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Selección de ContraPeso.info
5 diciembre 2006
Sección: Sección: Asuntos, SOCIALISMO
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ContraPeso.info presenta un texto de Gabriel Gasave y Martín Simonetta. Agradecemos a Fundación Atlas 1853 el gentil permiso de reproducción. Gabriel Gasave es Investigador Asociado del Independent Institute y de la Fundación Atlas 1853. Martín Simonetta es Director Ejecutivo de la misma fundación.

La Ciudad de Buenos Aires [el mes pasado] acaba de sancionar la Ley de Prevención de Enfermedades Cardiovasculares, Obesidad y Diabetes por la cual se obliga a los comercios gastronómicos a ofrecer un menú alternativo de platos saludables.

El Artículo 3  de la norma establece puntualmente que: “Los restaurantes deberán ofrecer al público, conjunta o separadamente con la carta principal, una cartilla que contenga un listado de diferentes comidas elaboradas con alimentos sin sal y azúcar agregadas, de bajo contenido graso y otras indicaciones que la autoridad sanitaria considere necesarias”.

La disposición, entrará en vigor disponiendo medidas que violan la libertad de elegir de los comerciantes del ramo a quienes no solamente les será en algunos casos muy dificultoso cumplirlas sino que también, como toda reglamentación, insumirá mayores costos, inclusive pudiendo llevar a la quiebra a muchos de ellos.

La norma obligará, asimismo, a comercios tales como carnicerías, verdulerías y pescaderías que ofrezcan alimentos sin elaborar, a exhibir una cartelera con las propiedades y los datos nutricionales de los productos a la venta, y un detalle de los alimentos más recomendables.

Podríamos aceptar a regañadientes que desde el poder se propongan campañas de difusión para educar a la gente a que aprenda a alimentarse mejor, pero de ahí a que se pretenda controlar los menús de los bares y restaurantes hay una gran diferencia.

Además, la variedad de la gastronomía de la Ciudad de Buenos Aires es actualmente lo suficientemente amplia y diversa como para satisfacer todos los paladares y estilos de vida. Establecimientos especializados en cocina criolla, italiana, española, asiática, peruana, mexicana, vegetariana, macrobiótica e incluso afrodisíaca se esparcen por toda la ciudad.

Hay que admitir que en algo los legisladores han sido congruentes con sus comportamientos previos, aunque en esta ocasión en sentido inverso. Siempre nos han tenido acostumbrados a incrementarse sus propias dietas, así que era esperable que tarde o temprano se abocarían a las nuestras.

En esta línea de contradicciones, no sería descabellado que se produzca una auto-imposición legislativa de estándares “saludables” –en término de pesos y medidas- para los miembros de la cámara a efectos de no “generar malos ejemplos nutricionales y de estado físico” a la ciudadanía que los ha honrado con su voto y sus impuestos.

Sin duda alguna, si alguna obesidad ha de sufrir alteraciones con esta reglamentación es la del Estado que verá incrementarse su adiposidad burocrática ya que deberá designar a todo un cuerpo de inspectores ad-hoc encargados de fiscalizar el cumplimiento de su nuevo intervencionismo estomacal, engordando sus bolsillos, por supuesto, con suculentos adicionales por trabajar en horas desfavorables en virtud de la actividad a fiscalizar.

El aún caliente y dramático recuerdo de la tragedia de Cromañón, nos enseña descarnadamente como funcionan estas historias.

Hace ya una década, en la Provincia de Buenos Aires se estableció lo que se conoció como la “veda nocturna bonaerense”. Mediante un decreto del gobernador de entonces, se dispuso que los locales bailables no podrían permanecer abiertos más allá de las 3 de la mañana en invierno y de las 4 en verano.

La reglamentación, sostenía que tal prohibición tenía por objeto salvaguardar a la juventud de aquellas situaciones que pudiesen dañar su salud física y mental, así como también procurar alejarlos del flagelo de la droga.

La disposición provincial pecaba de una gran ingenuidad. Cuando los individuos tienen en claro cuáles son sus valores y qué cosas son buenas para su vida, no abandonan tales principios por el mero hecho de que las agujas hayan dado tres o cuatro vueltas completas al reloj.

Por otra parte, aquellos que aún no tienen bien definidos dichos aspectos, no van a encontrarse en una mejor situación a las once de la noche que a las seis de la madrugada.

Mucho tiempo después, y también en el campo del entretenimiento pero esta vez con alcance nacional, una resolución del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales impuso una cuota de pantalla para las películas de origen argentino. Entonces, con la intención de defender al cine local, se instauró la obligación de que todas las salas cinematográficas del país exhibiesen filmes nacionales, disponiéndose a tal fin un mínimo de estrenos y de tiempo en cartel para los mismos.

De esa manera, los ciudadanos seguimos convirtiéndonos en forzados espectadores de un colectivismo que toma la forma de una película dirigida  por individuos que, no conformes con su propia existencia, intentan escribirle a los demás los roles que deben interpretar, primando lamentablemente por lo general libretos inspirados más en la tragedia, el drama y la ciencia ficción que en un sano humor.

Volviendo a la ciudad del tango, desde el 1 de octubre de 2006 entró en vigencia la Ley de Control del Tabaco por la que se prohíbe fumar en lugares “públicos”, tales como restaurantes, bares y centros comerciales cuya superficie no alcance los 100 metros cuadrados.

Prevé multas de entre 500 y 2000 pesos para los propietarios de esos comercios que no cumplan con lo dispuesto en ella y prohíbe, a partir del año 2007, la publicidad de tabaco en la vía pública.

Imbuidos de una peligrosa obsesión “anti-vicio” los gobernantes asumieron una actitud paternalista subestimando a la ciudadanía y  concediéndose la facultad de decidir cómo tenemos que vivir nuestras vidas.

Nuevamente, el Estado abandonó su rol de árbitro, para adoptar la inmoral actitud de aquel que en lugar de hacer justicia, se  pone a patear la pelota hacia el lado que circunstancialmente le parece mejor, en este caso el de los no-fumadores.

Estamos en presencia de la paradojal situación en la cual los ciudadanos destinan el fruto de su esfuerzo a solventar a individuos que en lugar de proteger su vida y su propiedad, se dedican a vulnerarla. No existiría gran diferencia con la circunstancia de pagar de nuestro bolsillo el arma con la cuál un criminal ha de saquearnos o asesinarnos.

Aunque en verdad, si habría una diferencia y es en favor de los criminales: con ellos no existe relación de dependencia y no les abonamos sus sueldos.

Vienen a nuestra mente las celebres palabras atribuidas al pastor protestante Martin Niemöller quien alguna vez escribió “Cuando los nazis vinieron por los comunistas, me quedé callado; yo no era comunista. Cuando encerraron a los socialdemócratas,  permanecí en silencio; yo no era socialdemócrata. Cuando llegaron por los sindicalistas,  no dije nada;  yo no era sindicalista. Cuando vinieron por los judíos, No pronuncié palabra; yo no era judío. Cuando vinieron por mí,  no quedaba nadie para decir algo”. ¿Las recuerda?


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