grandes ideas

Distinguir entre el bien y el mal. Un examen del hedonismo, paso a paso, permite llegar a concluir que es posible conocer la verdad objetiva y absoluta sobre el bien y el mal.

Introducción

No es novedad es reconocer que en los tiempos actuales el distinguir entre el bien y el mal es una capacidad un tanto perdida.

No es que se niegue la existencia del bien y del mal, sino que el tema ha sido relegado a un mero asunto de opiniones personales imposibles de dilucidar racionalmente. Tener esa capacidad es importante.

La defensa, por ejemplo, de la libertad humana, necesariamente se sostiene en la noción de que esa libertad es buena, de que atacar esa libertad es malo.

Si no podemos distinguir entre el bien y el mal, la defensa de la libertad humana sería un asunto de opiniones y prejuicios, todos válidos y admisibles.

Esta razón en sí misma basta para necesitar tratar el tema del relativismo moral, del subjetivismo del bien. Es precisamente el tema de Adler en uno de sus libros. 

La idea reportada en esta carta fue encontrada en el libro de Mortimer J. Adler, Ten Philosophical Mistakes, Touchstone, 1985, chapter 5, «Moral values», pp. 108-127.

Punto de partida

El autor centra el tema diciendo que esta parte de su obra se destina a investigar un cierto tipo de conocimiento, la filosofía moral. No es conocimiento de la realidad, sino de los valores morales: el bien y el mal, lo debido y lo indebido.

Esto es lo que se llama prescriptivo o normativo, en contraste con lo descriptivo que se le limita a describir lo que es. Aquí el tema es «lo que debe ser», lo prescriptivo o normativo.

Distinguir entre el bien y el mal

Cuando uno piensa que algo es bueno en verdad, eso es igual a decir que es algo que debe ser buscado o realizado. Al respecto, existen dos grupos de personas que tienen ideas opuestas.

Un asunto de opiniones variables

Un grupo es el que piensa que cuando tratamos con la realidad existente podemos tener conocimiento de ella, de la verdad. Aunque nuestro nivel de conocimiento sobre ella sea sujeto de mejoras, sí es posible conocer a la realidad. 

Pero, este grupo dice, cuando tratamos el tema de bien y del mal, de lo debido y lo indebido, nuestros juicios prescriptivos. Es decir, nuestros juicios no son ni verdaderos, ni falsos.

Son simplemente nuestros agrados y desagrados. No es posible distinguir objetivamente entre el bien y el mal. Todo depende de opiniones.

Para estas personas, la filosofía moral no constituye un real conocimiento de la verdad. Se trata solamente de una serie de opiniones que incluso no merecen ser discutidas.

Un asunto de estándares verdaderos

El otro grupo toma la posición contraria. La realidad también puede ser conocida. Podemos tener un conocimiento verdadero de la realidad.

Pero para este grupo existen estándares universales de lo bueno y lo malo, de lo que debe y no debe hacerse. Tampoco están dispuestos a discutir su posición, a la que dan un valor incontrovertible.

La discusión entre ellos

El primer grupo, el que dice que lo bueno y lo malo son solo opiniones, si enfrentara críticas, nos las podría resolver para defender debido a su posición relativista y subjetiva.

El segundo grupo, si estuviera en el mismo caso, no encontraría argumentos para defenderse racionalmente, más allá de expresar fe religiosa.

Clarificar algunas ideas antes de seguir

Para mejor comprender lo que sigue en el razonamiento de Adler, él aclara varias ideas que serán útiles en este tema de distinguir entre el bien y el mal.

Subjetivo y objetivo

Lo subjetivo es eso que es diferente para una persona de otra y a su vez del resto. Lo objetivo es lo que es igual en todas las personas.

Relativo y absoluto

Lo relativo es lo que es diferente dependiendo del tiempo y las circunstancias. Lo absoluto es lo que no cambia ni en el tiempo ni con los ambientes.

La posición de los dos grupos

Con esto en mente, es fácil concluir que el primer grupo, el que piensa que los valores morales son simples opiniones personales, tiene una posición relativista y subjetiva.

Lo contrario es cierto para el grupo que piensa que los valores morales son universales; tiene una posición objetiva y absoluta. Sostienen que es posible distinguir entre el bien y el mal de esa manera.

La diferencia entre los grupos no es solamente de personas comunes, sino también de filósofos que han adoptado alguna de las dos posturas.

En este punto Adler deja ver su propósito. Quienes creen que los valores morales y juicios prescriptivos son subjetivos y relativos, desconocen los errores filosóficos que cometen.

Y quienes sostienen que los valores morales y juicios prescriptivos son objetivos y absolutos desconocen los argumentos que ellos pueden usar para defender su posición.

Importancia para la defensa de la libertad

Sin duda, el autor persigue explorar el tema dando razonamientos en defensa de la posición que establece a los valores morales como absolutos, universales e inmutables.

Esa posición es de extremo interés para los defensores de la libertad humana, a la que salvaguardan como eso, como un valor universal, fijo e inmutable.

Los liberales, por lógica, tienen una posición objetiva y absoluta. No tenerla les significaría aceptar que no pueden distinguir entre el bien de la libertad y el mal de la esclavitud.

Argumentos del relativismo o subjetivismo moral

El paso siguiente de Adler es explorar las ideas que defienden al relativismo moral. Quiere demostrar que son erróneas, pero también enseñar a sus enemigos cómo defender su posición.

El hedonismo

Una de las causas de la existencia de la postura relativista es la versión vulgar del hedonismo. Esa que hace equivalentes al placer y a lo bueno.

Con esta equivalencia es fácil creer que el bien y el mal son relativos, imposibles de distinguir, pues los gustos o placeres varían de persona a persona. Lo que causa placer a uno, no lo produce en otro.

Los goces varían de época a época, de lugar a lugar. Pensando así, la conclusión es obvia, los juicios morales son relativos y subjetivos.

Afirmar que el único bien es el placer, significa que no son bienes la salud, la riqueza, la amistad, el conocimiento. Eso significa que cosas como estas no deseables, ni deseadas por nadie.

Algunos pensadores

Además, la vida que incluye placer y sabiduría, por ejemplo, es mejor que la que incluye solo placer, lo que lleva a concluir que el placer no es el único bien, algo que Platón ha afirmado.

Y a lo que Aristóteles ha agregado que el placer propio de una actividad encomiable es bueno, pero el placer propio de una acción indebida es malo.

Tipos de placer

Epicuro y sus seguidores crearon distinciones entre los placeres, altos y bajos; los goces intelectuales siendo mejores que los de los sentidos.

Hacer esta distinción requiere sin remedio reconocer que existe un criterio adicional para distinguir entre el bien y el mal y no únicamente el placer.

A este esfuerzo de distinguir entre placeres se unió J. S. Mill, el que también habla de placeres preferibles a otros.

En esa discusión hay un elemento clave, la diferencia que existe entre los placeres de los sentidos como objetos de deseo y el placer que se tiene al satisfacer un deseo, lo que se llama satisfacción.

Los placeres de los sentidos no pueden ser equivalentes a lo bueno, sencillamente porque no son las únicas que deseamos y porque no siempre las encontramos preferibles a otras cosas, por las que incluso estaríamos dispuestos al sufrimiento.

Además, debe ser claro que el placer que se tiene al satisfacer una necesidad es algo que acompaña al bien, pero que no es idéntico a ese bien.

Cuando Epicuro o Mill hablan de placeres elevados y bajos, por tanto, están en realidad hablando de bienes elevados y bienes bajos. Por ejemplo, la superioridad de la sabiduría como un bien más elevado que los placeres de los sentidos.

El problema no se soluciona así

Los dos sentidos de la palabra placer (el referirse a los sentidos y el referirse a la satisfacción de cualquier deseo) hace insostenible al hedonismo.

Pero no soluciona el problema de los valores morales, ¿son o no objetivos, inmutables y universales?

Si el bien se equipara con lo deseable y ya no con el placer, el problema se mantiene. Lo que una persona desea, la otra lo rechaza. Lo que se valora en un lugar, en otro se desprecia. Lo que se quiere en un tiempo, en otro se objeta.

Desechar al hedonismo no dio contestación al problema inicial.

Objetos deseados

Según Baruch Spinoza, el bien es el nombre que se da a los objetos que son deseados. La persona anhela algo, lo que sea, y ese algo es el bien por definición.

La causa del bien en los objetos radica en la voluntad de quien los desea. Es el deseo del objeto lo que lo convierte en bueno. Esto hace imposible el distinguir entre el bien y el mal de forma objetiva y absoluta.

Esta es una posición relativista y subjetivista que puede ser demostrada como errónea. Spinoza, además, también propuso la existencia de niveles superiores e inferiores del bien. Ni él, ni los filósofos anteriores logran defender la validez de sus posturas.

El valioso ataque de D. Hume

Entra aquí David Hume y ataca con mayor fuerza aún la idea de valores morales inmutables y absolutos.

Dice que él se sorprende, en sus lecturas, ante el cambio que hacen los pensadores entre lo que es y lo que debe ser. De uno pasan a otro sin justificación y esto es, dice, un hecho al que poca atención se ha prestado y que ataca los cimientos mismos de la moralidad.

Hume, según Adler, tiene mérito. Hume hace la distinción entre lo descriptivo y lo prescriptivo, entre lo que es y lo que debe ser.

Acertadamente Hume afirma que lo descriptivo no puede ser base para determinar lo prescriptivo. Lo que es no sirve de base para saber lo que debe ser.

La observación de Hume es valiosa, pues una conclusión prescriptiva, no puede estar sostenida en premisas enteramente descriptivas.

¿Hay una salida que resuelva el ataque de Hume?

Adler dice que sí, esto es, si es que puede encontrarse una manera de combinar una premisa prescriptiva con una descriptiva. Y usar eso como la base de razonamiento.

Hasta ahora, seguimos en los terrenos de la ética no cognoscitiva, la forma elegante de afirmar que la filosofía moral no es verdadero conocimiento y que se trata únicamente de una colección de opiniones, agrados, gustos y preferencias.

Esto hace de la ética no cognoscitiva un campo en el que no hay ni verdades ni falsedades. Donde no es posible distinguir entre el bien y el mal.

Una posición a favor de la ética no cognoscitiva es otro razonamiento de Hume: nuestro conocimiento de la realidad no puede ser usado para establecer una conclusión prescriptiva. Lo que «es» no puede determinar lo que «debe ser».

Ahora entra Ayer

A este argumento se une otro de A. J. Ayer, otro filósofo inglés, del siglo pasado. Veamos lo que dice Ayer.

Se acepta que poseemos una verdad en nuestra mente cuando lo que pensamos está de acuerdo con la realidad, con lo que es. Este criterio de correspondencia entre nuestra mente y lo que existe no tiene aplicación en los principios prescriptivos, que hablan de lo que debe ser.

¿Con qué puede haber correspondencia cuando se dice que algo debe ser? Obviamente con nada, lo que se concluye que los valores morales no pueden ser ciertos ni falsos.

Esta forma de pensar sería correcta si existiera solamente un tipo de verdad, el de la coincidencia entre lo pensado y la realidad.

Recapitulando hasta aquí

Tratando el tema de distinguir entre el bien y el mal, Adler hasta ahora recopiló una serie de ideas que se oponen a la creencia de una moral absoluta, universal, objetiva e inmutable.

Lo ha realizado señalando tres posiciones:

• La identificación del bien con lo que le parece bien a la persona. El llamar bien a lo que la persona quiere conscientemente. La idea de Spinoza.

• La imposibilidad de usar argumentos descriptivos para sacar conclusiones prescriptivas. Lo que es no puede sustentar ni fundamentar lo que debe ser. La idea de Hume.

• La única posible verdad es la de las afirmaciones descriptivas que coinciden con la realidad, lo que hace imposible incluir en esto afirmaciones prescriptivas. Lo que es no puede determinar lo que debe ser.

Entra Aristóteles al rescate

Adler recurre ahora a Aristóteles para señalar una de sus ideas y que ha sido ignorada, especialmente en las épocas modernas. Allgo que ayudará a demostrar que es posible distinguir objetivamente entre el bien y el mal.

Muy consciente de lo que dice Aristóteles acerca de lo descriptivo, él mismo aclara que lo prescriptivo tiene otro criterio, una verdad de diferente tipo.

La verdad descriptiva es la coincidencia entre lo que pensamos y lo que es en la realidad. La verdad prescriptiva es la coincidencia entre lo que pensamos y el deseo correcto.

Muy bien, pero queda por determinarse qué es ese deseo correcto. Sin duda ese deseo debe ser el buscar lo que debemos buscar o querer.

El deseo correcto

¿Qué es lo que debemos buscar o querer? La respuesta no puede ser el bien, pues lo que deseamos puede tener la apariencia de bien, aunque nuestros deseos sean equivocados.

En el tratar de distinguir al bien y al mal como algo objetivo y absoluto, esto nos lleva a contemplar dos tipos de deseo:

• Los deseos naturales son los inherentes a nuestra naturaleza, es decir, iguales para todos los demás que son humanos también. Los deseos naturales corresponden a la naturaleza humana.

• Los deseos adquiridos son distintos, varían de persona a persona, dependiendo de temperamento, circunstancias y demás.

Dos palabras pueden ayudar a identificar estos dos tipos de deseo, uno es las necesidades (needs) y la otra es los quereres (wants).

Con esto, es posible razonar ya.

Necesidades

Las necesidades son propias de nuestra naturaleza humana y, por eso, lo que necesitamos es bueno para nosotros; no pueden existir necesidades equivocadas porque todas corresponden a la naturaleza misma de los humanos.

Por tanto, un juicio prescritivo, que establece lo que debe ser, tiene una verdad si trata de un deseo de algo que necesitamos.

Quereres

En contraste los quereres, las pretensiones, nuestros propósitos personales nos pueden poner en la posición de desear lo que suponemos que es bueno, pero puede en realidad ser malo.

El bien que deseamos según nuestros quereres puede resultar ser realmente bueno o realmente malo para nosotros.

Distinguir entre el bien y el mal

De lo que resulta que el bien verdadero es el que necesitamos por naturaleza, los deseemos conscientemente o no como parte de nuestros propósitos adquiridos.

Algunas veces, el estar privados de algunos bienes que satisfacen necesidades biológicas nos causan dolor, como hambre o sed.

Pero hay otras necesidades naturales, como el conocimiento, cuya falta puede no generar la conciencia de satisfacerlas. Esta necesidad existe, sin importar si tenemos conciencia de ella, ni de si queremos satisfacerla.

La distinción hecha, entre deseos naturales y adquiridos ha sido descuidada en nuestros tiempos y eso ha evitado encontrar la solución propuesta por Adler para distinguir entre el bien y el mal.

Hay cosas que parecen buenas por la simple razón de que las queremos. Estas cosas tienen aspecto de bien solo mientras las deseamos y hasta el punto en que lo hacemos.

El punto exactamente opuesto es el de los bienes que son buenos porque los necesitamos, los queramos o no como parte de nuestros quereres.

Reconocer esos dos tipos de deseos, naturales y adquiridos, permite ahora establecer una verdad evidente en sí misma y que sirve de punto de arranque para la filosofía moral.

Debemos desear lo que es realmente bueno y nada más.

Pensar en lo opuesto

Para probar que se trata de una verdad evidente en sí misma, debemos cumplir con el criterio de que pensar lo contrario resulte imposible.

Y efectivamente, resulta imposible sostener que lo que debemos desear es lo que es realmente malo para nosotros. O que no debemos desear lo que es realmente bueno para nosotros.

Con esta verdad podemos resolver el problema expuesto por Hume.

Usando ese primer principio como premisa central y añadiendo algunas verdades descriptivas sobre realidades, por ejemplo, sobre la naturaleza humana, podemos llegar a conclusiones que son verdades descriptivas adicionales.

Por ejemplo. Aceptamos como una verdad evidente en sí misma que debemos desear lo que es realmente bueno para nosotros. A esto se añade una verdad descriptiva, que todos los humanos por naturaleza necesitan o desean conocimiento y llegamos a la conclusión que debemos buscar o desear conocimiento.

Además, eso es equivalente a decir que el conocimiento es un bien para nosotros.

Concluyendo

Para ir más allá, y elaborar una filosofía moral cuya base sean estos razonamientos es necesario, desde luego, encontrar evidencias o pruebas racionales que apoyen una enumeración de todas las necesidades humanas.

Igualmente será necesario solventar las complicaciones que surgirán en la distinción que se hace entre necesidades y propósitos.

Sin embargo, lo explicado es suficiente para solucionar todos los problemas planteados por el pensamiento moderno que apoya a la moral relativista.

Lo que ha sucedido es que la filosofía moderna ha fracasado en esta solución y por eso ha negado la categoría de conocimiento real a la filosofía moral.

Además, si las necesidades naturales no fueran las mismas para todos en todo tiempo y lugar, carecería de sentido el hablar de derechos humanos.

Y, por si fuera poco, la noción de que es imposible saber lo que es bueno y lo que es malo, nos expondría al riesgo de que el uso de la fuerza es el bien.

Así puede demostrarse que es posible distinguir entre el bien y el mal.

Un comentario sobre Hume y su argumento

Un tigre en la habitación

Por Eduardo García Gaspar –   24 julio, 2008

La idea de Hume

Los sistemas morales, según David Hume, tienen un problema grave.

Al describir un sistema moral cualquiera, su autor procede de manera racional y acostumbrada que establece la existencia de Dios, o bien realiza algunas observaciones y reflexiones acerca de las personas y los asuntos humanos.

Pero, al hacer lo anterior, señala Hume, el autor que escribe sobre cuestiones morales causa una sorpresa al pasar del uso de proposiciones descriptivas al de proposiciones prescriptivas.

Deja de usar ‘es’ y ‘no es’ y comienza a usar ‘debe ser’ y ‘no debe ser’. Este cambio de planos es imperceptible, pero de serias consecuencias en opinión de Hume.

Todo un problema que dificulta la capacidad para distinguir entre el bien y el mal como algo objetivo y absoluto

Su idea en resumen

Esta observación de Hume es célebre y en resumen pone en tela de juicio cómo es que alguien puede pasar de una serie de aseveraciones descriptivas a afirmaciones prescriptivas: ir de frases que son del tipo ‘es’ y ‘no es’ a frases de otro tipo, que contienen ‘debe ser’ y ‘no debe ser’.

La idea de Hume simplemente puesta establece que pasar a un plano de ‘debe ser’ partiendo de un plano de ‘es’, resulta al menos cuestionable, si no indebido.

La idea es vital porque resulta un ataque a la justificación de cualquier sistema moral y da un arma poderosa a quienes afirman que no existen valores, ni obligaciones morales. Y que todo es relativo y subjetivo.

Algunas precisiones

Con toda la humildad de la que me siento capaz, al leer sobre este tema me pareció que las siguientes precissiones tal vez tengan algún valor.

• Primero, por supuesto, reconocer que las ideas tienen consecuencias y que a pesar de que me imagino muy pocas personas conozcan esta idea de Hume, ellas vivan sus efectos. Examinarlas es conveniente.

• Segundo, Hume realiza una observación de la realidad al decir que los autores de sistemas morales pasan de un nivel descriptivo a uno prescriptivo.

¿Un error?

Hume establece así una aseveración del tipo ‘es’: él ha leído a varios escritores que proponen sistemas morales y encontrado que ellos pasan de proposiciones que describen a proposiciones que establecen obligaciones.

De esa realidad que Hume describe, él pasa también a hacer una proposición prescriptiva, la de que no debe hacerse ese brinco que él ha descrito.

Es decir, comete el mismo error que afirma haber encontrado y que es pasar del ‘es’ al ‘deber ser’:

  • Encontró que quien escribe sobre moral pasa del ‘es’ al ‘debe ser’ sin que eso sea notorio.
  • Y a renglón seguido dice que ese paso expresa una nueva relación que debe ser explicada y señalada.
  • En resumen, pasa de señalar una realidad y describirla a apuntar que esa realidad debe ser justificada: pasa él también del “es” al “deber ser.”

• Tercero, que Hume tenga que usar un razonamiento que critica para querer demostrar que ese razonamiento es indebido puede estar mostrando una conexión inevitable entre el ‘es’ y el ‘deber ser’.

Un tigre en la habitación

Una persona cualquiera puede describir a otra una realidad, la que sea, por ejemplo, la de que en la misma habitación en la que se encuentran existe un tigre hambriento.

Siguiendo estrictamente a Hume, la presencia de ese animal no justifica el paso a ninguna otra aseveración que no sea descriptiva también. Sería criticable pasar a una propuesta prescriptiva, como la de deber huir del tigre.

Si una persona está enferma y, al mismo tiempo, sigue al pie de la letra a Hume, sólo podría mantenerse en un nivel que describa su realidad, añadiendo elementos que enriquezcan el conocimiento de su enfermedad. Jamás podría pasar al nivel de qué debe hacerse con esa enfermedad.

• Cuarto, resulta más prometedor reconocer que sí existe una esencial justificación que une a ambos niveles, el descriptivo y el prescriptivo, en la naturaleza humana.

Esa naturaleza humana no solo tiene capacidad para entender la realidad que le rodea, sino también para actuar con base en ese entendimiento. Es decir, lejos de ser ajenas a los humanos, las proposiciones prescriptivas son parte de su naturaleza.

Eso hace posible distinguir entre el bien y el mal de manera objetiva y absoluta

Y algo más

David Hume fue un filósofo escocés de siglo 18, parte vital de la Ilustración y de enorme influencia. Según Wikipedia,

«Hume se percató de que muchos escritores hablaban sobre lo que debería ser partiendo de la base de lo que es; pero hay una gran diferencia entre las proposiciones descriptivas (lo que es) y las prescriptivas (lo que debe ser)… Hume pide a los escritores que se pongan en guardia ante estos cambios sin aportar explicaciones acerca de como se supone que las proposiciones prescriptivas deben de seguirse de las declarativas. La cuestión de ¿con qué exactitud se puede derivar el ‘deber’ del ‘ser’? ha llegado a ser una de las cuestiones centrales de la teoría ética, y a Hume se le adjudica normalmente la opinión de que tal derivación es imposible (otros interpretan que Hume no dijo que una aserción fáctica no puede devenir en una aserción ética, sino que no podía hacerse sin prestar atención a los sentimientos humanos)».

[La columna fue actualizada en 2019-09]