Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
21 Domingo Ordinario B (2006)
Textos de un Laico
25 agosto 2006
Sección: Sección: Asuntos, Y TEXTOS DE UN LAICO
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La primera lectura (Josué: 24, 1-2. 15-17. 18) puede explicarse en tres pasos consecutivos:

— Primero, “En aquellos días, Josué convocó en Siquem a todas las tribus de Israel y reunió a los ancianos, a los jueces, a los jefes y a los escribas”. Tenemos una reunión a la que podemos también sentirnos llamados.

— Segundo, una vez reunidos, “Cuando todos estuvieron en presencia del Señor, Josué le dijo al pueblo: «Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quién quieren servir: ¿a los dioses a los que sirvieron sus antepasados al otro lado del río Eufrates, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país ustedes habitan? En cuanto a mí toca, mi familia y yo serviremos al Señor».” Lo que Josué pide es una decisión a las personas, una decisión libre y voluntaria.

— Tercero, “El pueblo respondió: «Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses, porque el Señor es nuestro Dios; Él fue quien nos sacó de la esclavitud de Egipto, el que hizo ante nosotros grandes prodigios, nos protegió por todo el camino que recorrimos y en los pueblos por donde pasamos. Así pues, también nosotros serviremos al Señor, porque Él es nuestro Dios».”

No es diferente a lo que se nos plantea a diario, cuando actuamos y tenemos que decidir cómo hacerlo, si de acuerdo a lo que Dios nos pide, o de acuerdo a otros criterios. La decisión es nuestra y es libre, igual a la que planteó Josué “digan aquí y ahora a quién quieren servir: ¿a los dioses a los que sirvieron sus antepasados al otro lado del río Eufrates, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país ustedes habitan? En cuanto a mí toca, mi familia y yo serviremos al Señor”.

¿Quiénes son esos otros dioses? Josué se refería a los de los de otros pueblos. En la actualidad podemos quizá hablar de los dioses del materialismo y los placeres, a los que seleccionamos cuando ignoramos a Dios. Es una idea muy ligada a la de las lecturas del domingo anterior, en las que se nos invita al banquete divino para comer el pan de la vida. Es una invitación que podemos rechazar.

El evangelio de ese domingo (san Juan: 6, 55. 60-69) plantea la misma situación y contiene los elementos de una invitación, que unos aceptan y otros rechazan:

— Primero, “En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Al oír sus palabras, muchos discípulos de Jesús dijeron: “Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?»”.

— Segundo, “Dándose cuenta Jesús de que sus discípulos murmuraban, les dijo: «¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida, y a pesar de esto, algunos de ustedes no creen». (En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo habría de traicionar). Después añadió: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede»”.

— Tercero, “Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con Él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También ustedes quieren dejarme?». Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

En esta narración evangélica se perfecciona el texto del Antiguo Testamento. Es ahora Dios mismo quien nos hace el exhorto a seguirle y entender que sus palabras “son espíritu y vida”. Nos invita a estar con él. Y ante esto, algunos lo rechazan, “muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con Él”. Pero Jesús insiste con el resto. Vuelve a invitarlos, ante lo que San Pedro contesta “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

Lo que Pedro dice, sus palabras, debe ser nuestra oración ahora mismo: no sólo aceptamos la invitación de Jesús, sino que reconocemos que en verdad él es la vida eterna, el real camino y la verdad, que todo lo demás es como los dioses de los otros pueblos, ilusiones vanas.

Quizá podamos comprender esto viendo que a diario en nuestra vida llegan a nosotros invitaciones de todos tipos. Ante tanta invitación debemos decidir cuáles atender. Podemos aceptar las invitaciones de los bienes materiales, o de los actos de libertinaje, o la invitación de Jesús a tener una vida de seguimiento a él.

La segunda lectura (Efesios: 5, 21-32) enriquece nuestra comprensión de la invitación divina. El apóstol habla del matrimonio y de la relación entre los esposos, una de unión en el amor. Dice, “Hermanos: Respétense unos a otros, por reverencia a Cristo: que las mujeres respeten a sus maridos, como si se tratara del Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza y salvador de la Iglesia, que es su cuerpo. Por tanto, así como la Iglesia es dócil a Cristo, así también las mujeres sean dóciles a sus maridos en todo”.

Y añade, “Maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola con el agua y la palabra, pues Él quería presentársela a sí mismo toda resplandeciente, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino santa e inmaculada. Así los maridos deben amar a sus esposas, como cuerpos suyos que son. El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie jamás ha odiado a su propio cuerpo, sino que le da alimentó y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo”.

Es una pena que en algunas interpretaciones actuales se pierde buena parte del sentido de esas palabras dando papeles asignados a los cónyuges. Lo que debe verse mejor es el sentido de amor y de unión entre la esposa y el esposo en una correspondencia perfecta. Si uno es sumiso y el otro también. Si uno ama, el otro también. Si uno respeta, el otro también. Es una unión de amor y por eso los esponsales son usados como imagen de la unión con Dios: el amor voluntario entre dos, por encima de todo lo demás.

Al final de la lectura, San Pablo escribe, “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Éste es un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia”. Es una forma iluminada de entender la consecuencia natural de la invitación que Jesús nos hace: dejamos atrás todo y lo hacemos por decisión propia para unirnos al ser que queremos y amamos. Es por esto que también la vida religiosa es comparable a los esponsales de un matrimonio: quien opta por la vida religiosa ha decidido unirse a Dios en esta vida en otra especie de matrimonio.

Esta misa es, por tanto, una nueva oportunidad que Dios nos presenta para decirle, sí, acepto tu invitación; quiero comer el pan de la vida; quiero la vida eterna que tú me das; rechazo todas las demás invitaciones que se me hacen; libremente deseo seguirte e ir a ti.


La idea de Textos de un Laico nació en 2004: el intentar encontrar los comumes denominadores de las tres lecturas de la misa católica de cada domingo.

Del LAVALLE NACIONAL para uso del católico MEXICANO Compuesto por el Presbítero D. Julián G. Villaláin Edición Especial Herrero Hnos. Sucs. S.A. México, D.F. 1956

Devoción muy útil al acostarse.

Al acostarse escribe con el dedo pulgar en tu frente estas cuatro letras: J.N.R.J. diciendo entre tanto: Jesús Nazareno Rey de los Judíos, me preserve de mala muerte repentina.

El mismo Cristo dijo a San Edmundo que los que esto hiciesen no morirán en esa noche de muerte súbita. (Surius, Vida de San Edmundo. Devoción aprobada por la Santa Iglesia.).

Gregorio XIII (10 de abril de 1580) concede perpetuamente a los fieles un año de indulgencia por cada vez que al son de la campana en señal de elevación del Santísimo Sacramento, adoren al Divinísimo, en donde quiera que se hallen, hincados de rodillas; y dos años, si esto mismo se practica en la iglesia donde se hace la elevación. Asistiendo a la misa y diciendo al tiempo de alzar la siguiente jaculatoria: Sea alabado y dense gracias a cada instante y momento, al Santísimo y Divinísimo Sacramento; se ganan también 200 días de indulgencias, aplicables también a las almas del purgatorio (Pío VII, decreto de la S.C. de Indulgencias, 7 de diciembre de 1819).





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