó en la historia como un filtro que nos hace llegar hasta nuestros días lo mejor del pasado. Porque lo que nos ha llegado de Mozart ya fue filtrado por mil directores, por mil compositores, por miles de aficionados. La Serenata para Trece Instrumentos de Viento; pensó en trompetas, como en la música tropical; en esa mujer que bailaba tan enloquecida en la boda de Alberto. Alberto; engreído. El peor pecado es la soberbia; la peor ignorancia es la de la persona educada.

Sonó el timbre. Debía ser Cuca. Abrió la puerta, le dijo buenos días y le preguntó si había llamado ella ayer por la noche. Cuca dijo no y se dirigió directamente a sus labores. Él regresó a la biblioteca.

Pensó en Cuca. ¿Cómo vive ella desde que salió de la casa y se casó con alguien que nadie ha visto? ¿En qué piensa ella mientras limpia el comedor y la sala, que es la herencia que el abuelo dejó a sus padres, además de la librería que ahora es de él? Pensó en el negocio; la venta de libros deja algún dinero; poco. Dinero. Economía. Economía, una materia que no puede definirse. Alumnos; una estudiante pelirroja, pecosa, deliciosa. Una vez alguien soltó un ratón blanco en clase y ella se puso a gritar. Ratones, pensó ahora; experimentos. Animales; son agradables, excepto los gatos. Perros, como Lobo, era Lobo V ó VI y vivía afuera, en el jardín. Mucho nombre para ese perro sobre el que no había acuerdo de raza. A veces ladraba cuando el abuelo aparecía. Dando brincos, pensó, se pueden conectar ideas; pensando en Mozart se puede llegar a pensar en el ladrido de un perro.

Terminó el disco cuando Cuca entró para hacer la limpieza de la biblioteca. A Cuca nunca le ha importado si hay alguien en la habitación, ella tiene una misión de limpieza y la cumple. Era una guerra que no se puede ganar y dijo a Cuca que saldría a la calle y que regresaba a la hora de la comida. Cuca contestó con un ruido de su garganta.

Por la calle, él puso atención en las ventanas de las casas. Pocas cosas hay tan fascinantes como ver el interior de las casas de totales desconocidos; ver la vida de otros. Vida; es una oportunidad de algo, el problema es definir ese algo. O la vida es un estado continuo de movimiento. Si no te mueves, estás muerto, lo que quiere decir que siempre habrá cambios y brincos, hasta que todo se acabe. Vio un cuadro en una casa, una reproducción de La Última Cena. Pintura; Dalí, un genio y un payaso. Circos; los circos son aburridos. Es poco probable interesarse en quien se empeña en columpiarse sin red y dar saltos mientras los demás comen golosinas.

Libros a la vista, una librería a la que se dirigió cruzando la calle. Entró a lo que conocía y revisó cada estante, pues en su experiencia hay libros desacomodados, fuera de lugar, no como en su librería; por ejemplo, una vez encontró El Arte de la Guerra de Maquiavelo en la sección de puericultura. No compró nada, pero se sintió atraído por una de las empleadas. Sus ojos eran especiales. Ojos; ella podía fotografiar bien en alguna película. El cine, pensó. 2001, una buena película. El cosmos, Carl Sagan, los extraterrestres. Un programa en la televisión. Televisión. Telenovelas; actores infames con una historia increíble en busca de la audiencia ignorante.

El parque estaba frente a él y como él siempre sucumbe a los parques, buscó una banca desocupada y se sentó.

Vio unos niños que trataban de hundir una rama de árbol en el estanque. Física, esos niños aprenden Física; entendió bien esa materia, pero no la Química, algo incomprensible. Un profesor; apodado La Calaca, porque era muy delgado. Calaca, esqueleto, muerte. Pensó en la muerte. Los Santos Óleos, religión, iglesias. De pequeño acompañó a su madre infinidad de domingos a misa. Ver santos sangrantes; miedo. Más tarde, al viajar, lo primero que hacía era ver catedrales. Viajes; nieve. Frío, hielo; un helado. Podía comprar un helado; postre. Botanas; aceitunas en Granada.

Regresó a casa a la hora de la comida. Cuca ya no estaba, pero el resto sí, todo en su lugar y en orden, ahora más limpio; Cuca no desacomodaba nada, nunca, siempre respetaba el orden de los libros y de los discos en la biblioteca. Comió muy rápido, porque la gente que come sola emplea menos tiempo en comer que la gente que come acompañada. Vino y una copa de brandy, una sola, para dormir mejor la siesta del sábado. El sillón de la sala como cama y la televisión encendida con poco volumen, con un partido de fútbol. Nada como eso para dormir, sin ligar una idea a otra.

Las ideas son el producto humano. Somos una fábrica de ideas. Vio el techo de la biblioteca con esa rajada de años; la televisión de reojo. El sueño y la pérdida momentánea de la existencia. La rajada del techo le hizo ahora pensar en el albañil que un día, cuando la familia aún vivía, fue a reparar unos desperfectos en la azotea. Llegó borracho, con una mujer de la vida pública a la que subió al techo, donde hicieron ruidos que la abuela siempre creyó que eran los martillazos de la reparación. La abuela; manía por la limpieza. Limpieza, orden, libros clasificados…

Más de dos horas durmió. Despertó y tomó café y fumó sin que pudiera pensar. Ese era el precio de la siesta, pero lo pagaba con gusto.

La vida, pensó cuando pudo, es un constante brincar; flujo, agua. Como un río que nunca para. Tal vez ni muerto cesa el movimiento, como el abuelo que aparecía cada noche, a la misma hora con la misma historia. Una bala de origen desconocido que el abuelo quería descubrir; ése era el movimiento del abuelo; sus brincos sobre una misma idea. Mañana, domingo; el lunes de nuevo al trabajo. Trabajo, tienda, clientes. Hay un cliente de pelo abundante, muy blanco y alborotado. Einstein, pero menos inteligente. Muy gracioso; le gusta contar chistes que la cajera soporta. Buena chica, faldas cortas, piernas demasiado delgadas para ser mostradas sin rubor. Un día llegó con la pierna rota. Él pagó la cuenta médica. Enfermeras de blanco. Deben tener los mejores detergentes del mundo. Química. Escuela. Tareas; los quebrados. No hay uso para los quebrados, excepto los exámenes. Libros, ponerlos por temas igual que los discos por compositor. Una vez Cuca había quitado el polvo de los discos y puso a Bach junto a Vivaldi. Italia. Pasta; ir a cenar con Luisa.

Descansó viendo una película tonta en la televisión de la biblioteca, pero no su final, porque era la hora en la que el abuelo aparece. Ya en la recámara, él encendía un cigarro cuando el abuelo se dejó ver. Mientras el abuelo hablaba de lo mismo, su pensamiento fue a otros lados.

Hablar a Luisa, avisarle ya, función de noche, muy noche, la película de Fellini; Amarcord. Sí, abuelo. Balas. Bergman. Luego cenar, pasta, vino. Luisa, sus manos. Adiós, abuelo, hasta mañana, igual. El abuelo se despidió, pero sus ojos no vieron la cada vez más transparente figura. Sus ojos veían hacia adentro, veían sus ideas o, tal vez sus ideas lo veían a él. Una idea tras otra, sin detenerse. Se levantó de su cama y recorrió el camino al teléfono. Llamó a Luisa. Una hora después estaban en el cine, cuatro horas después estaban terminando la cena y al poco estaba él en su cama. Habían visto una película de guerra.

Guerra; pensó en el pacifismo. Es simplista el pacifismo. Política realista; Maquiavelo, Sun Tzu. China; una película de McQueen, muerto ya, igual que todos en el futuro. Pensó en el futuro. Ciencia ficción, Bradbury. Cuentos, Borges, Funes ; acordarse de todo, como Salvador que se fue a Egipto y nunca se supo de su regreso. Pirámides, la biblioteca de Alejandría. Tesoros más grandes que el oro. Los árabes que copiaron esos libros. El Nombre de la Rosa. Hay que conseguir ese libro de Voltaire. Francia. Pensó en arquitectura. La casa necesita algunos arreglos. Desde que ellos murieron nada se ha reparado en la casa del abuelo. Fue en un viaje, por carretera; todos, padre, madre, abuela; nadie quedó. Volcaron y fallecieron casi en el mismo momento. Era mejor así; nadie sabe cuándo. Azar. Estadística, fórmulas. De la guerra, pensó, había pasado a la Estadística, brincando, viviendo, con un puente que eran los árabes, por no mencionar hasta a Borges, porque siempre son preferibles los cuentos a las novelas.

Domingo, las nueve de la mañana del domingo. Desayunó primero y se bañó después, lo contrario de lo que debía hacer. Una vez vestido, sin nadie con quien hablar, siguió pensando, brincando. Podía escribir algo, pero antes había que ir a misa. Él era un hombre religioso, no un fanático intolerante, pero sí practicante fiel. Fue a misa de once, con Luisa, donde tuvo que poner riendas a su imaginación.

Sermón. Pensó en sacerdotes demasiado ocupados para preparar sermones. Veían los sacerdotes tragedias humanas, a diario. Consolaban a los enfermos. Doctores; pensó en los médicos. Años de estudios con sangre. Heridas, amor. Amor, la clave. Si amas tienes que seguir la regla de oro. Minas. Sudáfrica. Discriminación, pensó en los negros, en la esclavitud; en Grecia eso era parte de la vida. Aristóteles. Coronas de oliva; las aceitunas en Granada.

Comulgó como casi siempre y trató de hablar con Dios para dar gracias. Gracias, hay cosas que se tienen, en las que no se piensa, y que ni siquiera se merecen. Gracias. Hacer algo por Dios y dejar de pedirle favores. Todos le piden favores, como ese hombre que pidió que un sacerdote diera su bendición al cuchillo con el que iba a matar a su compadre porque lo había engañado en un negocio. Gracias. Hacer algo como agradecimiento. Hechos son amores y no buenas razones. Refranes. El Quijote, Aldonza. Dulcinea. Gracias; hacer algo que uno puede hacer. Si se sabe escribir, pues eso, escribir, como el malabarista que ofreció su acto a la Virgen porque eso era lo que sabía hacer, sólo eso. Anatole France. Hacer lo que uno sabe hacer, escribir, leer, vender libros y discos. Eso nada más. Eso ya es un acto bueno. Vender buenos libros. Los clásicos; Los Miserables. Gracias, Señor.

Dejó a Luisa y de regreso, en su casa, sacó una pluma fuente. Era una buena pluma fuente muy cara, que por su precio debía garantizar el no cometer falta alguna de ortografía, pensó. Frente al papel, imaginó un tema viendo el escritorio de la biblioteca; no tenía problema para imaginar temas. Podía empezar con cualquier cosa y de allí construir una historia. Pensó en qué escribir; algo diferente y lo diferente casi siempre es lo cotidiano. Nadie cree en lo cotidiano, pero todos están dispuestos a creer en lo imposible. Es más fácil convencer a las personas de que los extraterrestres construyeron las pirámides mayas que persuadirlos de que esta mesa es de caoba. Confianza; la confianza del abuelo. Nunca hubo una persona que inspirara más confianza que él. El abuelo; pensó en escribir sobre el abuelo y sus apariciones. Comenzó la escritura.

Sentado, sobre la cama, hablé con mi abuelo muerto. Siempre el mismo tema. Siempre las mismas palabras. Los muertos tienen una memoria mayor a la de los vivos. Habló como siempre, con aspereza, pues mi abuelo era español y su educación no había incluido el suave trato del hablar en México. Lo mismo, la narración de esa vez en la que el abuelo fue balaceado. Nunca, nadie, ha sabido de dónde vino la bala, si del enemigo o del compañero. Ni el mismo abuelo lo sabe, pero le gusta pensar en posibles hipótesis. Otro día, otra narración del abuelo, igual que desde el día de su muerte a kilómetros de allí. Porque sí, el abuelo estaba muerto, catorce o quince años de muerto, sin que una sola noche haya fallado a la visita nocturna de su nieto, yo.

El sonido lejano del teléfono interrumpió, pero el abuelo continuó sin rendirse. Llegué a pensar que el abuelo libraba su pequeño combate con el teléfono. Yo sabía que Cuca llamaría esa noche, o al menos eso creía, para avisar si vendría o no mañana. Largos instantes de combate entre el ring-ring con el tono también metálico del abuelo, pues lo habían enterrado en un ataúd de acero, según sus deseos. Esperé que el abuelo terminara y como siempre desapareciera entre las paredes. Corrí por el pasillo, pasando por las cuatro puertas de las recámaras, por la puerta de la entrada, hasta llegar allí, al mueble donde el técnico de la compañía de teléfonos había dicho que era mejor colocar el aparato. Caí y me lastimé un pie. Aún con dolor, tomé el auricular en el momento preciso en el que oí a Cuca colgar. Sin duda era ella porque la podía oler aún por el teléfono.

Cuca sabía del abuelo. Fue una vez que ella se quedó a dormir en la casa y presenció por casualidad la narración del abuelo, sobre la bala asesina desde luego. Yo la vi por la puerta medio abierta. Vi que me veía, vi que veía al abuelo. Nunca dijo nada. Se limitaba a venir a la casa y hacer la limpieza. Yo le pagaba generosamente pensando que hacía un bien. Hace tiempo, un día llegó y dijo que se iba a vivir con su marido. Nunca nadie ha visto a su marido. Nunca lo verán, porque yo creo que todo es una invención. Ella estaba en la casa cuando ocurrió el accidente de mi familia hace unos cinco años. Fue en un viaje, por carretera; todos, padre, madre, abuela; nadie quedó. Volcaron y fallecieron casi en el mismo momento. ¡Qué bueno! Era mejor así, rápido, que padecer enfermo en un hospital de un pueblucho.

De eso hace poco. Yo me quedé solo, con el negocio, pero solo. Nunca dejé la vieja casa. No puedo soportar la idea de abandonar al abuelo y que un día venga a visitarme sin encontrarme. Por eso me he quedado en esta casa que me queda grande. El abuelo se ve desde hace unos días más transparente que de costumbre. Su figura, antes tan diáfana, ahora es más difusa. Quizá esté dejando de penar, tal vez ya haya cumplido con su purgatorio. Porque el abuelo hizo de las suyas cuando vivía. Sí, era muy coqueto con las mujeres, pero nadie lo sabía. Nadie excepto yo que lo vi haciendo arrumacos con una mujer el día que lo mataron y que otro día lo vi agarrando las nalgas a una de las criadas. Yo era muy pequeño y no entendía. El purgatorio del abuelo…

Dejó la pluma, se estiró sobre la silla, tomó un cigarro y lo encendió. No podía escribir sin fumar.

Purgatorio; infierno. Pensó en el Cielo, que de seguro era una gran biblioteca, enorme, con tiempo para leer todo; sobre todo para entender, porque Descartes era complicado. Pensó en los autores, esos que todos debían conocer; libros, él escribía un libro. ¿Leería alguien eso de “Sentado, sobre la cama, hablé con mi abuelo materno muerto”? Era mejor pensar en otra cosa y pensó en sus brincos; esas asociaciones de ideas que van de un lugar a otro. Podía hacer una teoría y examinar el menor número de brincos posibles para, por ejemplo, llegar de”playa” a “imperativo categórico”. Ahora escribió.

Infierno, tormentos; placeres. Filosofía del placer; Epicuro. ¿Cuántas ideas necesito para llegar de Epicuro a borrego? Epicuro; Epicuro a placer; placer a descanso; descanso a vacaciones; vacaciones a playa; playa a bikinis; bikinis a tela, poca tela; tela a lana; lana a borrego. Siete brincos de ideas, pero la cuestión es reducir la distancia con menos brincos. Epicuro a griegos; griegos a togas; togas a telas; telas a lana; lana a borrego. Son menos brincos, sólo cuatro; está mejor. Ahora resolver el camino de empezar con café y terminar en Cervantes. Café; café a comida; comida a hostal; hostal a Dulcinea; Dulcinea a Cervantes. Fácil.

Regresé después de levantar el teléfono, obvio, decepcionado a mi recámara, caminando con paciencia, viendo cada puerta, recordando cómo se abrieron todas menos una cuando llegó a esa casa la noticia de la muerte del abuelo. Yo tenía unos diez años y sólo comprendí que ya no vería al abuelo jamás, que ya no lo vería regañando a nadie, que ahora los libros del abuelo irían a parar a mis manos pero que no habría nadie que me los leyera. Como siempre apagué todas las luces excepto la de la lámpara de la mesilla de noche con ese foco se niega a fundir y me recosté. La temperatura era agradable, por eso dejé entreabierta la ventana y me metí entre las sábanas con un cigarro en la boca y dejé que mis ojos siguieran al humo que se movía despacio formando figuras que hubiera sido bello fotografiar.

Suspendió la escritura pues sintió hambre. Comió como ayer, solo y rápido. Bebió dos copas de vino y una de brandy. Durmió esta tarde una hora, quizá menos. El fin de semana había sido excepcional pues el sábado no había abierto su librería por tratarse de un día festivo. Levantado ya, habló con Luisa y acordaron que ella vendría a la casa. Se sentarían en la biblioteca a conversar sin más otra cosa que hacer. Y eso hicieron precisamente hasta que Luisa dejó la casa, ya tarde, casi a la hora en la que el abuelo aparecía. Luisa no sabía del abuelo.

Fue cuando él estaba ya con sus pijamas que el abuelo apareció, mucho más transparente aún que la noche anterior. Casi invisible, pero reconocible por su chaleco y la formalidad en el vestir. El abuelo siempre iba de corbata, con camisas almidonadas, puños dobles y un reloj de bolsillo. Esa noche hablaron en verdad, lo que no fue sorprendente pues fue la última noche en la que el abuelo apareció. Él mencionó que estaba escribiendo un libro y que el abuelo era uno de los personajes. El abuelo no respondió a eso, pero dijo que al fin sabía que la bala que lo mató era una bala que había venido del enemigo y que eso le daba gran tranquilidad, tanta que se sentía capaz de descansar. Su nieto preguntó quién era el enemigo y el abuelo le contestó que eso lo sabría él más tarde.

Conversaron realmente; hablaron de los griegos, de Platón con sus ideas de perfección absoluta, de Sócrates y su terquedad para ser condenado. Los dos preferían a Aristóteles y es que ellos aman la razón humana. Con emoción recordaron, cada uno en sus propias palabras, el nacimiento de una religión con un solo Dios y unas pocas reglas. Hablaron de la complejidad de Maquiavelo y de que en el fondo sí era partidario de los principios morales que todos conocemos, como se ve en la introducción de Los Discursos. Recordaron los cuentos de Grimm y el abuelo dijo que le agradaba mucho ver que su nieto había encontrado un placer en la lectura.

Y es que, dijo el abuelo, no hay placer que pueda compararse con abrir un libro y leer, por ejemplo, “Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo”. Hablaron de esa prosa sencilla de Locke y de los niños mimados de Ortega y Gasset. Spinoza, Spencer, Smith y muchos más recibieron un lugar en esa conversación. Poco a poco, sin embargo, el abuelo se hacía aún más difícil de ver. Aunque su voz se escuchaba, la figura se perdía dejando ver ya con claridad los detalles de las manchas de las paredes de la casa. Siguió la conversación con el abuelo hablando de Herodoto, Cicerón y otros más que él no había leído. El abuelo dijo que ya habría tiempo para leerlos, que hasta Hegel debía ser leído, y es que el abuelo había llegado a esa etapa de la lectura en la que uno se maravilla del genio humano antes que de la crítica específica.

“Todos los libros están equivocados, pero hay unos libros menos equivocados que otros”, solía decir el abuelo, cuando aún vivía, riendo por dentro pues eso le recordaba a Orwell; la clave está en reconocer las partes de los libros que están más cerca de la verdad. Por eso el abuelo podía leer a Rousseau sin contagiarse de las ideas del salvaje noble y al mismo tiempo gozando sin límites una obra de un ser humano. Y así siguieron ambos, brincando de un autor a otro, de Poe a Maupassant, de una idea a otra, hasta que el abuelo se fue. Casi no se oyó el adiós del abuelo mientras se hacía invisible totalmente.

Él se quedó sin entender lo que había sucedido. Al comprenderlo no pudo contener el llanto. Lloró mucho, primero con sentimiento, luego con resignación y más tarde con alegría. Llorando apagó la luz y llorando se recostó con los ojos viendo hacia la pared por la que el abuelo había desaparecido. Sin darse cuenta cuándo, se durmió.

Sonó el despertador. Fue a la librería, pues era lunes. Igual que siempre llegó a su casa, de regreso, a las ocho y media de la noche, con la casa limpia, la obra diaria de Cuca. Cenó y fue a la biblioteca para continuar lo que el día anterior había iniciado. Pero allí, encima de sus papeles encontró una hoja diferente a las suyas. Tomó la hoja entre sus manos y, extrañado, la leyó.

Mi nieto estaba sentado en su cama. Yo estaba muerto, catorce años once meses y veintidós días ha de mi muerte. Ambos conversamos, ese viernes, como siempre. Del mismo tema, con las mismas palabras. Porque los muertos sólo podemos hablar de un tema, de eso en lo que pensamos en el momento de morir, aunque yo haya sido una excepción en ocasiones. Vivo o muerto, siempre hablé con sequedad, pues yo era español y nunca asimilé el suave trato del hablar mexicano. Lo mismo, la narración de esa vez en la que yo fui asesinado por un desconocido. Otra noche, otra narración igual a la del día de mi muerte a una cuadra de la casa cuando después de comer estaba por visitar a una vecina de buen ver que me había invitado a probar su café.

El teléfono sonó esa noche. Sentado en la cama, mi nieto me hizo el favor de ponerme más atención que al teléfono. Larguísimos instantes de combate entre el ring-ring con el tono metálico de mi voz, pues me habían enterrado en un ataúd de metal que nunca pedí. Amablemente mi nieto esperó a que yo terminara de decir lo que todas las noches yo narraba y como siempre desapareciera yo entre las paredes manchadas por el mal cuidado que había soportado esa vieja casa que yo compré en 1952, donde vivíamos mi nieto, mi hijo, mi nuera y la abuela, es decir, mi mujer a la que no recuerdo haber visto fuera de la cocina.

Mi nieto nunca se dio cuenta, pero yo me las ingenié para mantener en orden mi biblioteca, porque Cuca al limpiar los libros los desacomoda siempre. De esa manera, mi nieto siempre tuvo a mano lo que él buscaba y lo que yo de alguna manera ponía más a su alcance, como el libro de Ortega y Gasett que él no hubiera nunca tomado del estante de arriba. Esa noche se recostó y apagó todas las luces excepto la de su mesilla de noche, con un foco que cada semana yo reemplazaba para darle más tiempo de lectura. Se metió entre las sábanas con un cigarro en la boca y dejó que sus ojos siguieran al humo. Me las arreglé para que pensara en la chimenea que prendíamos en invierno, las noches en las que todo era más tranquilo.

Le hice pensar en su abuela y luego en esas peras jugosas y en mis opiniones sobre la comida de cada tierra que da diferentes sabores, pero de alguna manera él siempre recuerda las aceitunas de Granada. Una vez coloqué El Arte de la Guerra de Maquiavelo en la sección de libros de puericultura de una librería que era competencia nuestra, porque sabía que por esa sección él pasaría, porque mi nieto siempre hacía comparaciones de precios con nuestra competencia. Mi nieto hizo muchas adiciones a mi biblioteca, como los libros de historia de Boorstin y de Johnson, los cuentos de Borges, los relatos de Lovecraft, la colección de Siruela, Rabelais con Doré.

Así, durante muchas semanas, él encontró una hoja de ésas cada mañana, en el escritorio de la biblioteca, siempre con una caligrafía impecable, la de su abuelo; hasta que un día dejaron de llegar, poco antes de su boda. Quizá eso significaba la entrada del abuelo al Cielo. Esas poco más de cien hojas fueron encuadernadas a mano, y las mostraba al principio sólo a Luisa, pues con ella se casó. Tuvo dos hijos a quienes leyó los escritos del abuelo mientras ellos creyeron en duendes y luego a sus nietos a esas mismas edades.

Ya muy viejo, un día él se retiró a dormir su acostumbrada siesta del domingo. Unas horas después Luisa lo encontró muerto, en la cama, con la cara volteada hacia la pared por la que él dijo que su abuelo aparecía y desaparecía. Sus manos, ya inertes, parecían estar indicando, las dos, uno de los párrafos de esas hojas.

Por cierto, querido nieto, hay una mejor forma para llegar de Epicuro a borrego: Epicuro a griegos; griegos a dioses; dioses a sacrificios; sacrificios a borrego. Sólo tres brincos; tú tenías cuatro, gané.



No hay comentarios en “1 Cuento: Brincos”
  1. jose Dijo:

    son muy largos si fueran cortos estaran mejor. NOTA DEL EDITOR: entonces, de leer Los Miserables, ya mejor ni se hable.





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