Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Cultura Pequeñita
Eduardo García Gaspar
3 noviembre 2006
Sección: ESCUELAS, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Seguramente usted lo ha notado ya. Es un empequeñecimiento de la palabra “cultura”. Se le usa para todo. Es frecuente oír hablar de la cultura del agua, para simplemente denotar que ella es un recurso que debe tratarse racionalmente. Es un hábito solamente, no una cultura. Igual va para la cultura de la denuncia, otra de las cosas de las que se habla.

No es ella algo más allá del valor de denunciar crímenes y está muy lejos de ser cultura. La cultura es más amplia, más general, más profunda. No voy a entrar a definirla, pero usted y yo sabemos de qué hablamos cuando usamos esa palabra y no es cuando hablamos sólo de ahorrar agua, ni de comer sanamente. Pero, del otro lado, es posible que tengan razón quienes usan tan descuidadamente a la cultura, ella se ha empequeñecido.

Un ejemplo de ese empequeñecimiento cultural fue una noticia generada en Michoacán hace unos días. Resulta que maestros y estudiantes de ese estado amenazaron con hacer un paro de labores (¡otro!) en algo más de diez mil escuelas si no se hace lo que piden en Oaxaca las personas de la APPO. Los maestros y los estudiantes, en este caso, ilustran ese humillación que sufre la palabra cultura.

Maestros y estudiantes, donde sea, son personas que forman parte de la real cultura de la humanidad. El saber se transmite con sus acciones. Son los que saben de los grandes pensadores, de las grandes ideas, de la historia, de la cultura, de esa que sí puede escribirse con letras grandes. No sólo enseñan a leer, sino a comprender, a hablar, a pensar, a razonar, a usar el cerebro. Eso es lo que se espera de ellos: ser gente mejor, más civilizada, más culta en su sentido amplio y real.

Y sin embargo, allí los tiene usted mermando a la cultura, haciéndola un término contraído digno sólo de ser usado para describir un hábito como el del ahorro del agua y nada más. Abandonan lo que les debe caracterizar y se dejan llevar por sus opuestos. Al diálogo lo han cambiado por la amenaza, al raciocinio por la violencia, a la enseñanza por la huelga, a su vocación por la política. Con ellos, la cultura sí ha sido empequeñecida.

No puede esperarse que de gente así pueda salir cultura trasmitida. Sólo pueden trasmitir odio y violencia, amenazas y falta de raciocinio. No pueden ser ellos transmisores de cultura y enseñanza porque su conducta demuestra que no la poseen. Quien debe mostrar admiración por los grandes escritores, producir hábitos de lectura, crear curiosidad intelectual, simplemente no puede comportarse así. No resulta congruente.

Lo que afirmo tiene una prueba concluyente: la calidad de la educación pública en México es miserable. Los alumnos no saben razonar, ni comprender. Es natural que eso suceda: un maestro que sale a la calle como en Oaxaca, o que amenaza como en Michoacán y otros estados, no puede ser un transmisor de cultura. No la tiene y quizá ni la entienda.

Empecé diciendo que la cultura había sido humillada hasta hacerla sinónimo de simples hábitos específicos, como el ahorra agua. Una explicación de ese empequeñecimiento es lo que sucede con los maestros (no todos) como los de Oaxaca y Michoacán. Sucesos como esos explican el decaimiento cultural y los escasos hábitos civilizados que repelen a la violencia… porque lo que existe es la cultura, con letras pequeñas, de la violencia, del plantón, del cierre de calles.

La humillación de la cultura llega hasta las mentes mismas de los gobernantes, como las autoridades de la Ciudad de México, en cuyas pequeñas mentes la cultura de la violencia es digna de todo respeto. La protegen y califican como parte de las libertades del ciudadano. Con gente así, la única posibilidad de trato no es el hablar, sino el amenazar. La cultura de la amenaza, del chantaje, de la violencia.

Me temo que estemos matando a la real cultura, a la civilización, a los buenos modales, al hablar mismo razonando. La ley es la primera de las víctimas en esta batalla, como se ha visto en la falta de voluntad de las autoridades para aplicarla. El panorama no es bonito y llama poderosamente la atención el fenómeno de los maestros, supuestos representantes y transmisores de la cultura, convertidos ahora en simples delincuentes violentos.


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