Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Detenidos en Los Años 60
Leonardo Girondella Mora
24 abril 2006
Sección: FALSEDADES, Sección: Asuntos
Catalogado en:


Un artículo de Arnold Kling titulado “Stuck on 1968”, de fines de enero de este año, contiene una idea que creo es muy merecedora de atención por referirse a un fenómeno que tiene poder para explicar sucesos de nuestros días: la predominancia de las ideas y la tendencia de ellas a prevalecer a pesar de cambios —más específicamente la tendencia de los socialistas de los años 60 a quedarse como estaban, congelados en esos tiempos.

Kling enfatiza un fenómeno que puedo resumir en una tendencia muy natural en la gran mayoría de las personas —ellas van a creer lo que más cómodas les haga sentirse y no lo que sea verdadero; y lo hacen por una razón, su equivocación no tiene consecuencias en ellas.

El error que cometen en su razonamiento no les representa un costo a pagar. Por ejemplo, una persona puede pensar que para reactivar la economía un gobierno debe elevar su gasto y entrar en déficit, y nada de esa creencia le va a afectar en lo personal.

Desde luego, si la política de gasto deficitario se aplica, esa persona y el resto sufrirán consecuencias, pero no será por la creencia que ella tiene, sino porque el gobierno la ha aplicado. La creencia personal tuvo cero costo en términos de consecuencias personales —lo opuesto de, por ejemplo, comprar un auto y resultar de mala calidad, una creencia que sí le significa desenlaces que le afectan su bolsillo.

Como producto lógico de lo anterior, las personas pueden sostener las ideas más insustanciales que deseen sobre una multitud de temas sin sufrir los efectos de sus errores —podrán dar las explicaciones más detalladas sobre el conflicto de Irak, sobre tratados de libre comercio, sobre elección de gobernantes, inflación, gobiernos y un gran número de asuntos, sin que sus errores o aciertos tengan significado ni consecuencia.

Quizá por esto se den tantas argumentaciones sobre futbol —ni los analistas, ni los aficionados sufrirán las consecuencias de lo que opinan. De aquí es posible derivar el siguiente paso y al que Kling alude llamándole conventional knowledge y que traduzco como conocimientos convencionales —son ideas que son creídas por muchos, quizá por su amplia repetición, y que no necesariamente son ciertas o bien pueden ser totalmente falsas o al menos muy sujetas a discusión.

Kling cita como ejemplos de esas ideas a las siguientes:

• el planeta no podrá soportar a la población hacia fines del siglo 20,

• lo mejor para combatir a la pobreza son los programas de gobierno,

• la inflación se remedia con controles de precios y otras más.

Son ideas populares, sin sostén, y cuya creencia no tiene efectos personales. Cualquiera puede pensar que para crecer las economías deben aceptar tener inflación, o que cerrando las fronteras al comercio se eleva el estándar de vida de la gente, o que elevando los salarios mínimos se acaba con la pobreza —porque ninguna de ellas le repercutirá personalmente.

Si esas ideas se implantan, ellas afectarán a los que creían en ellas pero también a quienes no. Cuando algunas de esas ideas se tornan aceptadas por una amplia cantidad de personas, se vuelven intocables en el sentido de no aceptarse el ponerlas en tela de juicio —el proteccionismo en décadas pasadas en México fue una de ellas.

Las personas que la rechazaban eran tachadas de tontas y miopes, aunque presentaran razonamientos y pruebas. Solamente con el tiempo podían irse abandonando, sin reconocer abiertamente que se trataba de errores. Kling enfatiza la creencia popular en los 60 de que el comunismo podía funcionar como alternativa al sistema liberal/capitalista —había elogios a la URSS, al gobierno de Vietnam.

Pasados los años, el derrumbe de la URSS y las evidencias de que el comunismo es un fracaso abundan, como el éxodo de cubanos. Lo mismo sucedió con los pronósticos apocalípticos del fin de los alimentos por la explosión demográfica antes del siglo 21.

Las opiniones convencionales tienden a convertirse en dogmas aceptados sin cuestionamiento —y quienes se oponen a ellos son colocados fuera del establishment, con Milton Friedman como el ejemplo que cita el autor y al que podría añadirse una lista de pensadores que desafían a lo convencional, como Mises, Hayek y muchos más que hoy mismo retan una de las ideas convencionales más dañinas que me parece que existen.

Me refiero al estatismo y la aceptación mayoritaria de que no hay problema ni dificultad que no puede resolverse con la actuación del gobierno. ¿Problemas de pobreza? Que se creen programas de combate a la miseria. ¿Problemas de una economía estancada? Que se eleve el gasto gubernamental.

Todo lo puede el gobierno, piensan demasiadas personas, que sin costo directo para ellas apoyan un intervencionismo creciente. Lo anterior me lleva a aceptar una idea que ha sido comentada por varios —la de que la opinión que favorece el estatismo creciente produce como efecto indirecto lo que ella cree cierto, aunque sea falso: que el gobierno todo lo puede solucionar.

Con una opinión mayoritaria de ese tipo es más probable la elección de gobernantes socialistas que de gobernantes liberales, llevando a los gobiernos a realizar errores garrafales.

El remedio a las malas ideas son las buenas ideas y ellas se obtienen de una educación aceptable, que produzca en las personas ansias de saber y disciplina para razonar. Cuando la buena educación falta, el vacío se llena con malas ideas, como la del estatismo.

Quien superficialmente para toda cuestión sugiere la intervención gubernamental cae dentro de esa categoría de opiniones convencionales: está equivocado, no paga directamente las consecuencias de sus opiniones y abre las puertas a la elección de gobernantes que creen también en una opinión infundada.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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