grandes ideas

¿Hay conflicto entre ciencia y religión? ¿Son compatibles una con la otra? La narrativa moderna dice que sí, aunque examinando las cosas un poco más a fondo no hay evidencias de ese supuesto conflicto.

Esta es la idea que trata G. K. Chesterton cuando habla de santo Tomas de Aquino. Y sostiene que lejos de haber conflicto entre religión y ciencia, hay colaboración. Son complementarias, no antagónicas. Decir que religión y ciencia se contraponen es un desperdicio de tiempo y esfuerzo.

Una conclusión que se opone a la actual creencia de que religión y ciencia son contrarias e incompatibles.

La idea tomada para esta columna es de la obra de G. K. ChestertonSaint Thomas Aquinas, Image Books/Doubleday, 1956, pp 65-66.

Punto de arranque

La pequeña parte de su libro, que Chesterton dedica a esta cuestión, da comienzo muy al estilo del autor. Habla de la proverbial humildad del hombre de ciencia y de que algunos de ellos estaban muy orgullosos de su humildad.

Esa humildad del científico es una variación especial de la modestia del santo. La introducción con esta idea es importante, ya que Chesterton ve a Tomás como un hombre «que es grande y que sabe que es pequeño».

No era Tomás un hombre de ciencia, dice, y en realidad estaba atrasado en este campo con respecto a su generación. Pero fue un gran partidario de la libertad de la ciencia. El autor lo califica incluso de su aliado.

Las ideas de Santo Tomás, dice, son las mejores jamás escritas para proteger a la ciencia del oscurantismo. Con esta idea da entrada al tema específico de la religión en conflicto con la ciencia.

Entendiendo a las Sagradas Escrituras

Tomás, primero, se enfocó en el obvio hecho real que posteriormente fue ignorado por cuatro siglos siguientes de encrespadas batallas.

Sostuvo que era de sentido común que el significado de las Sagradas Escrituras no fuese claro y diáfano. Lo que en ellas se decía no era evidente por sí mismo, ni sencillo de entender, ni fácil de comprender. Una sorpresa para muchos religiosos.

A lo que añadió que a menudo esos textos debían ser glosados o interpretados contando con la ayuda de otras verdades fuera de ellos.

Si se encuentra una parte en las Sagradas Escrituras que interpretada literalmente contradice una realidad obvia, entonces debe concluirse que ese sentido literal de la interpretación religiosa debía constituir una falsa comprensión de los textos.

Una ayuda a otra

Lo que el santo llamaba a hacer es a complementar ambas posiciones que debían ayudarse mutuamente y entre las que no existía oposición natural.

El problema surgió, no de lo dicho por Tomás, sino de la actitud de los científicos del siglo 19.

Los científicos de esos tiempos, dice Chesterton, estaban dispuestos a aceptar que cualquier cosa acerca de la naturaleza debía ser aceptada como verdad. Saltaban con facilidad tomando como cierta toda conjetura de la ciencia, considerándola absolutamente verdadera.

Cometían ellos el mismo error anterior, del siglo 17, cuando las personas tomaban a los textos religiosos como la afirmación que debía aceptarse sin otra consideración.

Un encontronazo indebido

Fue así que entraron en batalla proposiciones acerca de lo que la Biblia debía querer decir y que lo que el mundo quería significar. Sucedió esto principalmente, según Chesterton, en los tiempos de la reina Victoria.

Fue algo torpe este encontronazo entre lo que llama dos manifestaciones de ignorancia y que se conoce como el conflicto o lucha entre la ciencia y la religión.

La solución obvia

Lo que Tomás estableció fue la posibilidad de que si los conocimientos humanos realmente son probados y confirmados, la interpretación tradicional de los textos deben ceder a ese conocimiento.

Si esta cuestión hubiera sido dejada a él o a personajes como él, jamás se hubiera dado esa colisión de ideas.

Y en nuestros tiempo, puede añadirse, jamás habría existido esa serie de discusiones inútiles.

Más sobre el tema del conflicto entre ciencia y religión.

Razón, ciencia, religión, conflicto

Por Eduardo García Gaspar –

El tema es fascinante. Está representado en una historia. La del califa que manda quemar una biblioteca.

Si ella contiene libros contra el Corán, argumenta el gobernante, debe destruirse. Si tiene libros a favor del Corán, ellos sobran y deben desaparecer.

La historia se repite para mostrar un caso extremo de estupidez, que desafortunadamente no es excepcional. En su fondo hay un común denominador, el uso de la razón y cómo esta puede llegar a errores de esa calibre, pero también cómo puede llegar a aciertos notables.

Incompatibilidad por default

El terreno en el que se concentra el conflicto de opiniones es el de ciencia y religión. Típicamente se coloca a una en contra de la otra.

Ciencia niega religión

Por ejemplo, un conocido ateo, R. Dawkins, ha escrito que «Lo que la ciencia ha ahora logrado es la emancipación del impulso de atribuir [la magnitud y belleza del cosmos] a un creador».

Esa es una de las posiciones posibles, la que argumenta que la ciencia es suficiente para negar a la religión, a la existencia de Dios. La posición se sustenta en el uso de la razón aplicada a la ciencia. La postura ha sido expresada admirablemente en el dicho de que la fe se acaba donde comienza la ciencia.

Religión niega ciencia

La otra posición, también extrema, es la que argumenta que la religión es suficiente para negar a la ciencia, al menos a la que hace descubrimientos que están en contra de sus escritos.

La posición está sustentada también en el uso de la razón, la que hace concluir que nada más que la creencia religiosa es necesario.

El debate es relativamente nuevo en la historia, viene de hace unos pocos siglos. Las discusiones usuales, suelen incluir como ejemplo favorito el de Galileo, en siglo 17 (sin casi nunca poder citar otro caso similar).

Uso inevitable de la razón

Quien niega como imposibilidad científica a Dios, dice estar usando la razón. Pero eso también lo hace quien niega todo lo que no sea religión, puesto que ha llegado a pensar eso.

A lo que me refiero es que el que decide que la ciencia niega a la religión, ha usado su razón para tomar tal decisión. Ha dicho que confía en su razón de tal modo y hasta tal extremo que solamente admite la existencia de la ciencia natural, de lo físico. Y el que decide negar a la ciencia ha hecho lo mismo.

Este último caso, quizá sea más difícil de entender. A primera vista, este da la impresión de negar a la razón y admitir solo a lo religioso, lo que es cierto en el sentido de que encuentra a la ciencia como enemigo, pero también ha hecho antes algo.

Ha tomado una decisión que ha usado a su razón, la de optar solamente por la religión. No ha podido actuar de otra manera.

Ambos, por tanto, han usado su razón y lo han hecho para tomar una decisión extrema, yéndose a un lado o al otro. En los dos hay una realidad innegable, una confianza absoluta y total en su razón, tomando una decisión final y extrema.

Uno ha desechado todo aspecto sobrenatural y el otro ha desechado todo aspecto material. No se percibe mucho sentido común en ninguno.

Entra la prudencia

Introduzcamos un elemento razonable, el de la prudencia. ¿Podemos tener una confianza absoluta en nuestra razón?

La experiencia diaria es una buena evidencia en contra. Nuestros errores y equivocaciones llevan a colocar confianza en nuestra razón, pero no una absoluta.

Es un asunto de evitar los extremos. Será absurdo usar la razón para después negarla, que es el real defecto del religioso que rechaza a la ciencia. Pero resulta igual de absurdo usar la razón en una decisión de certeza absoluta cuando la evidencia muestra que ella no es perfecta.

Lo más aconsejable, parece ser, una confianza razonable en la razón, una cierta prudencia en el uso de ella. No significa dejar de usarla, pero tampoco confiar demasiado en ella.

Lo que sé del Catolicismo, por ejemplo, me indica que en la Biblia no se promueve el abandono de la razón; incluso ser irracional sería visto como absurdo.

Breve nota

Encuentro un tanto idiota la observación que me hizo una persona sobre que la Biblia no contenía las leyes físicas del Universo. Por supuesto que no, sería absurdo que en ella estuviera la tabla periódica de los elementos.

Igual, me parece un tanto tonta, la observación de otra que afirmaba que debían combatirse descubrimientos científicos por razones religiosas.

La fe del científico ateo

Quizá sea algo extraño, sorprendente. Algo que no se entiende hasta ponerse a pensarlo. Y que, para escándalo de muchos, no es otra cosa que confianza sin pruebas duras.

Todo inicia con un contraste de mentalidades. Comencemos con una de ellas para examinar el supuesto conflicto entre ciencia y religión.

La mente del científico

Tome usted a un biólogo, a un físico, a cualquiera que se vea a sí mismo como un científico. Está él acostumbrado a responder a sus preguntas con experimentos, mediciones, números, cosas que le permiten probar sus ideas.

Puede incluso verificarlas prediciendo cosas como la fecha de la aparición de un cometa, o lo que resulte en un análisis químico.

Es una posibilidad fantástica, un real adelanto de nuestro conocimiento.

Su base es lo tangible, lo visible o casi, lo comprobable en una medición de laboratorio, o con una fórmula química, o una ecuación matemática. Son cosas admirables y de las que debemos felicitarnos.

Pero, ¿es eso todo, realmente todo?

La pregunta ahora es si todo nuestro conocimiento puede ser comprobado por esas vías de ecuaciones, laboratorios, experimentos y mediciones.

La respuesta que demos a eso es de consecuencias impresionantes. Una persona, que presumía de mente científica, me dijo una vez que no podía aceptar ningún conocimiento que no pudiera probarse de esa manera.

Y que era eso precisamente lo que le hacía rechazar el concepto de fe, de religión. Por extensión, tampoco podría aceptar a la filosofía, ni a la moral.

Cosas que no se ven en un microscopio

Son cosas que no pueden «verse» desde el punto de vista de la ciencia que busca pruebas sujetas a medición.

Cree esa persona que Dios no existe, pero eso es algo que la ciencia no puede probar, ni rechazar de manera certera con sus métodos. Está en una posición igual que la mía que tampoco puedo probarlo de esa manera. Los dos tenemos fe en nuestra creencia.

Más aún, es curioso que tampoco pueda probarse científicamente que el único posible conocimiento sea el científico. No hay manera de hacer un experimento que compruebe que no hay otra vía de conocimiento que la científica, al estilo de la de un biólogo, o la de un químico.

También un asunto de fe

Como consecuencia, creer que no hay más conocimiento que el científico es también una postura de fe, de creer que algo es cierto aunque no pueda comprobarse con la ciencia.

Es decir, tanto en quien niega la existencia de Dios, como en quien la afirma, existe fe definida como eso, tomar como verdad algo que no puedo comprobar usando experimentos o mediciones o similares.

Esto es algo que escandaliza a que piensa en la ciencia como la única vía posible de conocimiento.

Pero hay más. La ciencia, por supuesto, nos da respuestas realmente fascinantes que permiten viajes al espacio y tener grandes comodidades como la electricidad. La cosa terminaría bien si no fuera porque hay cosas que nos inquietan y que no pueden ser contestadas de esa manera científica.

Preguntas que inquietan

Piense usted en preguntas como quién soy, por qué pienso, qué significa la vida, qué es la felicidad, qué posibilidad hay de tener otra vida, qué es Dios, qué obligaciones morales tenemos.

Ninguna de esas preguntas pueden ser respondidas por medios científicos. Ninguna. Y, la verdad, resultan ser las preguntas más inquietantes que podemos hacernos.

¿Debemos olvidarnos de ellas simplemente porque no hay forma científicamente válida de responderlas al estilo de laboratorios y experimentos? No lo creo, al contrario.

Es una obligación ocuparnos de sus respuestas, aunque el biólogo no tenga manera de probarlas a su estilo. Podemos razonar, pensar, usar la lógica, imaginar.

Y es aquí cuando el científico extremo se contradice al decir que no puede haber respuestas a esas preguntas, pero al mismo tiempo, las responde.

Me dice que Dios no existe, que la moral es arbitraria, que no hay ninguna vida futura. ¿Cómo puede decirme eso si su método no permite probar nada en esos campos?

Una ayuda sustancial

La postura católica me parece en este tema algo muy razonable. Por un lado, el papel de cocreador del hombre le permite conocer al mundo, algo creado por Dios, y que es posible de comprenderse. Por el otro lado, Dios nos dio la Revelación como una ayuda para comprender más nuestra vida.

En su tratado sobre los misterios, San Ambrosio obispo tiene una idea aplicable al tema:

«No debes, por tanto, confiarte enteramente en tus ojos corporales. Lo que no se ve es en realidad más claramente visto; porque lo que ves con tus ojos es temporal, mientras lo que es eterno (e invisible al ojo) es discernido por la mente y el espíritu».

Independientemente de lo anterior, la postura del científico extremo tiene una falla de origen, la de desechar todo lo que no sea comprobable por la vía de sus métodos. Una tesis que no puede ser probada siguiéndolos.

Y unas cosas más…

También trata el mismo punto Ciencia y religión. Renunciar a una o a otra?