Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Aristóteles Por Dentro
Eduardo García Gaspar
22 marzo 2006
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Sucedió en Londres, a finales de 1764. Mozart compuso su primera sinfonía, una de tres movimientos, muy corta para los estándares actuales. El segundo de sus movimientos es un andante y contiene un pasaje en el que un corno toca un motivo: las notas do-re-fa-mi. Es un conjunto de notas muy propio de Mozart.

Curiosamente, se repiten esas mismas notas en la última de las sinfonías, el últimos de sus movimientos. A esta sinfonía la conocemos con el sobrenombre de Júpiter. Entre esa primera sinfonía, K.16, y la última, K.550, sucedieron muchas cosas: unas 50 sinfonías escritas, cambios de estilo, adelantos de instrumentos, sueños de grandeza, desilusiones, un matrimonio, varios hijos.

Y la repetición de ese motivo musical. El mismo conjunto de notas aparece en una misa brevis y en otra sinfonía, la 33.

Especialmente favoritas mías son el credo de esa misa, que es donde aparece el tema, aprovechando las dos sílabas de cre-do, cre-do, y la última de la sinfonías. En todo esto, Mozart no aparece como un revolucionario que reinventa todo de nuevo.

Quizá lo opuesto totalmente. Quizá simplemente tomó lo que ya existía y lo hizo mejor. No hubo en él la soberbia del revolucionario que quiere borrar el pasado para de nuevo construir todo de acuerdo a sus planes.

Mozart aprovechó el conocimiento, la cultura existentes y sobre ellos construyó sus maravillas. Fue así que sin tal vez saberlo totalmente, cimentó su obra en lo que antes se había hecho, por ejemplo, en los genios barrocos previos. Eso es lo que también sin poner mucha atención hacemos nosotros.

Aprovechamos lo que existe, sin meditar mucho sobre la realidad de estar parados sobre las obras de cientos de generaciones previas, con aportaciones que forman los cimientos de donde estamos parados. Quitar el pasado, poniéndolo de lado, en realidad significa reblandecer los cimientos en los que estamos sostenidos y, por eso, caernos. Cada generación, supongo, tiene su dosis de soberbia y cuando ella rebasa ciertos límites se arriesga a destruir eso que la sostiene.

Las generaciones anteriores, sus conocimientos y experiencias, son el suelo sobre el que estamos construyendo las aportaciones a las generaciones siguientes. Por eso tiene mucho sentido el que nuestros actos presentes respeten a las generaciones futuras y también a las pasadas.

Es como un acto de equilibrio entre generaciones. El que en nuestros tiempos se cuestione las ideas pasadas es positivo. Así se provoca cambio y mejora para los que vienen, pero no podemos quitar de debajo de nuestros pies las ideas anteriores, so pena de destruir todo.

Así se construyen las civilizaciones: cuestionando y reconociendo. No aprovechar las lecciones anteriores es un desperdicio. No cuestionarlas es irresponsable. En buena parte el papel de cada generación es pasar a la siguiente el fruto de ese acto de equilibrio: mejores ideas construidas sobre ideas anteriores.

Beethoven no tenía aún 20 años cuando Mozart escribió su última sinfonía. Mozart cambió gradualmente el estilo de las sinfonías y Beethoven, sobre esa base, lo llevó a otro plano. Pocos casos son peores que esos viejos que no se han preocupado por mejorar nada y que sólo quiere imponer en los jóvenes una copia de la generación anterior.

Pero también, pocos casos son peores que los de esos jóvenes que nunca maduran, que se quedan estancados en la idea de destruir todo lo anterior como requisito para construir la vaga idea de su proyecto.

Por eso le tengo temores a los revolucionarios que tienen sueños futuros de mundos perfectos, que tienen proyectos de nación, que prometen perfecciones y justicias. Suelen ellos poner como requisito indispensable destruir el pasado para construir el futuro, sin darse cuenta que socavan el suelo mismo que los sostiene. Si tenemos responsabilidad ante las futuras generaciones, no veo por qué no también debemos el mismo respeto a las anteriores.

Nuestra historia es un complejo cimiento de ideas interrelacionadas de mil maneras. Y somos, aunque no nos demos cuenta, producto de personajes anteriores a quienes no podemos ignorar. Podemos no darnos cuenta, pero hay en nosotros un poco o un mucho de Aristóteles, San Agustín, Santo Tomas, Locke, Marx, Kant, Schumpeter y muchos otros cuyas obras ni siquiera sabemos que existen.

POST SCRIPTUM

Y obviamente hubo en mí una buena dosis de Edmund Burke al escribir lo anterior. Una referencia útil sobre Burke está en una publicación reciente de AmaYi, aquí.

Las obras de Mozart citadas en el artículo son:

• Symphony No. 41 in C KV 551 “Jupiter” 4Molto allegro

• Missa brevis in F, KV 192/186f 3Credo

• Symphony No. 1 In E Flat, KV 16 2Andante

• Symphony No. 33 in B Flat Major, KV 319 1Allegro assai

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