Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Capitalismo y el Futuro
Selección de ContraPeso.info
14 noviembre 2006
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, PROSPERIDAD, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta un texto de Johan Norberg presentado en The Sofitel Wentworth, Sydney, 11 de octubre 2005 y en Langham Hotel, Auckland, 13 de octubre 2005, en ocasión de la 22nd Annual John Bonython Lecture, The Centre for Independent Studies. Agradecemos el gentil permiso de traducción y publicación a Johan Norberg.

La conferencia de Norberg es estupenda. Su lenguaje es claro, ameno, vivaz, divertido y dentro de sus palabras hay ideas profundas y de sentido común, destinado todo a persuadirnos de compartir su optimismo. ¿Dicen los medios una y otra vez que las cosas empeoran? Eso parece ser una buena evidencia para entender que en realidad, las cosas están mejorando.

La riqueza de generaciones

Capitalismo y la creencia en el futuro

Johan Norberg

Creer en el futuro es quizá el más importante valor para una sociedad libre. Es lo que hace que estemos interesados en lograr una educación, o en invertir en un proyecto, o incluso en ser amables con nuestros vecinos. Si pensamos que nada puede mejorar o si creemos que el mundo se acabará pronto, entonces no nos esforzaremos en lograr un futuro mejor y más civilizado. Y todos seremos miserables.

Los filósofos de la Ilustración crearon la creencia en el futuro, durante los siglos 17 y 18, haciéndonos reconocer que nuestras facultades racionales pueden entender al mundo y que con libertad podemos mejorarlo. El liberalismo económico probó que estaban en lo correcto. Adam Smith explicó que no es de la benevolencia del carnicero que esperamos nuestra carne, sino de su propio interés —es mucho más que una afirmación económica, es una visión del mundo. Es una manera de decir que el carnicero no es mi enemigo. Al cooperar e intercambiar voluntariamente, ambos ganamos. y hacemos del mundo un mejor lugar, paso a paso.

Desde esos días, la humanidad ha logrado un progreso sin precedente. Pero sorprendentemente no vemos eso, por causa de viejos mecanismos mentales que fueron desarrollados en formas más peligrosas, cuando la ganancia de uno era con frecuencia la pérdida de otro.

Esta noche, hablaré de esas formas, de lo que son y cómo tratar con ellas. Y un buen lugar para comenzar es con una ideología que ha aprovechado al máximo esos viejos mecanismos mentales: el socialismo.

Carlos Marx explicó que el capitalismo haría más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. En el mercado libre, si uno ganaba el otro perdía. La clase media se convertiría en proletariado y el proletariado moriría de hambre. Fue un tiempo desafortunado para hacer esa predicción. La revolución industrial dio libertad para innovar, producir y comerciar, y creó riqueza en una escala enorme. Llegó a la clase trabajadora, ya que la tecnología los hizo más productivos y de mayor valor para sus empleadores. Sus ingresos se elevaron estrepitosamente.

Lo que sucedió fue que los proletarios se volvieron clase media y la clase media comenzó a vivir como la clase alta. El país más liberal, Inglaterra, fue el líder. De acuerdo a las tendencias de la humanidad hasta ese entonces, hubiera tomado 2,000 años duplicar el ingreso medio. A mitad del siglo 19, los ingleses lo hicieron en 30 años. Cuando murió Marx en 1883, el inglés promedio era tres veces más rico que el año en el que Marx nació, en 1818.

Los pobres en las sociedades occidentales tienen vidas más largas, con mayor acceso a bienes y tecnologías, y más oportunidades que los monarcas en tiempos de Marx.

Muy bien, dijo Lenin, el malvado aprendiz de Marx, nos equivocamos en eso. Pero la clase trabajadora de Occidente sólo pudo enriquecerse porque son corrompidos por los capitalistas. Alguien más tiene que cubrir el costo de esa corrupción —los países pobres. Lenin quiso decir que el imperialismo era el siguiente paso natural del capitalismo, por el que los países pobres dedicaban su trabajo y sus recursos a satisfacer a Occidente.

El problema de afirmar lo anterior es que todos los continentes se volvieron más ricos, si bien a un paso diferente. El europeo occidental o el americano es 19 veces más rico que en 1820, pero un latinoamericano es 9 veces más rico, un asiático 6 veces y un africano, 3. ¿De dónde fue robada la riqueza? La única manera de rescatar esta teoría de suma cero es haber encontrado los restos de una nave espacial muy avanzada a la que saqueamos hace 200 años. Y ni siquiera eso rescataría la teoría. Necesitaríamos saber de quién habían quitado esa riqueza los extraterrestres.

Es exacto decir que el colonialismo fue a menudo un crimen, y que en muchas instancias llevó a terribles acciones. Pero la globalización en las últimas décadas muestra que la existencia de países ricos facilita el desarrollo de los países pobres, cuando ambos participan en un intercambio voluntario y libre de ideas y bienes.

La globalización significa que las tecnologías que costaron miles de millones de dólares desarrollar a las naciones ricas pueden ser usadas de inmediato en los países pobres. Si usted trabaja en una empresa estadounidense en un país de bajos ingresos, su ingreso personal es en promedio 8 veces el de ese país. No es que las empresas multinacionales sean más generosas, sino que están globalizadas y usan máquinas y administración que eleva la productividad de los trabajadores, y por consiguiente sus sueldos.

Por lo tanto, las oportunidades de un país pobre con instituciones abiertas, proclives al libre mercado, se elevan conforme el mundo se desarrolla más. A Inglaterra le tomó 60 años duplicar su ingreso a partir de 1780; Suecia hizo lo mismo en 40 años. Un siglo después, países como Taiwán, Corea del Sur, China y Vietnam lo han hecho en menos de 10 años.

Durante los años 90, el siglo pasado, países pobres con unos 3 mil millones de habitantes se han integrado a la economía global y han visto elevar sus tasas de crecimiento hasta casi 5% per cápita. Significa que el ingreso promedio se duplica en menos de 15 años. Debe compararse esto con el crecimiento más lento de los países ricos y el crecimiento negativo en países pobres donde viven mil millones. Estos países, especialmente en la África sub-sahariana, son los menos liberales, menos capitalistas y menos globalizados. Parece que Lenin entendió las cosas al revés —los países pobres que están conectados con los países capitalistas con comercio e inversión crecen más rápidamente que esos países, no se vuelven más pobres.

Echemos un vistazo a las estadísticas para ver la más grande historia jamás contada. La proporción en pobreza absoluta en países en desarrollo ha sido reducida de 40 a 21% desde 1981. Casi 400 millones han salido de la pobreza —la reducción de pobreza mayor de toda la historia humana. En los últimos 30 años el hambre crónica ha sido reducida a la mitad, al igual que el trabajo infantil. Desde 1950 el analfabetismo se ha reducido de 70% a 23% y la mortalidad infantil en dos tercios.

De modo que los ricos se vuelven más ricos y los pobres se hacen ricos a tasas mayores que los primeros. Ambos, Marx y Lenin se equivocaron. Ahora, es el turno de un economista socialista moderno, Robert Heilbroner, quien en 1989 admitió célebremente:

“Menos de 75 años después del inicio oficial de la competencia entre capitalismo y socialismo, se acabó: el capitalismo ganó. Los grandes cambios sucediendo en la URSS, China, Europa del Este, nos han dado la prueba más clara posible que el capitalismo organiza más satisfactoriamente los asuntos materiales de la humanidad que el socialismo”. (New Perspectives Quarterly, Fall 1989).

Pero Heilbroner no hizo las paces con el capitalismo. Las mentalidades de suma cero no mueren fácilmente. Alguien tiene que pagar por su éxito, ¿verdad?

Sí, Heilbroner ha dicho que aún está opuesto al capitalismo, pero ahora porque significaba un alto costo ambiental. Después de oponerse al capitalismo porque creaba desperdicios, ineficiencias y pobreza, un socialista ahora podría oponerse al capitalismo porque es eficiente y crea mucha riqueza, y porque destruye a la naturaleza.

Ese argumento es tan popular como falso. Antes que nada, los peores problemas ambientales no son las chimeneas. Mucho peor es que tantas personas quemen madera, carbón, desperdicio de cosechas y estiércol para cocinar y calefacción. Sí, la producción moderna de energía crea problemas ambientales pero no mata a nadie cada 20 segundos, como ese asesino en las cocinas. Y las enfermedades trasmitidas por agua matan otros 5 millones cada año. Tan sólo el número de personas que mueren por causa de estos dos problemas ambientales tradicionales es 300 veces superior al número de muertos en guerra en un año. Estas enfermedades, por cierto, han sido eliminadas en las naciones industrializadas de la tierra.

Más aún, cuando nos volvemos más ricos también podemos enfrentar los nuevos problemas ambientales que las nuevas industrias crean. Cuando tenemos los recursos para salvar a ambos, a nuestros hijos y a nuestros bosques, empezamos a pensar en salvar a la naturaleza, para lo que el progreso económico y tecnológico nos da los medios. El medio ambiente es el resultado de un giro en las preferencias.

En los últimos 25 años la contaminación del aire en Europa se ha reducido en 40% y en los EEUU, el 30%. Tenemos estudios detallados de la calidad del aire en Londres desde el siglo 16, el que se había deteriorado hasta 1890, para desde entonces mejorar y hoy es tan limpio como lo era en la Edad Media. Los bosques han crecido cada década en los EEUU y la UE desde los años 70. Lagos y ríos están menos contaminados. El monto de petróleo que se ha arrojado en los océanos se ha reducido en 90% desde 1980.

Sí, de seguro tenemos grandes problemas ambientales frente a nosotros. pero tuvimos aún mayores problemas antes, y los manejamos gracias a mayor riqueza, conocimiento y tecnología. Y no veo razón por la que no sigamos haciendo lo mismo.

Así que, ¿hemos visto finalmente los beneficios del liberalismo y del capitalismo? Pues casi. Uno de los socialistas que ha visto muchas de sus visiones caer es el historiador marxista Eric Hobsbawm. Con renuencia él ha dicho que el capitalismo ha demostrado su valor en lo que se refiere a casi todo. Pero tiene una objeción final: ¿Nos hace felices? ¿Qué sucede con la calidad de vida? Ésta es la última posición en contra de los mercados libres.

El argumento ha sido popularizado por el economista británico Richard Layard y va más o menos así:

El desarrollo económico no contribuirá a mayor felicidad, porque estamos más interesados en nuestra posición relativa. El hecho de que alguien tenga un mayor ingreso —que lo hace feliz— hace a otros menos felices, lo que los fuerza a trabajar más y mantener su posición relativa. Al final todos somos más ricos, pero no somos más felices que antes, ya que no podemos ser más ricos que el resto de la gente. En otras palabras, un mejor futuro no resultará en un mejor futuro.

Sabemos que existe un brinco dramático en el bienestar reportado de las personas cuando los países se mueven de un ingreso per cápita de unos 5,000 dólares a unos 15,000 anuales. Pero entonces la satisfacción se nivela, de lo que Richard Layard concluye que ya no debe importarnos mucho el crecimiento en los países ricos. En realidad, él quiere menos movilidad y cambio, y desalentar el el trabajo arduo con impuestos altos, para darnos tiempo a ser más felices —familias y amigos.

¿Es ésa la conclusión correcta? Imagine que usted está feliz porque tiene una fiesta la semana próxima. Después de la fiesta, Richard Layard lo entrevistaría a usted para ver que usted no es más feliz después de la fiesta que antes de ella. Así que probablemente lo alentaría a dejar de dedicar un montón de tiempo y energía a fiestas, porque aparentemente esto no eleva su bienestar.

Es una conclusión grotesca. Usted no tendría el sentido de alegría y felicidad el primer lugar si no tuviera cosas agradables en perspectiva, cenas interesantes y buenas fiestas, por ejemplo. ¿Es posible que lo mismo suceda con la riqueza? El hecho de que el crecimiento no eleve la felicidad no significa que sea inútil —podría ser en realidad que el crecimiento continúe lo que nos hace posible que sigamos creyendo en un futuro mejor y seguir experimentando esos altos niveles de felicidad.

De acuerdo con encuestas sabemos que la esperanza está correlacionada con la felicidad. Si se quiere encontrar a un europeo feliz, intente a alguien que crea que su situación personal va a ser mejor dentro de cinco años. Y vemos lo mismo cuando comparamos a estadounidenses y europeos. De acuerdo con la Harris Poll, 65% en los EEUU y sólo 44% en UE piensan que su situación será mejor en cinco años. En consecuencia 58% de los estadounidenses están satisfechos con sus vidas, y sólo el 31% de los europeos.

En países pobres y mal gobernados sociedades enteras sufren de desesperanza. Se tienen pocas oportunidades, sin esperanza de que mañana sea un mejor día. La creencia en el futuro crece cuando los países pobres comienzan a experimentar crecimiento, cuando los mercados se abren y los ingresos se elevan. Eso puede explicar por qué la felicidad alcanzó altos niveles en Occidente después de la Segunda Guerra Mundial. Con las economías creciendo rápidamente, la gente comenzó a pensar que sus hijos tendrían una vida mejor que la de ellos.

Elevar los impuestos para desalentar el trabajo y reducir el crecimiento económico sería una manera de suspender ese progreso. Casi todos los estudios muestran que la pérdida de ingreso y de oportunidad reducen la felicidad.

En realidad, la felicidad no ha dejado de crecer. De acuerdo al World Database of Happiness, dirigido por el investigador holandés Ruut Veenhoven, la felicidad se ha elevado en la mayoría de los países occidentales en los que la encuesta se ha realizado desde 1975. Hay retornos decrecientes, pero incluso en nuestro nivel de vida la gente eleva su felicidad cuando las sociedades se vuelven más ricas. Y los lugares más felices son los más individualistas —Norteamérica, Europa del Norte y Australasia.

Otra razón de esta felicidad es que las sociedades liberales y de mercado permiten a las personas libertad de selección. Si nos acostumbramos a ella seremos cada vez mejores seleccionando cómo vivir y trabajar de la manera que nos gusta. Y si usted no cree que será más feliz trabajando, déjelo de hacer. Una encuesta mostró que 48% de los estadounidenses, en los últimos cinco años, redujeron sus horas de trabajo, rechazaron promociones de trabajo, redujeron sus expectativas materiales o se mudaron a lugares más sosegados. ¿Comida rápida o comida lenta? ¿Con logo o sin logo? En una sociedad abierta, usted decide.

Eso será mientras seamos libres para tomar las decisiones nosotros mismos. Quienes usan los estudios de felicidad para proponer una agenda anti mercados, nos negarían esa libertad. Nos dirían cómo vivir nuestras vidas y por eso, reducirían nuestra habilidad para tomar esas decisiones en el futuro.

A pesar de las críticas de Layard contra el materialismo y el individualismo incluso él admite que “nosotros en Occidente somos más felices que ninguna otra sociedad antes”. Pues bien, en ese caso, por favor, por favor, por favor, no socave esa sociedad.

Somos más ricos, más sanos y más felices de lo que jamás lo hemos sido. Vivimos más, vivimos más seguros, vivimos más libres que nunca antes. En cada generación sucesiva hemos sido capaces de lograr construir sobre el conocimiento la tecnología y la riqueza de generaciones anteriores, y agregar la nuestra. Hemos elevado la libertad, creado más riqueza y elevado la expectativa de vida, más en los últimos 50 años que en los últimos 5,000.

No sólo estoy diciendo que el vaso está medio lleno y no medio vacío. Estoy diciendo que antes estaba vacío. Sólo hace 200 años la esclavitud, el feudalismo y la tiranía regían al mundo. De acuerdo a nuestros estándares los más ricos países eran pobres en extremo. La probabilidad promedio de pasar el primer año de vida era menos que la probabilidad de llegar a la jubilación hoy.

El vaso está ahora al menos medio lleno y se está llenado mientras hablamos. Y si lo tuviera aquí, frente a mí, propondría un brindis a la creatividad y la perseverancia de la humanidad.

En otras palabras —no se preocupen, sean felices.

Pero a pesar del hecho de que somos felices, parece como si no lo notáramos, y en verdad nos preocupamos.

Cuando le preguntamos a la gente qué es lo que ha pasado en el mundo, la mayoría dice que las cosas que ponen peor, que la pobreza está creciendo, que la naturaleza se está destruyendo. La semana pasada publiqué una investigación mostrando que los suecos piensan que todos los indicadores de estándar de vida y del medio ambiente, que están mejorando en realidad, empeoran. Cuando leemos los periódicos vemos problemas, pobreza y desastres. Poderosos movimientos internacionales se oponen a la globalización y al capitalismo porque piensan que elevan la miseria y el hambre. Y los académicos escriben libros diciendo que todos estamos tristes y deprimidos.

Si hay algo que no mejora en el mundo es nuestra visión del mundo. ¿Por qué? Si la aventura de la humanidad es ese gran triunfo, ¿por qué no nos damos cuenta? ¿Por qué tenemos una tendencia a pensar, como Marx, Lenin, Heilbroner y Hobsbawm, que el progreso que hemos tenido debe terminar en un problema u otro?

Intentaré darles unas pocas explicaciones de este asombroso y molesto hecho.

El problema del sesgo

El primer y más obvio villano de esta historia es la evolución. La selección natural ha girado la atención de la humanidad a los problemas.

Es fácil entender que los primeros seres humanos que se sentaban después de una buena comida a descansar y disfrutar la vida podrían no haber encontrado suficiente comida para llegar al siguiente día y corrían el riesgo de ser comidos por un león. Mientras que los que estaban siempre presionados y buscaban problemas, quienes siempre cazaban y recogían comida un poco más de ella por si acaso, y quienes siempre vigilaban con sospecha el horizonte, fueron quienes encontraban cobijo antes de una tormenta o antes del ataque de un león. Así que ellos sobrevivieron y pasaron sus genes llenos de ansiedad y estrés hasta nosotros.

Es importante estar consciente de los problemas porque los problemas nos indican que debemos actuar. Si mi casa se está incendiando, necesito saberlo ahora. Que mi casa sea bonita no importa, Si escucho información acerca de algo en la comida que puede matar a mis hijos, necesito la información ya. Que haya algunos platos nuevos, bonitos en las tiendas no importa.

La humanidad es una especie de solucionadores de problemas. Quienes resolvieron los problemas sobrevivieron. Y significa que los buscamos. No nos detenemos en el momento en el que solucionamos un problema viejo y nos alegramos, buscamos el siguiente gran problema y comenzamos a trabajar para solucionarlo.

No permanecemos despiertos por las noches contemplando el hecho de que hemos sido capaces de tratar a la polio y la tuberculosis. Nos quedamos despiertos en la noche y nos preocupamos acerca de la fiebre aviar y del SIDA, y nos preocupamos de lo que la fiebre aviar pueda significar en el futuro. No pensamos en lo grandioso que fue la erradicación de la malaria en los países desarrollados. Pensamos lo terrible que es que tantas personas mueran a diario de malaria en los países en desarrollo.

El autor estadounidense Gregg Easterbrook ha señalado el hecho de que los problemas viejos, por terribles que hayan sido en el pasado, parecen menos temibles en retrospectiva, porque sabemos que los pudimos resolver. Pero los problemas de hoy son inciertos y están sin resolver, y por eso se quedan en nuestra mente.

Hace pocas semanas, la primera noticia en los medios principales de televisión fue la existencia de “una creciente amenaza ambiental” en Europa. El problema era la transportación marítima, la que rápidamente se ha convertido en el más grande emisor de dióxido de sulfuro en Europa.

Sin embargo, si usted escuchara de cerca el reportaje, usted habría entendido que no era el crecimiento de las emisiones de ese transporte —sí crecieron un poco—, sino la reducción de otras fuentes emisoras. Las emisiones totales de dióxido de sulfuro en Europa (incluyendo a los barcos) han sido reducidas en 60% en 15 años. Así que la real historia era una de la dramática mejora de las condiciones ambientales —pero ahora el problema era el transporte marítimo, con el que teníamos que enfrentarnos, y eso era la noticia.

Soy un optimista. Creo que este sesgo de percepción es algo bueno. Es lo que nos mantiene alertas, para así resolver problemas y mejorar el mundo. Pero tenemos que entender que esto también significa que nuestras mentes están constantemente ocupadas con problemas. Y que por eso tendemos a ver el mundo peor de lo que es.

El progreso siempre crea algún nuevo reto y los solucionadores de problemas piensan más en los retos que en el progreso.

Vivimos más que nunca antes. ¿No es eso fantástico? No, porque resulta en mayores costos de pensiones y salud. Al fin los países pobres avanzan económicamente. ¿No es eso maravilloso? No, porque ahora tememos que los fontaneros polacos y los programadores de la India nos quiten nuestros trabajos.

Siempre hay algo que nos asusta. En los años 70, cuando las temperaturas estaban descendiendo, nos preocupamos de una nueva edad del hielo. Ahora nos preocupamos del calentamiento global. Solíamos preocuparnos de todo aquel que padecía depresión, y ahora con las nuevas medicinas antidepresivas se ha reducido en una quinta parte la tasa de suicidios en los países ricos. Y entonces nos preocupamos por tanta gente tomando medicinas.


El sesgo de los medios

Los medios explotan este interés en los problemas y desastres. Queremos oír la historia última, la más terrible, porque nuestros cerebros de la edad de piedra piensan que ésta es una información importante sobre la que debemos reaccionar.

Al final del milenio, una encuesta de la New York University hizo una lista de los más grandes hits del periodismo. ¿Esperaría usted historias acerca de nuevas vacunas, invenciones fantásticas, la elevación de estándares de vida, la propagación de la democracia de 0% de los países hace 100 años a 60% ahora? Habría sufrido una decepción. Los más grandes hits fueron todos acerca de guerras, desastres naturales, químicos peligrosos y coches inseguros.

Riesgos, acciones horribles y desastres son fáciles de dramatizar y baratos de producir. Por eso el crimen es un tema tan popular en las noticias. Un estudio de los EEUU muestra que cuando más pasa la gente viendo las noticias en televisión, más exageran el crimen en sus ciudades.

Un fascinante estudio sobre Baltimore mostró que 84% temía que los criminales lastimaran a ellos o sus seres amados, pero al mismo tiempo casi todos, 92%, dijo que se sentía seguro en sus barrios, sobre los que tenían información de primera mano. Todos piensan que hay mucha criminalidad en Baltimore, pero todos piensan que eso sucede en otras partes de la ciudad, en los lugares de los que oyen hablar sólo a los medios.

Estos resultados aparecen una y otra vez en las encuestas. La gente cree que el medio ambiente está siendo destruido, que la economía se cae a pedazos y los alemanes piensan que la reunificación fue mala para la mayoría de la gente. Pero también piensan que su medio ambiente local está bien, que sus finanzas personales están mejorando y que la reunificación alemana fue buena para su caso particular.

Los problemas y desastres están siempre en otro lado. Y si eso pensamos todo, todos debemos estar equivocados.

El problema con un mundo globalizado es que siempre hay una inundación en alguna parte, un asesino en serie en algún lado, y una hambruna en algún sitio. Y por tanto hay una oferta constante de horrores para llenar las pantallas de nuestros televisores. Si usted no conoce los antecedentes o estudia las estadísticas, es tentador concluir que el mundo está empeorando.

De cierta manera, creo que el movimiento anti-globalización es el resultado de esta globalización de la información. Al mismo tiempo que la pobreza extrema ha sido reducida a la mitad en los países pobres, tanta gente cree que la pobreza está creciendo, porque ven a la pobreza por primera vez en la televisión. Y en parte nos preocupa ella ahora porque los vietnamitas o chinos pobres hacen las camisas que vestimos. A pesar de que como he dicho la gente que trabaja para una multinacional estadounidense en un país pobre gana ocho veces más que el ingreso promedio de ese mismo país.

Excepciones más interesantes que las reglas

Otro sesgo de percepción refuerza este énfasis en problemas, en nuestras mentes y en los medios. La noticia que sea es noticia. Nos interesan las excepciones. No vemos las cosas que nos rodean a diario. Vemos las osas nuevas, las extrañas, las inesperadas. Es natural. No tenemos que explicar lo normal de cada día, pero necesitamos entender las excepciones. Nunca le decimos a nuestra familia cómo regresamos del trabajo a la casa —a menos que algo extraño realmente nos haya sucedido.

Significa esto que siempre tenemos un sesgo cognotivo que distorsiona nuestra visión del mundo. Notamos las cosas que sobresalen. En un mundo que está mejorando, enfatizamos aún más los problemas que quedan. No leemos en un periódico que un tren llego a tiempo y seguro. Leemos cuando sucede un choque. No leemos de alguien que caminó de un pub a su casa. Pero oímos de eso cuando la persona es golpeada y robada.

Que un avión aterrizó bien en 1903 fue noticia, cuando los hermanos Wright tuvieron éxito por primera vez. Pero desde diciembre de 1903, la única noticia ha sido cuando un avión cae. Por tanto, exageramos la frecuencia de los accidentes. Desde la Segunda Guerra Mundial nunca se habían visto menos accidentes aéreos que en 2004, a pesar del dramático aumento del número de vuelos. El número de accidentes en los años 70 era cuatro veces el número actual, a pesar de que hay cuatro veces más vuelos hoy.

Pero no hay que esperar que los medios digan esto. Hay que esperar tener grandes reportajes las pocas veces que suceda un accidente. Que un perro muerda a un hombre no es noticia, sí lo es que un hombre muerda a un perro.

El pensador liberal francés, Tocqueville, observó este mecanismo mental a principios del siglo 19 cuando notó que las personas comenzaron a hablar del problema de la pobreza durante la revolución industrial. Al principio pesó que esto era extraño. ya que el crecimiento del sistema manufacturero significaba salarios más altos y bienes más baratos. La pobreza estaba decreciendo pero al mismo tiempo se veía como un problema peor que antes.

Su conclusión fue que eso sucedió no a pesar, sino porque la pobreza estaba siendo reducida. En tiempos pasados, la pobreza de consideraba como algo dado. Algo que estaba en todas partes y algo que sencillamente debíamos soportar. Las religiones explicaron las virtudes de la pobreza. Pero en los siglos 18 y 19, la industrialización creó riqueza sin precedentes y millones salieron de la pobreza. El resultado fue ver a la pobreza que quedó como algo mucho peor. Ahora que la gente pudo ver que los pobres no están siempre con nosotros, empezó a pensar que ella no debía soportarse. No era necesario, podía —y debía— ser cambiada. La pobreza no era ya algo dado, ahora era un problema social.

Esto creó la impresión por largo tiempo que la revolución industrial había creado problemas sociales mayores. Bien, de cierta manera lo hizo —al hacer de la pobreza una excepción creó a la pobreza como un problema en las mentes de las personas.

Ahora hay que aplicar el descubrimiento de Tocqueville al hecho de que la pobreza está siendo reducida rápidamente en los países en desarrollo y al hecho de que repentínamente la gente dedica tanta atención al problema de la pobres en esos países.

¿Qui bono?

Desde luego, algunos grupos, instituciones e intereses especiales de la izquierda y de la derecha usan su sesgo mental para extender su agenda, Si son capaces de demostrar que hay un problema o un desastre potencial en algún lugar, ellos pueden capturar nuestra atención y hacernos actuar, AHORA.

¿Serán nuestras escuelas mejores con un poco de dinero extra? ¿A quién le importa? ¿Fracasarán las escuelas miserablemente y harán de nuestros hijos criminales si es que no tienen ese dinero extra? ¡Muy bien, hagamos algo ahora!

¿Producirán los nuevos impuestos, para conseguir ese dinero, inversiones marginalmente inferiores y márgenes para los contribuyentes? ¿A quién le importa? ¿Destruyen a la economía y hacen que las personas pierdan sus hogares? ¡Hay que abolirlos ahora!

Todos los lados tienen un interés al exagerar los problemas de nuestro mundo. Lo mismo va para los científicos y las autoridades públicas. Si quieren más dinero para su investigación deben mostrar que hay grandes riesgos en el campo de su especialización y que sería muy peligroso no estudiar su materia específica de mejor manera.

Lo mismo aplica para las instituciones globales. En septiembre, el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas emitió su reporte anual sobre el desarrollo humano. El boletín de prensa habla de los lugares con problemas crecientes y de unos 18 países que se han quedado rezagados. El reporte resume la situación mundial con frases como “el reporte general sobre el progreso es una lectura deprimente” y “el mundo se dirige a un desastre de desarrollo humano fuertemente anunciado”.

Pero, ¿como se han desarrollado los países pobres como un todo? Escondidos en otro lugar de los reportes, como un lenguaje mucho menos dramático, el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas concluye:

“Viendo al pasado en la pasada década la tendencia de largo plazo hacia el progreso en el desarrollo humano ha continuado. En promedio, las personas nacidas en un país en desarrollo pueden anticipar ser más ricos, más sanos y mejor educados que la generación de sus padres”.

Sigue, diciendo que en los últimos 15 años los países pobres han visto menos pobreza, reducido la mortalidad infantil, el acceso a agua limpia, mejorado el analfabetismo, con menores conflictos y más democracia. ¡Eso es lo que ellos resumen como “un desastre de desarrollo humano”!

Pueden hacer eso porque es un desastre comparado con las expectativas de más rápidos programas en más lugares. Pero si usted no es un lector atento, se queda con la perspectiva de que todo está empeorando y desde luego, esa es la impresión que el programa quiere crear. Porque piensa que solo la perspectiva de un desastre mundial nos obligará a actuar.

Sucede que pienso que lo opuesto es verdadero. Si constantemente gastamos tiempo y recursos para enfrentar los problemas del mundo y el programa dice que no tenemos el más mínimo efecto, ¿para qué continuar?

No es ése el punto que me interesa. El asunto es entender el tipo de amenazas y advertencias que los intereses especiales utilizan, y cómo eso distorsiona nuestra visión del mundo. Algunos hablan de eso abiertamente. En una entrevista en Discover Magazine, de octubre de 1989, un ambientalista muy citado, experto en cambio climático, el profesor Stephen Schneider explicó que:

“Para [salvar al planeta] necesitamos conseguir un apoyo amplio, capturar la imaginación del público. Eso, por supuesto, implica conseguir fuerte cobertura de medios. Entonces, debemos ofrecer escenarios de miedo, hacer aseveraciones simplificadas, dramáticas y poner poca atención en las dudas que podamos tener… Cada uno de nosotros tiene que decidir el balance correcto entre ser efectivo y ser honesto”.

Hay un experimento mental. Imagine que mi conclusión es que ese sesgo mental es un poco problemático, pero que podemos vivir con él. ¿Piensa usted que mi conferencia obtendrá más o menos atención que si ella fuera que ese problema es horrible y nos llevará a un desastre?

La destrucción creativa se ve destructiva

Como si no fuese suficiente —este sesgo cognitivo hacia los problemas y las excepciones y que los medios y los grupos de interés lo explotan al máximo, hay otro problema: nos enfocamos al corto plazo y lo personal en lugar del largo plazo y lo universal. Hay cosas que vemos y cosas que no vemos, por usar la fórmula del economista francés del siglo 19, Frédéric Bastiat.

Quiero ilustrar eso con un documental estadounidense que recientemente discutí en un debate televisivo. El filme, producido por el Public Broadcasting Service, trató el hecho de que Wal-Mart compra la mayoría de sus artículos en China. Esto fue representado como un desastre para los EEUU, y durante casi media hora se entrevistaron a trabajadores y dueños de fábricas que han perdido sus trabajos y negocios por culpa de las importaciones baratas de China. El marcador, 1 a 0 a favor de los anti-globales.

Es cierto que un trabajador manufacturero estadounidense puede perder su trabajo por esto, pero hay otros efectos que el documental no mostró. Un trabajador chino consigue un trabajo, desde luego, y si lo hace él gastará su ingreso de alguna manera, lo que significa más empleos para empresas de exportación y/o empresas Chinas. Los consumidores estadounidenses disponen de precios bajos y cuando lo hacen pueden gastar el ingreso sobrante en otros productos y servicios, así que un desempleado estadounidense puede conseguir un nuevo empleo en un nuevo sector.

Trabajador chino–empresa exportadora–consumidores–nuevos sectores se desarrollan: cuatro resultados buenos, en otras palabras, marcador 4 a 1, a favor de los partidarios de la globalización y el comercio libre.

Pero no vemos esos efectos, porque no son tan inmediatos ni personales. Vemos a una fábrica que cierra y a un trabajador que pierde su empleo, lo que es real, es visible, es carne y hueso, y nos identificamos con eso. Que otros trabajadores consigan nuevos empleos, que el poder de compra mejore, que nuevos sectores sean creados, eso es más abstracto, sucede más tarde y sus efectos son difusos y no tan fáciles de ilustrar como noticias, ni de relacionarlos con el comercio libre.

El capitalismo trabaja con la destrucción creativa. Continuamente estamos creando nuevos y mejores bienes y servicios y nuevos métodos de producción y comercio. Pero para hacer nuevas cosas de nuevas maneras, debemos dejar de hacer cosas viejas de la vieja manera. El problema es que tendemos a poner atención y reportar la parte destructiva de eso, no la parte creativa. Los estadounidenses han hablado más del millón de empleos que ellos han perdido en manufacturas desde 1970 que de los 60 millones de empleos mejor pagados que han ganado en otros sectores al mismo tiempo.

Esta mentalidad es otra razón por la que el mundo se ve peor de lo que es y por qué el capitalismo siempre encuentra enemigos. Cuanto más crea y mejora, más veremos que socava y destruye.

Hace unos años un sueco opositor a la globalización explicó que él había estado en un debate en el que los pro-capitalistas habían “constantemente usado datos”, pero los anti-capitalistas habían sido más exitosos porque usaron “ejemplos de la realidad”.

Hechos contra ejemplos, aparentemente. Estadísticas agregadas y amplias abstracciones contra carne y hueso. Y no estoy seguro sobre quién gana ese debate.

Nosotros los seres humanos gustamos de narraciones y ejemplos con los que nos identificamos. Si una audiencia escucha que hay 400 millones menos de pobres en pobreza total hoy que en 1981, pero también escucha una historia de una persona específica que ha caído en la pobreza en ese tiempo —no será seguro que concluyan que la pobreza se ha disminuido. Y por causa de los mecanismos y mentalidades que he presentado, no escuchamos lo primero con tanta frecuencia como lo segundo.

La cura

Considerando este sesgo mental y de percepción, encuentro maravilloso que el liberalismo y los mercados libres hayan sido capaces de sobrevivir hasta donde lo han hecho. Debe producir más beneficios de los que pensamos al sobreponerse a toda esta oposición inconsciente. Pero ciertamente es un obstáculo que hace más difícil al liberalismo.

¿Qué podemos hacer al respecto? ¿Cómo podemos aprender a vivir en un mundo, y con una mente, que constantemente exagera los problemas, los desastres y los riesgos? Creo que nuestro gran aliado es el conocimiento.

El conocimiento acerca de nuestro sesgo mental puede ayudarnos a pasarlo por alto. Por ejemplo, cada vez que escuchamos que un problema está empeorando, debemos ver a las tendencias de largo plazo para ver si es cierto o si es sólo una exageración de una variación de corto plazo. Y cada vez que escuchemos sobre riesgos y posibles desastres es tan malo el creerlo completamente como el ignorarlo del todo.

Pero también necesitamos conocimiento acerca de las cosas que mejoran nuestro mundo. Esto es donde fallan los buenos pensadores. Mencioné a Gregg Easterbrook. Él ha escrito un gran libro llamado “La Paradoja del Progreso”, acerca del extraño hecho de que la gente se siente peor a pesar de que las cosas están mejor. He aprendido mucho de él, aunque tengo mis reservas.

Una de sus explicaciones a este misterio es una amplia sensación de la “ansiedad del colapso”. Es un tipo de conciencia mala por llevar una buena vida, un miedo a que nuestra salud no sea sostenible, y que un tipo de crash económico, colapso ambiental u otro desastre pueda terminarla. ¿Quizás Marx, Lenin, Heilbroner and Hobsbawm sufrían esta ansiedad del colapso?

Pero no acepto que este es un tipo de problema psicológico. Creo que es una conclusión lógica si es que no se entiende de dónde viene toda esta riqueza. Desafortunadamente, no creo que el libro de Easterbrook ayude al lector a entender esto. Todo parece como si nos hubiera sucedido por suerte o casualidad, o que se lo hayamos robado a alguien. Si fuese así, no sería irracional pensar que algún día desapareciera.

Para recuperar la fe en el progreso y en el futuro, tenemos que comprender qué es lo que lo crea. No se trata de una coincidencia, es el capitalismo.

Es el hecho de que la gente que es libre crea; que somos solucionadores de problemas; que cuantas más personas libres vivan para pensar e innovar, mayor será la oportunidad de que algunos de ellos desarrollen conocimiento, tecnología y riqueza; y que si los incentivos son correctos, si la gente obtiene los beneficios de sus esfuerzos, ellos usarán y aplicarán esto para cambiar nuestras vidas para mejor. Y en un mundo en el que miles de millones sean libres para crear, las oportunidades de un mundo mejor son más grandes que nunca.

Por lo tanto, debemos creer en el futuro. No ingenuamente, no como los deterministas pensando que nada malo puede pasar. Sabemos que los conflictos, el terrorismo, las enfermedades y los desastres naturales pueden y van a causar daños grandes. Sino como reconocimiento de que la humanidad es inteligente y de que un libre flujo de información y de mercados, nos hará aún más inteligentes. Y de que resolvemos mejor los problemas si somos libres y ricos. Cada generación construye sobre los logros de la anterior y así tenemos constantemente que construir sobre otros. Por lo tanto, el mayor progreso está aún por venir.

Las perspectivas de largo plazo son sorprendentes. Hoy existe más gente viviendo vidas más longevas en las sociedades libres que nunca antes, y tenemos más científicos vivos ahora que todos los que han vivido en todos los períodos anteriores combinados y todos ellos obtienen una educación que toma tanto tiempo como el total de una vida en el pasado. Biotecnología, nanotecnología y robótica, ellas crearán mejoras masivas. Seremos más ricos, viviremos más y tendremos más salud. Los continentes que pensábamos estaban condenados a la miseria pronto tendrán los estándares de vida que tenemos hoy.

Sabemos que nuestro mundo mejorará de maneras y con tecnologías que son tan impredecibles como una computadora o un avión lo fueron a nuestros ancestros. Pero al mismo tiempo, esos mecanismos perceptuales y mentales significan que mucha gente constantemente se quejará y dirá que las cosas se están poniendo peor. Y cada vez que solucionemos un problema. ellos buscarán otro nuevo.

Pero no tenemos que ser así. Podemos con seguridad presuponer que cuando leemos en los periódicos de un accidente aéreo o de un desastre, que a pesar de los horrores de ese particular evento, el hecho de que se trata de una noticia significa que son excepciones y que el mundo es razonablemente seguro. Cuando vemos a otros poniendo atención y quejándose de dificultades, podemos razonablemente concluir que eso significa que son excepciones en el mundo y que su foco de atención quieren decir que algunos problemas están a punto de ser resueltos.

Ya que soy un optimista, me gustaría concluir con un pensamiento reconfortante, que quizá algún tipo de insatisfacción es una precondición del progreso.

Vale la pena dar la última palabra a uno de los pensadores más incisivos de todos los tiempos, el historiador liberal inglés del siglo 19, Lord Macaulay, cuya interpretación Whig de la historia ha sido condenada como ingenua, una idea digna de Pangloss, de que las cosas constantemente progresan, pero que era en realidad un reconocimiento a lo que las personas pueden crear siendo libres. Cuando Lord Macaulay escribió su historia de Inglaterra, él no podía creer por qué los ingleses pensaban que el pasado era esos buenos viejos tiempos, y previno a las siguientes generaciones —a nosotros— que no idealicemos a sus viejos tiempos, los que a pesar de ser mejores que el pasado no eran utopía alguna.

“El efecto general de la evidencia que ha sido suministrada al lector no parece admitir duda [de que los estándares de vida están mejorando]. Sin embargo, y a pesar de la evidencia, muchos aún se imaginan a la Inglaterra de los Estuardos como un país más placentero que la Inglaterra en la que vivimos. A primera vista puede parecer extraño que la sociedad, al mismo tiempo que yendo hacia adelante con ágil velocidad, deba estar constantemente viendo hacia atrás con tierna pesadumbre.

“Pero estas dos propensiones, inconsistentes por lo que se ve, pueden fácilmente ser resueltas en un mismo principio. Ambos emergiendo de nuestra impaciencia ante el estado en el que actualmente estamos. Esa impaciencia, mientras que nos estimula para sobrepasar a las anteriores generaciones, nos dispone a exagerar su felicidad. Es, en algún sentido, irracional y desagradecido de nuestra parte el estar constantemente insatisfechos con una condición que constantemente mejora. Pero en verdad, hay una mejora constante precisamente porque hay insatisfacción constante. Si estuviésemos perfectamente satisfechos con el presente, cesaríamos de usar el ingenio, trabajar y ahorrar con la mirada puesta en el futuro”.

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Si a usted le interesa, existe una traducción de otra conferencia de Norberg en Globalización.


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1 comentario en “Capitalismo y el Futuro”
  1. eduardo Dijo:

    cuando un pobre da un paso, un rico da 100 pasos. la diferencia social es cada vez mas gigantesca y las empresas cada vez tienen mas poder y los pobres lentamente van teniendo nuevas oportunidades, el mundo no mira directamente al futuro, primero el poder y despues todo lo demas.un mundo manejado por la fe y el dinero avanza muy lentamente y tiene muchas imperfecciones. el dinero no tiene valor alguno no es equivalente a nada, por lo tanto es totalmente independiente de los recursos que tenemos en la tierra, con esta conclusion podemos decir que el dinero es mantenido por la fe de las personas y si no existiera esa fe los ricos no tendrian poder, el poder estaria en los intereses comunes de las personas, y junto con una buena educacion universal es imposible no inclinarse directamente a un futuro mejor, sin diferencias sociales significativas.





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