Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Dios y la Democracia Liberal
Selección de ContraPeso.info
10 marzo 2006
Sección: DERECHOS, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Carlos Alberto Montaner, escritor, periodista, Vicepresidente de la Internacional Liberal y autor del libro “Viaje al Corazón de Cuba”. La columna apareció originalmente en Fundación Atlas.

El tema es el de los derechos humanos sobre lo que Montaner concluye que, “lo que resulta indiscutible es que si en Occidente existen la libertad y la tolerancia es porque hemos colocado unos diques capaces de frenar la barbarie: los derechos naturales. Dinamitarlos es precipitarnos en el abismo”.

¿Evolucionismo o creacionismo? ¿Azar o diseño inteligente? Ésa es la polémica que vuelve a dividir ácidamente a la intelligentsia. Los neodarwinianos opinan que no es posible observar las huellas de Dios en la evolución de los seres vivos. No hay pruebas científicas de su mano divina. La evolución —postulan— es un proceso biológico amoral.

Los cambios suceden sin que los guíe un criterio ético. Los creacionistas, en cambio, aseguran que no es posible explicarse la inmensa complejidad de la vida sin la intervención de un ser superior que así lo decidiera. Les parece, además, que los seres humanos tienen un profundo sentido moral que sólo puede explicarse por la existencia de Dios.

Al fin y al cabo, desde que el hombre habitaba en cavernas, hasta que se asomó al espacio, los historiadores y antropólogos han censado más de de 100,000 religiones. Se afirma, incluso, que existe un gen que predispone a los humanos a buscar a Dios.

En principio, parece un inofensivo debate intelectual en el que se trenzan y confunden la ciencia y la teología, pero no es cierto. No se trata de una disparidad académica que se dirime inocentemente en las aulas universitarias. La controversia afecta a la raíz misma de la civilización occidental, y a largo plazo puede tener unas tremendas consecuencias en el plano político.

Toda la armazón filosófica y jurídica sobre la que descansa la democracia liberal se articula en torno a la existencia de un ser superior del que emanan los “derechos naturales” que protegen a los individuos frente a la acción del Estado o frente a la voluntad de otras personas. Si desaparece la premisa de la existencia de Dios, la hipótesis de la existencia de derechos naturales queda automáticamente eliminada y se le abre la puerta a cualquier género de atropellos.

Se le atribuye al judío Zenón, feo y patizambo, triste y brillante, fundador del estoicismo en el siglo IV a.C., la primera formulación de la teoría de los derechos naturales. En la Grecia de su tiempo —Zenón impartía sus charlas en Atenas— las personas eran sujetos de derecho por dos vías: la fratría o tribu a la que se pertenecía, o la ciudad en la que vivía. La “sangre” y el “suelo” eran las bases que determinaban los derechos que se aplicaban a las personas, normas que en gran medida siguen vigentes en nuestros días.

Pero Zenón y sus seguidores plantearon algo totalmente novedoso y revolucionario: los seres humanos, por su carácter único, poseían unos derechos que no provenían de la etnia o de la ciudad, sino de los dioses. Esos derechos eran anteriores a la existencia de la tribu y del Estado, así que no podían ser suprimidos ni por la fratría ni por las autoridades políticas de la ciudad, puesto que no habían sido otorgados por ellas.

El planteamiento de los estoicos daba pie a una conclusión formidable: la igualdad esencial entre las personas y la diferencia cualitativa que las separaba de las demás criaturas. Las personas estaban dotadas de la capacidad de razonar. Poseían de manera innata la facultad de obrar con justicia. Podían distinguir la bondad de la maldad, como si una fuerza sobrenatural les hubiera inclinado la conciencia en la dirección del juicio ético.

No era verdad, como defendía Aristóteles, que hubiera “esclavos por naturaleza”. No era cierta la supuesta inferioridad de las mujeres o de los extranjeros, entonces llamados “bárbaros”. Por eso, cuando el cristianismo, siglos más tarde, asumió el legado filosófico de los estoicos, les abrió los brazos a todas las razas, nacionalidades, clases sociales y a los dos sexos. “Católico”, precisamente, quiere decir universal.

A fines del siglo XVII el británico John Locke (entre otros) retoma en sus escritos el argumento de los derechos naturales y echa las bases de la democracia liberal: ni el Rey ni el Parlamento pueden legislar contra la libertad, el derecho a la vida y a la propiedad.

De Locke surge el Bill of Rights de los ingleses y los límites a la autoridad real. Con él se consagran los principios con los que cien años más tarde se fundan los EEUU y los franceses redactan la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

El silogismo es impecable: sin la creencia en Dios, no era concebible la existencia de los derechos naturales; sin los derechos naturales no se sostiene la idea de la democracia liberal. Así de simple: si no hay derechos naturales, puede ser aceptable esclavizar a los cautivos, discriminar a las mujeres y execrar a los extranjeros o a los homosexuales.

Basta con que lo decida una fuente legítima de poder, como la mayoría aritmética, por ejemplo, o un grupo de sabios insignes y petulantes. El marxismo —otro ejemplo—, que negaba la existencia de derechos naturales, se sentía autorizado, en nombre de la clase obrera, para establecer la dictadura del proletariado, privar de sus bienes a millones de personas y fusilar y encarcelar a otras tantas por ser despreciables “enemigos de clase”.

El nazismo, que tampoco creía en los derechos naturales, exterminó a seis millones de judíos y a un millón de gitanos y otras minorías porque no había ningún impedimento moral o filosófico que lo frenara. Por supuesto, nadie —y mucho menos yo, melancólico agnóstico— puede asegurar con certeza total que Dios existe.

Nadie, tampoco, sin lugar a dudas, puede asegurar lo contrario. Pero lo que resulta indiscutible es que si en Occidente existen la libertad y la tolerancia es porque hemos colocado unos diques capaces de frenar la barbarie: los derechos naturales. Dinamitarlos es precipitarnos en el abismo.

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