grandes ideas

Democracia vacía, sin significado. Un problema de exceso de presiones populares que buscan soluciones inmediatas y producen desencanto con el sistema. Es necesario moderar a la democracia en las decisiones de gobierno.

Introducción

En los tiempos actuales, se da un contraste notable. Mientras los defectos de la libertad económica han querido ser atacados con más regulaciones, los defectos de la libertad política han querido ser solucionados con menos regulaciones. 

Zakaria parte de esta idea para sostener una tesis que previene sobre el peligro de tener una democracia vacía y carente de significado.

Los mecanismos democráticos, en muchos casos actuales, impiden una buena toma de decisiones gubernamentales. Y esas decisiones colocan su énfasis en resultados inmediatos, descuidando el largo plazo. Dan, además, cabida al egoísmo de intereses especiales que dañan a la sociedad. 

La obra utilizada para esta carta es el libro de Zakaria, Fareed,The future of freedom: illiberal democracy at home and abroad. New York. W.W. Norton & Co., «Conclusion 1», pp. 239-256.

Punto de partida: dos tendencias

La idea central del autor es sencilla, en el siglo pasado se registraron dos tendencias que llegaron a extremos no deseables.

Una de esas tendencias fue la regulación de la economía libre y la otra fue la desregulación de la democracia.

En el principio del siglo 20, los mercados libres iban al alza. Sin embargo, una serie de eventos causaron una cascada de regulaciones impuestas a la economía capitalista.

La I Guerra Mundial, fenómenos de hiperinflación, desempleo y otras circunstancias atrajeron medidas regulatorias que presentaron al intervencionismo estatal como la solución.

Aunque en los últimos años, desde los 80, se ha registrado un fenómeno económico, la desregulación aplicada mundialmente.

El gobierno se ha estado retirando de la actividad económica. Muestra de esto es la serie de privatizaciones, desregulaciones y tratados de libre comercio.

Desregulación de la democracia

Pero la democracia se movió en la dirección opuesta. Los problemas enfrentados por las democracias fueron solucionados con las medidas contrarias a la regulación de la actividad económica.

Fueron solucionados con más democracia, ampliando la base del electorado, reduciendo la influencia de elites, dando cada vez más poder al ciudadano individual.

La democracia, insiste el autor, ha ido más allá de lo debido. Por eso la democracia tienen el riesgo de ser vacía y no tener ya significado.

Problemas de la democracia

Ha producido un sistema político incapaz de gobernar, que no es causa de respeto entre los ciudadanos. La mayoría de las personas presienten este problema, aunque pocos se atreven a hablar de él.

Los gobernantes son percibidos como personajes de baja ralea y sólo son admiradas las instituciones que son ajenas a presiones del pueblo y que tienen un funcionamiento no democrático.

Los asuntos serios en la realidad no son tratados democráticamente. La reacción contra el terrorismo implica el otorgamiento de facultades muy delegadas en los gobernantes y no hay votos semanales entre los ciudadanos para decidir asuntos como este.

La globalización igualmente impone deberes en los gobiernos, deberes que pueden tener costos en el corto plazo, como el implantar disciplina fiscal, pues de lo contrario los inversionistas actuarán acudiendo a lugares donde esas medidas se apliquen.

También existen presiones sobre las democracias, provenientes de segmentos de más edad que son políticamente poderosos, para defender sus prestaciones y pensiones.

En fin, las democracias tienen frente a sí problemas serios, como la lucha contra el terrorismo, finanzas públicas sanas y fondos racionales de pensiones, cuya solución está expuesta a la presión de grupos poderosos de votantes.

La solución

La única solución a esto, según Zakaria, es el aislamiento de esa presión democrática, que quienes tomen decisiones en esos campos no sean blanco de presiones intensas populares.

Ya sucede esto, por ejemplo, en bancos centrales que son manejados por personas fuera de esa presión y ello ha ocasionado buenos resultados.

Algo similar a sucedido en Europa, con Bruselas jugando un papel aislado de presiones populares.

El punto de autor está bien expresado en su idea de que no pueden establecerse tasas de interés ni política antimonopólica usando plebiscitos.

Democracia vacía, sin significado

Las democracias avanzadas tienen, sin embargo, un problema serio.

Hay presión para tener buenos gobiernos, pero las burocracias que se crearon en los años anteriores y que se han mantenido, carecen de esa legitimidad.

Y en esta situación, los populistas aprovechan las ventajas de la percepción que tienen las personas, cuando perciben que las decisiones de gobierno son tomadas por personas alejadas de la ciudadanía.

Y eso a pesar de que esas instituciones funcionan mejor precisamente porque están alejadas de presiones democráticas inmediatas.

Legitimidad y efectividad

El problema por tanto, es cómo solucionar este problema de democracia vacía, sin significado. ¿Cómo tener al mismo tiempo un gobierno legítimo que al mismo tiempo sea bueno y efectivo?

La solución según Zakaria, no está en las propuestas que piden una democracia mayor y sin límites. Tampoco está en los gobernantes que acusan a otros de tener que tomar medidas que no son populares y con ello exacerban el problema.

Esta situación está bien ilustrada en el caso de la Organización Mundial del Comercio, contra la que se dan consistentemente manifestaciones, con algunas justificaciones válidas, pero que en realidad presentan esa paradoja.

La paradoja de que las instituciones aisladas de presiones democráticas de corto plazo funcionan mejor pero poseen un problema de legitimidad.

Una situación que es aprovechada por los gobernantes populistas cuando al tener que tomar decisiones no populares atribuyen sus errores a las presiones de esos organizamos alejados.

Es un asunto en el que intervienen los «intereses especiales», grupos bien organizados que presionan para lograr beneficios inmediatos para sí mismos.

Es el corporativismo que influye con fuerza en la autoridad y usa mecanismos democráticos para salirse con la suya.

En un sistema de libertades ciudadanas, esas presiones no pueden desaparecer, pero sí puede enfocarse el asunto por otro lado.

Por ejemplo, puede entenderse la estructura política como la de una república y no como la de una democracia pura.

Es decir, como un gobierno delegado que toma los asuntos de interés público para refinarlos y ampliarlos usando a un grupo de gobernantes que vean el interés total de la nación y no sean sujetos de presiones en el corto plazo.

El problema de fondo

Esta forma de ver las cosas puede verse anticuada, según el autor, quien recuerda que después de todo esa es la manera en la que funcionan las empresas. Funcionan con administradores delegados que la manejan en el día a día, aunque los accionistas son los propietarios últimos.

Se trata de una solución que produce un mejor gobierno y que implica también la rendición de cuentas por parte de esos delegados.

El problema de fondo, insiste Zakaria, es la presión ejercida por intereses especiales, grupos que buscan beneficios para ellos en el corto plazo, descuidando el aspecto nacional de largo plazo.

Se necesita menos democracia, no más

El problema de la democracia vacía y sin significado tiene su origen en el exceso de ella. Se necesita librar a la democracia de las presiones de grupos que buscan resultados inmediatos.

Una afirmación que se vuelve a justificar mencionando que las instituciones que sufren presiones de corto plazo dan resultados malos. Lo contrario sucede con las instituciones que no las padecen.

Además, muchos de los asuntos manejados son técnicos y requieren la intervención de expertos en cuestiones que no son sujetas a voto.

También, los resultados de muchas decisiones de gobierno no tienen resultados de corto plazo y, peor aún, pueden tener efectos no populares en el corto plazo.

En caso de las leyes fiscales

Menciona el autor un ejemplo de los efectos del exceso de democracia en el código fiscal de los EEUU. El primero de esos códigos tenía 14 páginas. Actualmente tiene 2 mil, con 6 mil de reglamentaciones y decenas de miles de interpretaciones.

Si se adoptara un impuesto llano (flat tax), se estima que se recolectaría una cantidad similar a la actual y de tendría un crecimiento económico mayor, de unos 200 mil millones anuales.

¿Por qué se tiene ese código complejo que pone frenos al crecimiento?

Porque en esa complejidad se esconde fácilmente el efecto de los grupos que presionan a los gobiernos y hacen que los legisladores sucumban a ellos viendo el corto plazo.

Los impuestos podrían ser mejor manejados por una institución independiente, especialista en el asunto, y cuyo trabajo sea sujeto a la votación del congreso, sin posibilidad de enmiendas.

Corto y largo plazo

En las naciones en desarrollo el asunto es de una importancia mayor, pues las apuestas son más grandes. El interés de los gobiernos debe ser colocado en el largo plazo, con medidas que prometen enormes beneficios.

En cambio, la visión de corto plazo les traerá terribles consecuencias.

Los casos exitosos de este tipo de países han tenido autoridades fuertes, no sujetas a presiones populares y que han aplicado medidas liberales.

No es una cuestión de anular a la democracia, pues ha dado buenos resultados evitando el peor de los males. Pero los cantos exaltados a favor de la democracia no van a resolver sus problemas, sino que la harán vacía y le retirarán significado.

Dice Zakaria que debe haber una manera por la que las democracias no produzcan por sistema decisiones gubernamentales de corto plazo que causen malos resultados.

La autoridad delegada indica una dirección, con bancos centrales más independientes, tribunales aislados de presiones que apliquen la ley y decisiones económicas que estén alejadas de día a día de la política.

Por ejemplo, con ministros de economía que presenten planes anuales sin posibilidad de enmienda en votaciones de sí o no, y con mayores duraciones en su puesto.

Estas ideas son perfectamente congruentes con la democracia y trabajan bajo el principio de delegación de autoridad, con el poder residiendo en la ciudadanía a través de los representantes elegidos.

Debe haber pesos y contrapesos. Los gobernantes pueden dar guías generales a las instituciones para que ellas realicen su trabajo y luego haya votaciones.

En resumen

El descontento con los gobiernos democráticos podrá hacer que los ciudadanos entiendan a la democracia como eso en lo que se ha convertido.

Convertido en sistema que en teoría está abierto a cualquiera, pero que en la práctica está manejado por minorías fanáticas que se protegen a sí mismas en el presenta sacrificando el futuro.

Si las tendencias actuales continúan, la democracia estará sujeta a crisis de legitimidad, lo que la dañara severamente, estará vacía de significado.

Será la oportunidad deseada por los demagogos que aprovecharán esa desilusión popular con la democracia.

Las democracias enfrentan retos, como la globalización, el terrorismo y el envejecimiento de la población, y deben tener un mejor sistema de toma de decisiones, devolviendo a la práctica el constitucionalismo liberal.

Y más complejo aún, debe requerirse que aquellos con gran poder en las sociedades acepten sus responsabilidades y promuevan estándares no solo legales sino morales.

El asunto es grave, pues la democracia es la gran esperanza, incluso con todos sus defectos. Debemos hacer que la democracia sea lo que ella debe ser.

Más sobre el tema de la democracia que está vacía de casi todo significado.

Democracia transformada

Por Eduardo García Gaspar –   21 marzo, 2018

Exageración democrática

Es la alabanza incondicional de la democracia. Un curioso fenómeno de exageración tan natural en la naturaleza humana. Y que presenta el riesgo de hacer a la democracia vacía, un concepto sin significado.

Es lo que lleva a querer transformar a las cosas el algo positivo añadiendo  el ‘elemento democrático’. Como el diálogo democrático, familia democrática, o democracia económica. Y también educación democrática.

Parecido al niño que no quiere comer nada a menos que le ponga salsa ketchup. Aquí nada es realmente bueno si no tiene salsa democrática. Una especie de obsesión o fijación que, mucho me temo, impide el uso de la razón.

Esa obsesión es algo que es propio de un tipo de mentalidad, la progresista. Quien así piensa suele resolver todo asunto social haciéndolo democrático, incluso al turismo.

Olvido de ideas complementarias

Por supuesto, esta fijación olvida otros conceptos políticos, como a la libertad misma y al concepto de república. Ahora hasta los derechos son democráticos.

El problema es la distorsión que eso acarrea y que se muestra con claridad en la acusación de «antidemocrático», cuando alguien expresa una opinión crítica por razonable que sea.

A tal grado que sucede algo extraordinario: la democracia se convierte en una cierta manera de pensar, dictada desde el centro de poder.

El fenómeno ha llamado la atención de un autor:

«El comunismo y la democracia liberal demostraron ser entidades que unían a todos y que obligaban a sus seguidores a pensar, a hacer, a evaluar eventos, a soñar y a usar el idioma. Ambos tenían sus ortodoxias y sus modelos de ciudadanos ideales», Legutko, Ryszard. The Demon in Democracy: Totalitarian Temptations in Free Societies (p.3). Encounter Books. Versión Kindle. Mi traducción.

Lenguaje políticamente correcto

El énfasis en un lenguaje políticamente correcto con sensibilidad social (lo que sea que eso signifique) es una de sus manifestaciones. Violar los preceptos de ese idioma es castigado severamente como ausencia de sensibilidad social.

Democracia bien entendida

La democracia, entendida correctamente, es un simple mecanismo para la solución pacífica de desacuerdos políticos.

Un mecanismo imperfecto y limitado, cuya razón de ser es su defensa de las libertades, que sí son los valores a proteger. Exaltar al mecanismo protector parcial es confundir al objetivo con uno de sus medios.

Democracia vacía, sin significado

Esa exaltación indebida de la democracia la convierte en algo carente de significado, una democracia vacía de todo contenido.

Un error que tiene efectos indeseables, pues la democracia así ensalzada, tiende a anular a las libertades que debía defender.

Cuando se impone lo que se presupone es el consenso mayoritario, se llega a la situación propia de ideologías totalitarias: la imposición de «la uniformidad de visiones, conducta y lenguaje» (ibídem).

La democracia creada así tiene en realidad muy poco de democracia y se convierte en un sistema de imposición que castiga al que disiente, al que no piensa igual, al que no usa su lenguaje, al que se sale de lo preaprobado.

Y todo justificado por una meta, la de hacer posible una sociedad en la que los problemas actuales hayan sido resueltos.

La condición necesaria para llegar a ese ideal es la imposición «democrática» de una forma de pensar que es común y uniforme, justificada por sus buenas intenciones y sustentada en un optimismo desbocado: puede cambiarse a la naturaleza humana y crear una persona sin vicios, solo virtudes.

Esto es lo que creo que es en buena parte el rechazo a la democracia y la satisfacción que ella produce en el electorado de América Latina. La democracia, mucho me temo, no es realmente lo que se ha implantado en esos países.

Si la real democracia funcionara en ellos, iría acompañada de sus partes inseparables: el estado de derecho, las libertades económicas, las culturales y, también, un electorado amante de su libertad (que no busca políticos charlatanes que prometen todo sin escrúpulos).

[La columna fue actualizada en 2019-10]